Séptimo libro de la Dinastía Lobo.
Alessandro juró no enamorarse jamás. Arabella juró vengarse al precio que sea. Pero cuando sus caminos se cruzan, el odio y el deseo se vuelven imposibles de distinguir. Ella fue entrenada para seducirlo y destruirlo; él, para no caer en las trampas del corazón. Sin embargo, un roce, una mirada y un secreto bastan para encender una pasión tan peligrosa como inevitable. Entre mentiras, fuego y traiciones, Alessandro y Arabella descubrirán que algunos destinos no pueden evitarse... y que hay amores que se sienten como una herida abierta imposible de cerrar.
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Impacto.
Alessandro❤️🔥
Nueva York de noche siempre tiene el mismo sabor… dinero, poder y pecado disfrazado de lujo. Desde el asiento trasero del auto observo la ciudad deslizarse tras el vidrio polarizado mientras tamborileo los dedos sobre mi pierna, relajado, sin prisa, como si nada pudiera sorprenderme ya. A mi lado, Gabriele revisa su celular, pero sé que está igual de atento que yo; aquí nunca se baja la guardia, ni siquiera cuando se supone que vienes a “divertirte”.
—Te dije que este lugar está dando de qué hablar —murmura sin apartar la vista de la pantalla—. Gente pesada, buena organización… y cero ruido innecesario.
—Eso último es lo que me interesa —respondo con calma—. Los lugares que hacen demasiado ruido terminan llamando la atención equivocada.
El auto se detiene frente al club. Desde afuera no parece gran cosa, pero eso ya dice mucho. Lo exclusivo no necesita gritar. Dos de nuestros hombres bajan primero, revisan, observan, miden tiempos… luego uno abre mi puerta. Salgo ajustándome la chaqueta, inhalando el aire frío de la ciudad antes de entrar.
No vinimos con un ejército. Solo lo necesario. Cuatro hombres bien distribuidos, discretos, ojos en cada ángulo. Nadie aquí debe saber quiénes somos realmente… pero tampoco somos idiotas.
Dentro, el ambiente es exactamente como esperaba: luces bajas, música envolvente, mesas bien ubicadas, clientes seleccionados. Nada vulgar. Nada improvisado.
—Perfecto —murmuro cruzando una mirada con mi primo.
Nos conducen a la zona VIP sin preguntas innecesarias. Buen punto a favor. Las meseras aparecen casi de inmediato, coquetas, sonrientes, con esa actitud ensayada de quien sabe perfectamente cómo vender una ilusión. Una se inclina más de la cuenta al servir el trago, otra roza ligeramente el brazo de Gabriele.
No les presto atención.
No vine por eso.
—Hermano, estás perdiendo oportunidades —bromea Gabriele, llevándose el vaso a los labios.
—Si quisiera algo fácil, no salgo de casa —respondo seco.
Él suelta una risa baja.
—Tú y tu maldito gusto complicado.
La noche avanza con normalidad. Desfilan bailarinas por el escenario, cuerpos bien trabajados, movimientos estudiados, sensualidad medida al milímetro… pero nada que no haya visto antes. Nada que me saque de mi eje.
Dos chicas cantan después, buenas voces, presencia… pero sigo igual.
Indiferente.
Hasta que cambian las luces.
Y entonces… salen dos mujeres diferentes.
Una rubia y una morena.
Hermosas las dos.
Pero la morena no me importa.
No después de verla a ella que con solo su presencia siento como si un rayo me impactara.
Se mueve como si no perteneciera al escenario… como si el escenario le perteneciera a ella. Cada paso tiene intención, cada giro parece una provocación calculada, cada movimiento… una promesa que no se cumple del todo.
Me inclino apenas hacia adelante, apoyando los codos sobre las piernas, clavando la mirada.
—Ahí está… —murmura Gabriele, notándolo—. Ya apareció la que te va a joder la noche.
No respondo. Porque algo en mi cuerpo… reacciona y no es solo deseo.
Es… interés.
Su cabello rubio cae en ondas suaves que se mueven con ella, atrapando la luz. Sus ojos… verdes, intensos, peligrosos… no se quedan quietos. Observan, juegan, provocan… pero no buscan.
No buscan a nadie. Y eso… me molesta cuando noto que no mira como yo quiero.
Sus curvas no son exageradas, no necesita eso. Son proporciones perfectas, elegantes, precisas… el tipo de cuerpo que no grita, pero domina.
Y lo hace. Domina todo.
El escenario.
La música.
El ambiente.
La atención.
Menos la mía.
Porque ella sigue sin mirarme. Y ahora… quiero que lo haga.
Aprieto la mandíbula, sintiendo esa incomodidad que no reconozco como frustración… pero lo es.
