Tras una muerte inesperada, una joven despierta convertida en un bebé dentro del mundo de la novela que leyó antes de morir: “Casada con el Príncipe Maldito”. Pero no como un personaje secundario… sino como la propia protagonista.
Con recuerdos intactos de la historia original, sabe exactamente cómo terminará todo: obligada a casarse con el temido príncipe heredero, un hombre marcado por una maldición que lo consume lentamente… y que, al final, incapaz de soportar el dolor y el rechazo, se quita la vida.
Ahora, renacida en su lugar, la nueva protagonista siente algo muy distinto: rabia hacia esa historia injusta… y una profunda lástima por el hombre destinado a romperse.
¿Debe seguir el curso de la novela para sobrevivir y alcanzar un final seguro… o desafiar el destino para salvar a alguien que nunca fue amado?
En un mundo donde el amor puede ser salvación o condena, cambiar la historia podría costarle todo… incluso su propia vida.
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Evidencia visible
La duda, por sí sola, es inestable.
Puede aparecer con facilidad, pero también desaparecer con la misma rapidez si no encuentra algo a lo que aferrarse, algo que la sostenga, que la haga crecer, que le dé forma hasta convertirse en algo más difícil de ignorar, y eso era exactamente lo que necesitaba lograr ahora, porque el objetivo nunca fue solo cuestionar al profesor, sino hacer que otros lo hicieran por sí mismos, sin que pareciera que alguien los estaba guiando hacia esa conclusión.
Por eso, no cambié mi comportamiento de manera evidente, seguí respondiendo con normalidad, seguí actuando como siempre.ñ, pero elegí con más cuidado, cada intervención, cada palabra y cada silencio.
La clase de ese día comenzó con una práctica más compleja que las anteriores, una evaluación grupal donde se esperaba que trabajáramos en parejas para resolver un ejercicio de canalización mágica, algo que, en teoría, requería cooperación y sincronización entre ambos participantes.
Una buena idea.
En teoría.
—Formen parejas —indicó el profesor, caminando lentamente frente a nosotros—. La eficiencia del resultado dependerá de su capacidad para coordinarse.
Las miradas comenzaron a cruzarse entre los estudiantes, algunos se movieron rápidamente para agruparse, otros dudaron unos segundos, pero el patrón se mantuvo claro, nadie se acercó a Estefan, como siempre, como si esa decisión no necesitara ser discutida, como si fuera… natural. La Selene de la novela original tampoco lo había hecho y Estefan quedó solo en esta práctica.
Mis pasos fueron los únicos que rompieron ese patrón, me acerqué a él sin dudar, deteniéndome a su lado como si no hubiera otra opción posible.
—Trabajemos juntos —dije.
No era una pregunta, nunca lo era, Estefan no respondió de inmediato, pero tampoco se sorprendió, ya no lo hacía.
—Está bien —dijo finalmente.
El profesor observó la escena, no intervino, pero lo noté.
Esa pausa, ese ligero cambio en su mirada. Y eso… fue suficiente para confirmar que estaba atento.
Perfecto.
El ejercicio comenzó, y desde el primer momento quedó claro que no habría problemas en la ejecución, no porque fuera sencillo, sino porque ambos sabíamos exactamente lo que hacíamos, nuestra sincronización fue inmediata, fluida, sin necesidad de palabras innecesarias, como si no fuera la primera vez que trabajábamos juntos, como si esa conexión ya existiera antes de ser puesta a prueba.
La energía fluyó, se estabilizó y el resultado fue… perfecto.
Sin fluctuaciones, sin errores, sin nada que pudiera ser cuestionado o al menos… eso debería haber sido.
—Interesante —dijo el profesor al acercarse, observando el resultado con detenimiento—. Aunque esperaba… algo más refinado.
El comentario fue sutil, pero claro, no señalaba un error, pero insinuaba que algo faltaba.
—¿Podría especificar qué parte no fue refinada? —pregunté.
El silencio cayó con rapidez, no era la pregunta, era el momento y la forma. El hecho de que no dejé pasar el comentario, el profesor me miró directamente.
—La intención —respondió—. La energía no fue completamente pura.
—¿Se refiere a la de la santa o a la del príncipe heredero? —continué, sin cambiar el tono.
Otra pausa, está vez más larga.
—A la combinación —dijo finalmente.
Asentí levemente.
—Entonces el resultado no debería haber sido estable.
No fue un desafío, fue una observación lógica, simple, irrefutable y eso… cambió algo.
No en él.
En los demás.
Porque ahora no era solo una percepción, no era solo una duda aislada, era… evidente.
El resultado había sido correcto, lo habían visto. Todos. Y aun así… fue cuestionado. Sin una razón clara.
El profesor no respondió de inmediato, no podía, porque cualquier intento de corregir su propia afirmación lo expondría más.
—Continúen —dijo finalmente, alejándose sin añadir nada más.
Y eso… fue más revelador que cualquier explicación. El murmullo no comenzó dentro del aula, no de forma abierta, pero estaba ahí, en las miradas intercambiadas entre ellos, en los gestos, en esa ligera incomodidad que nadie podía ignorar del todo. Y cuando la clase terminó… ya no era solo uno.
—Eso no tuvo sentido.
—El resultado fue perfecto.
—Entonces, ¿por qué dijo eso?
Las voces eran bajas, cuidadosas, pero múltiples. Y eso… era nuevo.
No me detuve, no participé, no alimenté la conversación de forma directa, porque no era necesario, ya estaba ocurriendo, por sí solo.
Caminé hacia la salida junto a Estefan, manteniendo el mismo ritmo de siempre, pero esta vez… el ambiente era distinto, más cargado y más consciente.
—No deberías haber dicho eso —murmuró él, una vez que estuvimos lo suficientemente lejos.
Lo miré.
—¿Qué parte?
—Cuestionarlo.
—No lo cuestioné —respondí—. Pedí claridad.
—Es lo mismo —dijo.
Negué suavemente.
—No.
Él guardó silencio.
—Si nadie pregunta —añadí—, entonces todo lo que diga… se vuelve verdad.
Sus pasos se detuvieron apenas, no lo suficiente como para llamar la atención, pero yo quien siempre lo observaba lo noté.
—Eso no cambia nada —dijo después de unos segundos.
—Todavía no.
No insistí, no hacía falta, porque el cambio no era inmediato, nunca lo es, pero ya había comenzado.
Esa noche, en la biblioteca, no necesité repasar lo ocurrido para saber que el tercer paso estaba tomando forma, porque lo que antes era invisible ahora comenzaba a ser observado, lo que antes era aceptado ahora empezaba a ser cuestionado, y lo más importante… Ya no estaba sola.
Cerré el libro con calma, dejando que el silencio se asentara a mi alrededor mientras organizaba mentalmente lo que vendría después.
*Primero: una grieta.
*Segundo: una duda.
*Tercero… Evidencia visible.
No absoluta, no definitiva, pero suficiente. Para que incluso aquellos que no quieren ver… empiecen a hacerlo. Y hoy… eso fue exactamente lo que ocurrió.