Cathanna creció creyendo que su destino residía únicamente en convertirse en la esposa perfecta y una madre ejemplar para los hijos que tendría con aquel hombre dispuesto a pagar una gran fortuna de oro por ella. Y, sobre todo, jamás ser como las brujas: mujeres rebeldes, descaradas e indomables, que gozaban desatarse en la impudencia dentro de una sociedad atrancada en sus pensamientos machistas, cuya única ambición era poder controlarlas y, así evitar la imperfección entre su gente.
Pero todo eso cambió cuando esas mujeres marginadas por la sociedad aparecieron delante de ella: brujas que la reclamaron como una de las suyas. Porque Cathanna D'Allessandre no era solo la hija de un importante miembro del consejo del emperador de Valtheria, también era la clave para un retorno que el imperio siempre creyó una simple leyenda.
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CAPÍTULO VEINTITRÉS
021 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra
Día de la Vida Nueva, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
Hacía semanas que no sabía nada de Nyxeret, como había decidido llamarla, ya que su verdadero nombre era absurdamente largo y temía pronunciarlo mal, ofendiendo a la criatura. Había intentado varias veces establecer una comunicación con ella por medio del vínculo mental, pero no obtenía ninguna respuesta.
En realidad, no tenía idea de cómo funcionaban los vínculos entre humanos y dragones. Podía haber mil libros que intentaran explicarlo, pero ninguno se acercaba a lo que era vivirlo en carne propia. Mucho menos sabía sobre esa especie: si acaso solían alejarse de sus destinos de esa manera, o si simplemente necesitaban del idioma para lograr una comunicación clara y ganar confianza.
Se quitó el pijama, se metió en la ducha y dejó que el agua fría corriera por su piel. Desvió la mirada hacia la marca del dragón en su brazo, que, a pesar de que el animal no estuviera dentro, no había desaparecido, por la sencilla razón de que nunca había entrado.
Los valkiria eran una especie descomunal. No la más grande entre los dragones, pero sus crestas afiladas que se agitaban cada vez que soltaban un gruñido, la fuerza de su cola doble y la sola presencia de su cuerpo imponían un terror tan brutal que hasta el más valiente se lo pensaría dos veces antes de acercarse.
Al lado de esa bestia, Cathanna no era más que una cucaracha insignificante, un insecto fácil de aplastar por esas grandes patas. Y aunque el vínculo las uniera, la sola idea de que Nyxeret, en un arranque, pudiera ni siquiera reconocerla y terminar reduciéndola a polvo, le erizaba la piel y le encogía el corazón de una manera que le dolía.
—Vamos, Cathanna —pidió Shahina, impaciente—. Rápido. Nos van a castigar donde no lleguemos a tiempo.
—Mantén la calma. Todavía faltan diez minutos.
—¿Olvidas que no estamos cerca? ¡Muévete!
—Ya estoy —dijo, terminando de recoger su cabello—. Vámonos, señora impaciente.
La formación no duró más de quince minutos, apenas lo suficiente para escuchar las órdenes rutinarias de los altos mandos del castillo. Después, fueron enviados a clases. A ellos les correspondía Derechos Humanos en Guerra. La sola mención de la asignatura le causaba mucha risa a Cathanna; sonaba a contradicción, como si la guerra tuviera algún atisbo de humanidad.
Ingresaron a la torre, abarrotada de cadetes que iban y venían con pasos rápidos. Subieron por la escalera en espiral hasta el quinto piso, donde se encontraba su salón, el cual era amplio, iluminado por ventanales altos que dejaban entrar la luz de la mañana. Había mesas de madera pulida que se distribuían en filas ordenadas, cada una para ser compartida por dos estudiantes.
Cathanna se dejó caer en el asiento junto a Shahina, mientras Loraine y Riven se sentaban adelante, discutiendo cosas sin sentido. Sus dedos rozaron los libros apilados en la mesa. Tomó uno, el cual se llamaba Derechos para civiles.
El profesor ingresó al aula: un hombre alto, de piel oscura y mirada severa, con una túnica gris que se arrastraba ligeramente contra el suelo, y en su mano derecha sostenía una vara de hierro, que luego golpeó contra la pizarra con fuerza, ocasionando un chillido incómodo que les hizo tapar los oídos a todos los reclutas.
