De Rusia a México
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La adolescencia de los trillizos Petrov no fue una etapa de crecimiento, sino un asedio táctico contra la cordura de Ivan y Luna. A los 15 años, los hermanos ya eran una fuerza de la naturaleza. Ivanito, un tanque de músculos y audacia, e Ivan padre ya no sabían si abrazarse o batirse en duelo cada mañana; la casa vibraba con su testosterona y competitividad. Masha, envuelta en seda negra y un aura de misterio gótico, dominaba la mansión con un susurro, moviendo hilos que incluso Igor temía tocar. Pero el verdadero enigma seguía siendo Mikhail
Misha se había convertido en un joven de una elegancia gélida y movimientos calculados. Para el mundo exterior, era un genio de las finanzas y la informática, capaz de mover millones en la bolsa antes del desayuno. Pero para sus hermanos, él era el guardián de un secreto que ellos mismos habían descifrado cinco años atrás, en una tarde que cambió la dinámica de la tríada para siempre.
Sucedió cuando tenían diez años. Ivanito y Masha, en una de sus misiones de espionaje infantil, entraron en la habitación de Misha esperando encontrar planes para hackear la red de seguridad de Igor. En su lugar, encontraron algo mucho más peligroso: vulnerabilidad. Un cuaderno lleno de retratos de una niña de ojos color café y piel de canela, junto a descripciones detalladas de mercados llenos de flores, olores a tortillas y una calidez que Mikhail jamás había experimentado físicamente. Lo escucharon susurrar a la nada, riendo de un chiste que nadie más había contado.
Al principio, Ivanito pensó que su hermano estaba perdiendo la cabeza, pero Masha, con esa intuición de hechicera heredada de Luna, le puso una mano en el hombro.
—No es locura, Ivanito —susurró ella—. Es lealtad.
Desde entonces, los tres formaron un pacto de silencio. Misha aprendió a ser un maestro de la discreción, pero sus hermanos se convirtieron en su cobertura táctica. Eran un equipo: si Ivan padre entraba a la habitación y encontraba a Misha con la mirada perdida en un trance hacia el sur, Ivanito rápidamente iniciaba una pelea ruidosa para distraer al "Oso Ruso", o Masha lanzaba una de sus miradas hipnóticas y gélidas para desviar la atención del patriarca hacia sus propios "problemas" de adolescente.
Al cumplir los quince, la conexión entre Misha y Camila se volvió una fuerza gravitacional insoportable. Ya no eran solo voces; eran sensaciones físicas compartidas. Cuando Camila, en el corazón de México, sufría por la ansiedad de un examen o el dolor de una injusticia, Misha caía pálido y febril en Moscú, como si recibiera el impacto de un golpe invisible.
—Hoy está asustada —le dijo Misha a Masha una tarde de tormenta, mientras ella le ayudaba a disimular sus manos temblorosas antes de una cena familiar—. Hay una tormenta donde ella está, pero no es de lluvia... es de miedo. Hay hombres cerca, Masha. Hombres malos.
Masha lo tomó de las manos, sintiendo el frío glacial de su hermano contrastando con la fiebre que le subía por las mejillas.
—Respira, Mikhail. Si ella es el sol, tú eres el escudo. Pásale tu fuerza, como nos enseñó papá, pero con el corazón de mamá. Conviértete en su sombra protectora.
En el despacho, Ivan Petrov observaba las cámaras con una mezcla de orgullo y sospecha. Sabía que sus hijos le ocultaban algo, que el "vínculo" de Misha no se había ido, sino que se había vuelto profesional. Igor, sentado frente a él, suspiró mientras revisaba los antecedentes de un pretendiente de Masha que acababa de ser "disuadido" por Ivanito.
—Jefe, esos tres ya no son niños. Son una unidad de inteligencia —dijo Igor con sarcasmo—. Ivanito pone el cuerpo, Masha la distracción y Mikhail... Mikhail vive en dos mundos a la vez.
Ivan no respondió, pero sus ojos se fijaron en Mikhail, quien en la pantalla cerraba los ojos con una paz que no pertenecía a la violencia de Rusia. El Espectro comprendió que su hijo ya no buscaba a Camila; ella ya habitaba en él. El hilo invisible se había convertido en una cadena de acero. Mikhail Petrov ya no solo escuchaba al viento; se preparaba para el día en que pudiera cruzar el océano y demostrarle al mundo que nadie, ni siquiera un imperio de sombras, podía separar lo que el alma había unido desde el primer aliento