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Me Casé Con La Hija De Un Millonario

Me Casé Con La Hija De Un Millonario

Status: Terminada
Genre:Dominación / Equilibrio De Poder / Venderse para pagar una deuda / Romance / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

Sin spoiled

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Capitulo 11

El conocimiento es una carga que dobla la espalda más que cualquier fardo de contrabando. Tras la charla con Maximilian, las paredes de "La Atalaya" dejaron de parecerme lujo para revelarse como lo que eran: la superficie de un iceberg podrido. "La Médula" no era solo una metáfora; era una entidad física que latía bajo mis pies, y yo, un hombre criado entre el óxido y el barro, sabía que la única forma de entender una máquina no es mirando su panel de control, sino metiéndose en sus engranajes.

Araxie y Maximilian jugaban al ajedrez en las alturas, pero yo seguía siendo un peón que conocía el valor de una alcantarilla. Aquella noche, esperé a que el silencio sepulcral de la mansión se asentara. Me quité el traje de Julian Vane —esa armadura de seda que empezaba a asfixiarme— y busqué en el fondo de mi vestidor la ropa negra y funcional que había exigido que me compraran para mis supuestos "entrenamientos nocturnos".

No usé el ascensor de la biblioteca. Maximilian me había mostrado la entrada de honor, pero alguien como yo sabía que todo sistema de alta seguridad tiene un talón de Aquiles en sus puntos de servicio. Recordé los planos de "La Médula" que parpadearon en la tableta del patriarca. Había una conexión antigua, una arteria olvidada que conectaba los sótanos del museo con el sistema de alcantarillado pluvial de la zona este, cerca de los muelles.

Logré salir de la propiedad usando una de las rutas de mantenimiento que Araxie me había mostrado meses atrás para sus escapadas discretas. Una vez fuera del perímetro de los Vesper-Zandrón, el aire cambió. Ya no olía a jazmín; olía a ciudad, a gasolina y a ese moho ancestral que surge cuando el agua se estanca durante décadas.

Caminé tres kilómetros hasta un callejón industrial que recordaba de mis días de cobrador. Allí, tras una montaña de neumáticos viejos, encontré la tapa de registro grabada con el emblema de la antigua compañía eléctrica. La palanqueé con una barra de hierro, sintiendo el esfuerzo en mis hombros. Al bajar por la escalera de metal oxidado, sentí que volvía a casa. Elías Solo regresaba al inframundo, pero con los ojos de un príncipe.

El descenso fue eterno. El sistema de alcantarillado superior cedió paso a un túnel de ladrillo rojo, seco y reforzado con vigas de acero modernas. A medida que avanzaba, el zumbido que Maximilian me había descrito empezó a vibrar en mis huesos. No era solo electricidad; era el sonido de la información moviéndose a la velocidad de la luz.

Finalmente, llegué a una esclusa de seguridad de acero inoxidable. No tenía cerradura de llave, sino un escáner biométrico y un teclado numérico. Recordé la clave que Maximilian había tecleado en la biblioteca; su vanidad era tal que usaba la misma secuencia de números para casi todo: la fecha de nacimiento de su madre, la mujer que, según él, fue la única que no lo traicionó.

04-12-1932.

La puerta se abrió con un suspiro de aire presurizado.

Lo que vi me dejó sin aliento. No era solo una sala de servidores. Era una catedral tecnológica. El túnel se ensanchaba en una bóveda inmensa, iluminada por el resplandor azulado de miles de procesadores. Cables de fibra óptica del grosor de un brazo humano colgaban del techo como lianas en una jungla eléctrica. Pero lo que me heló la sangre fue lo que vi en el centro de la sala.

Había cápsulas de cristal líquido, similares a tanques criogénicos. Dentro de ellas, no había personas, pero sí algo que se le parecía mucho: interfaces neuronales conectadas a procesadores orgánicos. Maximilian no solo movía datos; estaba experimentando con la integración de la conciencia humana en la red.

Me acerqué a una de las terminales de control. Mis dedos, acostumbrados a apretar gatillos y contar billetes arrugados, temblaron sobre el teclado táctil. Entré en los registros de "Suministro". Mis ojos recorrieron las listas de nombres. No eran inversores, ni políticos. Eran "donnadies". Desaparecidos de los barrios bajos. Gente como Li. Gente como yo solía ser.

Entendí entonces la verdadera naturaleza de "La Médula". El sistema no solo se alimentaba de electricidad; se alimentaba de la gente que nadie iba a reclamar. La "Continuidad del Estado" de la que hablaba Maximilian era la preservación de una élite a costa de la materia gris de los olvidados.

