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La Pequeña Esposa Del Señor Douglas

La Pequeña Esposa Del Señor Douglas

Status: En proceso
Genre:La mimada del jefe / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:8.5k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

Se supone que mi corazón no debe detenerse cada vez que entras en una habitación...

NovelToon tiene autorización de A.B.G.L para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo XXIII

La noche cayó pesada sobre la mansión, como una advertencia silenciosa, un presagio de tormentas inminentes.

No hubo cena compartida, ni una mesa puesta para dos, ni un gesto de cortesía.

No hubo palabras innecesarias, ni intentos de suavizar la tensión, ni falsas promesas.

No hubo intentos de normalidad, ni siquiera una simulación de vida conyugal, solo la aceptación de su realidad disfuncional.

Madison cenó sola en su habitación, sentada en el borde de la cama que ya estaba impregnada de su esencia, una mezcla de perfume dulce y rabia contenida, una fragancia que desafiaba la frialdad de la casa. Afuera, el jardín permanecía iluminado por focos estratégicos, creando sombras largas que se movían como espectros, como si la casa nunca durmiera del todo, vigilada por fuerzas invisibles. Cada paso de los guardias era un recordatorio constante de que la libertad allí era una ilusión bien decorada, una jaula dorada.

Se quitó los zapatos y los lanzó a un rincón de la habitación, un gesto de rebeldía silenciosa.

—Qué romántico matrimonio, murmuró al aire, su voz cargada de sarcasmo, una burla a la farsa que estaba viviendo.

Del otro lado de la mansión, en su propio territorio, Kennedy seguía despierto, su mente activa como un campo de batalla.

No por insomnio, no por la incapacidad de conciliar el sueño.

Por costumbre, por la necesidad de estar siempre alerta, preparado para el peligro.

Estaba de pie frente a la barra de su despacho privado, un vaso de whisky intacto en la mano, su contenido reflejando la luz tenue de la habitación. No bebía cuando pensaba, cuando las ideas bullían en su cabeza, cuando la necesidad de tomar decisiones lo consumía. Y estaba pensando demasiado, analizando cada detalle, anticipando cada movimiento, intentando predecir el futuro.

Madison había cambiado el ritmo de la casa en menos de doce horas, alterando su equilibrio con su mera presencia. No con gritos ni exigencias, no con arrebatos emocionales, sino con una determinación silenciosa, con una forma de ocupar el espacio como si no pidiera permiso para existir, como si tuviera derecho a estar allí.

Eso lo irritaba, desafiando su control.

Eso lo inquietaba, perturbando su paz.

Uno de sus hombres entró en el despacho sin anunciarse, interrumpiendo sus pensamientos, violando su privacidad.

—Tenemos un problema, dijo, su voz grave y urgente, anunciando la tormenta.

Kennedy no se giró, manteniendo su mirada fija en el vaso de whisky.

—Define “problema”, ordenó, su voz cargada de una amenaza implícita.

—Jeremy Beckham, respondió el hombre, pronunciando el nombre como si fuera una maldición.

Eso bastó para captar su atención, para despertar su furia.

Kennedy dejó el vaso sobre la barra con un golpe seco y se volvió lentamente, los ojos azul eléctrico fríos y calculadores, analizando la situación, buscando una solución.

—Habla, ordenó, su voz baja y peligrosa, exigiendo una explicación.

—Está moviendo piezas por su cuenta, informó el hombre, revelando la traición. Usando tu nombre, añadió, exponiendo su manipulación. Prometiendo cosas que no autorizaste, sentenció, desafiando su autoridad.

El silencio se tensó, cargado de una amenaza palpable.

—¿Qué tipo de cosas?, preguntó Kennedy, reprimiendo su ira, intentando mantener el control.

—Protección, respondió el hombre, mencionando el soborno. Trato preferencial, añadió, revelando la corrupción. Y… —el hombre dudó, temeroso de pronunciar las siguientes palabras— está presionando para “ver” a su hija, pronto, concluyó, exponiendo su verdadera intención.

Algo se quebró en la mirada de Kennedy, una chispa de furia que brilló en sus ojos. No fue una explosión violenta, sino una implosión silenciosa, un control absoluto que era aún más aterrador.

—No, dijo, su voz baja y letal, cada palabra cargada de veneno. Madison no vuelve a estar cerca de ese hombre sin que yo lo permita, sentenció, prohibiendo el contacto, marcando su territorio.

