NovelToon NovelToon
El omega abandonado por su alfa

El omega abandonado por su alfa

Status: Terminada
Genre:Romance / Yaoi / CEO / ABO / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:132
Nilai: 5
nombre de autor: Majo R.

Durante dos años, Gael Luján fue el esposo invisible de Adrián Ferrer, un poderoso alfa de clase S. Como beta, su única función parecía ser ayudarlo durante el rut. Pero todo cambió cuando Gael se diferenció tardíamente como omega, recibió una marca completa y quedó embarazado.
Por primera vez, creyó que podía tener una familia de verdad.
Se equivocó.
Tres días después de dar a luz, mientras su hijo luchaba por sobrevivir, Gael recibió los documentos de divorcio. Adrián ya había decidido su futuro por él: quedarse con el bebé y expulsarlo de sus vidas.
Meses después, Gael regresa decidido a recuperar a Neno y a no volver a entregar el corazón. Sin embargo, una marca completa no desaparece con una firma. Sus cuerpos aún se reconocen, sus feromonas continúan buscándose y Adrián descubre demasiado tarde que aquel omega al que desechó era la única persona a la que realmente quería.
Ahora el alfa está dispuesto a utilizar la convivencia, el vínculo con su hijo y hasta sus propios instintos para recuperarlo.
Pero Gael ya no es el hombre obediente que abandonó.
Entre celos, deseo, heridas todavía abiertas y un lazo biológico imposible de ignorar, ambos tendrán que descubrir si algunas marcas pueden convertirse en amor… o si solo sirven para recordar quién fue el primero en hacer daño.

NovelToon tiene autorización de Majo R. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3

—Pero yo… yo recuerdo que dijiste que te gustaba.

Gael tenía el rostro hundido en la almohada. Adrián le sujetaba la nuca, obligándolo a permanecer abajo, y él apenas conseguía levantar un poco la cabeza para buscar aire.

Adrián hundió el rostro en su cuello. Gael arrugó las sábanas entre los dedos.

—Ya no hueles a mí.

Era evidente que a Adrián no le importaba el flan. Doce horas habían bastado para borrar de la piel de Gael el aroma de su marca, y aquello no le agradaba.

Cuando sintió que volvía a inclinarse sobre su nuca, Gael se inquietó.

—Espera, Adrián…

Adrián arrancó el parche que cubría la zona. Debajo quedaron expuestas mordidas profundas, inflamadas. Al mismo tiempo, el débil rastro de abeto blanco atrapado en la piel se fundió con las feromonas que saturaban el dormitorio.

Sin embargo, Adrián distinguió una nota ajena, una dulzura que no armonizaba con su propio aroma. Le inmovilizó una muñeca y arqueó una ceja.

—¿Qué olor es ese?

Tal vez era el caramelo.

—Debió quedárseme impregnado en la pastelería —respondió Gael en un hilo de voz.

Adrián no respondió con palabras. Liberó más feromonas para cubrir el rastro extraño y hundió de nuevo los dientes en la nuca de Gael.

El mareo lo sacudió. Gael apretó la boca para ahogar el grito. Recibir aquella descarga de golpe era casi violento. Él no era omega: para un beta, las feromonas ajenas provocaban mucho más malestar que placer. La presión que le recorría el cuerpo llegó a eclipsar el dolor de la herida que empezaba a sangrar.

Agotado, permaneció tendido sobre la almohada mientras aquella fuerza lo invadía. Las marcas rojas cubrían su nuca clara; las puntas algo largas de su cabello castaño rozaban la piel lastimada.

La visión mejoró un poco el humor de Adrián.

La noche apenas comenzaba.

—Mañana no saldrás —dijo con indiferencia—. El tercer día del rut es el peor. Estaré en casa todo el día.

Gael, aturdido, pensó que por suerte ya había solicitado descanso.

Gael todavía intentaba soportar las feromonas que le recorrían el cuerpo. Como no respondió, Adrián volvió a embestirlo con brusquedad y le arrancó un grito de dolor.

Las lágrimas se desbordaron de los ojos de Gael.

—Entiendo… Me duele. ¿Puedes…?

Adrián no quiso detenerse.

El llanto de Gael, lejos de frenarlo, apaciguó el exceso de feromonas del alfa. Solo cuando una claridad gris empezó a filtrarse alrededor de las cortinas, Adrián, por fin satisfecho, depositó un beso en su piel.

