Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.
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Capítulo 23
Cap 23: El beso que no fue marca
Teresa echó a todos de la enfermería menos a Camila.
Después echó a Camila también.
No funcionó.
—No voy a estorbar —dijo Camila, de pie junto a la puerta con los brazos cruzados.
Teresa estaba limpiando el corte en el brazo de Gabriel con movimientos furiosos.
—Eso dicen todos los estorbos.
Gabriel, sentado en la camilla, intentó ayudar.
—Teresa...
—Usted cierre la boca. Si vuelve a aceptar una demostración de control en luna llena con una herida de plata reciente, le coso la camisa a la piel para que al menos aprenda algo del dolor.
Camila miró a Gabriel.
—Me gusta cuando otros lo regañan.
—Lo noté.
—Me ahorra trabajo.
Teresa apretó el paño sobre la herida.
Gabriel no hizo ruido, pero el aroma de dolor le cruzó la piel.
El lazo golpeó a Camila en el pecho.
Ella dio un paso antes de pensarlo.
Gabriel levantó la mirada.
—Estoy bien.
—Voy a tirarle algo.
—La enfermería tiene objetos peligrosos.
—Elegiré con cuidado.
Teresa terminó el vendaje.
—Listo. No transformación completa por veinticuatro horas. No entrenar. No discutir con hombres intoxicados. No dejar que la candidata a Luna lo convenza de lavar ollas pesadas.
Camila abrió la boca.
Teresa la señaló.
—También hablo con usted.
—Yo no tengo la culpa de las ollas.
—Pilar no está aquí para defenderse. Lo cual me preocupa.
Teresa recogió sus cosas y salió murmurando sobre alfas, compañeros y la inutilidad de estudiar medicina cuando todos insistían en sangrar por razones dramáticas.
La puerta se cerró.
La enfermería quedó demasiado silenciosa.
La luna llena entraba por las ventanas altas, plateando las sábanas, los frascos, la piel de Gabriel. El olor de su sangre ya no era fuerte, pero seguía allí. Junto con abeto, café, lobo despierto y ese filo de control que a Camila le hacía querer acercarse y discutir al mismo tiempo.
—No debió aceptar —dijo ella.
Gabriel bajó la mirada al vendaje.
—Si no aceptaba, Damián habría buscado otro modo de probarse.
—Eso no es una respuesta.
—Es la que tengo.
Camila se acercó a la mesa de instrumentos y agarró un rollo de venda, solo para tener algo en las manos.
—Lo odio.
Gabriel levantó una ceja.
—¿El rollo?
—Cuando se pone razonable después de hacer algo peligroso.
—No fue tan peligroso.
Camila le lanzó el rollo.
Gabriel lo atrapó con la mano sana.
—Advertencia recibida.
—No. Advertencia pendiente. Ésa fue práctica.
La boca de Gabriel se curvó apenas.
Camila sintió la risa de él antes de verla. El lazo la trajo como calor bajo las costillas.
No era justo.
Ella seguía enojada.
Él no tenía derecho a hacer que el enojo quisiera sentarse junto a él.
—Damián miró hacia mí —dijo.
La sonrisa de Gabriel desapareció.
—Sí.
—Usted también lo vio.
—Sí.
—Por eso lo bajó de esa forma.
—Sí.
Camila se sentó en la silla frente a la camilla.
—¿Quiso matarlo?
Gabriel no respondió de inmediato.
La honestidad de ese silencio le dijo más que una respuesta rápida.
—Mi lobo quiso.
Camila tragó saliva.
—¿Y usted?
—Yo quise que dejara de tener formas de acercarse a usted.
—Eso suena parecido.
—No lo es.
—Explíquelo.
Gabriel apoyó el rollo de venda a un lado.
—Matarlo habría hecho que Vega lo convirtiera en mártir y que usted quedara como causa de guerra. Detenerlo frente a todos lo convierte en evidencia. Mi lobo no piensa en eso. Yo sí.
Camila miró sus manos.
—A veces mi loba tampoco piensa.
—Lo sé.
—¿Lo huele?
—La siento.
La frase llenó la habitación.
Camila levantó la vista.
Gabriel no parecía complacido por haberlo dicho. Parecía resignado a la verdad.
—Desde la ceremonia —continuó—, cuando su loba se acerca al lazo, al mío responde. Intento no empujar.
Camila pensó en la luna, en el claro, en su loba queriendo correr hacia el lobo gris oscuro. Pensó en la mano abierta de Gabriel en el coche de Isabela. Pensó en la cocina, los platos, la mesa de la esquina.
—No siento que empuje —dijo.
La expresión de Gabriel cambió.
Muy poco.
Suficiente.
—Bien.
—Eso no significa que no me asuste.
—Lo sé.
—Todo lo que se parece a necesitar a alguien me parece sospechoso.
—Tiene sentido.
Camila se rio sin humor.
—No debería. Debería ser romántico. Luna llena, alfa sangrando por mí, vínculo de compañeros, todo ese desastre.
Gabriel la miró con una suavidad que casi dolió.
—No tiene que vivirlo como romance antes de vivirlo como seguridad.
Camila dejó de mover los dedos.
Seguridad.
La palabra era menos brillante que amor.
Más difícil.
—¿Y usted? —preguntó—. ¿Cómo lo vive?
Gabriel bajó la mirada.
