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Coronas Y Destinos

Coronas Y Destinos

Status: Terminada
Genre:Edad media / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: CrisCastillo

Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.

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17

La sonrisa de Alphonse se congeló en su rostro cuando la puerta de la celda se cerró con un golpe sordo y definitivo a sus espaldas. El sonido no fue de madera contra madera, sino de roca deslizándose en su sitio.

Natalie no se giró. No necesitaba mirar para saber que estaban atrapados. Elys, la mujer de ojos de ámbar, se había desvanecido con la misma sutileza con la que había aparecido.

—Una jaula —dijo Alphonse, y su voz ya no era melodiosa. Era afilada, irritada—. Qué metáforo tan poco original. Lo que olvidáis, hermana, es que en toda jaula, alguien tiene la llave. Y yo siempre la he tenido.

Con un movimiento casi casual, golpeó la pared con el puño. No fue un golpe de fuerza bruta, sino uno rítmico, preciso. Tres veces. El mismo símbolo. Tres líneas paralelas brillaron con una luz roja y pálida en la piedra de la pared opuesta.

Una sección del suelo se deslizó hacia un lado, revelando una escalera descendente hacia la oscuridad.

—Los monjes construyeron pasadizos para huir de los asedios —dijo Alphonse, con una nota de pedantería—. Yo los uso para cosas más productivas.

No corrió hacia la salida. Se quedó donde estaba, disfrutando del momento. El cazador que se convierte en el guía.

—Vuestra muerte aquí sería... desordenada —continuó—. Mancharía el suelo. Pero afuera... afuera hay un bosque. Espacio para correr. Para esconderse. Para cazar.

De repente, se movió. No hacia Natalie, sino hacia Bastian. Fue un borroso, casi imperceptible, fueled por una ferocidad que no parecía posible en su cuerpo delgado. La daga de marfil no blandió para amenazar, sino para cortar.

Bastian levantó su espada para parar el golpe, pero Alphonse no iba allí. Deslizó la daga por el interior del brazo de Bastian, un corte superficial, casi una caricia, diseñado para distraer. Mientras la atención de Bastian se desviaba por un instante hacia el pinchazo de dolor, Alphonse usó su impulso para girar y su pierna se extendió en una patina baja y barrida que golpeó las piernas de Lysandro, que ya estaba avanzando.

Lysandro era más rápido, más letal, pero la sorpresa fue el arma de Alphonse. Tropezó, cayendo de rodillas.

Todo ocurrió en el espacio de dos respiraciones.

Y Alphonse ya no estaba en el centro de la habitación. Estaba de pie en la boca de la escalera oculta.

—Venid —dijo, y no era una invitación. Era una orden—. La partida comienza.

Se desvaneció en la oscuridad.

—¡No! —rugió Lysandro, ya de pie, con la espada en mano y la rabia en sus ojos—. ¡Es una trampa!

—Por supuesto que es una trampa —dijo Natalie, su voz cortante como el hielo—. Pero es la única salida. Y él quiere que juguemos a su juego.

Bastian se tocaba el brazo, donde una fina línea de sangre teñía la tela. Su rostro estaba pálido, pero su mirada era de acero.

—Él me subestimó. Y te subestimó a ti, Natalie.

—No —dijo Natalie, y su mente trabajaba con una claridad aterradora—. No me subestima. Me está probando. Quiere ver si su "hermana débil" puede seguirle el ritmo. Quiere cazar, pero primero quiere que la presa sepa que está siendo cazada.

Se dirigió a la escalera sin dudarlo.

—Se equivocó en una cosa.

Lysandro y Bastian la siguieron, descendiendo por los peldaños fríos y húmedos.

—¿En qué? —preguntó Lysandro.

—En pensar que la presa no puede convertirse en cazadora.

El pasadizo era estrecho y sinuoso, tallado en la roca viva. El aire era gélido y olía a tierra y a humedad. No podían ver a Alphonse, pero podían oírlo. No sus pasos. Su risa. Un eco débil y lejano que parecía venir de todas partes a la vez.

—¿Creéis que vuestro padre os amaba? — resonó su voz, retumbando en la piedra—. Os dejó un reino de pacotilla, un trono de mentiras. A mí me dejó la verdad. La verdad de que el poder no se hereda. Se arranca.

La escalera desembocó en un sistema de cuevas más amplio. Formaciones de roca colgaban del techo como dientes afilados. La luz de la luna se filtraba a través de grietas en el techo, creando un paisaje lunar de sombrasmovedizas.

Alphonse estaba de pie sobre una roca a unos veinte metros de distancia, un espectro plateado bajo la luz pálida.

—Bienvenidos a mi verdadero hogar —dijo, extendiendo los brazos como un predicador—. Aquí no hay leyes. No hay moral. Solo la supervivencia. Y yo soy el que mejor sobrevive.