—Es una vista impresionante, ¿verdad, Julian? —la voz de Araxie resonó en la bóveda, amplificada por el eco del metal.

Me giré bruscamente. Ella estaba apoyada en una de las cápsulas, vestida con un mono táctico negro, con el cabello recogido en una coleta tirante. En su mano no había una copa de champán, sino una pistola pequeña de polímero.

—Araxie... ¿qué haces aquí? —pregunté, tratando de ocultar mi pulso acelerado.

—Lo mismo que tú. Buscar la verdad que mi padre se niega a soltar —se acercó, y la luz azul de los servidores hacía que su rostro pareciera el de un espectro—. Sabía que vendrías. Sabía que Elías Solo no podría resistir la tentación de bajar al barro otra vez.

—¿Sabes lo que es esto? —señalé las cápsulas—. Tu padre está usando personas. Esto es una carnicería digital.

Araxie soltó una risa amarga que se perdió en el zumbido de las máquinas. —¿Crees que me importa la moralidad de los cables, Julian? Mi padre es un romántico. Él cree que esto es para "salvar el sistema". Yo sé que esto es solo una herramienta de control total. Con "La Médula" terminada, no necesitaremos leyes, ni elecciones, ni siquiera dinero. Controlaremos el pensamiento antes de que se convierta en acción.

Se detuvo a pocos centímetros de mí. Pude ver que sus ojos no tenían la frialdad de Maximilian; tenían algo peor: una ambición ardiente que no conocía límites.

—Mi padre te ha usado para vigilarme, ¿verdad? —continuó ella, bajando el arma pero manteniéndola cerca de su costado—. Te prometió una parte del imperio. Te prometió ser el heredero de un mundo que no comprende. Pero él es viejo, Julian. Él pertenece a la era del carbón y el acero. Nosotros pertenecemos a la era de la luz.

—Él dice que los archivos de Sato están encriptados —dije, probando su terreno—. Que si intentas activarlos sin él, el Ministerio del Interior nos destruirá.

Araxie sonrió con malicia. —Mi padre subestima mi capacidad para contratar hackers que no figuran en sus nóminas. El código ya ha sido roto. Solo necesito una clave de acceso físico que solo puede activarse desde esta terminal central. Una clave que solo un Vesper-Zandrón puede proporcionar a través de un escaneo de retina en tiempo real.

Me miró fijamente, y por un momento, la fachada de la hija del millonario desapareció para mostrar a la arquitecta del abismo.

—Julian, tengo una propuesta para ti. Una de verdad. Ayúdame a sobrecargar el sistema de soporte vital de mi padre esta noche. Él tiene un implante conectado a esta red para monitorear su corazón. Si "La Médula" envía un pulso específico, morirá de lo que parecerá un fallo cardíaco natural en su sueño. Seremos libres. Tú tendrás tu puesto, tu nombre y tu riqueza, y yo tendré el control total sin un anciano dándome órdenes.

Me quedé mirando a la mujer que se suponía que iba a ser mi esposa. Estaba en el corazón de "La Médula", rodeado de los fantasmas de mi antiguo mundo, con una oferta de parricidio sobre la mesa.

Si aceptaba, me convertía en el rey de una pesadilla. Si me negaba, probablemente no saldría vivo de ese túnel. El cansancio de Julian Vane se disolvió, dejando paso a la astucia fría de Elías Solo.

—¿Y qué te asegura que no te traicionaré una vez que él esté muerto? —pregunté.

Araxie se acercó y me puso la mano en el cuello, sintiendo mi pulso. —Porque tú y yo somos iguales, Julian. Ambos estamos cansados de ser peones. Y porque, después de lo de Li, tu firma está escrita en sangre en los registros de esta familia. No tienes a dónde ir.

Miré la terminal de control y luego a ella. El destino de un imperio y la vida de un hombre colgaban de un hilo de fibra óptica.

—Hagámoslo —dije. Mi voz no era más que un susurro en la inmensidad del ruido digital.

Araxie se inclinó hacia la terminal, preparada para iniciar el proceso que mataría a su propio padre. Pero mientras ella tecleaba, yo vi algo en la pantalla de diagnóstico lateral. El sistema no solo estaba monitoreando a Maximilian. Había una cápsula marcada con un código que conocía demasiado bien. Un código que correspondía a mi propio historial en el orfanato.

Maximilian no me había traído para ser su sucesor. Me había traído para ser el siguiente procesador de "La Médula".

1
Sandra Salvador
historia interesante y cautivadora
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