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La Prisionera Del Comandante Declan

La Prisionera Del Comandante Declan

Status: Terminada
Genre:Esclava / Sirvienta / Ascenso de clase social / Dominación / Amor tras matrimonio / Completas
Popularitas:8.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Gianna Viteri (gilover28)

En Vaelkoria, el aire huele a pólvora y traición. Declan es el puño de hierro del imperio, un hombre que no conoce la duda. Pero cuando captura a Navira en las fronteras de Sundergard, descubre que hay incendios que ni siquiera el acero más frío puede apagar. Ella es su prisionera, pero él es quien está perdiendo la libertad.

NovelToon tiene autorización de Gianna Viteri (gilover28) para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Navira

El aire en el salón de audiencias estaba saturado del olor a cera de abeja, pergamino antiguo y el perfume rancio de hombres que creían que su linaje les daba derecho a todo. Yo estaba sentada en un sillón de terciopelo azul, tratando de no moverme demasiado para que las varillas de mi corsé no me perforaran un pulmón.

Declan me había obligado. "Si vas a ser la Gran Dama de Vaelkoria, tienes que empezar a manejar a estos buitres antes de que ellos te manejen a ti", me había dicho esa mañana mientras me ponía un collar de zafiros que pesaba más que mi propia voluntad.

Así que allí estaba yo, presidiendo mi primera reunión diplomática con los representantes de las Ciudades Libres. Declan estaba sentado a unos metros, fingiendo leer unos informes militares, pero sus ojos azules no se apartaban de mí. Parecía un lobo vigilando a su cachorra mientras ella intentaba negociar con hienas.

—Entonces, Lady Navira —dijo el Vizconde de Arlow, un hombre con un bigote tan encerado que parecía que podría cortar vidrio y una sonrisa que me daba ganas de bañarme en alcohol—. El tratado de paso por el Desfiladero de las Sombras es... complejo. Requiere una mano delicada. Una mano tan bella como la vuestra.

Sentí un escalofrío. Declan soltó un gruñido bajo desde su rincón, un sonido que solo yo —y probablemente todos los guardias en un radio de diez kilómetros— pudimos oír.

—El tratado es una cuestión de números, Vizconde, no de estética —respondí, manteniendo mi voz plana y profesional, aunque por dentro quería lanzarle el tintero a la cabeza.

—Oh, pero en las Ciudades Libres creemos que la belleza y la política van de la mano —insistió Arlow. El muy imbécil se levantó de su silla y rodeó la mesa. Se acercó a mi sillón con una confianza que solo un hombre que no conoce el temperamento de Declan podría tener—. Por ejemplo, un pequeño incentivo... una invitación a mi finca privada podría agilizar las firmas.

Arlow alargó la mano y, antes de que pudiera reaccionar, puso sus dedos grasientos sobre mi hombro, rozando deliberadamente la piel expuesta de mi cuello.

El tiempo se detuvo.

Escuché el sonido de una silla volando. No arrastrándose, sino volando contra la pared. Declan se puso en pie con una violencia que hizo que las lámparas de cristal tintinearan. Su rostro no estaba rojo de furia; estaba blanco, una señal de que el "monstruo de Vaelkoria" acababa de tomar el mando.

—Quita... tu asquerosa mano... de mi prometida —dijo Declan. Su voz era un susurro que cortaba más que cualquier espada.

—General, solo estaba... —Arlow empezó a decir, pero no terminó la frase.

Declan cruzó la habitación en tres zancadas. Antes de que el Vizconde pudiera parpadear, Declan lo tomó por la solapa de su lujosa chaqueta y lo levantó del suelo como si fuera un saco de patatas.

—¡Declan, no! —exclamé, aunque una parte de mí estaba disfrutando la imagen de Arlow pataleando en el aire.

—¡¿Qué ibas a hacer, Arlow?! —rugió Declan, estrellándolo contra la mesa de caoba, haciendo que los mapas y los tinteros volaran por todas partes—. ¡¿A invitarla a tu finca?! ¡Te voy a invitar yo a que veas cómo se ven tus intestinos desde fuera si vuelves a rozar su piel! ¡Es mi Navira! ¡Mía! ¡¿Acaso el brillo de los zafiros te dejó ciego, pedazo de estiércol diplomático?!

—¡Es un ultraje! —gritó uno de los diplomáticos del Este, levantándose aterrorizado—. ¡Esto es una violación de las leyes de inmunidad!

Declan soltó a Arlow solo para propinarle un puñetazo directo en la mandíbula que lo mandó a dormir debajo de la mesa de café. Luego se giró hacia los otros diplomáticos, con los puños cerrados y los ojos inyectados en sangre.

—¡La inmunidad me importa una mierda! —gritó Declan, señalándolos con el dedo—. ¡Si alguno de vosotros respira demasiado fuerte en dirección a ella, voy a convertir vuestras ciudades en cenizas antes de que llegue el postre! ¡¿Quién sigue?! ¡¿Quién quiere tocarle la mano?! ¡Venga, atreveos!

Yo me pasé una mano por la frente, suspirando. Esto era un desastre épico. Miré a los diplomáticos, que estaban encogidos contra las paredes, mirando a Declan como si fuera un demonio desatado.

Me puse de pie lentamente, ajusté mi vestido carmín y forcé la sonrisa más diplomática, falsa y ensayada que pude recordar de las clases de protocolo.

—Señores, por favor, ignoren eso —dije con una voz dulce que contrastaba horriblemente con el sonido de Arlow gimiendo bajo la mesa—. Mi prometido ha tenido una mañana muy estresante y, como ven, es un poco... apasionado con el protocolo de seguridad. Sigamos con el punto cuatro del tratado: los aranceles del trigo.