De las sombras de las cuevas, comenzaron a surgir figuras. No eran los guerreros del patio. Eran más delgados, más salvajes, vestidos con pieles y moviéndose con una gracia animal. Eran los discípulos de Alphonse. Sus lobos.

—Matad a los perros —ordenó Alphonse, con un gesto indiferente hacia Lysandro y Bastian—. A la princesa, traédmela viva. Tiene una lección que aprender.

Los lobos atacaron.

Bastian se colocó inmediatamente frente a Natalie, su espada un escudo de acero. —¡A mí! —rugió—¡Proteged a la princesa!

Lysandro no dijo nada. Se convirtió en una sombra letal, moviéndose para encontrar el flanco del enemigo, su espada cantando en la oscuridad. Fue una carnicería eficiente, brutal.

Pero Natalie no se quedó atrás. Mientras Bastian contenía el frente, ella se movió, buscando una ventaja. No era una guerrera, pero era una estratega. Vio una formación roca inestable a un lado, un techo de cueva lleno de estalactitas que parecían a punto de caer.

No se unió a la lucha. Se dirigió hacia allí.

Alphonse la vio. Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una mueca de confusión y luego de ira.

—¡No! ¡Vuelve aquí! ¡La batalla es conmigo!

Natalie ignoró su grito. Llegó a la base de la formación rocosa. Era inestable. Tomó una piedra pesada del suelo.

—¡Bastian! —gritó—¡El flanco izquierdo! ¡Lysandro, a tres pasos, ¡a tu derecha!

Sus órdenes fueron claras, precisas. Los hombres obedecieron por instinto. La lucha cambió. Se convirtió en una danza coordinada.

Y mientras sus hombres luchaban por ella, Natalie golpeó la base de la formación rocosa con toda su fuerza.

Una vez.

Dos.

Con el tercer golpe, la tierra tembló. Las estalactitas se desprendieron del techo, cayendo como lluvia de lanzas sobre los lobos de Alphonse. El grito de sorpresa y dolor de sus hombres fue la música de su primera victoria.

Alphonse miró la escena del caos, su rostro una máscara de furia. No había calculado esto. No había calculado que la presa pensara.

Se giró hacia Natalie, y por primera vez, vio a su igual. No a una hermana débil. No a una pieza en su tablero. Vio a una rival.

—Interesante —dijo, y su voz era baja, peligrosa—. Muy interesante. Pero el juego ha cambiado.

Y con ese grito, se lanzó hacia ella, la daga de marfil brillando con la luz de la luna. La caza había terminado. El duelo estaba a punto de comenzar.

El choque fue un silbido de metal y un dolor agudo.

Natalie no intentó parar la daga. No tenía la fuerza ni la técnica. En su lugar, hizo lo único que podía: usó el impulso de él contra sí misma. Giró sobre un pie, dejando que la daga de Alphonse se deslizara por su costado, rasgando la tela y la piel en una quemadura superficial. Mientras él se desequilibraba por el exceso de impulso, ella lo golpeó con todo su peso.

No fue un golpe de luchadora. Fue un acto de desesperación calculada. Lo enviaron a tropezar contra una pared rocosa cercana. Cayó de rodillas, pero se recuperó con una agilidad felina, la furia pura en sus ojos.

—¡Leal! —rugió, y la palabra estaba cargada de un veneno personal—. ¡Deberías haberte dejado matar!

La batalla a sus espaldas se había convertido en una pesadilla visceral. Lysandro era un torbellino de acero y muerte, cada movimiento económico y letal. Se movía entre los lobos de Alphonse no como un luchador, sino como un cirujano del campo de batalla, encontrando arterias y tendones con una precisión aterradora.

Bastian era la antítesis. Era un muro. Un bastión de honor y fuerza. Su espada era más pesada, sus golpes más potentes. No buscaba la muerte elegante; buscaba anular, proteger, crear un perímetro de seguridad alrededor del lugar donde Natalie había estado. Su brazo sangraba, pero apenas lo notaba. Su único propósito era la mujer que defendía.

Vio a Alphonse lanzarse hacia Natalie y un rugido se escapó de su garganta.

—¡Natalie!

Se abrió camino hacia ella, rompiendo la formación de dos lobos que lo bloqueaban. Un lanzazo le alcanzó el hombro, pero él lo ignoró, arrancando el arma de su carne con un gruñido y continuando su avance.

Lysandro vio la oportunidad que la furia de Bastian creó. Con los defensores de Alphonse concentrados en el gigante rubio, Lysandro se deslizó por su espalda, y su espada encontró el cuello de otro. Luego otro. En segundos, el número de enemigos se había reducido drásticamente. Los lobos restantes, viendo la masacre, vacilaron. El miedo se instaló en sus ojos salvajes.

