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la cabaña
Habían pasado dos días y Iris solo aparecía para informar sobre la seguridad y luego volvía a desaparecer. Cuando Alma preguntaba por Seung, ella no le contestaba, creando un silencio incómodo.
Ella entendió que Iris no la ayudaría a saber de aquel hombre que le robó el pensamiento desde el primer momento que lo volvió a ver.
Estaba devastada por no saber nada de él; su preocupación era tan grande que tuvo que idear un plan en el cual necesitaba a Iris y no sabía si el holograma la ayudaría.
Como tocar no es entrar, decidió arriesgarse.
Sabía que había hecho mal y quería enmendar su error. Esperó pacientemente a que Iris apareciera para dar su reporte.
— El despliegue de la seguridad ya está listo, desaparecieron todos los dispositivos de audio que instaló la infiltrada.
— Iris, sé que sigues molesta conmigo. Necesito tu ayuda, te lo ruego, no me dejes hablando sola, por favor.
— ¿Te hace falta saber de él?
— La angustia me está comiendo viva, tengo que disculparme. No puedo seguir en esta incertidumbre.
— Te ayudaré, pero si vuelve a suceder lo del otro día, lo ocultaré de ti para siempre. Nunca más sabrás de él.
— Gracias, Iris, no sé qué haría sin ti.
Alma estaba más aliviada, la ayuda de Iris significaba mucho.
— ¿Qué piensas hacer? Ese día se fue muy desilusionado.
— Haré una reservación en una cabaña alejada de la ciudad, pero cerca de su base. Tú te las arreglarás para que él venga por mí, yo me encargaré del resto.
— Muy bien, yo me encargo de él.
Alma preparó todo en la cabaña: ropa, calzado, utensilios de aseo personal y comida para su estadía.
En la base del sur de Milán, Seung había acabado su entrenamiento dejando a todos sus hombres agotados. Desde ese día, regresó a su base internándose en el trabajo. Se había vuelto tres veces más exigente con sus entrenamientos.
— Al paso que vas, nadie querrá trabajar contigo. Te quedarás sin hombres en un mes, y no lo digo en juego. Tienes que darles tiempo para recuperarse, si no, morirán en el primer enfrentamiento.
Iris estaba evaluando la condición física de cada subordinado de Seung, y todos estaban fatales.
— Es inevitable, ellos tienen que mejorar. Además, necesito descargar mi adrenalina, si no voy a colapsar.
— Alma está igual que tú, está en una cabaña a dos horas de aquí. Sabes que es peligroso que esté sola, la testaruda no quiso que nadie la acompañara.
— Sabe cuidarse sola, está bastante grandecita, no necesita de mi ayuda.
— Si le pasa algo, no te lo perdonarás. Tenlo en cuenta.
— Está bien, iré a buscarla, déjate en un lugar seguro y tú te encargas de ella, no me pidas más.
— Con eso me conformo. Prefiero ser un holograma, los humanos son irracionales, es molesto.
Seung estaba molesto por las palabras de Alma. Él no quería verla, era muy consciente del riesgo al que ella se estaba exponiendo y se obligó a buscarla. La entrada de la cabaña era solitaria, y cuando ingresó, la encontró tomando una copa de vino muy tranquila.
— Tienes que irte, este lugar es poco seguro, te expones demasiado.
— Últimamente, a nadie le importa lo que me pase. Gracias por venir.
— No lo hago por ti, lo hago por la alianza. No puedo dejarte morir.
Alma se sintió peor al escucharlo tan frío, pero no podía retroceder. Ya había llegado tan lejos como para ser cobarde.
— Ya veo, si es por ti, puedes retirarte. No hace falta tu presencia, no moriré.
— Le prometí a tu padre que te cuidaría. Vamos, te llevaré a tu casa.
Déjame aquí, allá me siento sola.
— Ven, te acompaño.
Seung trató de levantarla, pero la muy testaruda no quiso. Sin embargo, aprovechó tenerlo cerca para derramar su copa de vino en su ropa.
— Perdón, déjame ayudarte.
Alma comenzó desprendiendo los botones de su camisa uno a uno lentamente. Por inercia, iba tocando su blanca piel. Llegó al final de los botones, sacándolos por completo. Con ambas manos, terminó de quitarle la camisa.
Por su parte, Seung estaba aturdido. No sabía en qué momento Alma le quitó la camisa.
Alma estaba extasiada por el exuberante hombre que tenía enfrente; las facciones de Seung eran tan perfectas que parecían estar hechas con pincel. No se aguantó la tentación de recorrer su pecho con la yema de los dedos.
