Abril sabe lo que es amar hasta perderse a sí misma.
Cuando acepta un trabajo inesperado, jamás imagina que la llevará a conocer a Darío, un hombre atrapado en una relación donde los celos, el control y la manipulación se confunden con amor.
Él cree que su pareja lo cuida. Ella sabe que lo está destruyendo.
Mientras Abril intenta ayudarlo a abrir los ojos, se ve envuelta en un triángulo peligroso donde los sentimientos reales chocan con secretos, mentiras y decisiones que pueden romperlo todo.
¿Es posible amar sin dolor cuando el pasado aún sangra?
¿O algunas personas están destinadas a perderse antes de encontrarse?
Corazones en Juego es una historia intensa sobre relaciones tóxicas, segundas oportunidades y el valor de elegir un amor que no duela.
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Capítulo 23: Lo que duele antes de sanar
Abril no recordaba la última vez que había llorado así.
No era un llanto desesperado ni ruidoso. Era uno silencioso, contenido, de esos que salen cuando el cuerpo ya no puede sostener lo que la mente intenta controlar. Se sentó en el borde de la cama, con la espalda encorvada, dejando que las lágrimas cayeran sin limpiarlas.
No lloraba solo por Darío.
Lloraba por ella.
Por todas las veces que había dudado de su intuición.
Por las veces que había minimizado lo que sentía para no incomodar.
Por cada “no es tan grave” que se dijo a sí misma cuando en realidad sí lo era.
El encuentro con Valeria había removido más de lo que esperaba. No porque le hubiera contado algo completamente nuevo, sino porque había puesto palabras claras a lo que Abril había sentido desde el inicio y no quiso ver.
El control no siempre grita.
A veces susurra.
Y eso lo hace más peligroso.
Respiró hondo, se levantó y fue al baño. Se miró al espejo durante varios segundos. Tenía los ojos rojos, el rostro cansado, pero la mirada… la mirada era distinta.
Había algo nuevo ahí.
Determinación.
Darío pasó el día en automático. Respondía correos sin leerlos del todo, asistía a reuniones sin escuchar realmente. Su mente estaba anclada en una sola frase:
“No voy a perderme.”
La entendía.
Pero dolía.
En terapia, esa tarde, apenas pudo hablar. Cuando lo hizo, las palabras salieron torpes, como si tuviera miedo de decirlas en voz alta.
—Estoy pagando cosas que hice antes de conocerla —admitió—. Y lo entiendo. Pero no sé cómo convivir con eso sin sentir que ya es tarde.
La terapeuta lo observó con calma.
—No todo lo que se rompe se repara —dijo—. Pero todo lo que se reconoce puede transformarse.
Darío bajó la mirada.
—¿Y si ella no quiere esperar ese proceso?
—Entonces —respondió ella— tendrás que aprender a cambiar por ti, no para retener a alguien.
Esa idea le pesó más que cualquier reproche.
Esa noche, Abril salió a caminar. Necesitaba aire, movimiento, distancia de sus pensamientos. El frío le despejó un poco la cabeza mientras recorría calles que conocía de memoria.
Se detuvo frente a una vidriera y observó su reflejo. No vio a una mujer rota. Vio a alguien cansada, sí, pero despierta.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de Darío, corto.
“No quiero presionarte. Solo quiero que sepas que estoy trabajando en mí. Con o sin nosotros.”
Abril lo leyó dos veces.
No respondió de inmediato.
Guardó el teléfono y siguió caminando.
Al día siguiente, Abril tomó una decisión que llevaba tiempo postergando.
Pidió una semana libre en el trabajo.
No para huir, sino para pensar sin ruido, sin horarios, sin obligaciones que la distrajeran de lo importante. Preparó una maleta pequeña y salió de la ciudad, rumbo a un lugar tranquilo donde había ido años atrás, cuando necesitó reencontrarse consigo misma.
No le avisó a Darío.
No por castigo, sino porque por primera vez quería elegir sin explicarse.
Cuando Darío se enteró, no fue por un mensaje de ella, sino por una coincidencia. Una foto que alguien subió a redes, una imagen borrosa donde Abril aparecía de espaldas, con el mar de fondo.
Sintió una mezcla de miedo y respeto.
Ella estaba haciendo exactamente lo que él nunca había sabido hacer: detenerse antes de romperse.
Esa noche, Darío escribió en su cuaderno, algo que la terapeuta le había sugerido.
“¿Quién soy cuando no tengo a quién controlar?”
La pregunta lo dejó vacío durante varios minutos.
Luego comenzó a escribir.
Abril se despertó temprano, con el sonido de las olas entrando por la ventana. Se sentó en la cama, respiró profundo y, por primera vez en semanas, sintió calma.
No tenía respuestas definitivas.
No sabía qué pasaría con Darío.
No sabía si habría un “nosotros”.
Pero sabía algo fundamental:
Ya no estaba dispuesta a sacrificarse para sostener una historia.
Tomó su celular y escribió un mensaje que no envió de inmediato. Lo releyó varias veces antes de decidirse.
“Necesito tiempo. No para castigarte, sino para escucharme. Si algún día volvemos a hablar desde un lugar sano, lo sabremos. Si no, también.”
Lo envió.
Y dejó el teléfono boca abajo.
El mensaje llegó a Darío como un golpe seco, pero necesario. No había reproches. No había promesas falsas. Solo verdad.
Por primera vez, no intentó responder de inmediato.
Cerró los ojos.
Y aceptó que amar a alguien también implica saber soltar.
Esa noche, el mar siguió golpeando la orilla con paciencia.
Porque algunas sanaciones no son inmediatas.
Porque algunas decisiones duelen antes de sanar.
Y porque, a veces, alejarse no es rendirse…
sino empezar a elegir bien.
pero más gracias por una historia muy diferente...
definitivamente cuando la obsesión y los celos te nublan el juicio te vuelves peligroso porque no entiendes de razones...
no va a dejarlo tan fácil
si vuelve siempre fue para ti, si no nunca lo fue...
Camila en verdad tiene serios problemas