Un joven general cuenta sus experiencias de vida que lo llevaron al punto en el que se encuentra. Errores del pasado se pagan con sangre en el presente.
Cuenta cómo su mundo cambió totalmente hace ya veintidós años cuando apenas tenía quince; cómo, por las guerras, ha perdido seres queridos y camaradas que espera volver a ver algún día en el otro mundo. Todo inicia con su padre, Oemirus, quien lideró el asalto a la ciudad de Palfidias y se convirtió en héroe. Pero un trágico malentendido diplomático sembró la semilla de una venganza brutal.En ese entonces, un ejército colosal arrasa el reino de Wilders con un solo objetivo: borrar del mapa el linaje y el pueblo de Oemirus.¿Podrá su hijo Mélon sobrevivir a la tormenta que desató su propio padre?
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Campaña hacia el norte
La despedida de Palfidias dejó un sabor agridulce en la boca, como el vino fuerte que se servía al final de las Panateas. Habíamos pasado dos días enteros enfrascados en mapas, discusiones de fuerzas y suministros, además de revisando las estrategias de los comandantes del Rey Stelios para recuperar la capital. Con el festival aún quedándole unos días, pero la realidad de la situación nos reclamaba que debíamos volver al sur para comunicar a la coalición sobre los planes de la nueva campaña.
En la mañana de nuestra partida nos encontrábamos en el establo del castillo. Stelios había insistido en regalarnos dos de sus mejores caballos.
Mientras Kállos acariciaba el suyo y lo observaba con cierta desconfianza.
—Nunca había montado un caballo tan imponente y caro.
—No parece que esté contento de que lo montes —le dije en chiste.
Ella me miró de reojo.
—Si intenta tirarme, tendrá que explicárselo al rey.
Solté una carcajada.
Kallias esperaba junto a sus hombres. El general había decidido acompañarnos hasta las proximidades de nuestra frontera.
Cuando finalmente apareció Stelios, llevaba la corona pero no vestía su ropa ceremonial, tenía puesta una armadura ligera y una capa oscura sobre los hombros.
A su lado caminaba la princesa Griseia.
El rey se acercó a nosotros.
—Mélon.
Incliné la cabeza.
—Majestad.
—No olvides lo que hablamos —exclamó mirándome a los ojos.
—No, señor, no lo olvidaré —respondí en un intercambio de miradas.
Stelios me entregó un pergamino pequeño enrollado.
—Aquí están los detalles de nuestra marcha, nosotros nos encontraremos en Apolonia dentro de un par de días. Es un pequeño pueblo asentado al este de Apameia, si todo sale según lo planeado, reuniremos allí nuestras fuerzas antes de avanzar sobre la capital.
Guardé el pergamino.
—Estaremos allí, se lo aseguro.
—Eso espero —respondió el rey con una sonrisa pequeña.
—Porque si tu y tu hermano se parecen a su padre, seguramente sean necesarios para este ataque.
Sonreí.
—Eso espero.
El rey miró a Kállos.
—Cuidalo.
Ella hizo una pequeña reverencia.
—Haré todo lo posible.
—Eso me preocupa más de lo que debería —dije.
Ella me dio un leve golpe con la palma de su mano.
La princesa, quien se había mantenido en silencio, se acercó entonces.
—¿Puedo hablar contigo antes de que partas?
Miré al rey.
Él solo sonrió y se alejó.
Kállos tomó los caballos y caminó en dirección a la salida del establo.
—Te espero afuera —dijo con algo de disgusto en su voz.
Griseia se quedó junto a mí durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada.
—No me gustaría que te vayas —admitió finalmente.
—Tengo que irme, tu hermano, el mío y nuestra gente necesitan de mí para comunicar el mensaje y marchar así a lo que podría ser la última batalla —le comenté, esperando que eso la tranquilizara.
Bajó la mirada.
—No sabes eso.
Griseia respiró profundo.
—Desde que llegaste, has logrado convertir una celebración en una discusión, una cena en una disputa y ahora una visita diplomática en una guerra.
—No creo que haya sido culpa mía —la miré un poco confundido.
La princesa hizo una mueca de felicidad, pero por alguna razón su rostro y voz sonaban a preocupación.
La miré.
—Todo estará bien.
Su expresión cambió. Por primera vez dejó de parecer una princesa jugando con sus palabras.
—Eso dices porque todavía no viste Apameia, mi hermano cree que puede recuperar una ciudad, tal vez tenga razón. Pero una ciudad no es solo piedra. Allí murieron muchos hombres, mujeres y niños, allí nuestro enemigo lleva un año asentado. No saben qué pueden encontrar.