— Es mejor irnos ahora antes de que oscurezca.
Seung se estaba viendo sumamente tentado a tomarla ahí mismo, pero su fuerte razonamiento no lo dejaba.
— Quiero quedarme aquí contigo.
Le dijo Alma en tono mimoso.
— ¿Para qué? Yo no soy nada en tu vida, solo una simple alianza. Entonces, ¿para qué me quieres a tu lado? Ya me dejaste las cosas claras, no vengas a confundirme ahora.
— Estás equivocada, perdón, perdóname Seung. No sé cuándo empecé a sentir esto por ti, pero tu ausencia me quema, tu indiferencia me mata. No te alejes de mí, te necesito como al aire que respiro. Sin ti me ahogo, eres mi agua, solo tú puedes saciar mi sed. Perdona lo estúpida que fui contigo.
Cuánto quisiera que tus palabras fueran ciertas. Agarré sus mejillas con mis dos manos y muy cerca de sus labios le susurré: — Estás confundida, no es amor lo que sientes por mí, sino gratitud.
— Te aseguro que lo que siento aquí adentro es verdad. — pongo su mano en mi corazón. — Te necesito a mi lado, anhelo tu presencia en mi vida, deseo el poder dormir en tus brazos, no tienes ni idea de cuánto te extraño.
— Durante muchos años quise escuchar estas palabras, tenerte así, enseñarte diferentes formas de hacer el amor, demostrar que tú eres mi dueña, mi magnate, me tienes en tus manos, mi dulce perdición. Me cuesta tanto controlarme, pero sobre todo quiero que seas completamente mía.
En medio de jadeos por su cercanía, le imploro: — No... no lo hagas, ya no te controles más, te quiero sentir.
— No es el momento ideal.
— No existe un momento perfecto, solo dos corazones latentes por entregarse infinitamente. No te reprimas más, sé que tú también sientes la misma necesidad que yo.
Con un inmenso esfuerzo de mi autocontrol, me levanto dejándola sentada en el mueble. Me apoyo en la pared, calmando mis deseos que están a punto de salir. — Alma, no. No quiero que lo hagas por impulso.
— Hoy no huirás. Me levanto en su dirección, pegando su cuerpo al mío. Me hinco de puntitas, dando suaves y a la vez ardientes besos en su cuerpo.
— Dime que me detenga y lo haré. — bajo mis manos a su cinturón, quitándolo de mi camino, al igual que su jeans, que cae a sus pantorrillas. Masajeo su masculinidad por encima de la fina tela que lo cubre.
— Dime que no lo quieres y pararé. — me pego más a él, subo mis manos a su cuello buscando bajar su cabeza. Doy un pequeño saltito y agarro de rehenes sus ricos labios, los cuales ceden ante mis encantos. Con dificultad, rompo el absorbente beso.
— Si me dices que no lo deseas, pararé de inmediato. — De su boca no salió palabra alguna. Toqueteé sus anchos hombros, lamí sus duros pezones, estoy disfrutando de cada milímetro de su suave piel, un gemido ronco mezclado con esa sexy voz robótica sale de lo más profundo de su ser.
— Tomaré ese gemido como un sí. — Tatué un camino con mis besos, hasta llegar a la línea de la tela que impide mi acceso total, la voy bajando lentamente, los vellos de su piel están erizados, sus bellos ojos están cerrados y su respiración agitada.
Me arrodillé ante su presencia y no para pedir clemencia, pero sí como una muestra de sumisión, la sumisión que nunca le mostré a nadie, pero que le estoy entregando como ofrenda.
Imponente era su presencia, junto a aquello que tanto anhelaba. Doy suaves caricias en su entrepierna; verlo jadear es exquisito. Con mi boca, ayudo a mis manos a darle más placer.
En un acto de adoración, lo tomé y lo coloqué junto a mi cara. Él se tensa y su respiración se entrecorta.
— Quiero que me mires, te deseo. No te reprimas más, eres todo lo que necesito y más.
En cuestión de segundos, Seung tenía a Alma empotrada en la cama, besando su cuello y espalda.
El deseo que sentía era insaciable, lo sentía correr por las venas como un veneno amenazante y ella era la cura que tanto necesitaba.
Ambos estaban envueltos en una bruma de deseo de la cual no pensaban salir; esa noche no tendrían sexo, pero sí todo lo que conlleva a ello.
Las caricias y besos eran cada vez más intensos, cargados de deseo y placer.