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Posesión Asfixiante

Posesión Asfixiante

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Atracción entre enemigos / Completas
Popularitas:9.5k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Solís lo perdió todo a los quince años: sus padres, su herencia, su futuro. Cinco años después, sobrevive en Ciudad de México diseñando vestidos con las técnicas textiles que su madre le enseñó — hasta la noche en que un hombre de ojos claros y guantes blancos la salva de una muerte segura.

Héctor Elizondo no salva a nadie sin razón. Como patriarca de la familia más poderosa de México, controla todo: mercados, hombres, destinos. Ahora quiere controlarla a ella.

Valentina no es fácil de domar. Pero entre jaulas doradas y diamantes de sesenta millones de dólares, entre la guerra con su propio hermano y los secretos que ella esconde, Héctor descubre algo que no esperaba: que la mujer a la que capturó es la única capaz de destruirlo.

¿O de salvarlo?

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Capítulo 9

Cascabel

Valentina no tocó la bala.

No hacía falta.

El nombre grabado en el metal parecía tocarla a ella desde adentro. Valentina Solís. No señorita. No Vale. No la mujer de Héctor, no la protegida de nadie. Su nombre completo, reducido a una amenaza que cabía sobre terciopelo negro.

Héctor cerró la caja con tanta calma que el clic le sonó peor que un golpe.

—Rodrigo.

—Ya estamos rastreando el mensajero, señor.

—No basta.

Valentina levantó la vista.

—¿Qué significa "no basta"?

Héctor no respondió de inmediato. Miró a Rodrigo, luego a Consuelo, que seguía en la entrada con una mano sobre el pecho. La casa entera parecía haber contenido el aire.

—Significa que ya no vas a estar sola en ningún momento.

Valentina soltó una risa breve.

—¿Y antes qué era Rodrigo? ¿Decoración?

Rodrigo, muy serio, dijo:

—Decoración armada, quizá.

Consuelo le lanzó una mirada de regaño. Valentina habría sonreído si la bala no siguiera dentro de la caja.

Héctor no encontró gracioso nada.

—Rodrigo protege el perímetro y ejecuta mis órdenes. Necesitas a alguien pegado a ti.

—No necesito que me peguen a nadie.

—Nicolás acaba de mandarte una bala con tu nombre.

—Lo noté.

—Entonces nota también que esta conversación no es negociable.

Valentina apretó los dientes. Después de todo lo ocurrido, todavía odiaba que él tuviera razón cuando la tenía.

La nueva escolta llegó esa misma tarde.

No entró con tacones ni traje de oficina. Entró con botas negras, pantalón táctico, chamarra ligera y el cabello oscuro recogido en una trenza tan firme que parecía parte del uniforme. Era más baja que Rodrigo, más delgada que los hombres de Héctor, pero al cruzar la sala cambió el peso del lugar. Nadie le abrió paso por cortesía. Le abrían paso porque su cuerpo decía que sabía atravesar personas.

Tenía ojos fríos.

Y un tatuaje de cascabel enroscada asomándole por el costado del cuello, justo donde la piel desaparecía bajo la chamarra.

Valentina la miró sin disimulo.

La mujer hizo lo mismo.

—Cascabel —dijo.

—¿Ese es su nombre?

—Es el que necesita saber.

Valentina cruzó los brazos.

—Yo soy Valentina.

—Lo sé.

—Todo el mundo aquí sabe demasiado.

Cascabel la observó de arriba abajo, no con burla ni con deseo, sino con cálculo profesional: altura, peso, posibles rutas de salida, manos, heridas, temperamento. Valentina sintió que la medían para un vestido y para una evacuación al mismo tiempo.

—¿Sabe coser? —preguntó Valentina.

—Sé cerrar heridas.

Rodrigo tosió para ocultar una risa.

Héctor, desde el ventanal, intervino:

—Cascabel viene de Corporativo Halcón. Fue recomendada por el comandante Adrián Salazar. A partir de hoy, ella decide tus protocolos de seguridad cuando yo no esté.

—¿Cuando usted no esté?

—Aun cuando esté —dijo Cascabel.

Héctor la miró.

Cascabel no bajó la vista.