Pero Alphonse solo tenía ojos para Natalie.

Ella retrocedía, esquivando, parando un golpe con un trozo de madera que había arrancado del suelo. Estaba perdiendo terreno. La sangre de su costero le manchaba la ropa, cada movimiento un recordatorio de su mortalidad.

—¿Ves, hermana? —siseó Alphonse, acorralándola contra una pared de la cueva—. Estás sola. Siempre lo has estado. Tu padre te abandonó. Tu reino te usará. Tus perros morirán por ti. ¿Y por qué? ¿Por qué? Porque tienes una corona que no mereces.

Levantó la daga para el golpe final.

Y en ese momento, el mundo se rompió.

No con un grito, sino con un impacto sordo y ensordecedor. La roca detrás de Natalie estalló hacia adentro. Un hombre irrumpió a través de la piedra, cubierto de polvo y furia.

Era el Guardián.

Su rostro ya no era una máscara de calma. Era una máscara de ira helada. Sus ojos grises ardían con una locura contenida.

—¡NO! —rugió, su voz retumbando en la cueva—. ¡EL PLAN ERA ELLA! ¡NO ERES TÚ!

Su mirada se clavó en Alphonse, no como un tío, sino como un creador mirando a su creación fallida.

Alphonse se quedó paralizado, la daga suspendida en el aire. La confianza se había evaporado, reemplazada por el puro shock.

—Tío... yo...

—¡Cállate! —gritó el Guardián—. ¡No eras el heredero! Eras la prueba! El catalizador! El padre de vuestra hermana sabía que el reino necesitaba un enemigo, una amenaza unificadora. ¡Un monstruo para que el pueblo se uniera contra él! ¡Te crié para ser ese monstruo, y tu única función era morir a manos de ella, convirtiéndola en la salvadora que el reino necesita! ¡Tu ascensión nunca fue parte del acuerdo!

La revelación colgó en el aire, más venenosa que cualquier daga.

Alphonse bajó la daga lentamente, mirando de Natalie al Guardián y de vuelta. La frialdad en sus ojos se fracturó, revelando el abismo de traición que había debajo. No era el elegido. Era el cordero sacrificial. El monstruo de juguete.

—No... —susurró, y por primera vez, su voz tembló—. Mentira.

—Todo fue mentira —dijo Natalie, su voz apenas un susurro, pero resonando con la fuerza de una verdad recién descubierta—. Mi padre no te encerró para protegernos de ti. Te encerró para crearte. Y a mí... me dejó el trabajo de matar a mi propio hermano.

El Guardián no prestó atención a Natalie. Sus ojos estaban fijos en Alphonse.

—Has fallado —dijo con una calma terrible—. El experimento ha terminado. Y ahora, lo limpiaré todo.

Sacó una daga de su propia túnica, una daga negra, simple, mortal. Y se lanzó hacia Alphonse.

Pero Alphonse ya no era el mismo. La traición había encendido en él un fuego diferente. Ya no era el juego del cazador. Era la rabia del traicionado. Se giró y recibió a su mentor, su creador, su verdugo.

Las dos dagas chocaron.

Mientras los dos monstruos luchaban entre sí, Natalie vio su oportunidad. Vio a Lysandro, que acababa de desembainar al último lobo, y a Bastian, que se apoyaba en su espada, sangrando pero firme.

El caos era su única salida.

—¡Lysandro! ¡Bastian! ¡Vamos!

Se movió, no hacia la salida, sino hacia el agujero que el Guardián había creado en la pared. Era su escape.

Bastian se acercó a ella, apoyándola.

—¿Estás bien?

—No —dijo ella, la verdad siendo lo único que importaba—. Pero estoy viva.

Lysandro se unió a ellos, su espada goteando sangre.

—¿Y el plan?

—El plan ha muerto —dijo Natalie, mirando la lucha de sombras y acero en el centro de la cueva—. Mi padre los usó a todos. A él, a mi hermano... y a mí. Juegan con piezas que no entienden. Pero ya no voy a ser una pieza en su tablero.

Se asomó por el agujero. El aire nocturno y frío del exterior la saludó.

—Vamos a casa —dijo, y no había tristeza en su voz, sino una determinación forjada en el fuego y la traición—. Hay un consejo de nobles esperando. Y van a recibir una visita que no esperaban. La verdadera heredera.

Y sin mirar atrás, Natalie salió de la cueva, no como una princesa que huye, sino como una reina que va a reclamar lo que siempre ha sido suyo: un reino roto que ella sola tiene la voluntad de arreglar.

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Anonymus
jummm aquí la traducción fallo y la ilusión de la creatividad murió, bye
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