En el imperio de Valtheria, la magia es un privilegio reservado a los hombres y una sentencia de muerte para las mujeres. Cathanna D’Allessandre, hija de una de las familias más poderosas del imperio, creció bajo el yugo de una sociedad que exige de ella sumisión, silencio y perfección absoluta. Pero su destino estaba sellado mucho antes de su primer llanto: la sangre de las brujas corre por sus venas, y su sola existencia es la llave destinada a abrir la puerta que traería de vuelta a un poder oscuro que siempre se había creído una simple leyenda.
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CAPÍTULO 018
09 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra
Día de Lluvia, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
Las horas fueron pasando lento como la muerte de una flor, y Anne permaneció allí, sin moverse, hasta que la noche cayó. Cathanna comenzó a removerse, incómoda, y Anne apartó la mano con cuidado.
Cathanna abrió los ojos por completo, como si hubiera dormido por años, y se encontró de lleno con la mirada preocupada y apagada de su madre. Pretendió pronunciar algo, pero solo botó una gran cantidad de aire. Pero luego de varios intentos, articuló su nombre, bajo, en un susurro. Había un resentimiento en aquel tono que estremeció a Anne.
—¿Cómo te encuentras, Cathanna? —balbuceó Anne, nerviosa.
—¿Qué haces aquí? —Su voz salió brusca, sorprendiendo a Anne.
—Quise pasar tiempo contigo, hija —dijo, con la voz rota. Intentó levantar la mano para acariciarla, pero al final desistió—. Y… deseo hablar contigo de algo importante. —Se aclaró la garganta, con un nudo ardiente en el vientre—. He estado pensando en ello y… lo mejor será que empecemos ya con los preparativos para tu matrimonio con Orpheus. —Su tono bajo drásticamente—. Ya he enviado por el vestido.
Esas palabras fueron como otro latigazo para Cathanna.
—¿Estás segura … madre? —Ella la miró directamente a los ojos, sin preocuparse en ocultar su irritación y molestia—. Orpheus es muy guapo, no lo puedo negar, pero... parece un hombre tan arrogante. No siento que hayamos conectado muy bien, como esperaba. Ciertamente no me siento cómoda… madre. —Dejó escapar una espiración pequeña.
—No creo que “arrogante” sea la palabra correcta para describirlo —musitó Anne, con ese tono condescendiente que usaba cuando pretendía ser amable—. Es un encanto de persona, Cathanna. Educado, bien hablado. Deberías sentirte a gusto con eso. —Acarició su mejilla lentamente—. Sabes perfectamente que ni tu padre ni yo permitiremos que te casaras con alguien que no pudiera darte lo mismo o incluso más de lo que nosotros mismos te hemos brindado durante estos años.
Cathanna torció los labios en una mueca de disgusto y movió la espalda, sintiendo cómo las vendas se desplazaban. No estaba de humor para soportarla, ni a ella ni a sus palabras, pero tampoco quería ganarse otra corrección por rebelde. Así que se acomodó mejor, dejó escapar un suspiro pesado y volvió a mirarla. Aun así, aquello de acelerar el matrimonio no le gustaba nada. Le habían dicho que sería hasta el año entrante, ya que la familia de él lo prefería de esa manera.
—Hay otras personas que tienen mucho más que ofrecerme, madre. Entonces, ¿por qué no puedo elegir yo? —habló con un tono tosco—. Tal vez por amor. Sé que suena estúpido, pero es lo que deseo. Que lo que llegue a mi vida sea porque yo lo elegí, no porque alguien más decidió por mí. Aprecio lo que hacen, pero quiero tener autonomía.
—El amor no sirve de nada —sentenció con una frialdad que a Cathanna le heló la sangre—. ¿Para qué sirve que te amen? ¿Para qué sirve que alguien te aprecie? Te lo diré: no sirve para nada. El amor es un lujo que solo se permiten las mujeres ingenuas, Cathanna. ¿Y sabes en qué termina siempre? En decepción. Los hombres traicionan, tarde o temprano, a las mujeres que los aman con locura. ¿Qué te hace pensar que contigo sería distinto? Nunca ames a un hombre que, aunque te ame, jamás te dará fidelidad. Porque el amor sin lealtad no es amor... es egoísmo disfrazado. ¿Por qué no puedes entenderlo, hija?
