"Firmaste el contrato, Luna. No hay divorcio que te salve de mí."
Para salvar a su familia, Elena aceptó un matrimonio por contrato de un año con Alexander Vance, el implacable CEO y Alfa más temido de la ciudad. Lo que él ignoraba era que Elena no era una humana sumisa, sino una loba de linaje puro.
Tras un año de desprecios y manipulaciones, la noche en que vence el acuerdo Elena descubre la verdad: está embarazada del Alfa y ha despertado su poder dormido.
Sin rogar por afecto, Elena quema el contrato y desaparece en la noche. Cuatro años después, regresa como la inversionista más poderosa de la industria, acompañada por un niño genio calcado al CEO.
Alexander emprenderá una cacería obsesiva por recuperar a su esposa, pero esta vez ella no es la presa: es la cazadora.
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Capítulo 22: El Heredero de Dos Mundos
Liam creció más rápido de lo que debería.
No en tamaño —aunque también, un poco—, sino en todo lo demás. En conciencia. En inteligencia. En poder. A las dos semanas de nacer, ya sostenía la mirada de quien le hablaba. Al mes, sonreía cuando Alexander le hacía cosquillas. A los dos meses, gateaba por los pasillos de la mansión con una velocidad que dejaba boquiabiertos a todos, incluidos los guerreros más experimentados.
Y a los tres meses, dijo su primera palabra.
No fue "mamá". Ni "papá". Ni "agua". Fue "luna".
Estábamos todos cenando en el comedor de invierno cuando Liam, sentado en su cuna portátil junto a la mesa, señaló la ventana y dijo, con una claridad que helaba la sangre:
—Luna.
El silencio que siguió fue absoluto. Todos se giraron hacia él. Liam sonrió, mostrando sus dos dientes incipientes, y repitió:
—Luna.
—¿Acaba de...? —Empezó Freya, con los ojos abiertos de par en par.
—Sí —dije, con el corazón latiéndome desbocado—. Acaba de decir su primera palabra.
—¿Y es "luna"? —Preguntó Kael, incrédulo—. ¿No debería ser "mamá" o algo así?
—Es un hijo de Alfas —dijo Ingrid, con una sonrisa—. Nunca hacen nada como los demás.
Alexander se levantó y tomó a Liam en brazos. El niño se rió, agitando las manos, y señaló de nuevo la ventana.
—Luna —repitió, con una insistencia que no era normal en un bebé de tres meses.
—Sí, pequeño —dijo Alexander, con una voz que temblaba ligeramente—. Luna.
Liam lo miró, y por un momento, sus ojos verdes brillaron con una luz que no era del todo humana. Luego, bostezó, apoyó la cabeza en el hombro de su padre y se durmió como si nada hubiera pasado.
—Esto es... —Empezó Silas, que había estado observando en silencio desde su asiento—. Esto no es normal. Ni siquiera para un lobo.
—Lo sé —dije, con el estómago encogido—. Pero no sé qué significa.
—Significa que su poder está despertando —dijo Ingrid—. Más rápido de lo que esperábamos. Más rápido de lo que cualquier niño lobo debería.
—¿Y eso es peligroso? —Preguntó Alexander, con una voz tensa.
—No lo sé —admitió Ingrid—. Pero tenemos que estar preparados. Para lo que sea.
Las semanas siguientes estuvieron marcadas por una mezcla de asombro y preocupación.
Liam seguía sorprendiéndonos cada día. A los cuatro meses, ya caminaba —no gateaba, caminaba— con una estabilidad que desafiaba toda lógica. A los cinco, empezó a leer. No libros infantiles. Libros de verdad. Tomos de historia, tratados de estrategia, incluso algunos de los textos antiguos que Kael guardaba en la biblioteca.
—Es imposible —dijo Kael una tarde, mientras observaba a Liam pasar las páginas de un libro sobre las guerras de manadas del siglo pasado—. Tiene cinco meses. No debería poder hacer esto.
—Lo sé —dije, sentándome a su lado—. Pero lo hace.
—¿Y qué dice Ingrid?
—Dice que es el poder de los dos linajes —respondí—. La sabiduría de la Luna Plateada. La fuerza de la Sangre de Acero. Combinadas en un solo ser.
—¿Y qué más dice? —Preguntó Kael, con una expresión sombría.
—Dice que hay una profecía —admití—. Una que habla de un niño nacido de dos Alfas. Un niño que unirá a todas las manadas. Un niño que traerá la paz... o la destrucción.
—¿Y cómo sabremos cuál de las dos cosas será? —Preguntó Kael.
—No lo sabremos —dije—. Hasta que llegue el momento.
Esa noche, mientras dormía, tuve un sueño.
Estaba de pie en un lugar que no reconocía. Un campo de batalla. Tierra arrasada, árboles quemados, un cielo rojo como la sangre. En el centro del campo, había un niño. Liam. Pero no era un bebé. Era un joven, de unos dieciséis años, con el cabello oscuro y los ojos verdes brillando con una intensidad que helaba la sangre.
—Mamá —dijo, y su voz resonó en todo el campo—. Tengo que elegir.
—¿Elegir qué? —Pregunté, con el corazón encogido.
—El futuro —dijo Liam—. Puedo unir a las manadas. Puedo traer la paz. O puedo destruirlo todo. Depende de ti.
—¿De mí? —Pregunté, confundida—. ¿Cómo?
—Enséñame —dijo Liam—. Enséñame a amar. A proteger. A luchar por lo que es justo. Y entonces... —Hizo una pausa—. Entonces elegiré bien.
Me desperté de golpe, con el corazón latiéndome desbocado y el alma llena de un miedo que no podía nombrar.
Alexander se despertó a mi lado.
—¿Qué pasa? —Preguntó, incorporándose—. ¿Estás bien?
—Liam —jadeé—. Lo he visto. En sueños. Me ha hablado.
—¿Qué te ha dicho? —Preguntó Alexander, con una voz tensa.
—Que tiene que elegir —dije—. Entre la paz y la destrucción. Y que depende de nosotros. De cómo lo criemos.
Alexander me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, sonrió.
—Entonces lo criaremos bien —dijo—. Con amor. Con honor. Con todo lo que tenemos.
—¿Y si no es suficiente? —Pregunté.
—Entonces lucharemos —dijo—. Hasta el final.
Esa mañana, mientras desayunábamos, algo cambió en el aire.
Un olor. Familiar. Peligroso.
Me levanté de golpe, con el corazón latiéndome desbocado.
—¿Qué pasa? —Preguntó Alexander, levantándose también.
—Alguien ha cruzado el perímetro —dije—. Alguien que no debería estar aquí.
—¿Quién? —Preguntó Kael, con la mano en la empuñadura de su espada.
—No lo sé —admití—. Pero está cerca. Muy cerca.
Salimos al patio, donde los guardias ya estaban en alerta. La mañana era clara, iluminada por un sol que bañaba todo con una luz dorada. Y allí, en el centro del patio, de pie, inmóvil, había una figura.
Una mujer. Alta. Delgada. Con el cabello plateado y los ojos azules como el hielo.
Seraphina.
—Hola, hija —dijo, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. He vuelto.