Belleza fría y fuerza divina se entrelazan en una alianza que decidirá el equilibrio entre reinos que nunca dejaron de vigilarse.
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Capítulo 24: "El pacto de la rosa y la ruina"
La montaña seguía rugiendo.
Piedras caían.
Las cadenas de energía crujían.
Y el ojo azul de Vhalzareth seguía fijo en Victoria como si pudiera ver hasta lo más profundo de su alma.
—Elige.
La voz del dragón antiguo no sonó como una amenaza.
Sonó peor.
Como una sentencia inevitable.
Victoria apretó el cristal entre sus dedos. La luz plateada seguía ardiendo dentro de él, mezclándose con ese extraño resplandor azul que parecía responder al monstruo bajo la montaña.
Rafael se puso frente a ella otra vez.
—No hagas nada todavía —dijo con firmeza—. Primero entendamos qué quiere.
—Quiero… libertad.
La cámara entera vibró con esa respuesta.
Aster se sostuvo de una columna quebrada.
—Sí, claro. Y seguramente después de ser libre no vas a destruir medio continente, ¿verdad?
El ojo del dragón se deslizó hacia él.
—Depende.
—Eso no me tranquiliza nada —gruñó Aster.
Lunaria, aún con dificultad, se levantó entre escombros y observó las runas que seguían activas alrededor del abismo.
—No está mintiendo del todo —murmuró—. Estas ruinas no fueron hechas para contener un simple monstruo… fueron hechas para contener una voluntad ligada a juramentos.
Victoria giró apenas la mirada.
—¿Qué significa eso?
Lunaria tragó saliva.
—Que Vhalzareth no responde a cadenas normales. Responde a pactos. A contratos. A promesas con peso real.
Silencio.
Todos lo entendieron.
El cristal en la mano de Victoria no solo había roto un contrato…
También la había reconocido como nueva portadora de ese poder.
Vhalzareth volvió a hablar:
—El sello ha sido roto por una heredera de voluntad. Solo tú puedes elegir mi destino.
Victoria apretó la mandíbula.
—No quiero decidir el destino de una criatura que podría arrasar reinos.
—Y aun así… lo harás.
El Gran Duque Esteban, atrapado entre piedras, soltó una risa rota.
—Mírala… —escupió sangre—. Toda tu vida huiste de cadenas… y ahora una más grande acaba de encontrarte.
Victoria giró el rostro lentamente hacia él.
Y esa vez no hubo duda en sus ojos.
Solo desprecio.
—Cállate.
Esteban sonrió débilmente.
—Eres igual que yo… más de lo que quieres admitir.
Antes de que pudiera seguir hablando, una roca enorme cayó del techo y se estrelló a centímetros de él.
El hombre calló por fin.
Rafael miró de nuevo a Victoria.
—No lo escuches.
—No lo estoy escuchando a él —respondió ella en voz baja—. Estoy intentando escucharme a mí.
La energía del cristal se agitó.
Como si reaccionara a su sinceridad.
Vhalzareth tensó las cadenas que lo sujetaban. Cada movimiento suyo hacía crujir la montaña entera.
—Si no eliges… el sello colapsará.
Lunaria palideció.
—¡Eso significa que la prisión mágica explotará! ¡Valtherion entero se vendrá abajo!
Aster levantó la espada, frustrado.
—Entonces no hay opción.
Victoria cerró los ojos un instante.
Pensó en su padre.
En la sangre derramada.
En el contrato roto.
En la cacería.
En el reino que aún la consideraba una criminal.
Pensó en Rafael.
Y en cómo, por primera vez en mucho tiempo, no quería elegir desde el miedo.
Abrió los ojos.
—Si hago esto… será bajo mis reglas.
El ojo azul del dragón brilló con intensidad.
—Habla, portadora.
Victoria alzó el cristal.
La luz plateada y azul comenzó a entrelazarse alrededor de su brazo.
—No te liberaré para convertirte en una calamidad.
Otro temblor.
—No te sellaré de nuevo para repetir los errores de quienes vinieron antes.
El viento mágico giró violentamente dentro de la cámara.
Rafael dio un paso hacia ella.
—Victoria, si estás pensando en—
Ella levantó una mano, deteniéndolo.
Sin apartar la mirada de Vhalzareth, habló con voz firme:
—Te haré un pacto.
Silencio total.
Incluso las cadenas parecieron detenerse.
Lunaria abrió los ojos de golpe.
—¡No! ¡Un pacto con una entidad antigua puede marcar tu alma para siempre!
Victoria no se movió.
—Ya me marcaron demasiadas cosas en esta vida. Una más no va a detenerme.
Aster soltó una exhalación incrédula.
—Eres oficialmente la mujer más peligrosa que conozco.
Rafael no dijo nada.
Pero su expresión cambió.
No era miedo.
Era preocupación real.
Vhalzareth inclinó apenas el enorme rostro.
—¿Qué ofreces?
Victoria apretó el cristal.