—¿Qué... qué dices, madre? —balbuceó, incrédula—. Pero tú te casaste con mi padre por amor... porque lo querías. ¿Por qué ahora me dices que no sirve? De verdad no tiene sentido lo que estás diciendo.
—¿Amor? —Anne soltó una risa breve, demasiado amarga para ser genuina—. Yo nunca estuve enamorada de tu asqueroso padre —reveló con desprecio, levantándose de la cama—. Tenía apenas catorce años cuando me obligaron a casarme con él. Unas semanas después, ya estaba embarazada de tu hermano. Y tenía quince cuando volví a quedar embarazada de ese hijo varón que nunca nació porque tú le robaste su lugar. ¿De verdad crees que a esa edad sabía lo que era amar?
—¿Quince...? —Cathanna parpadeó lento, ahogando las náuseas.
—Nunca quise casarme, Cathanna —continuó, mirándola con todo el desprecio que podía sentir una persona lastimada—. Era una niña cuando todo ocurrió. Una niña obligada a hacer cosas que ni siquiera entendía... Odio con cada fibra de mi alma a mis padres y, sobre todo, al tuyo, Cathanna. Lo odio porque me arruinó la vida. Porque me forzó a hacer cosas que no quería. A tener hijos que nunca deseé. Lo odio por todo. Por cada pedazo de mí que se llevó sin mi maldito permiso.
Era la primera vez que Cathanna veía a su madre como una víctima real, una mujer con heridas tan enormes como una abertura y no solo como alguien que quería moldearla a su antojo. No conocía su historia, ni cómo contrajo matrimonio con su padre hasta ese momento. Nunca le preguntó, y ella nunca se lo describió. Y eso lo hacía más punzante, porque había vivido en la ignorancia absoluta durante todos esos años.
—Y también te odio a ti, Cathanna, más de lo que puedes imaginar. Te odio con mi alma entera. —Su mano llegó a la mejilla de Cathanna y la apretó con fuerza. Ella quiso apartarse, pero su agarré y el dolor en su cuerpo, no lo permitió—. Eres el recuerdo del infierno que viví cuando ni siquiera sabía lo que era vivir, en realidad. Te miro y me repugnas. Te miro y deseo arrancarte la vida con mis propias manos.
Pero a pesar de todo lo que le estaba diciendo, de cada palabra que debería desgarrarle el alma hasta llevarla al llanto desconsolado, a pesar de que bajó la cabeza cuando la necesitaba, no podía odiarla. Su alma ya estaba tan herida que esas palabras no ocasionaran nada. Porque a ella… a ella le permitiría cualquier cosa. Incluso si eso significaba morir, con tan de verla sonreír. Muy enfermizo, Cathanna lo sabía muy bien, pero no había forma de cambiar eso en su pecho.
—Nunca vuelvas a hablar de amor, niña, porque esa mierda no existe para nosotras. Nadie te va a amar. Aprende a sobrevivir con las migajas que otros te tiren. Tu padre no te ama, nunca lo ha hecho y nunca lo hará, porque eres mujer... y él odia a las mujeres. Me odió el día que saliste de mi vientre. Él te maldijo en ese momento. ¿Sabías que tu padre te rechazó desde el primer día porque no fuiste hombre?
De verdad, Cathanna quería, pero no podía odiarla.
—¿Tu odio hacia mí es tan grande, madre, como para vender mi alma sin siquiera tener remordimiento? —balbuceó ella, sin la tristeza que, en teoría, debería concebir—. Madre… ¿Por qué me haces esto?
No era que quisiera admitirlo, pero ya estaba demasiado acostumbrada al maltrato emocional de su parte. Lo peor de todo era que empezaba a necesitarlo. A pensar que tal vez era lo único que merecía en esta vida. Ella quería amar de verdad, de ese amor que no te hacía llorar, ni sufrir, ni rogar. Pero tal vez... solo tal vez lo suyo sería sufrir. Tal vez ese sea su único y verdadero destino y debía aceptarlo.
