Sebastián Vélez vive convencido de que su matrimonio con Luciana Salazar es un plano perfecto que no necesita reformas, aferrándose a una vida de lujos, libertad y la compañía de sus dos gatas. Sin embargo, tras dos años de matrimonio, Luciana está lista para ampliar la familia y le entrega un ultimátum que amenaza con demoler su mundo ideal.
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Alianzas y contraataques
...CAPÍTULO 13...
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...SEBASTIÁN VÉLEZ ...
Luciana va sentada a mi lado, mirando por la ventana con la mandíbula tensa y los brazos cruzados, como si estar cerca de mí le causara urticaria física. Fue un milagro que aceptara subirse conmigo para ir a la oficina; sospecho que lo hizo solo por mantener las apariencias frente a los vecinos, pero la "ley del hielo" que me está aplicando me está matando lentamente.
Sé que me odia en estos momentos. Sé que piensa que soy un mentiroso, o peor, un infiel. Pero no tuve otra opción.
La llamada de la una de la mañana no fue de mi madre. Fue de ella.
De Vanesa Jiménez.
Sostengo el volante con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos. Mis pensamientos vuelven inevitablemente a esa madrugada, a la llamada que lo cambió todo.
...HACE SIETE HORAS…...
El teléfono vibró en la mesa de noche. Cuando contesté en la sala, esperando escuchar a mi madre en algún tipo de emergencia, lo que oí fue esa risita cristalina y venenosa que ahora me persigue en pesadillas.
—¿Ya despertaste a tu esposa, Sebas? Qué mal marido eres —susurró Vanesa a través del auricular.
—¿Qué quieres, Vanesa? Son la una de la mañana. No me estés llamando y borra mi número.
—Ay, no te pongas así. Solo quería decirte que acabo de ver una película muy interesante. El ángulo de la cámara del pasillo de la oficina es perfecto, ¿sabes? Se ve clarito cómo me jalas del cuello hacia ti y me besas... sin contexto, pareces un jefe abusador. Si Luciana ve esto, o si llega al correo de la junta, tu carrera se acaba antes del amanecer. Ven ahora mismo a la dirección que te envié si no quieres que presione "enviar".
Colgué, sintiendo que iba a estallar del enojo. Regresé a la habitación tratando de controlar la respiración. Justo cuando iba a entrar, Luciana venía saliendo con los ojos entrecerrados.
—¿Quién era, Sebas? —preguntó ella.
—Era mi mamá, Lu—respondí, evitando un poco el contacto visual mientras dejaba el teléfono en la mesa de noche—. Me llamó por accidente, parece que se le marcó solo el celular mientras dormía. Me pidió disculpas y ya. Mejor vamos a dormir, que mañana tenemos un día largo en la oficina y mucho trabajo.
Nos acostamos, pero yo estaba rígido como una piedra. Esperé. Escuché su respiración hacerse lenta y profunda, asegurándome de que estuviera dormida. Cuando estuve seguro, me levanté con una lentitud milimétrica. Fui al baño, cerré la puerta sin hacer ruido. Me puse unos jeans y una camiseta cualquiera, sintiéndome como un criminal.
Salí de la habitación descalzo, con los zapatos en la mano para no despertarla. Crucé la sala en sombras y, cuando logré cerrar la puerta del departamento tras de mí, solté el aire que no sabía que estaba reteniendo. Bajé al parqueadero, subí al auto y encendí la pantalla. Miré la dirección del hotel que me había enviado.
—Maldita loca psicópata... —mascullé, golpeando el volante antes de arrancar.
Llegué a la entrada de un hotel lujoso en el norte de la ciudad. Suspiré con pesadez frente al volante; no soy idiota, sabía perfectamente a dónde iba todo esto y por qué ella había escogido un lugar como ese. Subí por el ascensor sintiendo que cada piso que avanzaba era un paso más hacia mi propia tumba.
Al llegar a la suite, Vanesa ya me estaba esperando. Se veía impecable, demasiado tranquila para la hora que era.
—Siéntate, Sebas. ¿Quieres un poco de vino? —me ofreció con una calma que me revolvió el estómago.
—¿Qué mierda estás haciendo, maldita loca? —le solté, encabronado, quedándome de pie junto a la puerta—. ¿Qué pretendes con todo esto? ¿Para qué carajos me quieres aquí a estas horas? ¿Solo para hacerme enojar?