—Eso podría generar fricción, advirtió el hombre, señalando las posibles consecuencias.

Kennedy dio un paso adelante, invadiendo el espacio personal del hombre, intimidándolo con su presencia.

—La fricción es inevitable, dijo, su voz un susurro peligroso. El error es creer que me importa evitarla, afirmó, revelando su disposición a la guerra.

El hombre asintió sumisamente y se retiró en silencio, temeroso de provocar su ira.

Kennedy pasó una mano por su cabello negro, corto y desordenado, desordenándolo apenas, como si intentara liberar la tensión que lo atenazaba. Caminó hasta el ascensor privado que conectaba con el piso superior, sintiendo una necesidad imperiosa de ver a Madison, de asegurarse de que estaba a salvo. No iba a verla, se repitió mentalmente como una orden, intentando controlar sus impulsos. No iba a verla, se reafirmó, luchando contra la atracción que lo impulsaba hacia ella.

El ascensor se detuvo con un suave golpe, anunciando su llegada al piso superior.

Salió del ascensor, sintiendo el silencio opresivo de la casa, la necesidad de romper el hechizo que lo mantenía cautivo.

Y aun así, sus pasos lo llevaron al ala este, hacia la habitación donde Madison se había refugiado.

Se detuvo frente a la puerta cerrada, sintiendo la tentación de llamar, de irrumpir en su santuario. La luz estaba encendida, filtrándose por debajo de la puerta, indicando su presencia. Se escuchaba música baja, un ritmo vibrante y enérgico, completamente fuera de lugar en esa casa diseñada para el silencio y la sumisión.

Kennedy apoyó la mano en la pared, no en la puerta, conteniéndose, luchando contra sus instintos. Respiró hondo, intentando calmar el torbellino de emociones que lo asaltaba.

Del otro lado de la puerta, Madison estaba de pie frente al espejo, cepillándose el cabello con movimientos enérgicos. Llevaba una camiseta larga que apenas cubría sus muslos, sin maquillaje que ocultara las marcas de su pasado, el rostro cansado pero desafiante incluso en la intimidad de su habitación. Cuando escuchó los pasos acercarse, no se sobresaltó, reconociendo la presencia de Kennedy.

—Puedes entrar, dijo, su voz clara y firme, desafiando su vacilación. Sé que estás ahí, añadió, revelando su conocimiento, su conexión intuitiva con él.

Kennedy abrió la puerta lentamente, cediendo a su invitación, pero luchando por mantener el control.

No cruzó el umbral, respetando su territorio, consciente de los límites que habían establecido.

—Jeremy está moviendo cosas, dijo sin rodeos, evitando las sutilezas, yendo directo al grano. Quiere verte, informó, revelando su verdadera intención.

Madison dejó el cepillo sobre la cómoda con lentitud deliberada, su gesto calculado, su reacción controlada.

—Claro que quiere, respondió, su voz cargada de sarcasmo, conociendo la naturaleza posesiva de su padre. Siempre quiere algo, añadió, revelando su manipulación.

—No va a pasar, afirmó Kennedy, prohibiendo el encuentro, protegiéndola de su influencia.

Ella se giró hacia él, cruzándose de brazos, desafiando su autoridad.

—No decides eso solo, replicó, reclamando su derecho a elegir su propio destino.

—En esto sí, sentenció Kennedy, imponiendo su voluntad, reafirmando su protección.

—No soy una moneda de cambio, Kennedy, afirmó Madison, negándose a ser utilizada en sus juegos de poder.

Él dio un paso más cerca, invadiendo su espacio personal, pero aún sin tocarla, luchando contra la tentación.

—Aquí dentro no, dijo, su voz suave pero firme, transmitiendo su promesa. Allá afuera, para ellos, sí, explicó, revelando la verdad de su mundo, la manipulación de su familia. Y es exactamente lo que no voy a permitir, afirmó, declarando su intención de protegerla, de desafiar su destino.

Madison lo miró fijamente, sus ojos escudriñando su alma, buscando la verdad en su mirada. No había miedo en sus ojos, solo una profunda tristeza, un cansancio ancestral. Pero también había algo más, algo filoso y peligroso, una determinación inquebrantable.

—¿Y qué soy para ti?, preguntó, su voz un susurro cargado de vulnerabilidad. ¿Una esposa?, cuestionó, desafiando su compromiso. ¿Un trato cerrado?, indagó, exponiendo la frialdad de su acuerdo. ¿Una excusa para expandir tu imperio?, remató, acusándolo de usarla como un peón.

