Keily siempre pensó que su vida sería tranquila: libros, estudios y pasar desapercibida. Lo último que esperaba era verse comprometida con Gastón Moretti, el capitán del equipo de básquetbol de la universidad… y también el chico que más la había molestado en el pasado.
Entre compromisos familiares, apariencias que mantener y la presión de una relación inesperada, ambos descubrirán que este acuerdo no será tan sencillo como parecía.
¿Podrán sobrevivir a la farsa sin que el corazón se les escape de las manos?
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Capítulo 23: Una cita de verdad
Keily
La mañana después de todo lo que había pasado parecía distinta. Me desperté todavía con la sensación del beso en los labios y la calidez de sus palabras en el pecho. Dormimos cada uno en su habitación, sí, pero algo había cambiado en el aire entre nosotros.
Cuando salí a la cocina, él ya estaba allí, con el cabello todavía húmedo de la ducha y una taza de café en la mano. Me saludó con una sonrisa tranquila, casi tímida, y eso me desarmó por completo.
—Buenos días, dormilona —dijo, levantando la taza como si brindara conmigo.
—Buenos días —contesté, sintiéndome más nerviosa de lo que debería.
Desayunamos juntos, y aunque la conversación fue ligera, había algo diferente: las miradas se alargaban más de la cuenta, las sonrisas parecían tener un doble sentido, y hasta los roces de sus manos contra las mías, al pasarnos los platos, me erizaban la piel.
Nunca pensé que un desayuno pudiera sentirse tan… íntimo.
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Sin embargo, a lo largo del día lo noté raro. Más callado, más pensativo de lo normal. Lo observaba desde mi escritorio mientras él hacía sus cosas en el sillón, con el ceño fruncido como si estuviera planeando algo importante.
Por momentos, parecía querer decirme algo, pero se detenía justo antes de abrir la boca. Eso me ponía nerviosa, como si hubiera una verdad flotando en el ambiente que yo todavía no alcanzaba a comprender.
Al caer la tarde, no aguanté más.
—Gastón, ¿estás bien? —pregunté, apoyándome en el marco de la puerta.
Él levantó la vista y, por un instante, su seriedad me preocupó. Pero luego, una sonrisa lenta apareció en su rostro.
—Estoy bien. Mejor de lo que pensaba, en realidad.
Me crucé de brazos, arqueando una ceja.
—Entonces, ¿qué te pasa? Has estado como… extraño todo el día.
Se levantó, caminó hacia mí y se detuvo lo bastante cerca para que mi corazón empezara a golpear fuerte.
—Estaba pensando en que anoche me di cuenta de algo.
—¿De qué? —susurré, con miedo y curiosidad a la vez.
Su mirada se suavizó, y la seriedad de antes se transformó en algo más cálido.
—De que nunca tuvimos la oportunidad de conocernos de verdad. Todo lo que pasó entre nosotros hasta ahora estuvo marcado por la obligación, por lo que nuestros padres decidieron, por la presión de los demás. —Hizo una pausa, sus dedos rozando mi brazo de manera casi distraída—. Y quiero cambiar eso.
Mi respiración se agitó sin que pudiera evitarlo.
—¿Cambiar qué?
Él sonrió de lado, con ese gesto seguro que siempre me había intimidado, pero que ahora me provocaba un cosquilleo extraño en el estómago.
—Quiero invitarte a salir, Keily. Una cita. Pero no como “mi prometida por obligación”, sino como la chica que… —se interrumpió, bajando la voz apenas—, la chica que me gusta.
El mundo se detuvo un segundo. Sentí que mis mejillas ardían, y no supe qué responder de inmediato.
Era irónico: teníamos un compromiso formal que todos esperaban ver cumplido, y recién ahora estábamos hablando de algo tan simple, tan real como una cita.
—¿Una cita? —repetí torpemente, como si la palabra fuera demasiado extraña en mis labios.
Él rió suavemente.
—Sí, una cita. Yo paso por ti, cenamos, hablamos… nos conocemos de verdad, como dos personas que deciden estar juntas porque quieren, no porque los obligaron.
Lo miré fijamente, intentando leer si hablaba en serio. Pero lo hacía. Y ese detalle, esa intención genuina, hizo que algo dentro de mí se derritiera un poco más.
Sonreí, apenas, aunque la voz me tembló.
—Está bien… acepto.
Sus ojos brillaron, y antes de apartarse, sus dedos se deslizaron por mi mano en un roce breve pero cargado de significado.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que tal vez esto podía ser diferente. Que tal vez, entre tanta obligación, había espacio para algo real.