Narra la historia de Eliza Valantine, una mujer ruda de los barrios bajos que terminará reencarnando en Ofelia, la villana de secundaria de una novela que leyó. La Ofelia original era una mujer sin dignidad que drogó al protagonista, obligándolo a casarse con ella. Esta nueva Ofelia es una mujer empoderada, ruda y fuerte de pies a cabeza que no necesita usar a un hombre para ascender. No se deja de nadie y no necesita un héroe que la salve; ella es su propio héroe.
Si te gustan las protagonistas poderosas que reparten bofetadas a diestra y siniestra, quédate aquí.
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3 Pelea
Iván cayó de rodillas. Antes de que pudiera procesar el dolor, mi bota se alzó. Con una fuerza nacida de la furia, la planté firmemente sobre su cabeza, hundiéndola contra el suelo de madera. El aire escapó de los pulmones de Marcos en un silbido lastimero. Los ojos vidriosos se clavaron en el zapato que ahora lo aplastaba.
—«Lo que más odio son los hombres basuras que creen que ser verdaderos hombres es maltratar a una mujer. Tú no eres un verdadero hombre; eres un montón de excremento, una basura podrida.»
Los amigos de Iván, furiosos, se pusieron en posición de ataque para defender a su amigo. Tomé un bate de Theo que estaba al lado mío. El amigo de Iván más grande se acercó, una sonrisa cruel en sus labios.
—«Te haré respetar a los hombres, haré que aprendas cuál es tu lugar»— gritó el amigo de Iván, enojado. Yo no respondí. Mi mano se cerró alrededor del bate de metal, mis nudillos blancos.
El primer impacto fue un estallido sordo, un CRACK que hizo vibrar el aire. El chico aulló, tropezando hacia atrás. Yo ataqué de nuevo, el bate describiendo un arco brutal. Otro golpe, esta vez en las costillas. El sonido fue espantoso, como si el metal le rompiera una costilla. El otro amigo de Iván intentó agarrarme, pero yo giré, usando el bate para azotar su muñeca. El metal chirrió.
Los gritos de dolor y sorpresa llenaron la sala. Yo no paré hasta que el primero cayó al suelo, gimiendo. Los otros dos, con rostros pálidos y ojos llenos de terror, vieron la furia desatada. Con un movimiento rápido, yo los empujé hacia la puerta, mi voz un gruñido bajo:
_«¡Fuera! No quiero ratas en mi casa; si vuelven, los mataré.»_ —Tropezaron hacia la noche, arrastrándose lejos de mi casa. Yo tiré al novio de mi cuñada y cerré la puerta, jadeando, la adrenalina aún corriendo. El bate cayó, y el silencio reinó, un silencio que yo había ganado.
—«¿Quién te crees para golpear a mi novio? Esta casa no es tuya; no tienes derecho.»— gritó Elza, enfurecida. Me acerqué a ella con una sonrisa arrogante.
—«Soy la esposa de Bruno, el dueño; tengo derecho. Las esposas de los hermanos mayores somos como una segunda madre. Me faltaste el respeto; tengo que disciplinarte para que aprendas a cerrar esa boca.»
La rabia, una bestia indómita, se desató. Antes de que Elza pudiera pensar, mi mano voló; un puñetazo seco y brutal conectó justo en la mandíbula de Elza. El impacto fue un crujido nauseabundo, seguido de un grito ahogado. Elza se tambaleó hacia atrás, llevándose la mano a la boca, con los ojos desorbitados. De sus dedos goteaba un carmín espeso. Y allí, en el suelo pulido, un pequeño trozo blanco, un diente, rodó con un tintineo ridículo antes de detenerse.
—«Esto solo fue una advertencia: si te vuelvo a ver con ese novio bueno para nada, te mataré a golpes. Eres una dama de sociedad, tienes todo para triunfar y andas con un parásito, un hombre inútil que solo te quita dinero, y encima de acostarte con él, solo conseguirás un embarazo a temprana edad y ser la burla de la alta sociedad.»
