Elior siempre se sintió fuera de lugar.
En su vida pasada fue profesora de ciencias, alguien que creía en la lógica… hasta que murió y despertó en un mundo regido por jerarquías, vínculos y destinos imposibles de ignorar.
Ahora es un omega masculino de belleza andrógina, hijo de los duques del Ducado de Lirien, rodeado de protección… y de miradas peligrosas.
Desde antes de renacer, soñaba con un hombre que nunca vio, pero que su cuerpo siempre reconoció.
Cuando el mundo intenta reclamarlo como una oportunidad política, Elior descubre que el vínculo que lo llama no exige posesión, sino espera.
🌙 Omegaverse · Reencarnación · Romance BL · Deseo contenido · Consentimiento
Advertencias:
Presión política sobre omegas · Intentos de reclamo forzado (no consumados) · Tensión emocional intensa
✔️ Sin violación
✔️ Sin romance forzado
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Capítulo 20: Lo que permanece en la piel
(POV del delta)
No fue el contacto lo que me desarmó.
Fue lo que quedó después.
Caminé varios pasillos antes de darme cuenta de que no estaba prestando atención a nada más que a la memoria exacta de ese roce mínimo. No había sido más que un instante: dedos encontrándose por accidente, una fracción de segundo en que la piel reconoció a la piel.
Y, aun así, mi cuerpo seguía respondiendo.
No con urgencia.
No con hambre.
Con presencia.
Me detuve junto a una ventana estrecha, apoyando el antebrazo en la piedra fría. El contraste me ayudó a ordenar la respiración, pero no borró la sensación. El vínculo estaba ahí, estable, atento, como si hubiera tomado nota de algo importante y se negara a olvidarlo.
Así que así se siente, pensé.
Cuando no se fuerza.
Durante años había aprendido a leer los cuerpos de otros desde la distancia. A reconocer cuándo acercarse, cuándo tomar, cuándo reclamar lo que el instinto ofrecía. Había sido eficaz. Había sido claro.
Pero con él…
todo era distinto.
No quise más.
Quise menos.
Menos prisa.
Menos avance.
Más cuidado.
El recuerdo volvió con precisión inquietante: la forma en que retiró la mano, no con rechazo sino con sorpresa; la sinceridad en su voz al decir que no estaba preparado; y, sobre todo, la calma que siguió cuando entendió que yo no cruzaría ese límite sin su elección.
Eso fue lo que se quedó conmigo.
No el calor.
No la cercanía.
La confianza.
Respiré hondo y dejé que el vínculo se asentara. No pedía contacto. No empujaba hacia un punto concreto. Se mantenía como una línea firme que conectaba sin atar.
No te lastimé, pensé, sin saber si podía oírme.
Y tú lo supiste.
La certeza me sostuvo.
Seguí caminando, esta vez con atención plena al entorno. Saludé a quienes se cruzaron conmigo. Respondí a preguntas breves. Nadie notó nada fuera de lo común. Nadie podía ver que algo había cambiado de forma irreversible.
Yo sí.
Porque entendí algo que no había tenido que entender antes: la verdadera contención no es ausencia de deseo, sino elección consciente. No avanzar cuando el instinto lo pide, sino cuando el otro está listo para sostenerlo.
Y él…
él estaba aprendiendo a escucharse.
No iba a interrumpir eso.
Esa noche, cuando el ducado se aquietó y los sonidos se volvieron lejanos, me senté en el borde de la cama con las manos apoyadas en los muslos. Cerré los ojos y permití que el recuerdo volviera sin empujarlo.
El roce.
La respiración compartida por un segundo.
La forma en que el vínculo había respondido sin desbordarse.
No hubo imágenes nuevas.
No hubo fantasías.
Solo una certeza firme:
La próxima vez no será un accidente.
No porque yo fuera a buscarlo.
Sino porque él lo permitiría.
Me recosté sin apagar la lámpara. La luz tenue dibujaba sombras suaves en el techo. Sentí el vínculo acomodarse, estable, como una presencia que no exigía vigilia ni sueño.
—Despacio —murmuré.
No era una advertencia.
Era una promesa.
Porque cuando el siguiente contacto llegara —y llegaría— no sería para probar, ni para confirmar lo inevitable.
Sería para elegirlo juntos.
Cerré los ojos con esa decisión clara, sabiendo que el tiempo ya no era un enemigo.
Era un aliado.