Katia no dejó de amar a su esposo. Ese es precisamente el problema.
Después de veinte años de matrimonio, tres hijos y una vida construida junto a Gael, creyó que el deseo simplemente había desaparecido. Hasta que Rafael, su profesor de tango, la hizo sentirse mirada, deseada… y viva otra vez.
Lo que debía quedarse en una pista de baile cruzó demasiadas fronteras. Y cuando Katia comprende que está enamorada de Rafael, descubre también la verdad más incómoda de todas: amar a alguien nuevo no borra automáticamente el amor, la historia ni la familia que existían antes.
Entre Guadalajara, Bogotá y Buenos Aires, Katia tendrá que decidir no solo a quién ama, sino qué consecuencias está dispuesta a asumir por la mujer en la que se está convirtiendo.
Porque algunas decisiones empiezan mucho antes de decir “me voy” o “me quedo”.
Un romance adulto donde nadie sale ileso de volver a sentirse vivo.
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Total rendición
POV Rafael
Me moví con sigilo, dejando a un lado la fusta, y tomé un par de ataduras de shibari de fibras naturales, suaves pero increíblemente firmes al tacto.
—Katy... respóndeme con sinceridad —le susurré al oído, inclinándome lo suficiente para que mi aliento rozara su piel—, ¿confías en mí?
Un leve temblor recorrió sus hombros, seguido de una bocanada de aire que soltó con lentitud antes de asentir con la cabeza, con firmeza.
—Confío —respondió en un susurro apenas audible, pero cargado de una entrega rotunda.
Tomé sus muñecas con suavidad y las llevé hacia atrás, cruzándolas a la altura de la espalda baja, justo donde las argollas metálicas del arnés principal colgaban de forma estratégica.
Con movimientos rítmicos y precisos, comencé a entrelazar las cuerdas, ajustándolas con la tensión exacta: lo suficientemente firmes para restringir su movimiento, pero con el cuidado milimétrico de no lastimar ni dejar rastro.
Cada vuelta de la cuerda sobre sus muñecas y antebrazos era una nueva capa de control que se desprendía de su vida ordinaria para depositarse por completo en mis manos.
La escuché tragar saliva con dificultad.
Al verse atada, privada de la vista y con la movilidad reducida, su respiración se volvió más densa, atrapada entre el vértigo y un placer oscuro que apenas comenzaba a saborear.
—Ya no puedes moverte, Katy.
Ya no tienes el control —le recordé con voz grave, mientras pasaba mis manos por sus costados, recorriendo la línea de su cintura hasta detenerlas sobre su pecho, sintiendo cómo su corazón latía desbocado como un pájaro en una jaula—; ahora dependes enteramente de lo que yo decida hacer contigo.
Di un paso más y la guié con suavidad, haciéndola ponerse de pie para llevarla hacia la robusta estructura de madera y acero que dominaba una de las esquinas de la habitación.
Conecté las cuerdas de sus muñecas a uno de los puntos altos de la estructura, permitiendo que sus brazos quedaran ligeramente elevados, lo que arqueó su espalda de manera involuntaria y dejó su torso completamente expuesto a mi merced.
Ella soltó un pequeño gemido de sorpresa ante la postura, sintiendo la vulnerabilidad en su máxima expresión.
Su cuerpo entero temblaba, no de miedo, sino por la abrumadora descarga de adrenalina.
Tomé entonces un elemento diferente de la mesa: una pluma suave y ligera como el aire, contrastando intencionalmente con la dureza de las cuerdas y el frío del metal.
Comencé a trazar con ella un camino sinuoso y desesperante desde la corva de sus rodillas, subiendo lentamente por la parte interna de sus muslos, rozando la piel sensible con una lentitud calculada.
—¿Sientes esto?
—le pregunté, apoyando mis labios contra su hombro descubierto mientras mi mano seguía moviendo la pluma—. Es la promesa de lo que viene. Tu mente quiere adelantarse, pero tu cuerpo no tiene más opción que esperar mis órdenes.
Escuché su respiración quebrarse en un sollozo ahogado, un sonido de pura rendición que me confirmó que habíamos traspasado el umbral.
Ya no era una mujer jugando a ser otra; era Katy, completamente entregada al fuego, descubriendo que la verdadera libertad a veces se encuentra al renunciar por completo al control.
Con la venda cubriendo sus ojos y las manos inmovilizadas a su espalda, el cerebro de Katy entró en una dimensión completamente distinta.
Al privarla de la vista, su sistema sensorial se disparó hasta alcanzar el nivel más alto de expectativa; cada terminación nerviosa de su piel se convirtió en un receptor voraz, hambriento de estímulos.
No sabía qué sentido iba a ser atacado a continuación, y esa incertidumbre absoluta era una droga pesada y embriagadora.
Di un paso más, acortando el espacio entre nuestros cuerpos, y dejé que mi aliento cálido rozara el lóbulo de su oreja antes de susurrarle con voz pausada:
—Tu mente está intentando adelantarse a cada segundo, Katy.
Quiere adivinar el siguiente paso, calcular el tiempo, buscar un control que ya no te pertenece...
Pero tu cuerpo sabe exactamente lo que tiene que hacer: simplemente sentir.
Pasé la yema de mis dedos por la línea de su clavícula, descendiendo con una lentitud deliberada hasta la curva de su pecho.
Su respiración se quebró de inmediato, convirtiéndose en un jadeo corto y tembloroso que rebotaba contra las paredes insonorizadas de la habitación.
Cada latido de su corazón contra las correas del arnés era un tambor acelerado marcando el compás del éxtasis.
Tomé un cubo de hielo de la bandeja cercana y lo deslicé despacio, trazando un camino helado y cortante desde la base de su cuello, bajando por el centro de su torso hasta chocar contra la piel caliente de su abdomen.
Katy soltó un grito ahogado ante el contraste brutal del frío extremo sobre su piel febril.
Su cuerpo se arqueó de golpe hacia adelante, buscando instintivamente un refugio que no existía, atada como estaba a la estructura de madera.
La descarga de adrenalina fue tan intensa que pude ver un estremecimiento eléctrico recorrer cada uno de sus músculos.
—Tranquila... respira el frío —le ordené con firmeza, deteniendo el hielo justo antes de fundirse por completo y dejando que el agua goteara lentamente sobre su piel—.
Deja que el contraste te queme. Estás viva, Katy. Cada fibra de tu piel está respondiendo porque por fin le permitiste existir.
La tensión en la habitación se volvió espesa, casi palpable.
El cerebro de ambos operaba en una sintonía invisible, donde el más mínimo roce, el sonido de su propia respiración quebrada y el peso de mi dominio absoluto sobre su cuerpo la llevaban al borde del precipicio sensorial, preparándola para la inminente y total rendición.