es de terror, una creepypasta
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El Devorador de Historias
El silencio se extendió por el sendero.
Samuel observó la hoja que T/N sostenía entre las manos. La tinta aún estaba fresca, como si las palabras acabaran de escribirse.
La pluma negra atravesando un ojo.
Nadie se atrevía a tocar ese símbolo.
Ni siquiera Yara.
Finalmente, Samuel rompió el silencio.
—¿Qué es un Devorador de Historias?
Tomás respiró profundamente.
—No es un demonio.
No es un dios.
Es algo mucho más peligroso.
—¿Cómo puede ser más peligroso que Azael?
Tomás levantó la vista.
—Porque Azael solo puede destruir un mundo.
El Devorador puede destruir todos.
T/N sintió un escalofrío.
—¿Todos?
Yara asintió.
—Cada historia es un mundo.
Cada cuento.
Cada leyenda.
Cada novela.
Cada mito.
Existen porque alguien los recuerda.
Samuel frunció el ceño.
—¿Y qué hace ese ser?
El Rey del Bosque respondió con su voz profunda.
—Las... olvida.
Todos quedaron en silencio.
—Cuando una historia desaparece para siempre...
Él la consume.
Los personajes dejan de existir.
Los lugares se borran.
Los recuerdos también.
Como si jamás hubieran sido creados.
T/N recordó todos los libros que había leído en su vida.
¿Cuántos habían sido olvidados?
¿Cuántos mundos habían desaparecido sin que nadie lo notara?
De pronto, el bosque comenzó a perder color.
Las hojas verdes se volvieron grises.
Las flores blancas se marchitaron.
Samuel observó sus propias manos.
Durante un segundo...
Se volvieron transparentes.
Luego recuperaron su forma.
—¿Qué fue eso?
Yara respondió con preocupación.
—Ya empezó.
El Devorador nos encontró.
A varios kilómetros de allí, la figura de túnica blanca caminaba entre árboles que parecían hechos de papel.
Cada paso dejaba palabras escritas sobre el suelo.
No tenía rostro.
Donde debía haber una cara solo había una página completamente en blanco.
En su mano sostenía una pluma negra.
No necesitaba tinta.
La sangre de las historias era suficiente.
Se detuvo frente a un árbol gigantesco.
Sobre su corteza aparecían grabados miles de nombres.
Isabela.
Tomás.
Gabriel.
Samuel.
Yara.
Elías.
Azael.
La figura levantó la pluma.
Tocó el nombre de Elías.
Con un solo movimiento...
Lo tachó.
Al instante, el nombre desapareció de la madera.
Como si nunca hubiera existido.
Samuel se llevó una mano a la cabeza.
Un dolor insoportable atravesó su mente.
—¡Elías!
Intentó recordar su rostro.
Pero algo estaba mal.
Cada vez era más difícil.
Podía recordar su voz.
Luego dejó de recordarla.
Podía recordar sus ojos.
También desaparecieron.
Solo quedaba una sensación.
La de haber perdido a alguien importante.
Gabriel comenzó a llorar.
—¿Qué me pasa?
Samuel lo miró.
—¿Recuerdas a Elías?
Gabriel abrió la boca.
Pero ninguna respuesta salió.
No podía.
Porque ya no sabía quién era Elías.
Solo T/N seguía recordándolo.
Yara lo comprendió inmediatamente.
—Claro...
Samuel la miró.
—¿Qué ocurre?
—T/N viene del otro mundo.
Su memoria no pertenece a esta historia.
Por eso todavía recuerda lo que nosotros estamos olvidando.
Tomás apretó los puños.
—Entonces...
T/N es nuestra única esperanza.
El Rey del Bosque bajó lentamente una enorme rama frente a T/N.
En ella había un fruto dorado.
Parecía una semilla.
Pequeña.
Brillaba con una luz cálida.
—La... Semilla... del... Recuerdo.
T/N la tomó entre las manos.
Estaba tibia.
Como si tuviera un corazón latiendo en su interior.
—¿Qué hace?
Yara respondió.
—Mientras exista esa semilla...
Ninguna historia podrá ser olvidada.
Pero solo puede proteger una.
Samuel comprendió enseguida el problema.
—Si la usamos para salvar este mundo...
Los demás quedarán indefensos.
Yara bajó la cabeza.
—Sí.
Un viento helado atravesó el bosque.
La figura de túnica blanca apareció al final del sendero.
No caminó.
Simplemente estaba allí.
Como si siempre hubiera estado.
Su voz sonó tranquila.
Sin odio.
Sin ira.
—Buenas noches.
Samuel dio un paso adelante.
—¿Quién eres?
La figura inclinó ligeramente la cabeza.
—Muchos me llaman el Devorador.
Otros...
El Final.
T/N sintió un escalofrío.
La figura giró lentamente la página blanca que tenía por rostro.
Y, por un instante, aparecieron palabras escritas sobre ella.
"CAPÍTULO 23"
Luego desaparecieron.
Samuel desenvainó el cuchillo que había recogido de la cabaña.
—No te acerques.
La figura soltó una risa suave.
—¿Crees que puedes matar a quien escribe los finales?
El Rey del Bosque avanzó.
Las montañas temblaron.
Las raíces rodearon a la figura.
Pero, cuando intentaron sujetarla...
La atravesaron.
Como si fuera un fantasma hecho de tinta.
El Devorador levantó la pluma.
La apoyó en el aire.
Y escribió una sola palabra.
"Silencio."
En ese instante...
El Rey del Bosque dejó de poder hablar.
Yara intentó gritar.
No salió ningún sonido.
Samuel abrió la boca.
Nada.
Gabriel cayó de rodillas.
Incluso Azael perdió la voz.
Solo una persona seguía pudiendo hablar.
T/N.
El Devorador giró lentamente hacia el lector.
—Ahora entiendes por qué te traje aquí.
T/N dio un paso atrás.
—¿Yo?
—Sí.
Porque hay una única regla que ni siquiera yo puedo romper.
El bosque quedó completamente inmóvil.
La figura señaló directamente a T/N.
Y pronunció unas palabras que cambiarían todo para siempre.
—Solo quien está leyendo la historia... puede reescribir su final.