Pasado y Caos es una novela de terror psicológico y suspenso que se mueve entre el dolor humano y lo inexplicable. Sigue a Evan, un niño marcado por una pérdida temprana, mientras el mundo a su alrededor intenta dar explicaciones racionales a hechos que parecen negarse a ser entendidos del todo.
La historia avanza entre recuerdos rotos, silencios incómodos y una presencia que nunca se muestra del todo, pero que se siente en cada página. No se apoya en el terror fácil, sino en la incomodidad de lo que persiste: la culpa, la memoria y aquello que se hereda sin querer.
Es una novela oscura, íntima y emocional, donde el verdadero miedo no siempre viene de afuera, sino de lo que uno guarda cuando deja de hablar.
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Capítulo 23: La niña de los recuerdos quebrados
El silencio en el dormitorio
El dormitorio de las niñas estaba sumido en una penumbra irregular. El viento de invierno se filtraba
entre las rendijas de las ventanas, y cada soplido hacía vibrar los vidrios como si el orfanato se
quejaba en sueños. Las camas, alineadas en filas, parecían más jaulas que refugios.
Margaret, con trece años, permanecía despierta, los ojos fijos en el techo desconchado. Las demás
niñas dormían, algunas murmurando palabras incomprensibles en sueños. Elena, en la cama más
cercana, respiraba con calma. Jacinta, en la esquina, dormía con los ojos entreabiertos, como si nunca
cerrara del todo la vigilancia.
Margaret apretó las sábanas contra su rostro. Intentaba reconstruir el sonido de la voz de su madre.
Primero el timbre agudo, luego la forma en que cantaba para arrullar. Pero cuanto más se esforzaba,
más fuerte era el zumbido que llenaba su cabeza.
Era como un enjambre.
Y entre ese zumbido, emergió un susurro extraño, ajeno:
monstruo —No la recuerdes… no la necesitas.
El corazón de Margaret dio un salto. Se volteó bruscamente hacia el borde de la cama. El susurro
parecía provenir del suelo, del espacio oscuro bajo el colchón.
Sintió que alguien, algo, la estaba observando.
El rostro deshecho
Al día siguiente intentó de nuevo. Se sentó junto a la ventana, sola, con un trozo de pan duro entre las
manos. Cerró los ojos, buscó la cara de su madre: primero el cabello, luego la sonrisa, después la
calidez de sus ojos.
Por un momento lo logró. La imagen estaba allí, viva, sostenida.
Pero entonces se quebró.
El cabello se volvió humo, la sonrisa se torció en un gesto vacío, y los ojos se llenaron de niebla negra.
Margaret se llevó las manos al rostro. Lloraba en silencio, desesperada.
Margaret —¡No, no, no! ¡Yo la conocí, yo sé que la conocí!
El humo no desapareció. Se coló en su memoria, y entre las lágrimas escuchó una risa baja, sofocada.
monstruo —Yo te daré otros recuerdos…
Margaret tembló. Aún no entendía que aquello no era solo un eco de su mente, sino una presencia
real.
Elena observa
Esa noche, Elena despertó a medias. Escuchó sollozos y se giró hacia Margaret. Su amiga estaba
tiesa bajo las sábanas, con los ojos abiertos de par en par.
Elena —¿Margaret? —susurró, con voz somnolienta.
Margaret no contestó. Elena se acercó y tocó su brazo. La piel estaba fría, húmeda, como papel
empapado. Retiró la mano de inmediato.
Elena contuvo el aliento. Algo en Margaret ya no era del todo suyo.
Desde la otra esquina, Jacinta observaba. No dijo nada. Sus ojos brillaban con un fulgor extraño, casi
satisfecho.
El altar improvisado
Unas semanas después, Elena la encontró en el desván del orfanato. Margaret estaba rodeada de
hojas rotas, cuadernos viejos y pedazos de periódicos. Los doblaba con precisión, como si fueran
piezas de un rompecabezas secreto.
Sobre el suelo había formado una figura: un muñeco torpe, humanoide, con ojos dibujados en carbón.
Elena —¿Qué haces?
Margaret no levantó la cabeza.
Margaret —Le estoy dando un cuerpo.
Elena tragó saliva. El aire olía a papel húmedo y ceniza. Sintió una respiración pesada, profunda,
como si el muñeco mismo inhalara.
