Felicity siempre ha vivido para servir a su familia.. Pero, ahora cuando se siente madura y en paz, tiene la posibilidad de volver a empezar..
* Esta novela es parte de un universo mágico *
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Ginger Bristol
Las semanas que siguieron pasaron con una rapidez inesperada, como si el tiempo, después de tanta quietud y dolor, hubiese decidido avanzar sin mirar atrás. En la mansión Dagger, los días se sucedían con una rutina nueva, más sobria, pero extrañamente armoniosa.
Felicity observaba a Florence con una mezcla constante de orgullo y admiración. Su hermana, vestida siempre de negro por el luto se movía por los salones con una seguridad serena, atendiendo asuntos, revisando cuentas, recibiendo emisarios y comerciantes como si aquel papel hubiese estado siempre destinado para ella. Ya no había rastros de la joven ilusionada que soñaba con miradas furtivas; en su lugar había una duquesa firme, inteligente, respetada. Y aunque el luto seguía presente en su vestir, su mirada estaba clara, decidida.
Verla así llenaba el corazón de Felicity. No con euforia, sino con una alegría profunda y tranquila. Sentía que, pese a todo lo perdido, Florence había encontrado una forma de mantenerse en pie, de transformar el dolor en fortaleza. Y eso le bastaba.
Felicity, por su parte, volvió a los pequeños refugios que siempre la habían acompañado. Pasaba largas horas junto a la ventana o cerca del fuego, con el bastidor entre las manos, dejando que la aguja recorriera la tela con movimientos lentos y precisos. Bordaba flores, escenas suaves, motivos que no buscaban exhibirse, solo existir. Cada puntada parecía contener un recuerdo: la risa de Fantine, la infancia compartida, los años silenciosos de cuidado y entrega.
Había en ella una nostalgia constante, pero no amarga. Era una melancolía dulce, casi amable, que no dolía como antes. No se sentía sola en un sentido triste; más bien estaba acompañada por sus propios pensamientos, por la certeza de haber amado bien, de haber estado siempre donde se la necesitó.
A veces levantaba la vista y veía a Florence cruzar el salón con paso decidido, rodeada de papeles y compromisos, y sonreía en silencio. No hacía falta decir nada. En aquella paz discreta, Felicity comprendía que su vida, aunque sencilla y apartada, estaba completa a su manera.
Así, entre bordados, tardes silenciosas y el orgullo silencioso por su hermana, Felicity habitaba una tranquilidad serena: una soledad sin vacío, una nostalgia sin dolor, y una paz ganada con los años.
Días después, la mansión Dagger recibió una visita distinta a las habituales, una presencia que llenó los salones de una energía más cálida y luminosa. Felicity fue informada de que llegaría una amiga cercana de Florence, y cuando bajó al salón principal, apoyándose con cuidado en su bastón, la encontró conversando animadamente con una joven mujer de sonrisa abierta y mirada viva.
Florence se adelantó para hacer las presentaciones.
Ginger Bristol era hija de uno de los duques más importantes del reino de Mercia y, aun así, no había en ella ni rastro de altivez. Vestía con elegancia, pero de manera sencilla, y su mano descansaba de forma instintiva sobre su vientre ya ligeramente abultado, señal clara de su embarazo. Había en sus gestos una alegría natural, casi contagiosa, y una amabilidad sincera que se percibía desde el primer saludo.
—Es un placer conocerla, lady Felicity —dijo Ginger con una leve inclinación, sus ojos brillando con curiosidad y respeto—. Florence me ha hablado mucho de usted.
Felicity respondió con una sonrisa suave, algo tímida, notando de inmediato la calidez de aquella joven esposa. No tardó en darse cuenta de que Ginger no solo era una conocida más de su hermana, sino una verdadera amiga. La manera en que escuchaba a Florence, cómo reía con ella y cómo buscaba su mirada al hablar revelaba una complicidad genuina, forjada no por conveniencia social, sino por afecto real.
Durante la conversación, Ginger habló con entusiasmo de su esposo, de su vida en Mercia y de la emoción.. mezclada con nervios.. que sentía ante la llegada de su primer hijo. Florence la escuchaba con atención y una sonrisa tranquila, y Felicity comprendió que aquella amistad había nacido en un momento importante de la vida de su hermana, ofreciéndole apoyo y ligereza cuando más lo necesitaba.
A Felicity le agradó de inmediato. Ginger tenía esa cualidad poco común de hacer sentir cómodos a quienes la rodeaban, de transformar una charla formal en un momento cercano. Al observarlas juntas, Felicity sintió una satisfacción serena: Florence no estaba sola en su nuevo mundo de responsabilidades, tenía a su lado una amiga alegre, fuerte y bondadosa.
Mientras el té se enfriaba lentamente sobre la mesa y la tarde avanzaba, Felicity pensó que, quizá, la llegada de Ginger Bristol no solo traía risas y conversación a la mansión, sino también la promesa de una amistad que enriquecería la vida de su hermana… y, sin saberlo aún, también la suya.
Felicity las observó desde su lugar, con la taza de té entre las manos, sin interrumpirlas. Florence y Ginger conversaban animadamente, intercambiando ideas, planes, opiniones sobre asuntos que iban desde la administración de tierras hasta pequeños detalles cotidianos. No hablaban como muchachas ingenuas, sino como mujeres seguras de sí mismas, conscientes de su valor y de su lugar en el mundo. Había en ellas inteligencia, determinación y una belleza que no dependía solo de la juventud, sino de la firmeza con la que habitaban su propia vida.
Aquel cuadro despertó en Felicity una reflexión profunda y serena. Pensó que las mujeres podían ser lo que quisieran ser, pese a las pérdidas, las expectativas ajenas o las normas que tantas veces habían intentado encerrarlas en un único destino. Ver a su hermana convertida en una duquesa capaz, respetada y fuerte, y a Ginger, joven esposa y futura madre, alegre y lúcida, apoyándose mutuamente sin rivalidad ni envidia, le llenó el corazón de una calma reconfortante.
Ella, en cambio, estaba a punto de cumplir cuarenta años y sentía, sin tristeza ni amargura, que se encontraba en el ocaso de su propia vida. No lo vivía como un fracaso, sino como una etapa cumplida. Había cuidado, protegido y sostenido. Había amado a su familia con una entrega silenciosa y constante. Tal vez no tendría una historia grandiosa que contar, ni un nombre recordado en salones lejanos, pero había hecho lo que debía hacer.
Y aun así, lejos de sentir melancolía, se alegró profundamente. Se alegró de que las mujeres jóvenes pudieran alzar la voz, tomar decisiones, construir su propio camino y, sobre todo, apoyarse entre ellas. Ese apoyo mutuo, esa red invisible de comprensión y respeto, le pareció una victoria más valiosa que cualquier título o reconocimiento.
Felicity sonrió para sí misma, con una dulzura tranquila. Tal vez su papel no era brillar, sino haber preparado el terreno para que otras lo hicieran. Y en ese pensamiento encontró paz, orgullo y una sincera felicidad.
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Ahora con Florence recién nacida vuelca ese amor 🥰