—Te ofrezco una salida parcial de este sello. Una manifestación limitada. Un vínculo conmigo.
Lunaria casi se atragantó.
—¡¿UNA QUÉ?!
Victoria siguió hablando:
—Podrás responder a mi llamado, prestar tu fuerza cuando sea necesario… pero jamás podrás actuar contra mi voluntad ni dañar a inocentes bajo mi nombre.
El ojo azul del dragón se estrechó.
—Quieres convertirme… en un juramento viviente.
—Sí.
Silencio.
Las cadenas crujieron.
Vhalzareth observó a Victoria durante varios segundos que se sintieron eternos.
—Y si me niego…
Victoria levantó un poco más el cristal.
—Entonces te arrastraré conmigo al colapso de esta montaña.
Silencio absoluto.
Aster parpadeó.
—…Me cae bien cuando se pone así.
Rafael soltó aire por la nariz, apenas.
No era momento de sonreír.
Pero casi.
Vhalzareth entonces…
Rio.
No como una bestia.
Como algo viejo, orgulloso y peligrosamente divertido.
—Tienes colmillos, Rosa de Hielo.
La luz azul se expandió.
—Acepto.
El cristal explotó en un círculo de runas inmenso.
Victoria sintió una descarga atravesarle todo el cuerpo.
Dolor.
Calor.
Vértigo.
Y entonces apareció una marca luminosa sobre su clavícula izquierda: una rosa rodeada por líneas que parecían garras o alas.
Rafael reaccionó al instante y la sostuvo cuando sus piernas fallaron.
—¡Victoria!
Ella respiró con dificultad, aferrándose a su uniforme.
—Sigo… aquí…
Las cadenas de energía comenzaron a romperse una por una.
Pero no con violencia descontrolada.
Con obediencia.
Con un nuevo orden.
El enorme cuerpo de Vhalzareth no salió por completo.
En lugar de eso, su forma colosal empezó a desvanecerse en partículas de luz azul y oscura.
La criatura se redujo.
Más y más.
Hasta que, frente a ellos, la inmensidad del dragón se condensó en una figura mucho más pequeña.
Una silueta dracónica de aproximadamente el tamaño de un gran lobo, con escamas negras, ojos azules brillantes y alas plegadas como cuchillas.
Aster se quedó en silencio.
Luego señaló.
—…Bueno. Eso fue inesperadamente adorable y aterrador al mismo tiempo.
—No le digas adorable —murmuró Lunaria, todavía pálida.
La pequeña forma de Vhalzareth lo miró con visible ofensa ancestral.
—Te arrancaría la garganta si no estuviera contractualmente limitado.
—Sí, definitivamente no adorable —corrigió Aster.
Victoria, aún sostenida por Rafael, levantó la mirada hacia la criatura.
El vínculo estaba hecho.
Lo sentía.
Como una presencia profunda al borde de su mente.
No invasiva.
Pero poderosa.
Antigua.
Rafael bajó la vista hacia la marca en su clavícula.
Su expresión se endureció.
—¿Te duele?
Victoria respiró hondo.
—Sí.
Pausa.
—Pero no me arrepiento.
Vhalzareth levantó el hocico.
—Entonces salgamos. Esta tumba está muriendo.
Como si esas palabras fueran una orden final, toda la cámara crujió con violencia.
El techo comenzó a ceder por completo.
Lunaria gritó:
—¡Ahora sí, corran todos o nos convertimos en parte de la historia antigua!
Aster tomó del cuello al medio inconsciente ex prometido de Victoria.
—¿Nos lo llevamos o lo dejamos como ofrenda a la montaña?
Victoria lo miró un segundo.
Luego a Esteban, aún atrapado entre escombros, sangrando y apenas consciente.
Su tío alzó la vista con odio y miedo mezclados.
—Victoria… —gruñó.
Ella lo sostuvo con una mirada helada.
—No mereces morir aquí tan fácil.
Rafael entendió de inmediato.
—Lo sacamos.
Aster bufó.
—Siempre nos llevamos problemas extras.
Rafael cargó a Victoria un segundo para estabilizarla, pero ella lo golpeó leve en el pecho.
—Bájame. Puedo correr.
—No estás en condiciones.
—Y tú estás demasiado acostumbrado a cargarme.
Silencio.
Aster sonrió de lado.
Lunaria rodó los ojos.
Rafael, sin cambiar la expresión, la bajó con cuidado.
—Discute después. Corre ahora.
Y así, entre escombros, un dragón encadenado por juramento, dos traidores perseguidos, un noble asesino y un pasado todavía sangrando…
El grupo corrió hacia la salida de Valtherion.
Pero justo antes de cruzar el último corredor, Vhalzareth se detuvo.
Sus ojos azules brillaron con intensidad.
—No estamos solos.
Todos se tensaron.
Y entonces…
Una presencia conocida apareció bloqueando la salida.
Una figura cubierta con armadura oscura.
Sonriendo.
Esperándolos afuera del derrumbe.
El verdadero enemigo… aún no había terminado con ellos.
Continuará…