El primer cuerpo
Esa noche, el muñeco se movió. Primero un leve temblor, luego un inflar y desinflar de su pecho de
papel. Los ojos de carbón se abrieron un instante, fijos en la penumbra.
Margaret lo abrazó como si fuera un juguete.
Margaret —Él me dijo que así lo recordaría.
Elena retrocedió, helada.
Elena —¿Recordar a quién?
Margaret no respondió.
Elena sintió que, por primera vez, no estaba hablando con su amiga, sino con alguien más a través de
ella.
La sospecha del padre Mauricio
Días después, el padre Mauricio subió al desván. Había escuchado ruidos extraños, como páginas
agitadas por un viento invisible.
Encontró a Margaret con el muñeco a medio deshacer. Hojas esparcidas, manchas de carbón en las
paredes.
Padre Mauricio —¿Qué es esto, hija?
Margaret bajó la cabeza. El muñeco se desmoronó en el suelo como si nunca hubiera tenido forma.
Margaret —Nada, padre. Solo juego.
Mauricio apretó la cruz entre sus dedos. No dijo nada, pero al marcharse, juró sentir decenas de ojos
siguiéndolo desde las sombras.
La niebla en los recuerdos
El tiempo comenzó a descomponerse para Margaret.
Primero olvidó los nombres de las cuidadoras. Después, las caras de las niñas. Finalmente, confundió
recuerdos básicos: decía haber jugado con alguien que nunca existió, alguien con ojos oscuros que la
sostenía de la mano.
Elena intentaba corregirla.
Elena —Eso no fue así, Margaret. Jugamos juntas, ¿recuerdas? Con botones, en el patio.
Margaret lloraba y gritaba.
Margaret —¡No! ¡Eso lo inventas! ¡Yo sé lo que recuerdo!
Y Jacinta, en un rincón, sonreía en silencio.
El pacto del olvido
Una noche, Margaret se escondió bajo la cama. El monstruo habló claramente por primera vez.
monstruo —Yo puedo ser tu madre, tu amiga, tu sombra. Nunca estarás sola si me dejas entrar.
Margaret —¿Y si digo que no?
El susurro se endureció, áspero:
monstruo —Entonces olvidarás hasta tu propio nombre.
Margaret cerró los ojos. No respondió. Pero no volvió a intentar recordar a su madre.
La marca en la piel
Un amanecer, Margaret despertó con manchas negras en los brazos. No eran moretones: parecían
tinta filtrada en su piel.
Elena las vio mientras se vestían.
Elena —Margaret, eso no está bien.
Margaret —Es para que no me olviden.
Acarició las marcas como si fueran un tesoro.
El enfrentamiento
El padre Mauricio la llamó a su oficina. La niña estaba temblando, pero no de miedo.
Padre Mauricio —¡Esto no es un juego! Hay algo oscuro aquí, y tú lo estás alimentando.
Margaret lloró, gritando:
Margaret —¡No quiero olvidar! ¡No quiero estar sola!
El aire se volvió helado. El padre sintió una sombra pasar tras él. Entendió: ya no hablaba con
Margaret, sino con alguien más que la habitaba.
La sombra crece
Cada noche, el muñeco de papel se hacía más grande. Caminaba con pasos torpes, se sentaba al
lado de la cama de Margaret. Elena lo veía, pero las demás niñas no reaccionaban.
El monstruo ya no era solo un susurro. Ahora ocupaba espacio.
El olvido absoluto
Una mañana, Margaret miró a Elena y preguntó:
Margaret —¿Quién eres?
Elena sintió que se le partía el corazón.
Elena —Soy tu amiga. Soy Elena.
Pero los ojos de Margaret estaban vacíos. Solo reflejaban tinta.
El eco de dos Margaret
Sentada junto a la ventana, Margaret lloraba. Dentro de ella conviven dos versiones:
La niña que recordaba a Elena y los juegos con botones. La otra, que creía que Jacinta siempre había
estado a su lado y que el monstruo era su única compañía.
El monstruo había logrado lo imposible: sembrar dos pasados en un solo corazón.
Elena, desde su cama, escribió en su diario:
"Si Margaret olvida, yo debo recordar. Si yo caigo, alguien más debe leer estas palabras. Porque lo
que se pierde en un recuerdo, el monstruo lo gana como fuerza."
El orfanato dormía. Pero en los muros se escuchaba una risa baja, burlona, que no era de niña ni de
adulto.
Era el eco del monstruo celebrando su victoria parcial.