—¿Por qué debo arrastrar el mismo sufrimiento solo porque tú no pudiste escapar del tuyo? —continuó, sin apartar la mirada—. ¿Por qué, si yo te amo con todo mi corazón, madre? Te amo y no entiendo nada.
—No me hagas reír, Cathanna. ¿De verdad crees que tu miserable alma tiene algún valor? Eres mercancía humana. Lo has sido desde el día en que naciste, y lo seguirás siendo hasta que te mueras. Tu único valor reside en lo que puedas parirles a ellos. —Clavó la mano sobre el vientre plano de su hija con una fuerza que le robó el aliento—. Si tu cuerpo crea a un varón, te alabarán como una diosa, pero si es una mujer tendrá nuestra misma suerte. Porque este mundo no nos quiere vivas. Nos quiere bien calladitas y disciplinadas… o metros bajo tierra.
Cathanna descendió la mirada hacia la mano que la sujetaba. Por un segundo, se imaginó embarazada. Un sueño que llevaba anhelando desde siempre, porque amaba demasiado a los niños, como para querer escuchar sus escandalosas carcajadas de por vida. Pero una duda cruzó su mente en ese momento mientras veía la mano de su madre en su vientre: ¿Sería capaz de amar a una hija, sabiendo lo que el mundo le haría solo por ser mujer? ¿Sería capaz de verle la cara todos los días sin sentir el mismo odio que sentía su madre por ella?
—Yo solo quiero que me ames como amas a tus hijos varones. Solo eso te pido... aunque sea una vez —rogó Cathanna, tomando su mano—. Quiero que me trates como a una niña pequeña, que me mires y me digas que me amas con todo tu corazón. Porque cuando pude ser una niña, me obligaron a actuar como una mujer. Y ahora... ahora quieren que me comporte como una niña, solo porque les aterra verme crecer. Porque no soportan la idea de que me convierta en una mujer. —Su voz tembló—. ¿Por qué tengo que cerrar la boca para mantenerme con vida? ¿Por qué a ellos no les toca lo mismo que a mí? Quiero libertad... solo eso, madre. Quiero la misma libertad que le dan a tus varones.
—Eso lo tendrás, claro, será el día de tu muerte, Cathanna —le dijo con una sonrisa torcida—. No todo es tan malo como parece. Al final, terminas acostumbrándote porque no podemos poner resistencia. Estuve mucho tiempo posponiendo este matrimonio, porque no quería que te casaras tan joven, pero ya no puedo hacer nada, mi niña.
Esas palabras cayeron en su mente como una avalancha. Ella no entendía cómo podía odiarla y, al mismo tiempo, querer resguardarla.
—Pero madre...
—No hay nada que podamos hacer para cambiarlo —dijo con la voz baja, abrazándose así mismo, respirando profundo—. Por tu bien, finge que estás feliz con la vida que te tocó. Tener miedo es normal, Cathanna, pero no puedes permitir que ese miedo te gobierne. Nunca.
—Lo haré, madre —se resignó—. Lo prometo.
—Descansa, hija.
Anne salió de la habitación y cerró la puerta con un golpe seco. Cathanna se removió una vez más, con la mirada perdida. En ese momento se permitió recordar lo que había pasado, y una corriente de dolor recorrió su espalda, como si aún sintiera los golpes de su abuelo. Sacudió un poco la cabeza, recogió las piernas contra su pecho, escondió el rostro y comenzó a sollozar en silencio, para que nadie la escuchara. Se sentía triste, desamparada, sin ningún tipo de sustento.
Ni siquiera se sintió apoyada cuando unos brazos la rodearon con cuidado, como si temieran romperla en mil pedazos. No levantó la cabeza; no quería hacerlo. Quería seguir ahogada en su propia miseria, hasta que la obligaron a alzar la mirada y se encontró con Calen. Él no dijo nada. La ayudó a apoyar la cabeza en su hombro y ella se aferró a su camisa, manchándola con sus lágrimas. Pero ni siquiera con él podía sentirse sostenida. Seguía sintiéndose totalmente sola y vacía.