Vanesa soltó una risita suave, dejando la copa sobre una mesa auxiliar.
—Te ves tan sexy cuando estás enojado... ¿Por qué no descargas toda esa ira que me tienes en otra cosa? Sería mucho más divertido—dijo, recorriéndome con la mirada.
Mantuve mi distancia, firme cerca de la puerta.
Tenía la mano en el bolsillo, presionando el botón de mi teléfono para asegurar que la grabación de audio estuviera corriendo. Necesitaba que admitiera el chantaje, necesitaba una evidencia para acabar con esto.
—Sebas, hablemos de lo que tenemos —continuó ella, poniéndose de pie y caminando con lentitud hacia mí—. Entiendo perfectamente que te abstienes por tu esposa, pero seamos sinceros... Luciana no te merece. No es suficiente para un hombre como tú. Deberíamos seguir lo que empezamos en la oficina.
Se empezó a acercar, acortando el espacio con una confianza depredadora. Yo no entendía por qué me hablaba con tanta soltura, hasta que noté que sus ojos se desviaron un segundo hacia mi bolsillo. Su sonrisa se ensanchó. Se dio cuenta.
Me empecé a alejar, pero ella fue más rápida. En un movimiento que no vi venir, me abrazó con fuerza, hundiendo sus manos en mi bolsillo y arrebatándome el celular. Con una agilidad pasmosa, lo apagó antes de que yo pudiera recuperarlo.
—¡Pásamelo! —dije alejándome, pero ya era tarde.
—¿Piensas que soy estúpida, Sebastián? —me espetó, tirando el teléfono sobre la cama—. Sé que necesitas evidencia para hundirme, pero a mí nadie me rechaza. No sé qué tanto te crees. No entiendo por qué esa mujer de tu esposa es "mejor" que yo, pero te dije que esto no se iba a quedar así.
Sus ojos brillaban con una mezcla de resentimiento y locura.
—Ahora harás lo que yo diga o voy a enviar ese video de la oficina.
—Estás loca si piensas que me voy a dejar manipular por una niña —le respondí, sintiendo un asco profundo—. ¿Sabes qué? Haz lo que se te dé la maldita gana. No me voy a acostar contigo solo porque estás resentida. ¡Entiéndelo de una vez!
Vanesa dio un paso atrás, pero no parecía derrotada. Al contrario.
—¿Ah, no? ¿Sabes qué pasa si se lo envío a tu esposa, no? ¿O si se lo mando a Gabriel confirmando lo que ya le dije hoy en la oficina? —Empezó a desabotonarse el abrigo con una parsimonia aterradora—. Veamos si sigues siendo tan valiente cuando no tengas ni casa, ni trabajo, ni esposa.
El abrigo cayó al suelo, dejando ver un conjunto de lencería roja que gritaba desesperación y malicia a partes iguales. Se quedó ahí, frente a mí, desafiándome a dar un paso, mientras el silencio del hotel se volvía una celda de la que no sabía cómo escapar.
Miré a Vanesa con un desprecio que ya ni siquiera intentaba ocultar. Ella estaba ahí, en su lencería roja, exponiéndose como si fuera un premio, pero para mí no era más que una mancha de aceite en un plano perfecto. Recorrí con la mirada las esquinas del techo, las lámparas, el televisor.
—Me imagino que tendrás alguna cámara escondida para terminar de meterme en problemas —solté con amargura—. Es lo que haría alguien como tú, ¿no? Documentar la caída.
Vanesa soltó una carcajada encantada, como si le hubiera hecho el mejor de los cumplidos.
—¡Uy! ¿Cómo lo supiste? —dijo, aplaudiendo suavemente—. Por eso me encantas, Sebas. Eres mi hombre ideal: inteligente, guapo y con esa intuición de arquitecto. Lástima que esa amargada se me haya adelantado. De verdad, no lo entiendo... ¿Qué le ves a ella? Es tan... plana. Tan aburrida.
Ignoré su pregunta. No iba a rebajarme a discutir sobre Luciana con alguien que no le llega ni a los talones.
—Solo quiero divertirnos un rato, Sebas —insistió ella, con esa voz melosa que me revolvía las entrañas—. Una noche y te juro que te dejo en paz.