Valentina sintió, por primera vez en días, una chispa de interés que no venía del miedo.

—¿Usted también le da órdenes?

—Yo le doy reportes —respondió Cascabel—. Él decide si quiere vivir con la vergüenza de ignorarlos.

Rodrigo carraspeó de nuevo.

Héctor no parecía divertido, pero tampoco la corrigió.

Valentina miró a la mujer con más atención. Había algo en ella que no intentaba agradar. No suavizaba la voz, no endulzaba las palabras, no fingía que el peligro era menos feo para no asustar a nadie.

Eso, extrañamente, tranquilizaba.

—¿Va a dormir afuera de mi puerta?

—No. Adentro si hace falta.

—Eso no va a hacer falta.

—Usted no decide eso.

—Qué sorpresa, otra persona diciéndome qué no decido.

Cascabel inclinó apenas la cabeza.

—No muerdo.

Valentina alzó una ceja.

La operativa añadió:

—Bueno, sí muerdo, pero solo a los malos.

Rodrigo perdió la batalla y sonrió. Consuelo murmuró algo parecido a un "Dios nos agarre confesados". Héctor siguió serio, pero Valentina vio que el borde de su tensión bajaba un milímetro.

Antes de que pudiera responder, una voz masculina llegó desde el pasillo.

—Esa frase siempre funciona mejor cuando no acabas de romperle la nariz a alguien.

Un hombre alto, de cabello claro y sonrisa fácil, entró cargando una mochila táctica y dos estuches negros. Tenía el uniforme de Halcón, pero lo llevaba como si hubiera nacido con permiso para no tomarse tan en serio.

Cascabel ni siquiera volteó.

—Fantasma, llegas tarde.

—Llegué exactamente cuando la escena necesitaba carisma.

—Entonces te equivocaste de escena.

Valentina miró a Rodrigo, confundida.

—¿Fantasma?

—Operativo de Halcón —explicó él—. Especialista en infiltración y extracción.

Fantasma dejó los estuches sobre la mesa y le sonrió a Valentina con respeto.

—Señorita. Estoy para servirle. Y para recordarle a Cascabel que la vida también puede tener música.

—La última vez que pusiste música en una operación, casi nos descubren por cantar a Luis Miguel —dijo Cascabel.

—Era una situación emocional.

—Era vigilancia.

Fantasma se llevó una mano al pecho.

—Vigilancia con sentimiento.

Valentina no pudo evitarlo. Se le escapó una risa corta.

La sala se quedó quieta un segundo.

Héctor la miró como si ese sonido fuera información clasificada.

Valentina bajó la vista de inmediato, molesta consigo misma por haber dado algo tan pequeño y tan visible.

Cascabel tomó uno de los estuches, lo abrió y sacó una tableta blindada. La colocó sobre la mesa, junto a la caja donde seguía encerrada la bala.

—Vamos a empezar con lo básico —dijo—. Rutas de evacuación, palabras clave y personas que no debe mirar dos veces.

—¿Personas como Diego?

—Diego Coronado es un perro caro con correa larga. Peligroso, sí. Pero no mandó esto.

Valentina sintió que el aire se le enfriaba en los pulmones.

—Entonces fue Nicolás.

Cascabel tocó la pantalla.

Apareció una fotografía de Nicolás Elizondo Montemayor saliendo de un edificio de cristal, con traje gris y una sonrisa impecable. Al lado, otra imagen mostraba hombres armados bajando cajas de una camioneta sin placas. Luego otra: un muelle nocturno, rostros borrosos, un símbolo rojo pintado en un contenedor.

—Nicolás contrató gente de fuera —dijo Cascabel—. Un grupo mercenario que se hace llamar Los Flamencos. No son una pandilla de esquina. Tienen armas, logística y cero problema en dispararle a una mujer para mandar un mensaje.

Héctor se acercó a la mesa.

Valentina no pudo apartar la mirada de la foto.

—¿Por qué yo?

Nadie contestó rápido.

Eso fue respuesta suficiente.

Cascabel amplió la imagen de Nicolás.

—Este es el hombre que mandó la bala con tu nombre. Se llama Nicolás Elizondo. Y tiene un ejército.

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