Al verlo tan maltrecho, incluso Adrián sintió una punzada de compasión. Él lo había dejado así.

El beso cayó sobre la nuca con la levedad de una pluma.

Gael perdió el conocimiento y volvió a abrir los ojos. Contempló la línea de luz que atravesaba las cortinas gruesas, incapaz de distinguir si estaba soñando o seguía despierto.

La ternura de Adrián no duró. Le sujetó la barbilla y lo obligó a girar el rostro hasta encontrar sus ojos todavía húmedos.

—Aunque seas beta, nuestros cuerpos son bastante compatibles. Tu familia, en cambio, me tiene harto.

Gael se tensó.

—¿Mi mamá volvió a decir algo?

Sus lágrimas apagaron parte de la irritación de Adrián. Este guardó silencio unos instantes y luego tiró del edredón para cubrirle el hombro desnudo.

Si Octavio Luján solo hubiera intentado obtener alguna ventaja menor del matrimonio de su hijo con un Ferrer, quizá Adrián habría hecho la vista gorda. Gael, al menos, era obediente.

Pero las maniobras de los Luján no tenían fin. Octavio, Clara, Bruno: todos parecían sanguijuelas adheridas al Grupo Ferrer. Mientras observaba al joven deshecho entre sus sábanas, Adrián se preguntó si se había equivocado al elegirlo.

Él solo necesitaba un beta discreto y dócil que lo ayudara durante el rut. Gael cumplía con eso, pero su familia no dejaba de ocasionar molestias.

—No quiero cambiar la vida que llevamos ahora. Nuestro matrimonio no nació del amor, pero accederé a tus peticiones siempre que sean razonables.

Gael hizo un esfuerzo por girarse hacia él.

—Me portaré bien.

Y era cierto. Siempre había sido obediente. Aparte de la diferencia de origen y posición social, Adrián no encontraba mucho más que reprocharle.

Entonces volvió a percibir aquel rastro dulce, distinto del abeto blanco. Frunció el ceño ante la intrusión.

—Eso es todo. Regresa a tu cuarto y descansa.

Adrián todavía parecía molesto. Gael tampoco entendía por qué sentía tantas ganas de llorar. Recogió la bolsa estropeada del postre, bajó la cabeza y salió de la habitación a toda prisa.

No recordaría después cómo consiguió llegar a su cuarto. No le quedaba una sola gota de fuerza. El flan de caramelo, destrozado, terminó abandonado en un rincón. Cada respiración que salía de su pecho quemaba.

Debía limpiarse antes de dormir. Debía revisar las heridas, tomar agua, quizá buscar un analgésico. Pero solo logró caer boca abajo sobre la cama. Había llorado tanto que los ojos le ardían y apenas podía mantenerlos abiertos.

Su mente oscilaba entre una lucidez dolorosa y una niebla espesa. Al final, el peso de su propio cuerpo lo arrastró a un sueño cercano al desmayo.

Un tenue olor a caramelo se extendió por la habitación y luego empezó a disiparse. El rostro pálido de Gael fue enrojeciendo. Se hizo un ovillo, abrazándose a sí mismo en busca de calor.

Llevaba demasiados días forzando el cuerpo sin descansar.

Le dio fiebre.

Los síntomas del rut de Adrián solían agravarse durante el tercer día. La noche anterior, sin embargo, le había proporcionado suficiente alivio. Después de dormir unas horas, despertó con las feromonas relativamente estables.

En el dormitorio principal, el olor del caramelo había quedado sepultado por completo bajo el abeto blanco.

Adrián bajó vestido con ropa cómoda, algo poco habitual en él. La hora del desayuno ya había pasado y el rut consumía mucha energía, así que pidió un rib eye para el almuerzo.

La ropa informal suavizaba un poco sus facciones. Al entrar al comedor y encontrar un solo lugar preparado, preguntó sin especial interés:

—¿Gael no ha despertado?

—No, señor —respondió el mayordomo mientras acercaba el plato—. Desde que salió de su habitación esta mañana, ha permanecido en su cuarto.

Adrián frunció el ceño.

—Ve a llamarlo.

Había adelantado todo el trabajo para dejar libre ese día. No lo había hecho para esperar a que Gael durmiera hasta tarde.

