Dos genios.
Una rivalidad que duele.
Un amor que se repite en cada vida.
Cuando él gana, yo recuerdo.
Cuando yo brillo, él tiembla.
Esta vez… ¿podremos elegirnos antes de volver a perdernos?
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Capítulo 15:Aprender a tocarse sin desaparecer
El segundo día fue más difícil que el primero.
Ren lo notó apenas despertó. No había nervios desbordados ni ansiedad evidente, pero sí una consciencia nueva, casi punzante: ahora sabía lo que significaba estar cerca de Aiden… y lo quería otra vez.
No como urgencia.
Como reconocimiento.
Cuando llegó al salón creativo, Aiden ya estaba allí. No tocaba el piano. Estaba de pie junto a la ventana, observando la calle con una taza entre las manos.
—Hola —dijo Ren, con una voz que no pretendía sonar casual.
Aiden se giró.
Por un instante se miraron en silencio, como si ambos estuvieran evaluando el mismo pensamiento.
¿Podemos… seguir?
—Hola —respondió Aiden.
No sonrieron de inmediato. Esa pausa fue nueva. Más cargada.
Ren dejó su chaqueta sobre una silla y se acercó al caballete. No comenzó a pintar. Simplemente se quedó ahí, quieto, sintiendo la presencia de Aiden detrás, a pocos pasos.
—Anoche pensé que iba a despertarme con miedo —admitió Ren—. Como antes.
Aiden dejó la taza y se acercó un poco más.
—¿Y pasó?
Ren negó despacio.
—No. Me desperté… queriendo quedarme.
Aiden tragó saliva.
—Yo me desperté pensando que iba a arruinarlo —confesó—. Como siempre hacía.
Ren se giró para mirarlo.
—No lo estás arruinando.
El silencio volvió a tensarse, distinto a los anteriores. No incómodo. Expectante.
Aiden levantó la mano, dudó apenas un segundo… y la dejó caer sobre la mesa, demasiado consciente de su propio impulso.
Ren lo notó.
—Puedes tocarme —dijo en voz baja—. Si quieres.
Aiden levantó la vista de inmediato.
—¿Seguro?
Ren asintió.
—Si en algún momento no lo estoy… te lo diré.
Aiden se acercó con una lentitud casi excesiva. No fue directo. No invadió. Se detuvo a medio paso, esperando.
Ren dio el último paso.
Sus dedos se rozaron primero. Apenas un contacto, como una pregunta.
El cuerpo de Ren respondió de inmediato, con un estremecimiento leve pero innegable. Aiden lo sintió y contuvo el aliento.
—Ren… —susurró.
Ren levantó la mano y apoyó la palma contra el pecho de Aiden. Sintió el latido acelerado bajo la tela.
—No estás solo nervioso tú —dijo, con una sonrisa pequeña.
Aiden dejó escapar una risa breve, casi sin aire.
—Menos mal.
El espacio entre ellos se cerró de forma natural. No hubo prisa. Solo cuerpos reconociéndose. El brazo de Aiden rodeó la cintura de Ren con cuidado, como si aún temiera que pudiera desaparecer si lo apretaba demasiado.
Ren apoyó la frente contra su hombro.
Respiraron así unos segundos.
Demasiado cerca para fingir que no sentían nada.
Ren fue el primero en inclinar el rostro.
El beso empezó suave, pero esta vez no fue torpe.
Sus labios se encontraron con más seguridad, más intención. Aiden respondió de inmediato, acercándolo más, como si su cuerpo hubiera estado esperando permiso.
El mundo se redujo a ese contacto.
A la forma en que Ren suspiró contra su boca.
A cómo Aiden cerró los ojos, entregándose por completo.
Al calor que crecía lento, profundo, real.
Ren separó apenas los labios, respirando agitado.
—Aiden…
—Estoy aquí —respondió él, con la voz más baja—. No me voy.
Ren volvió a besarlo.
Esta vez fue más largo. Más profundo. Sus manos buscaron con timidez, subiendo por la espalda, aferrándose a la tela como si fuera una ancla.
Aiden dejó escapar un jadeo bajo, involuntario.
Ren se detuvo de golpe, alarmado.
—¿Te hice daño?
Aiden negó de inmediato, con una sonrisa desordenada.
—No. Solo… no estaba preparado para sentir tanto sin que doliera.
Ren apoyó la frente contra la suya, las mejillas encendidas.
—Yo tampoco.
Se quedaron así, respirando juntos, hasta que el temblor se calmó.
Aiden fue el primero en reír suavemente.
—Estamos yendo despacio —dijo—. Y aun así… se siente enorme.
Ren asintió.
—Porque no estamos escapando.
El resto de la tarde trabajaron cerca, demasiado conscientes el uno del otro. No se tocaron tanto como querían. Pero cada mirada duraba más. Cada roce accidental dejaba una corriente cálida recorriéndoles el cuerpo.
Al caer la noche, Ren se apoyó en el marco de la puerta.
—Hoy… —dijo— me gustaría quedarme.
Aiden no respondió de inmediato.
Solo sonrió.
—Me alegra que lo hayas dicho.
Ren sonrió también.
No como alguien que se aferra.
Sino como alguien que elige.