—Si un simple ruido como este los hace temblar como nenitas asustadas —dijo con voz grave, pasando la vara aún por la pizarra—, imaginen lo que hará el rugido de una explosión en plena guerra. —Aclaró su garganta, caminando hasta su escritorio—. Soy el profesor Aregon Khevenl, y mi deber es enseñarles que la guerra no solo se libra con fuego, sino también con leyes y límites. Hoy hablaremos de un tema que, irónicamente, siempre se menciona, pero casi nunca se respeta: los civiles. En toda guerra hay quienes no pelean, pero sufren las consecuencias: campesinos, niños, ancianos, mujeres, familias enteras. La teoría dice que sus derechos son sagrados, pero la historia nos ha demostrado que la teoría rara vez se cumplen cuando hay disputas.
Shahina levantó la mano. Cathanna la miró de reojo, notando como se estaba conteniendo para no soltar las palabras. Eso le pareció divertido, pero entendía el porqué. Shahina era sin duda demasiado inteligente, aunque no lo pareciera por su personalidad tan explosiva y la manera en que trataba a los demás cuando decían cosas que le resultaban incoherentes, como Riven, quien amaba sacarla de quicio.
—¿Y qué pasa si los civiles apoyan al enemigo? —dijo, con curiosidad, bajando el brazo—. ¿Tendríamos que respetar sus derechos aun asi? Porque, según sé, los derechos de unos cuantos no pueden estar por encima de la propia corona a la que defendemos en guerra, mucho menos de nuestros compañeros.
—Buena pregunta —respondió Khevenl con una sonrisa ladeada mientras se sentaba—. Ahí está la grieta que vuelve todo tan complejo. Los manuales dicen que, aunque un civil ayude al enemigo... o incluso a la corona, sigue siendo civil mientras no empuñe un arma. Y es ahí donde todo se tuerce, porque nuestros generales se parten la cabeza: mientras esos civiles traicioneros sigan sueltos, más de nosotros morirán en el campo de batalla. Y, aun así, aunque duela, aunque nos cueste vidas, debemos seguir defendiéndolos porque siguen siendo civiles.
—¿Pero no sería traición a la corona? —habló Shahina, de nuevo, ganándose las miradas de sus compañeros—. Todo lo que sea traición debe ser penado con la muerte. ¿Sería igual con un militar?
—Es muy diferente. Los militares tienen una formación de hasta cuatro años en los diferentes centros militares alrededor del reino. Un militar sabe muchas cosas que un civil desconoce. Sabe de estrategias. Sabe de maneras de meterse en un lugar resguardado con alta seguridad y, sobre todo, un militar tiene armamento. Todo eso lo hace diferente a un civil, que no cuenta con nada de eso y tiene un nulo conocimiento de la parte militar del imperio.
—Entonces, si un militar hace traición, será penado a la muerte o al exilio, a diferencia de un civil, a menos de que ese civil posea un arma —habló Shahina, anotando en su cuaderno.
—Exactamente, pero no se confundan —continuó Khevenl, dejando la vara a un lado del escritorio—. Nosotros somos armas de la corona, no jueces. No nos corresponde decidir quién merece vivir o morir en estas tierras. Primer libro, página uno.
Cathanna abrió el libro. Luego levantó la mirada, siguiendo con atención los gestos exagerados del profesor mientras hablaba sobre los derechos de los civiles en la guerra. Nunca lo había pensado de esa manera. La última guerra del imperio, hacía muchos años, había sido tan sangrienta que los derechos humanos se habían pisoteado de forma atroz, y hasta ese momento lo estaba comprendiendo, aun siendo ella una defensora de estos.
Cuando la clase terminó, Cathanna salió junto a Shahina, Loraine y Riven, quien se despidió rápido y se echó a correr. Las mujeres se vieron por un segundo, confundidas por la repentina prisa, pero no dijeron nada. Bajaron hasta llegar al primer piso y se dirigieron hacia el comedor, donde había tanta comida exquisita que a Loraine y Shahina se les humedeció la boca de inmediato.
—Me siento en el paraíso —dijo Shahina, tomando una rebana de pastel, mientras se sentaba. Le dio un mordisco—. Sabe delicioso.
—Come bien, Shahina —le pidió Loraine, sirviéndose pastel en el plato—. Terminaras ahogándote y muriendo.
—Ay, no es para tanto —hablo, con la boca llena.
—Dioses, Shahina. —Loraine rodó los ojos—. No seas tan ordinaria. Te vez desagradable haciendo eso.
—Ahora lo soy. —Tragó rápido—. Pero hace unos días…
—Cállate —interrumpió Loraine, tapándole la boca.
Cathanna arrugó el rostro, pero no preguntó nada. No quería saber que estaba sucediendo entre las dos mujeres que estaba considerando sus amigas, lo cual le pareció extraño, pues desde lo ocurrido con Katrione, sentía que nadie volvería a acompañarla.
