Renace en el cuerpo de Sigrid, una hermosa mujer, que sufre por un mal amor.. Pero ella lo cambiará todo..
* Esta novela pertenece a un gran mundo mágico *
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Reacciones
Sigrid, después de soltar semejante confesión-propuesta-estrategia-de-vida, se quedó mirándolo un segundo más. Solo uno. El suficiente para confirmar que Wyatt seguía con cara de estatua sorprendida… de esas sin párpados.
Luego, muy tranquila, se levantó. Se sacudió la falda con la misma calma con la que alguien limpia una miguita de pan y dijo..
—Bueno. Eso era todo.
Wyatt parpadeó. Una. Dos. Tres veces.
—¿Eso… era todo? —repitió, como si su cerebro estuviera todavía bajando la información desde el cielo.
—Sí —respondió ella, amable, casi alegre—. No voy a rogar por un esposo, Wyatt. Todavía no estoy tan aburrida de la vida.
Se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y le dedicó una sonrisa ligera, de esas que parecen inocentes pero esconden dinamita emocional.
—Piénsalo… o no. Igual voy a almorzar.
Como si acabara de hablar del clima, se giró, le dijo con toda educación..
—Que tengas un buen día.
Y listo.
Se fue caminando tan tranquila, con paso elegante, como si no acabara de pedirle matrimonio (o algo parecido) al heredero de un ducado. Ni una mirada atrás. Ni un suspiro dramático. Nada. Era la encarnación humana de. “Bueno, yo hice mi parte. Próximo asunto”.
Wyatt se quedó sentado, mirando el espacio vacío donde antes estaba ella, preguntándose si de verdad había pasado todo eso… o si necesitaba dormir más, mucho más.
Su mente corría..
[¿Me acaba de…? ¿Y después…? ¿Y solo… se fue? Sí. Sí, lo hizo.]
Y para empeorar su confusión, se dio cuenta de algo.. la tranquilidad con la que Sigrid lo dejó plantado era diez veces más perturbadora que si hubiese llorado, gritado o insistido.
Porque no rogó.
No discutió.
No explicó más.
Solo lo dejó con su caos mental… como regalo.
Y ahí estaba él, aún sentado, con el alma medio desalineada, pensando que nunca en su vida había querido tanto… no desmayarse.
Cuando Sigrid llegó a la mansión Richardson entró como quien vuelve de comprar pan… pero con la serenidad de alguien que acaba de proponer matrimonio por deporte.
Vera, que ya la conocía pero nunca lo suficiente como para anticiparla, la recibió con una sonrisa.
—Señorita, ¿cómo le fue con él duque?
—Ah, normal —respondió Sigrid, quitándose los guantes—. Compré pan, saludé a los niños… y le pregunté a Wyatt si quería casarse conmigo.
Vera dejó de respirar.
Literal.
La bandeja que llevaba en las manos hizo ese ruidito dramático de metal cuando alguien la suelta lentamente porque el alma se le fue del cuerpo.
—¿Q-qué… qué cosa hizo? —tartamudeó, con los ojos tan abiertos que parecía que intentaban escapar del rostro.
Sigrid se sentó con total calma, cruzó las piernas y, con absoluta seriedad, repitió..
—Le pregunté si quería casarse conmigo.
Vera llevó la mano a su pecho como si necesitara sostener su propio corazón.
—Señorita… ¿así… sin… aviso?
—Bueno, lo miré primero —dijo Sigrid, como si eso lo explicara todo—. No voy a faltar a la cortesía.
Vera se dejó caer en una silla.
—Y… ¿qué dijo… el duque Wyatt?
Sigrid se empezó a reír. No una risita tímida. No. UNA carcajada. Esa risa que sale cuando recuerdas algo demasiado bueno.
—¡Puso la misma cara que usted ahora! —dijo señalándola—. Exactamente igual. Pensé que se iba a desmayar. Creo que dejó de parpadear.
Vera abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir. Parecía un pez confundido.
—Señorita… usted no puede… ¡no se le puede preguntar matrimonio así como así a un duque!
—¿Y por qué no? —respondió Sigrid muy seria—. Es solo una pregunta. Como cuando preguntas si quieren azúcar en el té. Él podía decir que no.
—¿Y… dijo que sí? —susurró Vera, medio aterrada, medio curiosa.
—No —respondió Sigrid con tranquilidad—. Se quedó… procesando. Como si hubiera visto un dragón bailando.
Y volvió a reír.
Una risa clara, despreocupada, tan fuera de lugar para el tamaño de la bomba que había lanzado, que a Vera le dieron ganas de agarrarse la cabeza.
—Señorita… mi corazón no está hecho para estas cosas… —murmuró.
Sigrid se encogió de hombros.
—Tranquila, Vera. Si no quiere casarse conmigo, buscaré a otro. Pero que se apure, porque no pienso quedarme esperando como planta decorativa.
Vera la miró con una mezcla de orgullo, miedo… y resignación absoluta.
Porque sí.
Esa era su señorita.
Un huracán con falda morada y sonrisa traviesa.
Y el pobre Wyatt… todavía debía estar en modo estatua..