El mayordomo inclinó la cabeza y salió con pasos rápidos. Se detuvo frente a la puerta del fondo y llamó.

Aquella habitación había sido antes una bodega. La familia ocupaba los pisos superiores; cuando Gael llegó a la residencia, solo le permitieron instalarse allí.

—Señor Luján, ¿está despierto?

El mayordomo llamó con discreción. Esperaba que Gael apareciera de inmediato, nervioso y despeinado, pero no obtuvo respuesta. Frunció el ceño y volvió a tocar, esta vez con más firmeza.

—Señor Luján, el señor Ferrer lo está esperando.

El silencio detrás de la puerta no cambió.

El mayordomo percibió que algo iba mal. Conocía los códigos de todas las habitaciones del primer piso y de los tres niveles subterráneos, pero la cortesía le impedía entrar sin autorización.

Regresó al comedor para consultar a Adrián. Gael era responsabilidad de su patrón, y abrir la puerta sin permiso podía provocar el enojo del alfa.

Adrián solo había comido la mitad. Apartó el plato y levantó la mirada.

—¿Dónde está su habitación?

El mayordomo comprendió que iría en persona.

—Al final del corredor izquierdo, en la planta baja.

Adrián abandonó el almuerzo a medias. Todavía tenía hambre, pero ya comería después.

Rara vez prestaba atención a las habitaciones de la planta baja. Saber que Gael dormía en un rincón apartado de la casa no le produjo reacción alguna.

—¿El código?

El mayordomo recitó la clave inicial de la residencia. Gael no tenía autorización para modificarla, así que seguía siendo la misma.

Adrián abrió la puerta. El mayordomo, discreto, se retiró sin asomarse.

La escena no era lo que Adrián esperaba.

Gael seguía llevando la ropa que se había puesto de cualquier manera al amanecer. La camisa se le había subido y dejaba expuesta buena parte de la cintura, donde resaltaban marcas rojas de dedos.

Estaba de espaldas a la entrada, encogido sobre sí mismo.

Adrián comprobó primero que el mayordomo no hubiera visto demasiado y le indicó que se marchara. Cerró la puerta y se acercó a la cama.

El cabello de Gael se derramaba sobre su rostro. El cuerpo le temblaba. Había pateado el edredón hasta el otro extremo del colchón.

Adrián no se movió al principio.

—Gael —dijo con calma—. Has dormido demasiado.

No hubo respuesta.

Adrián frunció el ceño, se acercó a la cama y apoyó el dorso de la mano contra el cuello de Gael.

El calor de su piel lo sorprendió.

¿Tenía fiebre? ¿Por qué? Nunca le había ocurrido durante los periodos de rut anteriores.

Adrián se sentó en el borde y lo hizo girar hacia él. Gael pesaba tan poco que lo movió sin esfuerzo, pero en cuanto quedó boca arriba, un espasmo le recorrió el cuerpo.

Adrián optó por levantarlo entre sus brazos.

El gesto no le resultaba extraño. Habían atravesado tres periodos de rut desde el matrimonio, y cada uno le había enseñado a cargarlo con más facilidad.

Si Gael estuviera consciente, se habría muerto de vergüenza. En ese momento, en cambio, apoyó la cabeza sin fuerzas sobre el hombro de Adrián. Su aliento ardiente rozó la glándula en el cuello del alfa.

Era la primera vez que lo tocaba allí de una forma tan directa, casi insolente. Adrián sintió una incomodidad instintiva, pero no lo soltó.

Enganchó el edredón con una mano, envolvió a Gael y presionó el botón de servicio junto a la cama.

Inconsciente, Gael recibió por fin lo que llevaba tanto tiempo deseando: Adrián lo sostenía entre sus brazos. En medio de la fiebre percibió el aroma del abeto blanco y se relajó.

—Llama al médico de la familia —ordenó Adrián por el intercomunicador—. Tiene fiebre.

Cuando recibió confirmación, cortó la comunicación. Después recorrió la habitación con la mirada.

Sus ojos se detuvieron en la bolsa rota que habían arrojado a un rincón. Recordó vagamente que Gael la había llevado consigo la noche anterior.

Era un postre. De allí debía de provenir el aroma a caramelo.

Gael mantenía los ojos cerrados. Ya no temblaba entre sus brazos.

Adrián bajó la voz.

—Si fueras omega, el caramelo sería perfecto para tus feromonas.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play