—Lo sé.
Griseia se acercó un poco más a mí.
—No intentes demostrarle nada a nadie.
Esas palabras me sorprendieron un poco.
Me quedé callado.
—No necesitas convertirte en Oemirus para demostrar que eres su hijo, Mélon.
Sentí un nudo en la garganta.
—Nunca imaginé que alguien me diría eso.
—Tomás recuerda que te lo he dicho —me susurró mientras se alejaba.
Subí al caballo y me alejé junto a Kállos and nuestra pequeña escolta, acompañados por el general que después de unos kilómetros se separó para reencontrarse con su señor.
Llegamos a nuestra ciudad al caer la tarde, sorprendidos por el avance en la muralla de piedra que, aunque pequeña de unos siete metros, ya casi se encontraba terminada.
Melos salió a recibirnos junto a su guardia. Cuando le conté lo planeado con Stelios, mandó a llamar mensajeros que debían comunicar lo antes posible a las polis y a Gurta para que estuvieran lo antes posible aquí.
Al día siguiente comenzaron a llegar los primeros líderes de la coalición.
Espios fue uno de los primeros.
También habían llegado representantes de los pueblos nómadas que habían combatido junto con nosotros en la batalla contra Grocker, y como era de esperar, Gurta llegó mostrándose imponente frente a nuestras puertas con sus hombres, entró a la ciudad dirigiéndose al edificio central.
Al entrar por las puertas exclamó:
—¡Así que finalmente decidieron ir al norte!
Melos asintió.
—Queremos recuperar Apameia y expulsar de forma definitiva a los bárbaros de estas tierras.
Gurta soltó una carcajada.
—Yo quiero sacarlos también de mis tierras.
Nos acomodamos todos en la sala.
Sobre la mesa se colocó el mapa que Stelios nos había entregado.
Gurta apoyó sus manos sobre la mesa.
—Durante seis meses mis hombres han tenido que defender nuestras tierras de las incursiones de esos malditos. Han quemado granjas, robado ganado y asesinado a los míos.
Espios enojado dijo:
—Todos hemos tenido grandes pérdidas.
Gurta lo miró fijamente.
—No como yo, mis tierras están más cerca de las rutas que utilizan los gálatas, cada movimiento, incursión o saqueo inicia allí.
Hubo un silencio incómodo.
—¿Qué quieres? —preguntó Melos.
Gurta no dudó.
—Una compensación en oro o alimento y ganado para mi gente.
Algunos de los presentes protestaron rápidamente.
—¿Quieres cobrar por luchar junto a nosotros? —preguntado un joven señor llamado Lion.
El temible señor de la guerra golpeó con su puño la mesa.
—Quiero una compensación porque, mientras sus ciudades prosperaban y recibían refugiados, la mía luchó sin descanso. Gracias a eso tuvieron un año de relativa paz, ¿o qué pensaron?, ¿que los bárbaros se habían marchado?, ¿que ya no estaban en peligro?. Mi pueblo fue la primera y única muralla de sus tierras, mientras moríamos solos, ustedes nada más esperaron resguardados en sus pequeñas murallas de piedra y empalizadas.
Nadie respondió.
Yo observé a Melos pensativo.
Cuando estuvo a punto de decir algo, Espios se paró y concluyó:
—Aceptamos, entre todos te compensaremos con oro, alimento y ganado, te lo debemos después de lo duro que ha luchado tu pueblo por los nuestros.
Todos lo miraron.
—Gurta perdió más que nosotros, sus tierras fueron utilizadas como escudo durante meses. Si queremos que esta coalición funcione, debemos demostrar que no solo nos unimos cuando necesitamos soldados.
Gurta sonrió.
—Te has vuelto blando, viejo.
Espios lo miró serio.
—No me llames viejo.
La discusión y planificación terminaron en esos momentos.
Los guerreros serían reunidos.
Los suministros preparados.
Los caballos y equipo alistados.
Dos días después, cuando finalmente contamos a todos los hombres que habían respondido al llamado, teníamos trece mil soldados.
No eran los veinte mil que habían combatido antes, pero toda la coalición llegó a la conclusión de que debían seguir defendiendo sus tierras y a su gente, ya que no sabrían cuánto podía tomar la campaña.
La marcha comenzó al amanecer del otro día.
Los estandartes de las polis volvían a marchar juntos por primera vez desde nuestra victoria contra Grocker.
Gurta, Melos y Espios cabalgaban juntos en el frente del ejército, Lion iba en un costado acompañado por una parte de la caballería y los otros líderes de las polis, mientras que Kállos iba conmigo en el otro costado con los nómadas montados.