Se separaron tras unos minutos. La mirada de Cathanna estaba tan apagada que Calen tuvo que sujetarle el rostro y buscar sus ojos. No los encontró. Aquello hizo que su corazón se detuviera por un instante. Movió su cabeza con desesperación, intentando que reaccionara, pero aunque estaba despierta, no estaba consciente. Era como si la vela que la mantenía encendida se hubiera apagado de repente, dejando eso…
Calen imploraba, pero Cathanna no lo escuchaba. Solo deseaba que se fuera. Por eso, cuando algo se quebró en su mente como el crujir de una rama, se levantó de golpe, lo tomó del brazo y lo sacó de la alcoba. Luego cerró la puerta y se apoyó en ella, soltando un sollozo de dolor.
El reloj en la pared marcaba las ocho de la noche y la luna ya brillaba con intensidad en el cielo, pero Cathanna apenas la veía. Su atención estaba fija en el paso lento de las manecillas, y comenzó a pensar en la ceremonia en la que fue presentada ante el sagrado Siems del imperio, ofrecida como una posesión de su padre hasta el día en que pasara a manos de su esposo. Tenía solo siete años cuando aquello aconteció.
Fue en el sagrado templo de Vhaul, en Aureum, donde ese rito se celebraba desde hacía más de mil años. En aquel entonces, Cathanna había sido la niña más feliz del universo. Le habían dicho que era un momento fundamental en la vida de toda mujer del imperio, una ceremonia sin la cual ninguna podía considerarse completa. Lo creyó, como se creían las verdades que se repetían con la suficiente autoridad.
Ahora, en cambio, el pensamiento la llenaba de un terror pesado. Pasar de las manos de su padre a las de un desconocido le resultaba insoportable, sobre todo ante la posibilidad de que ese hombre la tratara igual o incluso peor de como la trataban en el castillo. No ambicionaba golpes ni humillaciones, mucho menos obedecer órdenes de alguien ajeno a su familia, aunque sabía que tampoco era justo haber soportado aquello solo porque descendía de su propia sangre.
Pero no había una salida. No había nada que pudiera realizar para cambiar su trágico destino. Su existencia, una vez más, escapaba de su control, deslizándose fuera de sus manos sin que pudiera detenerla.
Limpiándose las lágrimas, se puso de pie y se colocó frente al gran espejo. Se dio media vuelta y observó las vendas enrojecidas en su espalda. La bilis le subió por la garganta, rápida y despiadada, pero se obligó a contenerla. Inspiró profundo y llevó una mano a las vendas. El toque fue eléctrico. Comenzó a quitarlas con cuidado, respirando profundamente, hasta que descubrió que no había ninguna cicatriz. Eso no la hizo sentir ni mejor ni peor. Solo la dejó completamente vacía.
Terminó de quitarse las vendas, dejándolas caer al suelo, y movió la espalda de atrás hacia adelante. Luego se quitó la falda blanca que le habían puesto, quedando completamente desnuda, y fue hacia el baño. Abrió la llave de la tina y se metió en ella, cerrando los ojos con fuerza. Jugueteó apenas con el agua, haciéndola chisporrotear entre sus dedos.
Las horas fueron pasando, pero Cathanna no estaba pendiente de ello, hasta que escuchó la puerta de la alcoba abrirse, acompañada del olor de Celanina. Su estómago se revolvió, pero no salió. Permaneció en la tina, hundiendo poco a poco la cabeza bajo el agua, algo cansada.
Solo cuando la puerta del baño se abrió, sacó la cabeza —había permanecido casi dos minutos enteros sumergida—. Cathanna le dedicó una mirada serena, de esas que decían más que cualquier palabra. Antes de que Celanina pudiera pronunciar sonido alguno, ella se levantó y, al salir del baño, se dio cuenta de que ya había amanecido.
—¿Cómo te encuentras, Cathanna? —preguntó Celanina al salir del baño y caminar hacia el tocador para comenzar a prepararlo todo.
—No es propio de la servidumbre tutear a los superiores —dijo Cathanna, acomodándose en la silla frente al espejo, con la mirada apagada—. No quiero que vuelvas a hacerlo. ¿Lo entiendes, Celanina?
Celanina se quedó inmóvil, parpadeando rápido, confundida.
—¿Por qué me pides eso?
Cathanna chasqueó la lengua.
—Recuerda tu lugar —dijo ella, ladeando apenas una sonrisa carente de gracia—. No estás en posición de hablarme como a una igual.