Vanesa se abalanzó sobre mí, intentando atrapar mis labios con los suyos. Retrocedí, tratando de zafarme sin usar la fuerza bruta, pero ella estaba fuera de sí. Sus manos se movieron con una rapidez desesperada, bajando directamente a mi cintura.
La empujé con fuerza suficiente para que retrocediera varios pasos y terminara cayendo sentada sobre el borde de la cama. Ella se quedó ahí, despeinada, con la respiración entrecortada y esa mirada de obsesión que me daba escalofríos.
—¡Basta ya, Vanesa! —le espeté, ajustándome la ropa con manos temblorosas de la pura rabia—. ¿Acaso no piensas antes de actuar? ¿Por qué haces esto? Te lo digo en serio, ya ni siquiera me das rabia... me das lástima. De verdad, qué pobre de ti, tener que llegar a esto porque no soportas que alguien te diga que no.
Me miró desde la cama, pero en lugar de sentirse humillada, soltó una carcajada ronca, señalando con la barbilla hacia mis piernas.
—¿Lástima? —dijo ella con una sonrisa triunfante y cargada de veneno—. Eso no es lo que piensa tu amiguito de ahí abajo, Sebas. El cuerpo no miente. Eso significa que te gusto, aunque te mueras de miedo de admitirlo frente a la santurrona de tu esposa.
Me di media vuelta, recogí mi celular de la cama con un movimiento brusco y me dirigí hacia la puerta. Ya había tenido suficiente de este aire viciado.
—Me voy. Envía el video, llama a tu madre, haz lo que quieras. Pero aquí no va a pasar nada —dije con la mano en el pomo de la puerta.
Salí de esa habitación sin mirar atrás, sintiendo que necesitaba bañarme con cloro para quitarme la sensación de sus manos sobre mí.
...PRESENTE ...
El auto se detiene frente al edificio. El motor se apaga y, con él, el último rastro de mi paciencia. Luciana sale del vehículo sin mediar palabra, cerrando la puerta con un golpe seco que retumba en mi cabeza.
Entramos al lobby y la veo. Vanesa está ahí, impecable, conversando con Gabriel como si fuera la pasante modelo. Cuando paso por su lado, ella me recorre con una mirada lenta, de esas que dicen: "Estás en problemas".
El silencio de Luciana en el ascensor me estaba matando. No podía dejar que esto pasara de hoy. Si Vanesa tenía un video y yo tenía un secreto, la única forma de desarmar la bomba era que Luciana supiera la verdad antes de que esa psicópata decidiera apretar el botón de "enviar".
—Amor, hablemos, ¿sí? Por favor... vamos a la terraza —le dije, tomándola suavemente del brazo.
Ella me miró con una mezcla de cansancio y duda, pero finalmente asintió. Subimos a la terraza del edificio, donde el viento de la mañana soplaba con fuerza. Me paré frente a ella y solté todo.
—No te quería decir nada porque no quería preocuparte —confesé, bajando la cabeza—. Tenía miedo de que no me creyeras, especialmente después de que ella fue a llorarle a Gabriel diciendo que yo la acosaba. Me sentí acorralado, Lu.
Me preparé para lo peor: un grito, una cachetada o que me mandara a dormir al sofá por el resto del siglo. Pero, para mi sorpresa, Luciana solo suspiró y asintió con una calma que me dejó descolocado.
—Me imaginé que algo raro estaba pasando con Vanesa —dijo ella, cruzándose de brazos—. Esa mujer es muy extraña, tiene una energía pesada. Y te conozco, mi amor...
De repente, extendió la mano y me dio un pellizco durísimo en el cachete.
—¡Ay! ¡Amor! —me quejé, frotándome la cara.
—Eso es para que no se te olvide que eres perfectamente consciente de lo que te pasaría si me llegas a ser infiel —me advirtió con una sonrisa que daba miedo y ternura a la vez—. Y no te quejes, que eres un dramático; es solo un pellizco. Te lo mereces por ocultarme las cosas. Si no me querías preocupar, me hubieras dicho igual, Sebastián. Somos un equipo, ¿no?
Me llevé la mano al pecho y puse mi mejor cara de actor de drama.
—¡Te lo prometo por mi vida! No volverá a pasar —le dije de forma teatral—. Perdóname, Diosa mía, dueña de mi corazón y de mi existencia. Te juro que no soy ni seré el sugar daddy de ninguna mujer. A la única mujer que miro y miraré de forma romántica es a mi esposa, mi vida entera.