Toda la marcha iba bien hasta que llegamos al bosque, uno de nuestros exploradores regresó con la noticia de que había un sendero entre el bosque que estaba parcialmente estrecho y empinado pero transitable.
—¿Cuánto tardaríamos en llegar por allí? —Preguntó Melos.
—Medio día, señor.
Mi hermano miró los mapas junto a los otros líderes.
—Tomaremos el sendero.
En el trayecto en el bosque Gurta miró los árboles.
—No me gustan los bosques.
—¿Desde cuándo te asustas tanto? —le preguntó Espios.
Gurta rió.
—Desde que aprendí que las flechas también pueden atravesar mi armadura.
Espios soltó una carcajada.
Parecían dos viejos amigos, yo no lo sabía entonces, pero aquello sería su última conversación.
El primer proyectil apareció sin aviso.
Una flecha que se incrustó en el cuello de uno de los exploradores, el hombre cayó de su caballo.
—¡EMBOSCADA!
El grito recorrió la columna.
Entonces el bosque cobró vida.
Lanzas, piedras y flechas salieron disparadas desde los árboles, los caballos relincharon, los hombres gritaron, todo ocurrió en cuestión de segundos.
—¡CÚBRENSE CON LOS ESCUDOS! —rugió Espios.
Los soldados levantaron sus defensas, una lluvia de proyectiles golpeó nuestras filas.
—¡Nos están rodeando! —gritó Lion.
Gurta apareció entre la confusión.
—¡No aquí! ¡Tenemos que salir del bosque!
Espios señaló hacia la salida del bosque.
—¡Avancen! ¡Si permanecemos atrapados entre estos árboles, nos masacrarán!
La orden comenzó a transmitirse.
Miles de hombres avanzaron a través del estrecho sendero.
Creíamos estar escapando.
Entonces escuchamos el cuerno, una y otra vez, de entre los árboles aparecieron guerreros gálatas, no eran unos cientos, eran miles.
—¡Por todos los dioses! —murmuró Kállos.
Las fuerzas enemigas descendieron desde las laderas, por adelante, por atrás, por los flancos. Habían esperado exactamente ese momento.
Querían obligarnos a abandonar el bosque mientras nos hostigaban para después encerrarnos en una zona más abierta.
—¡Nos han traído hasta aquí! —vociferó Melos.
Gurta levantó su hacha.
—¡Entonces tendremos que abrirnos paso!
Espios comenzó a dar órdenes.
—¡Formen! ¡Formen ahora!
Una lanza apareció desde un costado.
Espios apenas tuvo tiempo de girarse.
El proyectil atravesó su abdomen.
Sus ojos se abrieron, para luego caer de su caballo.
—¡ESPIOS! —grité.
Intenté llegar hacia él, pero Kállos me sujetó.
—¡Mélon, no!
Espios se puso de pie como pudo, sosteniendo aún su espada.
—¡No... rompan... las líneas!
Fueron sus últimas palabras antes de eliminar a un bárbaro que intentaba alcanzarlo, pero no pudo hacer nada con los que llegaron detrás.
Un grupo de sus hombres lo rodeó sin importarles sus órdenes o la muerte, continuaban la batalla sobre su cuerpo, no hubo tiempo para lamentar, no todavía.
Melos y los líderes comprendieron que no podíamos continuar avanzando.
—¡CUADRADO! —ordenaron cada uno a sus fuerzas.
Los soldados comenzaron a poner escudo junto a escudo como si ya lo hubieran ensayado, con un orden impecable y en muy pocos segundos, los doce mil hombres formaron una enorme masa defensiva. Los arqueros quedamos en el centro, las infanterías formaron la muralla de escudos y la caballería esperaba en las puntas para relevar y buscando una oportunidad.
Los gálatas seguían cargando alrededor del cuerpo de Espios, sus hombres luchaban endemoniados, por cada uno de ellos que caía tres bárbaros se iban con ellos.
La primera oleada chocó contra nuestros escudos, el sonido fue ensordecedor.
—¡MANTENGAN LA FORMACIÓN! —ordenaba mi hermano.
Sus lanzas y espadas atravesaban a los nuestros, pero rápidamente otro hombre ocupaba su lugar, las espadas empezaban a golpear, los gálatas gritaban, nosotros también, Kállos luchaba en el frente una lanza pasó rozando su rostro, ella la apartó con su espada y hundió el filo en el cuello de su atacante.
—¡Mélon!
—¡Estoy bien!
—¡Pues deja de mirar y dispara!