Celanina abrió los ojos con sorpresa y luego frunció el ceño, pero asintió de inmediato, con un intenso avasallamiento en el pecho. Comenzó a maquillarla con una rigidez que jamás había sentido en todos los años que llevaba trabajando en el castillo. No entendía por qué, de repente, Cathanna le exigía aquello, pero Cathanna sí lo sabía: no estaba dispuesta a permitir que alguien como ella, que no la había ayudado tuviera el atrevimiento de tratarla como a una semejante. Por eso ni siquiera la miraba mientras aplicaba la pintura sobre su rostro.
La puerta se abrió y Selene entró acompañada de otras muchachas. Dos de ellas comenzaron a arreglar la cama carmesí; otras dos fueron al cuarto de los vestidos, y Selene, en silencio absoluto, acomodó los palillos con horquillas en forma de mariposas azules, preparándose para peinarla cuando Celanina terminara. Pasaron varios minutos hasta que Selene se colocó detrás de Cathanna. Ninguna de las dos parecía nerviosa, como antes. Ambas estaban sumidas en sus propios pensamientos, distintos, opuestos, chocando con fuerza entre sí.
Cathanna se levantó despacio y permitió que le colocaran el vestido largo de tela azul, estampado con flores blancas, que dejaba la espalda al descubierto, apenas cubierta por las cuerdas delgadas que lo ajustaban. Las sandalias altas, también azules, con una flor pequeña en el centro de cada pie, resultaron incómodas en cuanto cruzó la puerta de la habitación, como si fuera la primera vez que se las ponía.
Su espalda estaba tensa; seguía sintiendo los latigazos de su abuelo, y un nudo ardoroso se le formó en la garganta, limpiándole respirar bien. Al llegar al comedor, se sentó de inmediato, sin saludar a nadie, sin mirarlos siquiera. El ambiente era pesado, como si alguien hubiera muerto en esa mesa y su alma aún rondara allí, pagando una condena.
Comenzó a desayunar despacio, ignorando todas las palabras que iban de un extremo al otro, hasta que se detuvo de golpe. La comida se sentía como piedras en su garganta y, por más que intentó tragar, no pudo. Se levantó de inmediato y corrió hacia el baño más cercano. Al llegar, se arrodilló frente al inodoro y vomitó todo lo que había comido.
Tras varios minutos en la misma posición, se incorporó, abrió el grifo del lavabo y se limpió la boca con cuidado, procurando no estropearse el maquillaje. Pero entonces el malestar regresó, intenso. El aire pareció alejarse de ella, como si sus pulmones hubieran olvidado como moverse, y en cuestión de segundos su vista se volvió peligrosamente borrosa. Apoyó las manos en el lavado, intentando respirar. De pronto, sintió las venas arderle con fuerza, debilitándola aún más. Se llevó una mano al pecho, intentando combatir aquella sensación de asfixia que se cerraba sobre ella como un lazo invisible.
Alzó la mirada hacia el espejo, tensando los músculos, y el corazón estuvo a punto de salírsele del pecho. Sus ojos habían adquirido un color rojo intenso. No un rojo cualquiera, sino el mismo tono que cargaban su hermano y su abuelo. El rojo de un nacido del fuego. Parpadeó con desesperación una, dos, tres veces, hasta que finalmente volvieron a su gris habitual. Pero lo peor no eran sus ojos: su cabello también había cambiado, tornándose de un rojo líquido, antinatural.
Dio unos pasos hacia atrás, con las piernas temblando, hasta que tropezó con el inodoro y cayó. El terror se apoderó de ella. Nunca se había visto así. Sí, antes había manifestado fuego —aun siendo una hija nacida del aire—, pero jamás de una forma tan intensa, tan fuera de su control. Tragó saliva varias veces antes de que una punzada aguda le atravesara la cabeza, obligándola a soltar un gemido ahogado. Se levantó, aferrándose la cabeza, abriendo apenas los labios por oxígeno.
Cuando logró sentirse un poco estable, abrió el grifo con rapidez y metió las manos bajo el agua. El contacto provocó de inmediato un humo rojizo que se enroscó alrededor de sus dedos, dejándola totalmente paralizada. Sacó las manos con cuidado, y los labios entreabiertos por la incredulidad. Entonces soltó una risa, desconfiada.
