Valentina Herrera tiene veinticinco años, un departamento diminuto en Narvarte y un trabajo que podría perder en cualquier momento. No pide mucho: pagar la renta, sobrevivir el Metro y que su jefa no la despida antes de fin de mes.
Una noche, su mejor amiga la arrastra a un bar en Polanco. Música cara, gente que huele a dinero, copas que cuestan lo que ella gana en un día. Valentina no pertenece ahí. Lo sabe. Todos lo saben.
Pero entonces aparece él.
Santiago Montero. Heredero de Grupo Montero. El tipo de hombre que no debería mirarla dos veces... y que no deja de buscarla después de esa noche.
Lo que empieza como un error de una copa de más se convierte en algo que Valentina no puede controlar: cenas en restaurantes donde no entiende el menú, un closet lleno de ropa que jamás podría pagar, y un hombre que la mira como si fuera lo único real en su mundo de cristal.
Pero la familia Montero no acepta a cualquiera. Don Fernando, el patriarca, tiene otros planes para su hijo. Planes que incluyen apellidos correctos, fortunas compatibles y una mujer que no viaje en Metro.
Y Santiago... Santiago tiene un secreto. Uno que va a destrozarla.
"Nunca más. Si me vuelves a mentir, desaparezco de tu vida para siempre."
¿Puede el amor sobrevivir a la mentira más cruel cuando esa mentira nació del amor más profundo?
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Capítulo 15
Capítulo 15: No me mires así
Valentina leyó la pregunta de Santiago tres veces.
"¿Quién es Rodrigo para ti?"
La primera vez sintió culpa, aunque no había hecho nada. La segunda, enojo. La tercera, una claridad seca que le bajó por el cuerpo como agua fría.
No respondió por mensaje.
Lo llamó.
Santiago contestó al segundo tono.
—Valentina.
—Rodrigo es un amigo.
Hubo un silencio.
—¿Eso es todo?
La forma en que lo dijo terminó de encenderla.
—¿Qué esperabas? ¿Un expediente firmado?
—No estoy jugando.
—Yo tampoco.
Valentina abrió la puerta de su departamento y entró sin prender la luz. La ciudad iluminaba apenas la sala a través de la ventana. Dejó la bolsa en una silla y siguió de pie, con el celular pegado al oído.
—Lo vi —dijo Santiago—. Vi cómo te miraba.
—Me miraba como alguien que no veía hace años.
—No.
—No me digas no sobre una persona que conocí antes que a ti.
La frase cayó pesada. Al otro lado, Santiago respiró hondo.
—Estoy abajo.
Valentina se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—En tu edificio.
Se acercó a la ventana. El coche de Santiago estaba estacionado del otro lado de la calle. Él no estaba dentro. Lo vio bajo el árbol de la banqueta, teléfono en mano, mirando hacia su ventana.
La mezcla de rabia y alivio le dio ganas de gritar.
—Te dije que no me siguieras.
—No te seguí. Vine a hablar.
—Eso no suena mejor.
—Entonces bajo y me voy.
Valentina cerró los ojos. Podía decir que sí. Podía dejarlo en la calle con su pregunta y su abrigo caro. En cambio, lo que dijo fue:
—Sube.
Colgó antes de arrepentirse.
Santiago tocó la puerta tres minutos después. Valentina abrió y no se hizo a un lado.
—Cinco minutos.
Él la miró. La tensión le marcaba la mandíbula.
—Está bien.
—Rodrigo es mi amigo de Puebla. Estudiamos juntos. Nuestras familias se conocen. No lo veía hace años. Fin.
—Él estuvo enamorado de ti.
Valentina parpadeó.
—¿Perdón?
—No me digas que no lo sabías.
—Santiago, tenía diecisiete años. A esa edad todos creen estar enamorados de alguien.
—Él no te mira como algo de los diecisiete.
Valentina soltó una risa incrédula.
—¿Estás celoso de un amigo?
—Sí.
La respuesta directa la dejó sin aire por un segundo. Esperaba evasivas, orgullo, algún comentario frío. No eso.
—Pues trabaja en eso —dijo, recuperándose—. Porque no voy a borrar a las personas de mi vida para que te sientas cómodo.
Santiago dio un paso hacia ella, luego se detuvo.
—No te estoy pidiendo eso.
—Me preguntaste quién es para mí como si yo te debiera una confesión.
—Porque me importas.
—No uses eso como permiso.
La frase lo golpeó. Valentina lo vio, pero no retrocedió.
—Tú escuchaste una llamada mía y pensaste lo peor —dijo él.
—Porque hablaste de casarte con una mujer que no soy yo.
—Dije que no iba a hacerlo.
—Después de esconderlo.