—La quiero —digo finalmente, sin apartar la vista.
Gabriele suelta una carcajada baja.
—Claro que la quieres.
—Necesito saber cuánto cuesta una noche con esa belleza.
Eso lo hace mirarme.
—Ah… —alza una ceja—. Entonces esto se puso interesante.
Hago una seña apenas perceptible con la mano. Uno de mis hombres se acerca de inmediato.
—Tráeme al encargado del lugar —ordeno—. Ahora.
El tipo asiente y desaparece sin hacer preguntas.
No aparto la mirada de ella. Sigue bailando… sigue ignorándome… y cada segundo que pasa, la quiero más.
Minutos después, aparece una mujer de presencia firme, elegante, segura. Cabello rojo, postura impecable. Sabe perfectamente dónde está parada.
Se detiene frente a mí.
—Señor —dice con respeto—. Bienvenido.
La observo con calma.
—¿Eres la encargada?
—Así es. Mi nombre es Lucrecia.
Asiento apenas.
—Me dijeron que podría necesitar algo.
Se inclina levemente, profesional.
—Estamos para servirle.
Señalo con la mirada hacia el escenario, sin dejar de observar a la rubia.
—Esa.
Lucrecia sigue mi mirada.
—Encanto.
El nombre… le queda demasiado bien, demasiado perfecto.
—¿Ese es su nombre?
—Artístico —responde—. Lleva apenas una semana con nosotros. Llegó con su compañera… Fuego.
No me interesa la otra.
—Quiero saber cuánto cuesta.
Lucrecia no se inmuta.
—Aquí no manejamos ese tipo de acuerdos directamente, señor.
La miro ahora a ella, fijo.
—No me hagas perder el tiempo.
—No lo hago —responde con calma—. Solo le explico cómo funciona. Ellas bailan. Si después desean aceptar una salida… es decisión de ellas.
Eso no me gusta mucho.
—Ponle precio —digo, seco—. El que sea.
—No funciona así.
Siento la irritación subir, lenta, peligrosa.
No estoy acostumbrado a esperar.
Menos por una mujer.
—Escúchame bien —inclino apenas el cuerpo hacia ella—. No repito dos veces las cosas.
Pero Lucrecia no se quiebra.
—Y yo no rompo las reglas del lugar —responde—. Pero puedo ofrecerle algo mejor.
La observo, evaluando.
—Habla.
—Espere a que termine su show. Lo llevaré a una oficina privada… invitaré a Encanto… y usted le hace la propuesta directamente. Si ella acepta, es suya esta noche. Si no… tendrá que respetarlo.
Aprieto la mandíbula.
Miro de nuevo al escenario.
Sigue bailando.
Sigue sin mirarme y eso… me hace decidir.
—Está bien —digo finalmente—. Pero no me hagas esperar más de lo necesario.
Lucrecia asiente.
—No lo haré.
Se retira.
Gabriele me mira de lado, divertido.
—Mira nada más… Alessandro Lobo esperando por una mujer.
—Cállate.
—Te tiene mal —insiste.
—Me tiene interesado —joder, ya tengo la p0ll@ dura.
—Es peor.
No respondo.
Porque sé que tiene razón.
El tiempo se alarga más de lo que debería. Cada minuto pesa distinto. No aparto la vista de ella ni un segundo, como si al hacerlo fuera a desaparecer.
Cuando finalmente termina…
Me pongo de pie sin dar explicaciones.
Uno de los hombres se adelanta, abre paso. Me conducen por un pasillo discreto hasta una oficina privada. El lugar es elegante, sobrio, bien cuidado.
Entro y me sirven un trago sin preguntar, porque no sé por qué demonios estoy nervioso. No, son nervios, debe ser porque estoy caliente.
No me siento.
Espero y entonces… La puerta se abre y entra ella.
Encanto.
De cerca… es peor.
Más real. Más peligrosa.
Más… Encantadora.
Camina con ese porte altivo, la mirada firme, el cuerpo aún cargando la energía del escenario. No parece intimidada. No parece impresionada.
Se detiene frente a mí y por primera vez… Me mira directo. Sostengo su mirada sin moverme.
Y lo sé, no descansaré hasta tenerla en mi cama.
Me hace acordar a su papá con cabo suelto 🤣🤣🤣
Pero Braulio esto es lo que quería cuando se enteré que lo rechazo su hermanita
Ale que esta acostumbrado a tener todos a sus pies ahora tiene un NO de repuesto pero hasta el nombre lo sabe.
Ale esta 🔥🔥🔥🔥🤣
Estas tan ciega con la venganza que no sabes lo que te espera.
Te va enfrentar en un peligro que no tenes idea, le crees todo lo que te dice.