Kennedy sostuvo su mirada, sin vacilar, sin apartar la vista.

—Eres un riesgo, confesó, revelando su temor, su vulnerabilidad.

Ella sonrió, una sonrisa ladeada y peligrosa, una invitación al caos.

—Entonces somos dos, afirmó, reconociendo su conexión, su mutuo peligro.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, cargado de cosas no dichas, de deseos reprimidos, de secretos inconfesables. Kennedy fue el primero en romperlo, sintiendo la necesidad de advertirla, de prepararla para lo que se avecinaba.

—Tu padre va a intentar recuperarte, advirtió, revelando su conocimiento, su anticipación de sus movimientos. No por amor, aclaró, despojando sus acciones de cualquier sentimiento genuino. Por control, sentenció, exponiendo su verdadera motivación.

—Lo sé, respondió Madison, asintiendo con resignación, conociendo la naturaleza posesiva de su padre.

—Y cuando falle…, comenzó Kennedy, anticipando su reacción, su siguiente paso.

—Se volverá más violento,—Se volverá más violento, completó ella, asintiendo con resignación, conociendo la naturaleza posesiva de su padre. También lo sé, añadió, reconociendo su propia vulnerabilidad, su propia experiencia.

Kennedy la observó con más atención ahora, analizando sus cicatrices, admirando su resistencia. No como una pieza del trato, no como un problema que debía resolver, sino como alguien que había sobrevivido demasiado, que había soportado un dolor inimaginable.

—Aquí, dijo finalmente, su voz suave pero firme, trazando una línea en la arena. Nadie vuelve a ponerte una mano encima, afirmó, prometiendo protegerla, declarando la guerra a sus demonios.

Madison bajó la mirada un segundo, permitiendo que su vulnerabilidad se asomara a la superficie, revelando el miedo que la carcomía por dentro. Solo uno, un instante fugaz antes de volver a levantar la vista, antes de recuperar su compostura.

—Eso espero, susurró, sintiendo una punzada de esperanza. Porque no pienso aguantar otra jaula, afirmó, declarando su independencia, su negativa a ser controlada.

Kennedy asintió, reconociendo su determinación, sintiendo la necesidad de protegerla, de romper las cadenas que la ataban.

—Descansa, dijo, sintiendo la urgencia de alejarse, de protegerla de sí mismo. Mañana las cosas se van a complicar, advirtió, preparando su ánimo para la batalla que se avecinaba.

Se dio la vuelta y se fue, dejando a Madison sola en su habitación, sintiendo la necesidad de protegerla, de protegerse a sí mismo.

Madison cerró la puerta con llave, sellando su refugio, creando una barrera contra el mundo exterior.

Apagó la música, silenciando el ruido, buscando la paz en el silencio.

Se sentó en la cama con el corazón latiéndole fuerte en el pecho, sintiendo la adrenalina recorrer sus venas.

Abajo, Kennedy volvió a su despacho y activó una línea segura, conectándose con sus hombres de confianza.

—Quiero vigilancia total sobre los Beckham, ordenó, su voz fría y calculadora. Cada movimiento, cada llamada, cada contacto, quiero saberlo todo, exigió, controlando la situación desde las sombras.

—¿Y Madison?, preguntó uno de sus hombres, sintiendo la vacilación en su voz.

KennedyKennedy guardó silencio un segundo, luchando contra sus propios impulsos, sintiendo la necesidad de protegerla, incluso de sí mismo.

—A ella… protégela incluso de mí, si hace falta, ordenó finalmente, revelando su vulnerabilidad, reconociendo el peligro que representaba.

Colgó el teléfono, cortando la conexión, dejando que el silencio inundara el espacio, permitiendo que sus pensamientos lo consumieran.

La noche siguió avanzando, extendiendo su manto oscuro sobre la mansión, ocultando sus secretos, protegiendo sus habitantes.

Y en esa casa llena de secretos, ambos entendieron lo mismo sin decirlo en voz alta, reconocieron su destino, aceptaron su realidad.

El matrimonio ya no era solo una obligación, un contrato comercial.

Era el centro de una guerra que apenas estaba despertando, una batalla por el poder, por el control, por la supervivencia.

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Malu Enriquez
Pinta interesante 😸
Anonymous
Interesante
Anonymous
Hasta aquí en este último y penúltimo capítulo fue q me pareció interesante esta novela, espero lo sea
Lelis Vellejo
Me está gustando la historia 👏
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