Salió del baño, pero en lugar de regresar al comedor, se dirigió hacia la puerta, que fue abierta por los guardias. Comenzó a caminar sin rumbo fijo hasta llegar al jardín, donde pasó toda la mañana, escondiéndose de las miradas ajenas. Ahora estaba sentada en el pabellón, bebiendo una taza de té, cuando percibió el olor de Orpheus. El pecho se le comprimió con fuerza al verlo acercarse con ese porte elegante capaz de derretir a cualquier mujer, a cualquiera menos a ella. En ella despertaba un asco visceral. Era un hombre al que no quería cerca y, aun así, se obligó a esbozar una sonrisa tensa. Se puso de pie y le dedicó una breve reverencia, que él correspondió de inmediato.
—Joven Orpheus…—pronunció, incómoda—. Un gusto verlo.
—Cathanna… —murmuró despacio, acercándose hasta quedar frente a ella y sus respiraciones se encontraron como dos huracanes—. A mí también me alegra verla después de tantos días separados. —Una sonrisa se dibujó en su rostro, pero no era genuina, y eso atemorizó a Cathanna más de lo que ya estaba—. En definitiva, usted es todo lo que un hombre desearía —continuó. Tomó las manos de ella y les dio un leve apretón—. Posee una gran belleza. Apuesto todo lo que tengo a que será la esposa perfecta para formar mi familia.
—¿Belleza, joven Orpheus? —susurró ella, frunciendo el ceño. Intentó apartarse, pero él se aferró a sus manos, y el enojo en su pecho creció como la espuma—. ¿Eso es lo único que usted ve en mí? ¿Una cara agraciada, un cuerpo deseable para engendrar a su descendencia?
—Es lo único que puede ofrecerme, señorita —murmuró antes de arrodillarse. De su traje negro sacó una pequeña caja de terciopelo rojo, con forma de majestuosas alas de dragón envolviendo su contenido—. Cathanna Annelisa D’Allessandre, ¿acepta convertirse en mi esposa?
Orpheus separó despacio las alas hacia los lados, dejando al descubierto un anillo de oro, engastado con finos cristales y un diamante profundamente claro que se alzaba en su centro. Al verlo, la garganta de Cathanna se cerró con violencia, sintiendo cómo el vómito volvía a subir con la intensidad de una avalancha. Eso no podía ser real.
«Dile que no»
«No quieres hacerlo»
«No lo hagas»
—Acepto casarme con usted, joven Daverin... —murmuró ella, parpadeando varias veces para alejar las lágrimas de sus ojos grises.
—No se arrepentirá, señorita Cathanna.
El anillo fue deslizado en la mano derecha de Cathanna y ella apretó apenas los labios, bajando la mirada hacia la joya que resplandecía con el sol de la tarde. La tradición decía que una pedida de matrimonio debía hacerse en privado, y con un anillo tan hermoso y costoso, cuyo valor superaba al de una mansión. Pero en ese momento sintió, de verdad, que tenía mil ojos clavados sobre ella, y que aquel anillo no valía nada. No era una joya: era una cárcel de la que nunca saldría viva.
Las palabras de Celanina resonaron en su mente como un tambor, una y otra vez: «Muchas darían lo que fuera por tener un hombre que al menos pueda comprar el silencio con joyas». La idea la golpeó con fuerza, robándole el aire. ¿De verdad su voz podía ser silenciada con dinero? ¿Su independencia borrada como si no valiera absolutamente nada? Se preguntó si sería capaz de aceptar el sufrimiento en completo silencio solo para complacer a un marido que no había elegido ella.
Entraron en el castillo luego de unos minutos y las felicitaciones cayeron como lluvia, una tras otra, pero Cathanna no prestó atención a ninguna. Se limitaba a asentir con la cabeza, fingiendo una calma que no sentía. Por dentro, el mareo la consumía, atrapada en un miedo tan inhumano que amenazaba con hacerla llorar en cualquier momento.
