Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.
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Capítulo 5
Capítulo 5: Tienes mucho valor
Pero Joaquín, al volver la vista a la cámara, entendió que el señor Castellán había visto todo.
También entendió que no iba a comentar nada.
Adrián Castellán apagó la pantalla de seguridad y regresó a la sala de juntas como si no acabara de ver a Valentina Serrano aplastarle el pie a un imbécil frente a su portón. Doce ejecutivos de Capital Solaris lo esperaban con carpetas abiertas, café intacto y el miedo educado de quien sabe que una pausa larga puede costar millones.
—Continúen —ordenó.
El director financiero retomó la presentación con una voz apenas más alta que un susurro.
Adrián escuchó los números. Los corrigió dos veces. Firmó una autorización. Rechazó una compra. Hizo que tres personas sudaran sin levantar la vista de un informe.
Y cada diez minutos, miró la tablet que Joaquín había dejado discretamente junto a su carpeta.
En la pantalla, Valentina estaba sentada en la sala azul.
La sala azul no era azul por completo. Tenía paredes claras, azulejos antiguos en tonos cobalto, cortinas pesadas y un ventanal hacia el jardín. Valentina se sentó al borde del sofá como si temiera que el mueble cobrara renta por minuto. Paloma ocupó una esquina, con la bolsa de polvorones sobre las piernas.
Una empleada de la casa dejó una bandeja con dos tazas.
—Infusión de manzanilla con miel —anunció—. El señor Joaquín dijo que la señorita Serrano venía recuperándose.
Valentina miró la taza.
—Qué considerado. Y nada inquietante.
Paloma le dio un codazo mínimo.
—Jefa.
—Gracias —dijo Valentina, más alto, hacia la empleada.
La mujer sonrió apenas y salió.
Valentina tomó la taza con ambas manos. El calor le alivió los dedos fríos. Olía a miel, hierbas y esa calma falsa que las madres prometían cuando una estaba enferma. Bebió un sorbo por educación. Luego otro porque el estómago se lo agradeció.
—No deberías dormirte —susurró Paloma.
—No me voy a dormir.
Cinco minutos después, Valentina dejó de responder.
No se acostó. Eso habría sido admitir derrota. Solo apoyó la sien contra el respaldo del sofá y cerró los ojos un instante. La fiebre ya no estaba, pero el cuerpo seguía cobrándole la noche de El Mirador, el susto de Adrián, la pelea con Julio y la vergüenza de haber llegado a una mansión con polvorones como si eso arreglara una mordida.
Paloma la observó con angustia.
—Jefa —murmuró—. Vale.
Valentina no se movió.
En la sala de juntas, Adrián detuvo la pluma sobre un contrato.
—Cinco minutos —dijo.
Nadie preguntó de qué.
Los ejecutivos salieron con la velocidad silenciosa de quien sobrevive a una tormenta. Joaquín permaneció junto a la puerta.
—Está dormida, señor.
—Lo veo.
—La señorita Paloma parece a punto de llorar.
Adrián miró la pantalla. Paloma, en efecto, estaba sentada rígida, sin saber si despertar a Valentina, llamar a Mariana o abandonar el país.
—Dile que espere en la cocina.
—¿Con los polvorones?
Adrián alzó la mirada.
Joaquín bajó la cabeza.
—Sí, señor.
Cuando Joaquín entró en la sala azul, Paloma casi se puso de pie de un salto.
—¿Hice algo mal?
—No. La señorita Serrano puede descansar unos minutos. Acompáñeme, por favor.
—¿La dejo sola?
—No estará sola.
Paloma miró a Valentina, dormida con el cabello mal recogido y las manos aún alrededor de la taza vacía.
—Ella se asusta cuando despierta en lugares que no conoce.
La frase hizo que Joaquín la mirara con más atención.
—Entonces procuraré que despierte antes de asustarse.
Paloma no quedó convencida, pero obedeció.
Valentina despertó por el sonido de una taza sobre la mesa.
Abrió los ojos de golpe.
No estaba en su cuarto. No estaba en el Uber. No estaba en El Mirador. La luz de la tarde entraba por un ventanal enorme y el olor a manzanilla seguía pegado a su lengua.
Se incorporó demasiado rápido.
—Paloma...
—No está aquí.
La voz vino desde el sillón frente a ella.
Valentina se quedó inmóvil.
Adrián Castellán la miraba con una calma indecente. No llevaba saco. Solo camisa blanca, mangas dobladas hasta el antebrazo y una expresión que decía que esa casa, esa sala y probablemente su respiración le pertenecían.
Valentina se llevó una mano al cabello por reflejo.
El broche barato seguía ahí.
La peineta no.
—¿Dónde está Paloma?
—Comiendo polvorones en la cocina.
—¿La secuestró con azúcar?
—Parecía necesitarla.
Valentina apartó la manta que alguien le había puesto sobre las piernas. No recordaba haberla tenido antes.
—Yo no vine a dormir.
—Eso noté.
—Vine a disculparme.
—Dormida no lo haces mal.
El calor le subió a las mejillas. Quiso ponerse de pie, pero el cuerpo todavía estaba pesado. Adrián la observó hacer el intento y no se movió para ayudarla. Peor: parecía saber que ella odiaría necesitarlo.
—No me mire así.
—¿Así cómo?
—Como si estuviera midiendo cuánto tardo en caerme.
—Ya lo medí.
Valentina apretó los labios.
—Señor Castellán...
—Adrián.
La corrección fue suave, pero cerró la habitación.
Valentina tragó saliva.
—Vengo a disculparme, Señor Castellán.
Él se inclinó hacia delante.
—Adrián.
Ella sostuvo su mirada.
—Vengo a disculparme por haber entrado sin permiso a El Mirador, por haberlo confundido con Diego, por haberlo amenazado, por... —la frase se le atoró—, por lo del cuello.
Adrián no sonrió.
Eso fue peor.
—¿Y?
—Y vengo por mi peineta.
—No.
La respuesta fue inmediata.
Valentina abrió los ojos.
—¿Cómo que no?
—No.
—Es de mi familia.
—Lo sé.
—Entonces devuélvamela.
Adrián se levantó. Valentina tuvo que alzar el rostro para seguirlo. Él se acercó despacio, igual que en El Mirador, y se detuvo frente a ella.
—Todavía estás pálida.
—No cambie el tema.
—No lo estoy cambiando. Estoy observando que vienes a pelear conmigo cuando apenas puedes mantenerte despierta.
—Puedo pelear sentada.
Algo en su mirada se afiló. Adrián extendió la mano y le tomó el mentón con dos dedos, obligándola a dejar de fingir que no le temblaban las pestañas.
El contacto fue firme, no doloroso.
Valentina dejó de respirar.
—Tienes mucho valor —dijo él, en voz baja.
Ella quiso contestar.
La puerta se abrió antes de que pudiera.
Joaquín apareció en el umbral.
—Señor, la llamada de Londres.
Adrián no apartó los ojos de Valentina.
—Que espere.
excelente
Gracias.