Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.
Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.
Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.
Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.
Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.
*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*
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Capítulo 22
Capítulo 22
Escarcha en la boca
El momento no se había roto.
Solo había aprendido a esperar.
Sebastián se quedó mirando la puerta por donde Diego y Mateo habían desaparecido. La amenaza de asesinato se le quedó en la cara el tiempo suficiente para que Emilio tuviera que mirar hacia la bahía y no reír.
—Tus amigos son peligrosos —dijo.
—Son insoportables.
—También.
Desde la terraza principal llegó el primer grito de la cuenta regresiva, todavía desordenado. Alguien estaba intentando organizar a todos demasiado temprano. Faltaban minutos, pero el cuerpo de la fiesta ya se inclinaba hacia la medianoche.
Sebastián no abrió la puerta.
Emilio tampoco se movió.
—Podemos volver —dijo, porque alguien tenía que fingir que esa era una opción normal.
—Podemos.
Ninguno lo hizo.
La ciudad bajo ellos empezó a vibrar con cohetes pequeños, luces prematuras, bocinas lejanas. En algún punto de la bahía, un barco soltó una sirena larga. El sonido llegó suave hasta el balcón, mezclado con el viento.
Sebastián apoyó una mano en la baranda, cerca de la de Emilio.
No la tocó.
La distancia entre sus dedos era tan pequeña que Emilio empezó a sentirla como contacto.
—No me gusta Nochevieja —dijo Sebastián.
Emilio lo miró.
—¿Por qué?
—Demasiado ruido. Demasiadas personas prometiendo cosas que no van a cumplir.
—Qué festivo.
—Preguntaste.
Emilio sonrió apenas.
—Yo tampoco solía esperar mucho.
—¿Y ahora?
La pregunta fue baja.
No hablaba de la fiesta.
Emilio lo supo por la forma en que Sebastián no miró la ciudad, sino su mano sobre la baranda. Por la escarcha suave que rodeaba el balcón como si intentara mantener afuera todo lo demás. Por el silencio que volvió a abrirse, paciente, entre ambos.
—Ahora no sé —respondió.
La misma respuesta de antes.
Pero ya no sonaba vacía.
Sebastián giró el rostro hacia él.
—Puedo trabajar con eso.
El eco de la conversación anterior le rozó la piel. Emilio soltó una respiración corta.
—No todo es trabajo.
—Lo sé.
Esta vez no hubo excusa inmediata.
Eso lo cambió todo.
La cuenta regresiva empezó de verdad desde la terraza.
—¡Diez!
El grito llegó amortiguado por el cristal.
Emilio miró hacia la puerta.
—Van a buscarnos.
—Que esperen.
—Nueve.
La voz de Diego se distinguía incluso entre todos los demás.
Sebastián dio medio paso más cerca.
No rápido. No de golpe. Como si cada centímetro necesitara permiso y al mismo tiempo ya estuviera decidido desde hacía semanas.
—Ocho.
Emilio sintió el frío de escarcha en la garganta.
No como presión.
Como pregunta.
—Sebastián...
—Dime que no.
La frase fue tan seca, tan suya, que casi parecía orden. Pero no lo era. Había una grieta en la voz. Pequeña. Suficiente.
—Siete.
Emilio pudo haber dicho no.
Tenía experiencia. Había dicho no a Bruno, a Gloria, a Germán, a contratos mal hechos, a regalos que se sentían como jaulas. Sabía hacerlo. Sabía poner una palabra entre su cuerpo y el mundo.
No la encontró.
Porque no quería encontrarla.
Eso fue lo que lo asustó.
No Sebastián. No su rango, ni su apellido, ni la feromona capaz de volver prudente a una sala entera. Lo que le apretó el pecho fue descubrir que, por primera vez en mucho tiempo, su instinto no estaba buscando una salida de emergencia.
Estaba esperando.
Había pasado años confundiendo calma con control. Si no necesitaba a nadie, nadie podía abandonarlo. Si no pedía, nadie podía negarle. Si no miraba demasiado tiempo, nadie podía notar que quería quedarse.
Pero Sebastián lo estaba mirando como si ya lo hubiera notado.
Y aun así esperaba.
—Seis.
—No voy a decir eso —dijo.
Sebastián cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, ya no había CEO, ni Alfa supremo, ni hombre hecho de órdenes. Solo Sebastián, con el pulso contenido en la mandíbula y la mano todavía sin tocar la de Emilio.
—Cinco.
Emilio movió los dedos primero.
No mucho.
Lo suficiente para rozar los nudillos de Sebastián.
La escarcha se estremeció en el aire.
—Cuatro.
Sebastián giró la mano y la cubrió con la suya.
El contacto fue frío al principio. Después firme. Después peligrosamente correcto.
—Tres.
Emilio no recordó haberse inclinado.
Tal vez no lo hizo solo él.
Tal vez los dos se habían estado inclinando desde el primer día, desde la oficina de cristal, desde el pescado robado, desde Bolita en su bolsillo y el mole que no debía recalentarse dos veces.
—Dos.
El mundo se redujo a la mano de Sebastián sobre la suya y a la distancia mínima entre sus bocas.
—Uno.
Sebastián se detuvo a un suspiro.
Última oportunidad.
Emilio levantó el rostro.
Los fuegos artificiales estallaron sobre Ciudad Arcoíris.
Sebastián lo besó.
No fue brusco.