Apoyó la cabeza sobre la mesa, pensando en Katrione y en la manera en que le había hablado la última vez que se vieron. Se arrepentía profundamente de sus palabras, deseaba verla y pedirle perdón de rodillas, pero al mismo tiempo la vergüenza la paralizaba.
Cuando Shahina comenzó a mencionar a su destino, Cathanna recordó la esfera de los Blazefire y lo que había visto durante el contacto. Todo le resultaba desconcertante: desde por qué ese hombre era idéntico al de sus sueños hasta por qué poseía una esfera con los recuerdos de Verlah. Arregló las palabras en su mente para que al soltarlas no sonaran demasiado sospechosas.
—Shahina, los Blazefire crearon esferas hace eras —comenzó Cathanna, con la mirada fija en la jarra de jugo frente a ella—. Según se, muchas esferas fueron robadas para fines malignos. Lo que quiero decir es… ¿Pueden guardar recuerdos por años sin problema?
—Puede durar muchísimo, Cathanna. Solo desaparecen cuando la esfera sea destruida únicamente por los Blazefire —respondió Shahina, mirándola—. De hecho, mi destino me dijo hace un par de años que los Blazefire habían dejado de crearlas.
Cathanna levantó la mirada, confundida.
—¿De verdad…? ¿Desde cuándo?
—Unos doscientos años antes de que Valtheria existiera como imperio —respondió antes de llevar un vaso con jugo a sus labios—. ¿Por qué te interesa saber sobre las esferas?
—Solo curiosidad…
Cathanna sintió su cabeza convertirse en un mar de confusión. No tenía sentido lo que decía Shahina, pues había una esfera en la academia que guardaba los recuerdos de esa bruja. ¿Cómo era posible que hubieran dejado de crearse antes del imperio, pero justamente ese hombre tuviera una escondida en Rivernum?
La noche cayó en poco tiempo. Cathanna iba tan sumergida en sus pensamientos que no vio a la persona frente a ella hasta que fue demasiado tarde. Levantó la mirada, arrugando la frente, y se encontró con Zareth, cuyo ceño fruncido y las pequeñas heridas en su rostro hablaban de que no estaba en su mejor momento.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Cathanna, alejándose unos pasos de él—. Que yo tenga entendido, los cazadores no viven en las fortalezas... Olvídalo, recordé que eres el gran líder hasta que tengamos brigadas. —Desvió la mirada.
—Solo venía a verte, D’Allessandre —respondió Zareth, recorriéndola con la mirada—. Recuerda que debo cuidar de ti.
—¿Y cómo piensas cuidar de mí si no puedes evitar que te hagan heridas, comandante? —dijo, señalando las marcas en su rostro—. Deja de fingir preocupación por mi bienestar. No te queda para nada bien ese papelito de protector. Te aseguro que puedo arreglármelas sola. Hace unas semanas estuve por morir por ponerme a atravesar ese pantano al que nos llevaste solo porque no aceptas que te diga las cosas. Me conviene más no estar a tu lado.
Zareth chasqueó la lengua.
—¿Ya dejaste de pelear?
—¡Eres un completo imbécil!
—Solo quería ver que seguías con vida.
Zareth la miró sin expresión y se giró a la salida de la fortaleza. Cathanna frunció el ceño y lo siguió rápido, con el recuerdo de la esfera en la mente y lo que había pasado con esas personas. Quería respuestas y, aunque fuera difícil, tenía que sacarle información.
—¿Por qué me sigues?
—Quiero hablar contigo.
—No tengo nada de qué hablar contigo, mujer.
—Tranquilo; no son sobre tus sueños.
—¿Te han dicho que eres extremadamente terca?
—Solo en ocasiones.
La caminata los llevó hasta una torre apartada, detrás de la Fortaleza de Furia. En su interior, los esperaba una escalera en forma de espiral que ascendía como una serpiente, formada por tablones de madera desgastados. Al apoyar el pie en uno de los peldaños, Cathanna sintió cómo cedía bajo su peso, como si fuera a desplomarse en cualquier momento. Tras una larga subida, llegaron a un pasillo, donde se alzaban puertas de metal, reforzadas con runas que cambiaban de forma con el pasar de los segundos.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Cathanna, desinteresada.
—Yo tengo mucho trabajo que hacer. —La miró de reojo—. Tú solo vienes de arrimada. No voy a hablar contigo.
—¿Cuándo dejarás de ser tan grosero conmigo?
—Cállate y camina. Al menos servirás para algo.
