Dicen que la sangre de un vampiro es fría, pero la suya ardía con una maldición. La mía, tan dulce y prohibida, era su único dulce veneno... o su salvación eterna.
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Capítulo 13
La noche previa a la boda no trajo la paz de los justos, sino la inquietud de los condenados. Tras el violento enfrentamiento en la cámara de purificación, Chen Yi había sido llevado a sus aposentos privados, una habitación que XiaoXuan nunca había visitado y que se sentía como el santuario de un dios caído. El aire allí olía a sándalo, a cuero viejo y a esa nota metálica que XiaoXuan ya reconocía como la esencia de la Sombra.
Chen Yi yacía sobre la cama, con el torso cubierto por una fina camisa de seda blanca que dejaba entrever las vendas que envolvían su espalda. Su respiración era errática, un sonido áspero que rompía el silencio sepulcral de la estancia. XiaoXuan estaba sentada a su lado, sosteniendo un cuenco de agua tibia con el que limpiaba el sudor de su frente. Cada vez que lo tocaba, sentía una pequeña descarga, un eco de la energía oscura que aún vibraba bajo su piel.
—Deberías estar descansando, XiaoXuan —susurró él, sin abrir los ojos—. Mis pecados no deberían robarte el sueño.
—No son tus pecados, Chen Yi. Es nuestra realidad —respondió ella, sumergiendo el paño en el agua—. El doctor Han dijo que las transfusiones ya no son suficientes. Tu cuerpo las rechaza porque la Sombra sabe que son artificiales.
Chen Yi abrió los ojos, y XiaoXuan retrocedió involuntariamente. Sus pupilas estaban dilatadas, rodeadas por un anillo de un rojo violáceo que parecía palpitar. El hambre ya no era una molestia silenciosa; era una bestia que arañaba las paredes de su cordura.
—Lo sé —dijo él, su voz descendiendo a un tono casi animal—. Puedo oírlo. El latido de tu corazón. Es como un tambor en esta habitación. Puedo oír la sangre corriendo por tus venas... es tan dulce, tan llena de vida. Me está volviendo loco.
XiaoXuan dejó el paño y miró su propia muñeca. Podía ver el azul de sus venas bajo la piel clara. Sabía lo que tenía que hacer. El matrimonio y el rito de vinculación eran en menos de veinticuatro horas, pero Chen Yi no llegaría a la ceremonia si no recuperaba fuerzas. Las bolsas de sangre fría y procesada ya no servían. Él necesitaba la fuente.
—Hazlo —dijo ella, su voz apenas un hilo, pero cargada de una determinación inquebrantable.
Chen Yi se incorporó con un movimiento brusco, su rostro contraído por el horror.
—¡No! No soy un animal, XiaoXuan. No voy a morderte como si fueras una presa. No quiero que me mires con miedo el resto de tu vida.
—No tengo miedo de ti —mintió ella, aunque su pulso se aceleraba—. Tengo miedo de perderte. Si esperamos a mañana, el eclipse te encontrará demasiado débil para luchar. Dijimos que seríamos compañeros, ¿verdad? Un compañero no deja que el otro se muera de hambre por orgullo.
Ella se acercó más, sentándose en el borde de la cama, y desabrochó los primeros botones de su propio vestido, exponiendo la curva de su cuello y el hombro. La piel de XiaoXuan parecía brillar bajo la luz de las velas, un faro de calidez en esa habitación gélida.
—Tómalo, Chen Yi —le pidió, cerrando los ojos—. No como un monstruo, sino como el hombre que me ama. Úsalo para vivir.
Chen Yi dejó escapar un gemido de dolor y deseo contenido. Se acercó a ella, y XiaoXuan sintió el frío de su presencia envolviéndola. Sus manos, largas y elegantes, temblaron mientras tomaban su rostro. Él hundió la nariz en el hueco de su cuello, inhalando profundamente su esencia.
—Hueles a sol y a lluvia —susurró él contra su piel—. Es el dulce veneno que me va a destruir o a salvar.
Cuando sus labios rozaron la piel sensible de su cuello, XiaoXuan sintió un escalofrío que no era de miedo, sino de una anticipación eléctrica. Entonces, el dolor llegó. Fue breve, una punzada aguda cuando los colmillos de Chen Yi perforaron su carne, pero fue rápidamente reemplazado por una sensación abrumadora de euforia.
No era solo el flujo de sangre. Era como si un dique se hubiera roto entre sus mentes. XiaoXuan sintió la oscuridad de Chen Yi inundándola: siglos de soledad, el peso asfixiante de las expectativas de su madre, el terror de convertirse en ceniza. Pero junto con eso, sintió su amor por ella, un sentimiento tan puro y brillante que la hizo llorar.
Chen Yi bebió con una desesperación controlada. Cada trago parecía devolverle la vida, las grietas de ceniza en su piel se cerraban y el color regresaba a sus mejillas. Para XiaoXuan, el mundo comenzó a dar vueltas. Se sintió ligera, como si estuviera flotando en un mar de seda roja. Su cabeza cayó hacia atrás, apoyada en el brazo de él, mientras el placer y la debilidad se entrelazaban en un baile peligroso.
—Suficiente... —logró decir ella cuando sintió que el desmayo estaba cerca.
Chen Yi se separó de inmediato, sus labios manchados de un rojo carmesí que lo hacía lucir aterrador y hermoso a la vez. Sus ojos habían recuperado su color gris, pero ahora brillaban con una intensidad sobrenatural. Rápidamente, lamió la herida en el cuello de XiaoXuan; su saliva, cargada de propiedades curativas de su especie, detuvo el sangrado y cerró la piel, dejando solo dos pequeñas marcas rosadas.
Él la sostuvo contra su pecho, su respiración ahora fuerte y rítmica.
—¿Qué he hecho? —murmuró él, su voz llena de remordimiento mientras la acunaba—. Te he lastimado.
—No... —XiaoXuan apoyó la mano en su pecho, sintiendo por primera vez un latido real, aunque lento—. Me siento... conectada a ti. Puedo sentirte, Chen Yi. Estás aquí.
—Estoy aquí —respondió él, besando su frente—. Y ahora, tu sangre corre por mis venas. Eres parte de mí de una manera que ningún contrato legal podría igualar.
Se quedaron en silencio, abrazados en la penumbra. El acto prohibido había sido consumado, y aunque Chen Yi estaba fortalecido, ambos sabían que habían cruzado una línea de la que no había retorno. Habían probado el dulce veneno del vínculo de sangre, y ahora, el destino los reclamaría con más fuerza que nunca. El hambre había sido saciada por el momento, pero la sed de algo más profundo, algo que quemaba más que la maldición, acababa de despertar.