Levanté mi arco, un gálata se lanzó sobre ella sin que se diera cuenta, respiré hondo y solté junto con la flecha, el bárbaro cayó con el proyectil en la sien, tomé otra y continué hasta quedarme sin más unidades, en ese momento pasé a la espada.
No había tiempo de pensar, por cada grupo que caía otra oleada llegaba en su lugar.
Luchamos durante dos o tres horas, algo se sentia diferente, ya no éramos los mismos que habían enfrentado a Grocker un año atrás, habíamos entrenado, también aprendido a enfrentarlos y cómo luchaban.
Nuestro ejército permanecía unido.
Los gálatas atacaban con ferocidad, nosotros respondiendo con disciplina.
—¡NO ROMPAN LAS LÍNEAS! —gritaban los líderes.
Desde el centro, nuestros arqueros disparaban a las formaciones enemigas con una lluvia de flechas que caían sobre ellos una y otra vez, aun así seguíamos perdiendo hombres, el suelo comenzaba a llenarse de cadáveres por parte de ambos bando, la sangre empapó el césped.
Entonces ocurrió algo que ninguno de nosotros esperaba, los bárbaros empezaron a retroceder, primero unos pocos, después decenas, finalmente cientos.
Habían esperado encontrar un ejército sorprendido y desorganizado, en cambio habían encontrado una muralla.
Melos observaba y entonces lo vio, un hueco, pequeño pero suficiente.
—¡CABALLERÍA CONMIGO!
Los jinetes comenzaron a prepararse.
Gurta se colocó junto a él.
—¿Qué está pasando, muchacho?.
Mi hermano sonrió.
—Que ya estoy cansado de estar encerrado.
Gurta levantó su hacha.
—Ahora sí hablas como un hombre.
Melos apuntó con su espada.
—¡AHORA!
La caballería cargó, el suelo tembló y los gálatas que intentaban cerrar los huecos, fueron atravesados con una furia que seguro los supervivientes no olvidarían.
La lanza de mi hermano, el hacha de Gurta y las espadas de los líderes atravesaban todo lo que estaba a su paso.
—¡APÁRTENSE! —gruñía el Gran Señor de la guerra.
Decapitando bárbaros en su avance con una facilidad que daba miedo.
Los jinetes abrieron un camino.
—¡SÍGANNOS! —ordenaba Melos.
Yo observaba y avanzaba, entonces distinguí algo dentro de los enemigos, un hombre con una armadura distinta. Acompañado por un grupo de bárbaros bien equipados y un estandarte.
Estaba dando las órdenes.
—¡Ese debe ser el general!
Mi hermano también lo vio, espoleó su caballo, el general gálata se percató e intentó retirarse protegido por sus mejores soldados.
—¡NO LO DEJEN ESCAPAR! —sentenció Melos.
Gurta cabalgó detrás de él, la guardia enemiga se lanzó sobre ambos, Melos bajó su lanza, mientras nuestro imponente aliado sacudía su hacha brutalmente.
El general enemigo quedó frente a ellos.
—Soy Bogyok —rugió—. ¡Ningún debilucho del sur va a matarme!
Melos no respondió, se lanzó sobre él.
Bogyok levantó su espada.
El golpe de mi hermano desvió su arma, Gurta aprovechó la abertura y su hacha descendió.
El general bárbaro cayó de su caballo.
La noticia recorrió rápidamente sus filas.
—¡EL GENERAL HA MUERTO!
Los gritos de nuestros hombres se convirtieron en rugidos.
Los gálatas finalmente comenzaban a quebrarse.
La caballería terminó de abrir el cerco y la formación comenzó a moverse.
No había sido una buena victoria.
Espios yacía muerto con parte de sus hombres encima de su cuerpo, lucharon hasta el final por su señor.
Miles de muertos y heridos, pero al menos habíamos superado la emboscada y roto el cerco, mientras que los bárbaros sobrevivientes corrían al bosque, nosotros continuábamos con nuestro avance, Apolonia estaba cerca y más allá de ella a un kilómetro se encontraba nuestro objetivo.
Kállos cabalgaba a mi lado cubierta de sangre y polvo.
—¿Estás bien? —le pregunté.
Ella asintió.
—¿Tú?
Miré a los muertos que dejábamos atrás.
—No lo sé.
Ella tomó mi mano durante unos segundos.
Seguimos cabalgando.
Por primera vez comprendi que aquella guerrera no se parecía a la chica que había conocido antes, no estábamos defendiendo nuestras casas, ni escondidos detrás de una empalizada, esta vez éramos nosotros quienes avanzábamos hacia el enemigo y del otro lado del bosque a apenas un día de marcha nos esperaba Apameia.