Cathanna rodó los ojos y siguió caminando, mirando cada puerta hasta que se detuvieron ante una de color azul, con la forma de un candado que, de pronto, cambió en un instante a una oruga brillante. Ella no dijo nada, aunque la curiosidad por saber qué era aquel lugar la carcomía por dentro. La puerta se abrió y, dentro de la habitación, había varios fusiles dañados sobre mesas.
—Zareth, al fin lle... —dijo Edil, pero sus palabras se cortaron en seco cuando sus ojos se posaron en Cathanna, que venía detrás de él. Forzó una sonrisa—. Oh, vienes con compañía. —Se acercó unos pasos—. ¿Cuál era tu nombre, niña? ¿Cationa? ¿Catona?
—Cathanna —corrigió ella, devolviéndole una sonrisa igual de falsa—. Cathanna Heartvern, teniente.
—¿Por qué la trajiste? —le preguntó Edil a Zareth—. Estamos aquí para limpiar nuestro armamento, por si no lo recuerdas.
Cathanna infló las mejillas mientras recorría la habitación con la mirada. Se encontró primero con los ojos de Louie, quien le sonrió y la saludó con la mano; luego con el hombre que apenas le dedicó un leve movimiento de cabeza antes de volver a revisar el fusil entre sus dedos, de donde salió un chispazo de fuego que lo hizo caer al suelo y provocar la sonora carcajada de Louie.
—Me ayudarás a armar esto —dijo Zareth con una pequeña sonrisa que lo hacía ver peligrosamente hermoso. No era un hombre de sonreír, pero cuando una lograba asomarse en su rostro, podía cautivar a cualquiera, sin importar si fuese hombre o mujer—. Mueve tus piernas, recluta.
—¿Y qué sabe ella de armar fusiles? —intervino el hombre, soltando una risa—. No lleva ni dos meses aquí, Zareth.
—Pues Zareth tendrá que enseñarle para hacerlo, Odysseus —le dijo Louie, tirándole una herramienta pesada, que le cayó sobre el pie—. No seas bastardo. ¿O es que tú naciste aprendiendo a limpiar un fusil?
Odysseus volvió a soltar una risa, tragándose las ganas de devolverle la herramienta, pero contra la cabeza.
—Quiero hablar contigo, cazador, no ayudarte a armar esto —susurró Cathanna con desagrado—. No voy a convertirme en tu sirvienta. Sabes que no sirvo para esas cosas. Solo necesito que me hables sobre esa bruja. Descubrí algo muy extraño en este castillo, pero primero quiero que me digas todo lo que sabes de ella.
Zareth la miró de reojo mientras se ajustaba los guantes de resistencia, con una expresión que Cathanna no supo interpretar. Tampoco quería hacerlo. Lo único que deseaba de él era información sobre Verlah: su vida antes de ser asesinada públicamente. Necesitaba entender qué había hecho esa mujer para que el imperio entero odiara su nombre al punto de prohibir que alguien más lo llevara. Sabía que había un trasfondo oculto, y quería descubrirlo. Pero el hombre frente a ella parecía dispuesto a todo, menos a responder su petición.
—Zareth, no te quedes callado. —Resopló, poniendo las manos sobre la mesa, mirando como desarmaba el fusil, y una llama se elevó—. No te estoy pidiendo nada del otro mundo. Necesito tu ayuda para descubrir quién era esa mujer, por favor. Tengo derecho a saber.
—Vine a trabajar, Cathanna —respondió con brusquedad, mirándola con esa misma expresión. Sus manos se quedaron estáticas arriba de las partes del arma—. Si quieres saber más de ella, agarra un maldito libro, aunque, claro, dudo que alguien con una cabeza tan hueca como tú pueda abrir uno sin que le arda el cerebro.
Cathanna sintió cómo aquellas palabras se le clavaban en lo más hondo del corazón. Retrocedió, con el rostro ardiendo de enojo, aunque este pronto se transformó en una tristeza pesada.
Habían sido tantos años escuchando frases hirientes como esa, tantos años obligada a bajar la cabeza sin cuestionar nada, que ahora, cuando por fin tenía la oportunidad de preguntar, de intentar comprender el porqué de las cosas que marcaban su vida, volvía a ser humillada. Y ese golpe la hizo sentirse tan mal que por un instante creyó que se desmayaría. Sus ojos ardieron.
—¿Vas a llorar ahora, recluta? —continuó él, como si sus palabras fueran solo eso, sin darse cuenta de que en realidad eran dagas afiladas que la destrozaban por dentro—. Simplemente no quiero hablar de esas cosas, porque ya sabes que me dan asco. Las odio. Y si tanto quieres saber sobre tu maldita familia, ve y pregúntale a tus padres. Pero no conmigo... yo solo te cuido, no soy un libro abierto donde vayas a encontrar todas las respuestas que necesitas.
