dioses, vampiros y amor
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capitulo 22
FLASHBACK: La Liturgia de la Sangre y el Mármol
El Olimpo no era un paraíso; era una jaula de cristal. Shion caminaba por sus pasillos de luz infinita, con la armadura pesándole más que nunca. Su labor era una farsa: proteger a dioses inmortales de enemigos que ellos mismos inventaban para mantenerla ocupada. Pero su corazón siempre pertenecía a la tierra, a las sombras del castillo de su padre y, sobre todo, a ellos.
El Encuentro de las Sombras
Durante un breve descenso al mundo mortal, Shion atravesó una aldea bañada por el atardecer. Los vio. Alfred, Mizuki, Minori, Yaquimura y Usui. Estaban allí, viviendo vidas humanas, frágiles y hermosas. Shion corrió hacia ellos con el alma en un hilo, llamándolos por sus nombres, pero solo recibió el golpe más devastador de todos: la indiferencia.
—¿Nos conocemos, viajera? —preguntó Usui, mirándola con una curiosidad vacía.
Sus rostros estaban allí, pero sus almas habían sido lavadas. Shion sintió cómo algo se desgarraba en su interior. Eran sus amigos, sus hermanos de armas, y ahora eran extraños que la miraban con recelo.
El Juicio de los Tronos
Al regresar al Olimpo, la atmósfera era gélida. Zeus y los demás dioses la esperaban sentados en sus tronos, como buitres vestidos de seda.
—Tienes que deshacerte de ellos. Una vez más —sentenció Zeus—. No están perfectos todavía. El ciclo debe reiniciarse.
Shion sintió cómo las cadenas en sus muñecas y cuello, grabadas con runas de sumisión, ardían contra su piel. Se rehusó. Gritó su negativa hasta que su garganta sangró. Como castigo, los dioses la proyectaron al mundo humano de nuevo, pero esta vez distorsionaron su visión. Vio a sus amigos envueltos en una locura divina, masacrando humanos y prendiendo fuego a todo lo que amaban. Bajo el engaño de que los estaba "salvando" de su propia degradación, Shion volvió a empuñar su espada.
Repitió el ciclo mil años. Una y otra vez, hasta que la pregunta brotó de sus labios como un veneno:
—¿Por qué tengo que asesinarlos?
—No están perfectos —respondió un dios con una sonrisa de burla—. Cada vez que recuerdan quiénes son, su naturaleza se vuelve incontrolable. Además, ellos fueron exiliados por seguirte a ti. Es justo que tú misma limpies tu desastre.
La Ruptura del Juramento
Shion los miró con un odio que hizo temblar las columnas de mármol. Se levantó, a pesar de que las cadenas del cuello la electrocutaban con una potencia capaz de matar a un titán.
—Hablar de los humanos no fue ningún mal —gruñó ella, agarrando el eslabón de su cuello con manos que empezaban a humear.
—Meterse con ellos sí lo fue —bramó Ares, levantándose de su asiento—. Es un deseo egoísta que rompe el orden.
—¡El orden es su propio egoísmo! —gritó Shion. Con un esfuerzo sobrehumano, tiró de la cadena. La electricidad le quemaba los nervios, pero ya no le importaba. El metal crujió—. Les prometo... me haré cargo de ustedes. Este juicio en el que nos arrastraron acabará.
—El mundo no necesita héroes, Caballero —dijo otro dios, alzando una espada para ejecutarla allí mismo.
—Entonces... —la cadena de su cuello estalló en mil pedazos con un estruendo que silenció el Olimpo—, me haré un monstruo. Y ya no habrá ningún otro monstruo que temer.
El Sacrificio de las Alas
Ares, enfurecido por la amenaza, lanzó su lanza. Shion la esquivó por milímetros, pero fue emboscada por las sombras de Hades y las corrientes de Poseidón. Fue derribada y encadenada de nuevo con grilletes de obsidiana.
Como castigo final, Hades se acercó a ella. Tomó las alas blancas y majestuosas que los dioses le habían entregado "como regalo" de servidumbre. Con un tirón brutal, las arrancó de cuajo. El grito de Shion no fue de dolor, fue un rugido de liberación. Hades prendió fuego a las plumas ensangrentadas mientras ella, hundida en el suelo de mármol, sonreía con una mueca sangrienta.
—Eres un peligro —susurró Poseidón, temblando ante su expresión.
—Ustedes fueron los culpables —dijo Shion, sintiendo cómo el sello divino le quemaba la garganta mientras intentaban silenciarla para siempre—. La cruz que cargo está hecha de los huesos de los que juré salvar. Ustedes me forzaron... y yo acabaré con ustedes.
DE VUELTA AL PRESENTE: El Castillo de Drácula
Shion abrió los ojos en la biblioteca de su padre. Sus manos temblaban y las cicatrices en su espalda —allí donde una vez estuvieron sus alas— ardían como si el fuego de Hades acabara de tocarlas.
—Nunca más —susurró para sí misma, mirando hacia la ventana donde la luna roja de Transilvania brillaba con fuerza—. No seré su verdugo otra vez.
Rubén entró en la sala, notando la oscuridad en los ojos de su hija. Sabía que ella estaba recordando.
—¿Estás lista para lo que sigue, Shion? Porque el hijo de Ares y los demás están a punto de romper mis defensas. Si entran aquí, el Olimpo fijará su mirada en este castillo.
Shion se levantó, ajustando su ropa oscura. Ya no era la sumisa Caballero de los dioses. Era el monstruo que ellos mismos habían creado para su propia destrucción.
—Que vengan —dijo ella—. Tengo una deuda que pagarle a Usui... y un mundo que arrebatarle a los cielos.