Clara Monteverde es la heredera legítima de una de las familias más poderosas del reino, pero fue expulsada junto a su madre y enviada al campo. Allí aprendió a sobrevivir mientras su madrastra, Margaret Paccini, y su hija Isabel disfrutaban de la fortuna que le pertenecía.
Años después, Clara regresa.
Su padre, Edward Monteverde, apenas la reconoce. Margaret la desprecia por su cuerpo y pretende convertirla nuevamente en una mujer sin poder. Isabel, en cambio, está decidida a quedarse con su apellido, su herencia… y el hombre que debería casarse con Clara.
Pero esta vez escogieron a la mujer equivocada.
Clara descubrirá que la muerte de su madre no fue un accidente y que alguien dentro de su propia familia conoce la verdad.
Entonces aparece Adrian Zamora, el general más temido del reino.
Él está dispuesto a enfrentarse a cualquiera por ella.
Pero cuando Clara descubra quién realmente ordenó la muerte de su madre, descubrirá que el enemigo no quiere quitarle su herencia… quiere
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La trampa en la academia
A principios de la semana siguiente, Clara recibió la notificación: debía regresar a la Academia de Señoritas de la ciudad para finalizar sus estudios. Era una institución respetada donde se formaban las jóvenes de las familias distinguidas, y aunque Clara habría preferido quedarse cerca de casa para vigilar los movimientos de Margaret, sabía que no podía rechazar la invitación sin dar más motivos para que hablaran de ella. Margaret, por su parte, pareció complacida de que se marchara temporalmente.
—Quizás allí aprendas a comportarte —le dijo con frialdad el día de la despedida—. Y recuerda: mantén un perfil bajo. No todos están acostumbrados a… personas como tú.
Clara no respondió. Subió al carruaje con sus pocas pertenencias y llegó a la academia con la cabeza alta, decidida a que nadie le arruinara esos días.
Lo que no sabía era que Isabel ya había preparado el terreno. Al tercer día de su estancia, desapareció un collar de perlas que pertenecía a la directora, la señora Hale. Era una pieza antigua y valiosa, y no tardaron en señalar a Clara como la culpable. Alguien había visto entrar a la sala de estudio donde se guardaba el objeto, y esa persona era Isabel, que había llegado de visita por la mañana. Pero cuando la directora preguntó, Isabel bajó la voz con fingida tristeza y dijo:
—No quiero acusar a nadie… pero vi a Clara salir de esa habitación justo antes de que faltara el collar. Quizás… quizás necesitaba dinero. Sé que la vida en el campo ha sido difícil para ella. No la culpo, solo espero que lo devuelva antes de que sea demasiado tarde.
Las palabras se extendieron como fuego entre las demás alumnas. De pronto, todos la miraban con desconfianza. Algunos susurraban que era de esperarse, que alguien tan grande y tan fuera de lugar seguramente también tenía el corazón torcido. Clara fue llamada al despacho de la directora antes de que terminara el día.
—Señorita Monteverde —dijo la señora Hale con severidad, sin invitarla a sentarse—. Los testigos coinciden. El collar desapareció y usted estuvo en esa ala del edificio. Si lo devuelve ahora mismo, quizás solo la expulse sin hacer escándalo. Si no lo hace, llamaré a los guardias y el asunto llegará a los tribunales. Dígame dónde lo escondió.
Clara se mantuvo tranquila. No se defendió con gritos ni lágrimas, porque sabía que la indignación sin pruebas no sirve de mucho.
—No tengo su collar, señora Hale. Y no lo tomé. Pero sé quién pudo hacerlo. Déjeme demostrárselo. Solo necesito una hora y acceso al registro de visitas y a la cocinera que estaba en la entrada esa mañana.
La directora dudó, pero la serenidad de Clara la desconcertó más que una confesión. Accedió con desconfianza.
Clara no perdió tiempo. Elena, que había venido con ella como su acompañante, le ayudó a preguntar discretamente. La cocinera recordó haber visto a Isabel salir de la sala de estudio con algo escondido bajo su capa, y el registro de visitas confirmó que Isabel se había marchado quince minutos después de esa hora, cuando supuestamente ya se había ido. Además, Clara recordó que Isabel siempre se ajustaba los guantes de una forma particular cuando estaba nerviosa o había hecho algo malo. Esa tarde, al pasar cerca de ella en el jardín, notó que bajo su guante izquierdo asomaba una perla suelta, como si el broche del collar se hubiera enganchado y perdido una pieza al esconderlo.
Con todas las piezas reunidas, Clara regresó al despacho de la directora. No estaba sola; pidió que Isabel también estuviera presente, así como la cocinera y dos alumnas que habían visto a Isabel en esa zona.
—No vine a humillar a nadie —dijo Clara con voz firme pero tranquila—, pero tampoco voy a permitir que usen mi cuerpo y mi reputación como excusa para sus mentiras. Dices que me viste salir de esa habitación, Isabel, pero la cocinera te vio a ti salir con algo bajo tu capa. Y si te quitas el guante izquierdo, veremos si la perla que falta en el collar de la directora no está justo allí, donde se te enganchó al esconderlo.
Isabel palideció visiblemente y se llevó la mano al guante como si quisiera protegerlo.
—¡Es mentira! ¡Ella miente porque todos saben que no encaja aquí y quiere culparme a mí por su culpa!
—Que todos piense que no encajo no significa que sea una ladrona —respondió Clara—. Significa que no me conocen. Y juzgar a alguien por lo que parece antes de saber lo que es… eso sí que es una injusticia. Pero no te preocupes. Si no quieres quitarte el guante, la directora puede pedirlo ella misma. Y si no hay nada, me disculparé públicamente contigo. ¿Te atreves a demostrar que miento?
El silencio llenó la habitación. Isabel no se atrevió a extender la mano. La directora, comprendiendo lo que estaba ocurriendo, se acercó y le quitó el guante suavemente. Allí, en su dedo anular, brillaba la perla faltante, aún sujeta por un hilo de seda rota.
—El collar está en su bolso, señora Hale —dijo Clara con calma—. Lo escondió allí esperando que nadie lo notara hasta que fuera demasiado tarde.
Isabel confesó entre sollozos, explicando que su madre le había dicho que si lograba que expulsaran a Clara, ella heredaría todo antes de que terminara el año. La directora devolvió el collar y pidió disculpas a Clara, avergonzada por haber creído las acusaciones sin pruebas.
—Gracias por no dejarte vencer por las palabras de los Demás —le dijo la señora Hale en privado—. He aprendido una lección hoy: no hay que juzgar el corazón por la apariencia externa.
Al salir del despacho, Clara se detuvo junto a Isabel, que permanecía en el pasillo con la cabeza baja y los ojos rojos.
—No te odio, Isabel —le dijo suavemente—. Pero entiende esto: intentar destruirme no te hará más grande. Solo te hará perderte a ti misma. Y algún día tendrás que elegir: seguir los pasos de tu madre, o encontrar tu propio camino. La puerta no está cerrada para siempre, pero solo tú puedes decidir cruzarla.
Se marchó entonces, con la conciencia tranquila y la certeza de que no necesitaba que todos la quisieran para saber que era inocente. Solo necesitaba creer en sí misma cuando nadie más creía. Y esa convicción era más fuerte que cualquier mentira que pudieran inventar sobre ella.