—¡Navira! —rugió Declan, girándose hacia mí—. ¡Ese cerdo te ha tocado! ¡Tengo que romperle al menos tres costillas más para sentirme satisfecho!

—Siéntate, Declan —le ordené, señalando su silla volcada con un dedo autoritario.

—¡Pero él...!

—¡Siéntate! O juro por Sundergard que la próxima vez que te escales a mi balcón, habré puesto cristales rotos y aceite hirviendo.

Declan me miró, con el pecho subiendo y bajando por la adrenalina. Gruñó algo ininteligible sobre "derechos de propiedad" y "diplomáticos con manos largas", pero finalmente levantó su silla y se desplomó en ella, cruzando los brazos y lanzándole una mirada asesina a un diplomático que tuvo la mala suerte de cruzar su vista con la suya.

—Como les decía —continué, ignorando el rastro de tinta negra que ahora manchaba la alfombra cara—, los aranceles del trigo son fundamentales para la estabilidad de la región. Vizconde Arlow, si puede dejar de sangrar sobre mis alfombras un momento, le agradecería que revisara la página cinco.

Arlow asomó la cabeza por debajo de la mesa, con el bigote deshecho y el ojo empezando a hincharse.

—Yo... yo creo que estoy de acuerdo con todo lo que Lady Navira proponga —balbuceó el hombre, aterrorizado.

—Excelente —dije, sonriendo de nuevo mientras Declan se crujía los nudillos con un sonido amenazador que resonó en toda la sala—. Me encanta cuando la diplomacia fluye de manera tan... natural.

La reunión continuó en un caos absoluto. Cada vez que un diplomático intentaba hablar, Declan soltaba un gruñido o empezaba a limpiar su daga con una servilleta de seda. Los hombres firmaban los documentos tan rápido que las plumas se rompían, todo bajo la sombra de un General que parecía estar a un segundo de saltar sobre la mesa de nuevo.

—¿Ves? —me susurró Declan cuando finalmente la sala se vació de diplomáticos que corrían hacia las puertas como si sus vidas dependieran de ello—. Te dije que yo manejaba estas cosas mejor. Firma rápida, resultados efectivos.

—¡Has golpeado a un Vizconde, Declan! —le grité, aunque no pude evitar que se me escapara una risita—. ¡Has causado un incidente internacional porque me rozó el hombro!

—Nadie toca lo que es mío, Navira —dijo él, levantándose y rodeándome con sus brazos, esta vez con una ternura que me desarmó—. Me daban ganas de arrancarle los ojos. No soporto que te miren así. No soporto que crean que pueden acercarse a ti.

—Eres un animal posesivo e imbécil —dije, apoyando mi cabeza en su pecho, justo encima de su corazón que aún latía con fuerza.

—Tu animal —corrigió él, dándome un beso en la frente—. Y por cierto, ese vestido te queda tan bien que casi entiendo por qué el idiota de Arlow perdió el juicio. Pero si vuelves a ponértelo para una reunión, voy a tener que encadenar a los diplomáticos a sus sillas antes de que entren.

En ese momento, Kael entró en la sala, mirando el desastre, la tinta derramada y el rastro de sangre de Arlow hacia la salida.

—Señor... los representantes de las Ciudades Libres han salido huyendo hacia el puerto. Dicen que Vaelkoria está gobernada por un loco y una santa que sonríe mientras el loco mata gente.

—Misión cumplida, Kael —dijo Declan, guiñándome un ojo—. Ahora, tráenos vino. Lady Navira tiene que celebrar su primer éxito diplomático. Y trae algo para limpiar la mesa, que Navira se pone muy pesada con las manchas de sangre de Vizconde.

Me eché a reír, incapaz de contenerme más. Era un caos, era una locura y probablemente nuestra boda sería el inicio de una guerra mundial, pero mientras miraba a Declan —mi monstruo, mi protector, mi futuro esposo— supe que no quería una vida aburrida y diplomática. Quería este incendio.

—Te odio, Declan —susurré entre risas.

—Como me encantas, nena —respondió él, alzándome en vilo mientras Kael suspiraba, resignado a que su General nunca sería un hombre normal.

Vaelkoria podía ser un reino de hierro, pero con nosotros al mando, iba a ser, sobre todo, un reino donde nadie se aburriría jamás.

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Silvana Beatriz Velazquez
maravillosa historia 😍. Solo me hubiera gustado un extra con el nacimiento del bebé y unos años después mostrando su carácter.
Elsa Martinez Gonzalez
MAGNÍFICA
Paola Cordero
Jajajjaja y jajajjajajajjaja como todo hombre super exagerado jajajajajajsjajsjjs
karla yustiz garcia
🤣🤣🤣🤣 la vitamina N
Olinda Bernales Bertolotto
Siempre lindo... nunca decepciona leer tus libros.
Gracias por compartir tu talento... 🙂😊🤗😄
Sharon Mendoza
precioso
Sharon Mendoza
precioso
karla yustiz garcia
se lee tan buena 👏👏
karla yustiz garcia
será que hay fotos de ellos 🤔
karla yustiz garcia
a mi también 🤭
karla yustiz garcia
me encanta 😍😍
karla yustiz garcia
😍😍 que bello
Viviana Lopez
Espléndido
Irene Covarrubias
creo que fue muy sutil 🤣🤣
Rosa Villena
Bellísima historia, me encantó, gracias, gracias ❤️🥰
Elilu 🇲🇽
jajaja no pues viéndolo por ese lado Declan tiene razón es un gran avance en la relación de peros y gatos que se traen ustedes dos.
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