—«Tú solo eres mi cuñada, no eres mi madre, no tienes derecho. Amo a Iván y ni tú ni mi hermano me harán alejarme de él.»— respondió Elza, llena de arrogancia y orgullo.
—«Muy bien, Elza. Te lo dije: si te veo con él nuevamente, atente a las consecuencias. Solo hablo una vez.»
Me retiré a mi habitación. Bruno llegó y vio las cámaras; enfurecido, llamó a Elza a su habitación.
—«Si tu cuñada no hubiera actuado hoy, hubieras metido a ese bastardo a tu habitación. Esta es mi casa; te dejé muy claro que no te quería ver con ese inútil.»— gritó Bruno, lleno de furia. Antes de pensarlo, su mano se alzó. No fue un golpe fuerte, sino un impacto seco, un manotazo que tomó a Elza por sorpresa. El sonido fue un golpe sordo contra su mejilla pálida. Elza se llevó una mano al rostro, sus ojos abiertos, no de dolor inmediato, sino de incredulidad helada. El mundo se detuvo. El aliento se atascó en la garganta de Bruno. Vio el rubor formándose en la piel de su hermana, la humillación reflejada en sus ojos azules que antes eran cómplices. Un sollozo apenas audible escapó de los labios de Elza, y en ese sonido, Marco se sintió mal; era la primera que le pegaba. Elza salió corriendo de la habitación.
Bruno fue a mi habitación para reclamarme mi escena en el banquete. No llamó, abrió la puerta de golpe. Me encontró de espaldas, junto a la ventana, con la luz de la luna dibujando mi silueta delicada.
—«¿Cómo pudiste? Avergonzaste el apellido Díaz, encima de que me drogaste y me forzaste a hacer tu esposo; me humillaste públicamente.»— exclamó con su voz áspera.
Yo no me giré de inmediato. Solo un lento suspiro. Cuando finalmente lo hice, sus ojos estaban rojos, pero su mirada era dura.
—«No hay nada que decir, tú me humillaste primero. No voy a permitir que nadie me humille; devuelvo golpe por golpe»— murmuré, mi voz apenas un susurro.
Él avanzó, pero yo fui más rápida. Me coloqué entre él y el centro de la habitación, su cuerpo una barrera infranqueable.
—«Ya te dije que no quiero hablar contigo, no tengo nada de qué hablar contigo, Bruno.»
—«¡Pero yo sí! ¡Necesito entender! ¿Por qué me drogaste si no te importo?»— dijo Bruno con un rostro frío. Sonreí en su cara.
—«No lo entiendes. No quieres entender; es obvio que por tu dinero, eres rico, es lo único que importa. ¿Por qué, como hombre, dejas mucho que desear? Tienes buena herramienta, pero eres duro como un bloque de hielo y no sabes moverte. Ve con un urólogo y no me fastidies». Y con un movimiento rápido y decidido, lo agarró del brazo y lo empujó hacia el umbral.
—«¡Vete y no me fastidies, impotente!»
Antes de que él pudiera reaccionar, la puerta se cerró con un golpe seco y definitivo. El cerrojo giró con un sonido metálico que resonó en el silencio, dejándolo varado en la oscuridad, con la imagen de su rostro rechazándolo grabada en la retina.
—«¿Cómo se atreve? No le perdonaré esta humillación. No soy impotente; no recuerdo mucho porque estaba drogado. ¿Será que lo hice tan mal? Mañana voy con el urólogo; es la primera vez que una mujer destroza mi ego de esa manera. Viéndola bien, sin ese maquillaje raro que usa, es muy hermosa. No, Bruno, jamás me enamoré de esa víbora. Cierto, mañana tengo que recoger a los tres pequeños que están en casa de mi abuelo.»— susurró Bruno con un rostro frío y apagado. Era la primera vez que alguien lo humillaba de tal manera.
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