—No te lo escondí para lastimarte.
—Pero me lastimó igual.
Santiago pasó una mano por su rostro. Por primera vez en la noche, pareció cansado, no furioso.
—No sé cómo hacerlo bien contigo cuando todo lo que viene de mi familia te puede ensuciar.
—No soy una blusa blanca, Santiago. No decides tú qué me toca y qué no.
Él levantó la mirada.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Si lo supieras, me habrías dicho: "mi padre quiere casarme con alguien por conveniencia, pero yo no acepté". Eso habría dolido. Sí. Pero habría sido verdad. En lugar de eso, me dejaste oyendo pedazos en pasillos.
Santiago se quedó callado.
Valentina sintió que la rabia empezaba a temblarle en la garganta.
—Y ahora, después de no explicarme tu vida, vienes a cuestionar la mía.
—Tienes razón.
—No quiero que me des la razón como si eso arreglara todo.
—No sé qué quieres que diga.
—Quiero que confíes en mí lo suficiente para no tratarme como alguien que se rompe si le cuentas la verdad.
Santiago la miró como si esa frase le hubiera abierto un lugar que no quería mostrar.
—Tengo miedo —dijo.
Valentina perdió la respuesta.
—¿De qué?
—De que veas todo y decidas que no vale la pena. Mi padre. Las expectativas. La gente como la del club. La mujer de la llamada. Todo eso estaba antes de ti y no desaparece porque yo lo odie.
—¿Y Rodrigo?
La pregunta salió más suave.
La expresión de Santiago se endureció de nuevo, pero esta vez con vergüenza.
—Rodrigo te conoce de un lugar donde yo no existo. Te hizo reír con algo que yo no entendí. Te miró como si hubiera estado esperando encontrarte.
Valentina tragó saliva. La honestidad de él era injusta; llegaba tarde, pero llegaba sin adornos.
—Eso no significa que yo lo mire igual.
—¿Hubo algo entre ustedes?
Valentina sintió una punzada, no por la pregunta, sino por lo tarde que llegaba en la conversación.
—No. Rodrigo nunca cruzó esa línea.
—Pero quiso.
—Tal vez. Y si fue así, respetó mi respuesta antes de que yo tuviera que dársela. ¿Sabes lo valioso que es eso?
Santiago no contestó.
—Me regaló una mariposa de peluche cuando teníamos diecisiete. Me acompañó a estudiar matemáticas. Conoció a mis papás. Eso es todo. No es una amenaza escondida en mi pasado.
—Para mí sí se sintió como una amenaza.
—Ese es tu sentimiento, no mi culpa.
La frase lo dejó quieto.
Valentina respiró hondo, porque no quería lastimarlo por gusto, pero tampoco podía suavizar algo que necesitaba decir.
—Yo he estado tragándome tu mundo completo, Santiago. Tu padre que llama desde residencias, una mujer misteriosa con la que no te vas a casar, clubes donde me miden el vestido, hospitales donde todavía no puedo entrar. Y cuando aparece una persona de mi vida, una, tú me miras como si hubiera cometido una traición.
Él bajó la mirada.
—No fue justo.
—No. No lo fue.
—Lo sé.
—¿Lo sabes o quieres saberlo?
Santiago bajó la vista a sus manos.
—Quiero creerte sin sentir que voy a perderte.
El enojo de Valentina se aflojó un poco, pero no lo suficiente.
—Entonces empieza por no empujarme.
Él asintió.
—Perdón.
—Y no vuelvas a aparecer en mi edificio para interrogarme.
—No vine a interrogarte.
Valentina alzó una ceja.
Santiago suspiró.
—Está bien. Sí vine a interrogarte.
El intento de honestidad casi la hizo sonreír. Casi.
—Necesito dormir.
Santiago entendió la despedida.
—¿Puedo llamarte mañana?
—No sé.
—¿Puedo escribirte?
—No sé, Santiago.
Él asintió otra vez, como si cada "no sé" pesara.
Valentina abrió la puerta.
Santiago salió al pasillo, pero antes de bajar se volvió.
—Ese hombre no te mira como un amigo.
La paciencia de Valentina se rompió.
—Y tú no me miras como alguien capaz de elegir por sí misma.
Santiago se quedó quieto.
Ella cerró la puerta.
El golpe no fue fuerte, pero sonó definitivo.
Valentina apoyó la frente contra la madera, igual que la mañana después del hotel, y se odió por comparar. Del otro lado no hubo pasos alejándose.
Esperó.
Nada.
Miró por la mirilla. Santiago seguía ahí, de pie en el pasillo, con las manos en los bolsillos y la mirada clavada en la puerta.
Valentina apagó la luz de la sala.
No abrió.