Eso habría sido más fácil de entender.
Fue contenido, casi cuidadoso, como si Sebastián estuviera sosteniendo algo que no sabía si tenía derecho a tocar y, aun así, no pudiera soltarlo. Sus labios estaban fríos. No helados. Fríos como el primer aire de la sierra antes de que salga el sol, como agua clara contra una herida caliente.
Al principio, Emilio no supo dónde poner las manos.
Una parte antigua de él quiso quedarse inmóvil, medir, evaluar, no entregar nada que después pudieran usar en su contra. Pero el beso no exigía. No invadía. Sebastián no lo empujó contra la baranda ni tomó más de lo que Emilio estaba dando. Solo se quedó ahí, firme y contenido, esperando otra vez.
Entonces Emilio levantó una mano y la apoyó en la solapa negra de Sebastián.
La tela era fina bajo sus dedos.
El cuerpo debajo, no.
Sebastián inhaló como si ese contacto mínimo le hubiera roto una costilla.
Emilio cerró los ojos.
La escarcha le llenó la boca.
No sabía que un beso podía tener temperatura.
Tampoco sabía que su cuerpo iba a responder como si hubiera encontrado una palabra que llevaba años sin pronunciar. La glándula en la nuca palpitó, intensa, pero sin dolor. El latido bajó por la espalda y le aflojó las rodillas.
Sebastián lo sostuvo de la cintura.
Esta vez no había motocicleta, ni tráfico, ni excusa.
Solo su mano.
Emilio sintió la presión exacta de esos dedos y recordó todas las veces que Sebastián había tocado solo lo necesario: el cuello de la camisa, la cintura para apartarlo, el saco sobre los hombros, la manta en el sofá. Cada gesto había fingido ser práctico. Cada uno había dejado una marca limpia, sin moretón, sin deuda.
Ahora ya no había utilidad que los protegiera.
La mano de Sebastián estaba allí porque quería estar allí.
Y Emilio no quería que se fuera.
Emilio abrió la boca apenas, sorprendido por su propia respiración. Sebastián hizo un sonido bajo, casi roto, y el beso cambió. No más fuerte. Más verdadero.
En algún lugar detrás del frío, algo dulce rozó la percepción de Sebastián.
No era perfume de hotel, ni flor de azahar de Valentín, ni champaña, ni pólvora. Era una nota floral limpia, muy tenue, como una flor silvestre escondida bajo la nieve.
Sebastián no tenía nombre para eso.
Emilio tampoco.
La glándula de Emilio volvió a palpitar.
Un golpe.
Dos.
No había dolor, pero sí una intensidad nueva, una respuesta tan profunda que le dio miedo mirarla de frente. El cuerpo sabía algo que él no. O quizá lo sabía desde antes y Emilio había pasado años pagando estabilizadores para no escucharlo.
Sebastián se apartó apenas, como si hubiera sentido el cambio.
—¿Te duele?
La pregunta salió contra su boca.
Emilio negó antes de pensar.
—No.
Era verdad.
Por una vez, era verdad completa.
Sebastián lo observó con una concentración casi feroz, como si quisiera memorizar la diferencia entre no doler y fingir que no dolía.
Los fuegos siguieron estallando. Oro, rojo, blanco. La ciudad gritaba feliz al otro lado del cristal.
En el balcón, nadie habló.
Cuando se separaron, no fue por rechazo. Fue por aire.
Sebastián mantuvo la mano en la cintura de Emilio un segundo más. Emilio no la apartó.
Los dos respiraban como si hubieran corrido.
—Feliz Año Nuevo —dijo Emilio, porque alguna frase tenía que existir y esa era la única que el mundo ofrecía.
Sebastián miró su boca.
Luego sus ojos.
—Feliz Año Nuevo.
Sonó como si acabara de firmar algo sin leer las consecuencias.
Emilio soltó una risa pequeña, sin aire.
—Eso sonó grave.
—Lo es.
La respuesta borró la risa.
Sebastián pareció arrepentirse de haberlo dicho, pero no lo retiró. Esa era otra cosa que Emilio estaba aprendiendo de él: podía esconderse detrás de órdenes, logística y eficiencia, pero cuando una verdad se le escapaba, rara vez la negaba. Solo se quedaba rígido junto a ella, esperando el impacto.
Emilio miró la mano en su cintura.
—No sé qué hacer con esto.
—Yo tampoco.
Esa honestidad seca volvió a tocar algo en él.
—Qué desastre.
—Sí.
Pero Sebastián no lo soltó.
Emilio tampoco apartó la mano de su solapa.
La puerta del balcón seguía cerrada.
Del otro lado, Diego gritaba el nombre de Sebastián con sospechosa alegría.
Mateo dijo algo más bajo. Valentín respondió con una risa breve, demasiado consciente. Emilio no necesitaba verlos para saber que todos, de alguna manera, habían entendido que la puerta cerrada significaba más que una vista bonita de los fuegos.
—Van a entrar —murmuró.
—No si valoran su vida.
—Diego no parece valorarla mucho.
—Mateo sí valora el traje que lleva puesto. Lo va a detener.
La normalidad absurda de la respuesta ayudó a Emilio a respirar todavía.
Emilio bajó la mirada a la mano que todavía cubría la suya sobre la baranda.
Ninguno la movió.
Ese fue el primer problema.
El segundo fue que ninguno parecía querer resolverlo.