Esa fue la gota que rebasó un vaso que ya estaba lleno. Su respiración se volvió pesada, como si el aire de la habitación, que ocupaba cada rincón, se negara a entrar en su cuerpo.
Retrocedió de nuevo, sintiendo sobre ella las miradas de los tres ahí presentes. Habían escuchado lo que él dijo, y eso hacía la humillación más insoportable. Pero, en lugar de reclamar como lo hubiera hecho antes, o de bajar la cabeza en sumisión, simplemente giró sobre sus talones y salió de la habitación, cerrando la puerta con fuerza, con las lágrimas saliendo de sus ojos.
Eran tantas cosas acumuladas que sentía que en cualquier momento podía estallar. Y lo peor era la certeza de que no tenía a nadie allí, en ese lugar, a quien confiarle lo que la estaba destrozando por dentro. Estaba sola y ella le temía a la soledad.
Zareth aferró las manos al borde de la mesa con tanta fuerza que logró romperla. Había soltado esas palabras con la misma brusquedad con la que le arrojaba una daga a su enemigo, sin la mínima preocupación de matarlo. Pero ella no era su enemigo. Nunca lo había sido, aun así, no podía dejar de tratarla como si lo fuera.
Quiso convencerse de que estaba bien, de que así era mejor, de que Cathanna tenía que aprender a buscar por su cuenta si quería descubrir las cosas de su mundo. Sin embargo, en lo más profundo de su pecho algo se contrajo con fuerza. Porque sabía que la había herido más de lo necesario. Y aunque lo odiara, se sentía... mal.
—¿No crees que te pasaste con lo que dijiste? —soltó Louie, frunciendo el ceño, sin terminar de comprender lo que acababa de suceder—. Sé que eres el don frívolo, que nada te importa, pero tratar a las personas de esa manera solo te hace ver como uno de esos hombres a los que tanto dices odiar. ¿De qué sirve llenarte la boca diciendo que no serías como ellos, cuando en realidad ya lo eres desde hace tiempo? Deberías...
—No me des sermones —gruñó Zareth, apretando la mandíbula con fuerza y mirándola de reojo—. No me parezco a esos hombres, y lo sabes muy bien. Es solo que esa mujer es demasiado insoportable. Es mejor que se haya largado de aquí. Nos facilita el trabajo a todos.
Pero mientras se inclinaba sobre la mesa para volver al fusil, la imagen de Cathanna cerrando la puerta con lágrimas en los ojos lo perseguía como un maldito fantasma. No podía concentrarse y eso lo frustraba, porque estaba haciendo todo mal.
—Sabes que la cagaste —soltó Louie.
—No empieces otra vez.
—No, en serio, Zareth. Te comportaste igual que esos mismos hombres que tanto desprecias. Y no me vengas con que no te importa, porque todos vimos la cara de esa chica al salir. No se trata de si podías aguantarla o no... se trata de que la destrozaste. ¿No te das cuenta?
—Solo cállate, Louie.
—Ve a buscarla —insistió Louie—. Pídele perdón. Es lo más humano que puedes hacer. Demuestra que no eres como los otros. —Se acercó y le quitó el fusil de las manos—. Ve de una vez, idiota.
—Me dijiste que me alejara de esa mujer.
—Sé lo que dije, pero no lo utilices de excusa. Jamás te dije que la humillaras para mantenerla lejos.
—Decídete, Louie.
Louie negó con la cabeza. Sabía lo difícil que era lidiar con Zareth y su temperamento insoportable. También sabía que, en el fondo, no era un mal hombre, sino alguien que ni siquiera sabía cómo entenderse a sí mismo. Y eso, aunque no quisiera admitirlo, le afectaba, porque Zareth era el primer amigo que hizo desde que salió del bosque, donde vivía con su madre y la madre de muchas otras mujeres como ella alrededor del reino, y lo consideraba un hermano.
—Pídele perdón a esa mujer. Deja de ser un idiota.
—Deja de insistir, Louie —intervino Edil.
—¡No es asunto tuyo, Edil!
—¡Ya basta, Louie! —vociferó Zareth—. Solo cállate, por lo que más quieres. Tu voz es irritante.
Louie le dio un fuerte golpe en la cabeza.
—A mí si no me vas a humillar —protestó Louie, tensando la mandíbula más—. Me respetas, Zareth.
Zareth apretó los labios.
—Ve ahora mismo, Zareth. ¡Rápido!