Luciana rodó los ojos, pero soltó una risita. El hielo se había roto, y sentir que ella estaba de mi lado me dio la fuerza que necesitaba para lo que venía.
Bajamos de la terraza y el ambiente cambió de inmediato. Vanesa ya estaba lista con sus planos y su bolso, esperando a Luciana para irse al trabajo de campo. Me miró con esa suficiencia de quien cree que todavía tiene el control, sin saber que ya le había contado todo a mi mujer.
—¿Lista, arquitecta? —preguntó Vanesa con una voz dulce que ahora me sonaba a estática.
Luciana le dedicó una sonrisa profesional, pero yo noté el brillo en sus ojos.
—Lista, Vanesa. Vamos, que hay mucho que revisar en el sitio de la obra.
Vi cómo se alejaban hacia el ascensor. Luciana iba al campo de batalla con el enemigo, pero ahora iba armada con la verdad. Por mi parte, me ajusté el cuello de la camisa y caminé con paso firme hacia la oficina de Gabriel. Si Vanesa quería jugar a las denuncias y a los videos, yo iba a poner las cartas sobre la mesa con mi jefe de una vez por todas.
Entré en la oficina de Gabriel sintiendo que me quitaba un piano de encima. Ya Luciana sabía la verdad, y eso me daba la armadura necesaria para enfrentar lo que fuera. Gabriel estaba sentado frente a su monitor, frotándose las sienes con una expresión de haber envejecido diez años en una sola noche.
Le solté todo. Sin filtros. Desde el beso forzado hasta la encerrona en el hotel y la amenaza del video. Gabriel me escuchaba en un silencio sepulcral, su rostro pasando del asombro a una furia contenida que hacía que se le marcaran las venas del cuello.
—...y por eso necesitaba decírtelo antes de que ella mueva su siguiente ficha —concluí, sentándome frente a él—. Pero antes de que me digas nada, ¿dónde está Fernando? Noté su escritorio vacío.
Gabriel soltó un suspiro pesado y se reclinó en su silla.
—Ese es el otro despelote, Sebas. Fernando no vino hoy porque lo suspendí —soltó Gabriel, dejándome con la boca abierta—. Resulta que Vanesa no solo te tenía a ti en la mira; lo estaba usando a él también para sacar información y vete tú a saber qué más. Y Fernando, bueno... él sí cayó redondito. Han estado saliendo.
—¿Tan lejos llegó? —pregunté incrédulo. Me esperaba cualquier cosa de Vanesa, pero que ya hubiera infiltrado a Fernando en su red de manipulación era de otro nivel.
—Tan lejos que anoche, cuando intenté hablar con él sobre su rendimiento y lo que estaba pasando con la pasante, se portó increíblemente grosero conmigo —Gabriel golpeó suavemente el escritorio—. Estaba defendiéndola como si fuera su caballero andante. Esa muchacha es el demonio, Sebas. Tiene a todo el mundo de cabeza. Lo suspendí hasta que aclaremos esto, porque si la Senadora se entera de lo que pasa aquí sin contexto, nos mete en un lío legal del que no salimos nunca.
Me quedé procesando la información. Vanesa no estaba jugando a los dados; estaba jugando al ajedrez y ya se había comido a una de nuestras piezas.
—¿Y qué vamos a hacer? —pregunté—. Ella tiene ese video de la oficina.
Gabriel cambió su expresión a una de absoluta determinación. Tomó el teléfono de la oficina.
—Vamos a pelear con fuego. Voy a llamar al departamento de sistemas ahora mismo. Quiero que recuperen el video original del servidor. Si hay audio, por mínimo que sea, lo quiero. Y si no, buscaremos los metadatos que demuestren que ella manipuló el clip.
Vi a Gabriel marcar una extensión y hablar con voz de mando. Después de colgar, me miró fijamente.
—Y después de eso, voy a llamar a la senadora. La pasantía de Vanesa se termina hoy. No me importa quién sea su mamá; nadie viene a mi empresa a extorsionar a mis amigos y a corromper a mis empleados.
Sentí un alivio inmenso. El "jefe" finalmente había despertado. Pero mientras Gabriel iniciaba la guerra administrativa, yo no podía dejar de pensar en Luciana. Ella estaba sola en la obra con esa psicópata, y aunque Lu es fuerte, Vanesa no tiene límites cuando se siente acorralada.