"La Emperatriz Renacida" narra el brutal regreso de Leticia, una huérfana de los barrios bajos convertida en déspota de la moda, quien reencarna como la humillada Adelfa Sterling en una novela rosa. Armada con una astucia letal, frialdad despiadada y tres hijos genios, Leticia desmantela a quienes la oprimieron en su vida pasada y presente, tejiendo una intriga de venganza y poder que reescribe el destino de los inocentes y los villanos por igual.
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La Trampa Perfecta
El día del cumpleaños del anciano, mi abuelo, llegó envuelto en la pompa y la falsa elegancia que siempre caracterizó a esa familia de hipócritas. La mansión familiar, ese lugar que me vio partir como una niña desdichada y a la que regresaba ahora como reina y verdugo, lucía más imponente que nunca, con sus jardines bien cuidados, sus luces doradas y el murmullo de voces que celebraban, sin saber que en realidad estaban asistiendo al comienzo de su propia ruina. Llegué vestida con un traje rojo ajustado al cuerpo como una segunda piel, adornado con encajes finos que parecía cuero de serpiente, y joyas que brillaban con la frialdad del hielo. Mi con cabello con extensiones caía en ondas pesadas sobre mis hombros, y mi rostro, maquillado con perfección, no reflejaba más que una serenidad absoluta, aunque en mi mente se desarrollaba el plan más cruel, más astuto y más perfecto que jamás hubiera ideado.
Adelfa:
Blanco, el pequeño perrito que había salvado y que ahora era mi compañero silencioso, se quedó en mi residencia, bajo el cuidado de personal de absoluta confianza; no quería que la inocencia que él representaba se viera manchada por la maldad que estaba a punto de desatar. Mientras recorría los salones, saludando con sonrisas educadas y palabras amables a parientes y conocidos que solo me veían como una molestia o una amenaza, mis pensamientos estaban puestos en los tres hombres que tenía bajo mi control: aquellos seres viles que habían destruido la reputación y la vida de la madre de quien fuera la dueña original de este cuerpo, mujeres que habían sufrido en silencio, como yo sufrí antaño. Ellos serían la pieza clave, el instrumento perfecto para mi venganza.
Todo había sido preparado con una precisión milimétrica, como una obra maestra de la maldad. Días atrás, les había dado instrucciones claras, bajo la amenaza segura de una muerte dolorosa si desobedecían: debían acercarse a mi madrastra, esa mujer que se creía dueña del mundo y que había dedicado años a hacerme la vida imposible, que había gozado con mis lágrimas y que había planeado, precisamente para esta velada, destruirme públicamente, manchar mi nombre y dejarme como una mujer sin honor ni futuro. Hice que ellos le enviaran carta amenazándola con revelar la verdad y cartas llenas dede secretos que solo ellos podían revelarle, ella llena de miedo acepto.
La trampa se cerraba lentamente, como una red tejida con paciencia y malicia. Mi madrastra, ansiosa y con miedo de que los hombres revelarán la verdad, se había retirado a una de las habitaciones privadas del ala este, un lugar apartado y poco transitado que yo misma había sugerido a los tres hombres que usaran, mencionando que allí nadie los interrumpiría. Los tres hombres ya la esperaban, tal como habíamos acordado, cumpliendo cada paso de mi plan al pie de la letra. Ella, confiada, había entrado cerrando la puerta tras de sí.
Cuando calculé que ya habían pasado el tiempo suficiente, cuando supe que la situación habría llegado al punto exacto que yo deseaba, hice una señal discreta a uno de mis empleados, quien, fingiendo buscar algo perdido, comenzó a abrir puertas y a llamar a voz en cuello, atrayendo poco a poco a un grupo de invitados curiosos y parientes que siempre querían saber lo que ocurría detrás de las puertas cerradas. Yo me uní al grupo, con una expresión de sorpresa fingida y una calma que ocultaba la emoción de la victoria.
—¿Qué sucede? —pregunté con voz suave—. ¿Ocurre algo malo?
Y entonces, con un movimiento decidido, empujé la puerta de la habitación.
Lo que todos vieron quedó grabado en sus memorias para siempre, y se contaría en la ciudad durante generaciones como la mayor vergüenza que había sufrido esa familia. Allí, en la cama grande y lujosa, desnuda, envuelta entre las sábanas de seda y rodeada por los tres hombres, también desnudos y en una situación que no dejaba lugar a dudas, estaba mi madrastra. Su cabello, siempre tan peinado y perfecto, estaba desordenado, su maquillaje corrido, y su rostro, que siempre había mostrado orgullo y altivez, ahora reflejaba terror, confusión y una vergüenza absoluta. Intentó cubrirse con las manos, gritar, decir algo, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Los invitados, que la habían admirado, respetado y temido, se quedaron en silencio por un segundo, para luego dejar escapar exclamaciones de asombro, risas burlonas y susurros cargados de desprecio.
—¡Dios mío! —exclamó una tía lejana, llevándose la mano a la boca—. ¡Qué deshonra! ¡Qué cosa tan horrible!
—¡Y ella que siempre hablaba de moral y decencia! —dijo otro, riéndose con crueldad—. ¡Miren dónde termina la santurrona!
Yo me quedé allí, de pie, observando todo con una sonrisa apenas perceptible, con el corazón latiendo de satisfacción. Cada mirada, cada palabra, cada gesto de desprecio era la justicia que yo había buscado, la devolución de todo el daño que ella me había hecho. Ella, que había querido destruirme a mí, ahora estaba destruida por sus propias ambiciones, atrapada en la trampa que yo había tejido con tanta astucia.
En medio del caos, vi la figura alta y elegante de Leonel Díaz aparecer entre la multitud. Sus ojos oscuros se encontraron con los míos, y en su mirada leí admiración, deseo y ese entendimiento silencioso que solo existe entre dos depredadores que se reconocen mutuamente. Sin que nadie se diera cuenta, él hizo una seña a sus hombres de confianza, quienes, aprovechando la confusión y el ruido, entraron en la habitación, sujetaron con firmeza a los tres hombres y se los llevaron a empujones, sin que nadie pudiera detenerlos ni preguntar nada. Yo sabía exactamente adónde los llevaban: a ese lugar apartado, una vieja propiedad en las afueras de la ciudad, lejos de ojos indiscretos, donde yo tenía preparado el final de esta historia.
porfis no te olvides de actualizar, gracias y perdona el abuso y fastidio.
un abrazo 🤗
solo que le cambiaron el nombre😬🫣🤔🤔