Aun así, sonrió cuando vio entrar a su padre bajar las escaleras. Había llegado hacía unas horas, pero Cathanna no había querido verlo. En realidad, tampoco le interesaba. Él la abrazó con fuerza y le dejó un beso sonoro en la mejilla. Estaba contento. Todos lo estaban por el matrimonio, menos ella y Calen, que en ese momento miraba hacia otro lado, recostado contra una pared, con las manos en los bolsillos de su pantalón. Cathanna quiso buscar sus ojos, pero no los encontró.
—Cathanna es una chica encantadora. Y, sobre todo, disciplinada —dijo Anne, con una sonrisa tensa que no alcanzaba a sus ojos, como si hablara de un animal dócil y no de su propia hija—. Créeme, Orpheus, no tendrás ningún problema con ella. Serás muy feliz con mi Cathanna.
—Eso espero, Lady Anne —comentó Orpheus, con una sonrisa ladeada que hizo que Cathanna desviara la vista hacia los cuadros de la pared—. No me gustaría tener que lidiar con una esposa terca que no sabe cuál es su bendito lugar. Mi madre solía ser así… aunque, bueno, mi padre siempre se encargaba de ponerle las ideas en orden.
Orpheus soltó una risa breve, como si hubiera contado un chiste gracioso, y Cathanna rodó los ojos, mirándolo de reojo con una mueca. Respiró hondo, obligándose a guardar silencio para no decir algo que pudiera ponerla en peligro. La forma en que él hablaba le revolvía el estómago. ¿Quién podía referirse de manera tan despreciable a su propia madre? Si así trataba a la mujer que le había dado la vida, ¿qué podía esperar ella a su lado? Todo lo que había visto y sentido de él la aterraba. Orpheus era un hombre sumamente violento e hipócrita.
—Te lo aseguro, no lo harás —respondió Anne con rapidez, aún con esa sonrisa fija en el rostro—. Hemos educado perfectamente a Catha.
Cathanna se removió incómoda cuando la mano de Orpheus se aferró a su cintura, como si de verdad él fuera su dueño, y el pánico la golpeó de lleno, mareándola. Intentó disimularlo, aunque le resultó casi imposible. Bajó la mirada, sintiendo el sudor frío recorrerle la espalda. Tomó una bocanada de aire y respiró con pesadez, esforzándose por fingir que estaba bien, pero las voces a su alrededor fueron alejándose, como si se desvanecieran en un plano silencioso.
Repentinamente, Anne se acercó y la tomó del brazo. Le lanzó una mirada cómplice a Orpheus, quien asintió despacio y la soltó. Antes de que Cathanna pudiera procesarlo, Anne ya la estaba conduciendo hacia la escalera. Al mismo tiempo, por la puerta entraba la familia de Orpheus junto a un hombre corpulento, de barba blanca y traje sagrado. Cathanna apenas alcanzó a distinguirlo: comprendió que era un sacerdote, pero no consiguió asimilarlo ni hacer pregunta alguna.
Anne apretó aún más su agarre, arrancándole a Cathanna una mueca de puro malestar. Llegaron a la habitación y, en cuanto Anne abrió la puerta, Cathanna quedó paralizada ante lo que vio en el centro.
Allí se alzaba una majestuosa obra de alta costura, digno de una mujer como ella. El vestido tenía un hermoso corsé ajustado, cubierto de encaje blanco y bordados dorados que dibujaban motivos florales desde el busto hasta la cintura estrecha. Las mangas largas, también de encaje, se ceñían a los brazos del maniquí como una segunda piel.
Cathanna bajó la mirada y se encontró con la falda voluminosa, formada por capas de tul y organza, que caían en cascada hasta el suelo. Sobre ella se extendían bordados dorados en forma de ramas y flores, que brillaban suavemente bajo la luz cálida que entraban por las ventanas abiertas. El borde inferior estaba rematado con encaje festoneado. El velo que coronaba la cabeza del maniquí era largo y transparente; descendía desde la coronilla hasta más allá de la extensa cola del vestido, completando una imagen tan bonita como asfixiante.
—Madre… ¿qué carajos? —soltó Cathanna, mirándola con los ojos muy abiertos—. ¿Por qué hay un vestido de novia en mis aposentos?
—Te casarás con Orpheus hoy, Cathanna —replicó, sin titubear.