Por primera vez en mucho rato, pareció no tener una respuesta rápida.
—Como hambre con freno.
El aire se volvió caliente.
Camila sintió la frase en la piel.
Gabriel cerró los ojos un instante.
—Perdón.
—No.
Él los abrió.
Camila se puso de pie. No supo qué iba a hacer hasta que ya estaba frente a él.
Gabriel no se movió.
La camilla los ponía casi a la misma altura. La luna le doraba el borde de los ojos. El aroma de sangre estaba bajo el vendaje, pero el de él, el verdadero, la rodeaba.
Abeto.
Café.
Piedra después de la lluvia.
Hogar posible.
—Si le digo que quiero besarlo —dijo Camila—, ¿va a hacer un documento?
Gabriel no sonrió.
No ahora.
—No.
—¿Va a decirme que espere?
—Solo si no está segura.
—No estoy segura de nada.
—Entonces...
—Estoy segura de que quiero besarlo.
Gabriel dejó de respirar.
La loba de Camila se quedó completamente quieta, como si incluso ella supiera que aquel paso no podía empujarse.
—No marca —dijo Camila.
La voz le tembló un poco.
No la avergonzó.
Gabriel inclinó la cabeza.
—No marca.
—No mordidas.
—No mordidas.
—Si me asusto, para.
—Antes de que termine la palabra.
Camila apoyó las manos en el borde de la camilla.
—Muy bien.
No se movió.
Gabriel tampoco.
—Tiene que acercarse uno de los dos —dijo ella.
—Usted puso las reglas.
—Qué conveniente.
—Estoy aprendiendo.
Camila soltó una risa nerviosa.
Y entonces se inclinó.
El primer contacto fue suave.
Demasiado suave para todo lo que había alrededor: sangre, luna llena, lobos, tribunales, hombres rotos intentando reclamarla, mujeres escribiendo advertencias desde viejas jaulas. Los labios de Gabriel estaban calientes. Quietos al principio. Esperando.
Eso casi la rompió.
Camila cerró los ojos y presionó un poco más.
Gabriel respondió.
No tomó.
Respondió.
La diferencia se sintió en todo el cuerpo.
El lazo se encendió con una rapidez que le robó el aire. Calor bajo las costillas, en la garganta, en la palma de las manos. Su loba avanzó, no suplicante, no sometida, sino feliz de una forma que daba miedo. Gabriel hizo un sonido bajo, contenido, y sus manos se cerraron sobre la sábana en lugar de tocarla.
Camila lo notó.
Se apartó apenas.
—Puede tocarme la cintura.
Los ojos de Gabriel eran oro oscuro.
—¿Segura?
—Si pregunta otra vez, voy a pensar que no quiere.
Sus manos llegaron a su cintura.
Grandes. Cuidadosas. Firmes.
Camila sintió que el mundo se inclinaba hacia él.
Volvió a besarlo.
Esta vez no fue tan suave.
Gabriel la acercó medio paso, nada más, pero ese medio paso hizo que Camila quedara entre sus rodillas, con las manos en sus hombros y el aroma de ambos mezclándose tan rápido que la habitación pareció demasiado pequeña.
Pan tibio.
Abeto.
Lluvia.
Café.
Miel.
Sangre bajo el vendaje.
Gabriel se detuvo primero.
No porque quisiera.
Camila lo sintió en la forma en que su pecho subía y bajaba, en los dedos tensos sobre su cintura, en el oro de sus ojos peleando contra algo más antiguo que la ley.
—Camila.
Su voz era ronca.
Eso fue un problema.
Un problema grande.
—No diga mi nombre así si va a detenerse.
—Precisamente por eso me detengo.
Camila apoyó la frente contra su hombro, cuidando la herida.
—Odio que sea sensato.
—Yo también ahora mismo.
Ella rio contra su camisa.
Gabriel no la soltó hasta que ella se apartó.
Cuando lo hizo, sus manos se retiraron de inmediato.
Camila se quedó de pie, intentando recordar cómo se respiraba sin el aroma de él metido en la boca.
—Eso fue...
—Sí.
—No terminé.
—Preferí no arriesgarme.
Camila lo miró.
Gabriel parecía casi tan afectado como ella. Eso ayudó. Mucho.
—No me arrepiento —dijo.
—Yo tampoco.
—Pero sigo sin estar lista para la marca.
—Lo sé.
—Ni para que todos opinen.
—También lo sé.
—Y si Pilar se entera...
La puerta se abrió.
Pilar asomó la cabeza.
—Teresa dice que si ya terminaron de no hacer nada, el alfa debe tomar su infusión.
Camila cerró los ojos.
Gabriel miró al techo.
Pilar miró a uno, luego a otra, luego a las manos de Gabriel aún marcadas en la sábana.
—Ajá.
—Pilar —dijo Camila.
—No dije nada.
—Su cara dijo una novela.
—Mi cara tiene talento.
Gabriel tomó la infusión como hombre condenado.
Pilar se fue con una sonrisa insoportable.
Camila se cubrió la cara con ambas manos.
—Quiero mudarme a otra manada.
Gabriel, todavía con voz grave, dijo:
—El contrato provisional exige aviso.
Ella bajó las manos solo para fulminarlo.
Él sonrió.
Y Camila pensó que, si el primer beso había sido un problema, esa sonrisa era una catástrofe.
Pero no una jaula.
No esta vez.