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La Cura No Es El Olvido.

La Cura No Es El Olvido.

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido
Popularitas:964
Nilai: 5
nombre de autor: Jakelyn Arevalo

En el corazón de un pueblo olvidado donde la guerra es el único idioma que se habla, Isaí, una joven doctora de 23 años, lucha cada día por arrebatarle vidas a la muerte. Su mundo de batas blancas y juramentos éticos se tambalea cuando conoce a Antonio, un guerrillero marcado por la pólvora cuya sola presencia es una sentencia de peligro.
Lo que comienza como una cura clandestina se transforma en un romance prohibido que desafía toda lógica. Sin embargo, en un lugar donde la lealtad se paga con sangre, el amor es un lujo mortal. Convencido de que su cercanía es la mayor amenaza para la mujer que ama, pero el reto y desafío más grande que enfrentar es un inesperado embarazo que sirve de ruleta a huir dejando a atrás los sueños por amor no es la Cura al olvido.

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Capítulo 22: El reloj de arena roto

Mientras la selva, con su aliento de humedad y helechos, servía de refugio en el campamento para que Antonio y Luis tejieran un plan de escape nacido de la desesperación, mientras se disponían a descansar, en el corazón de San José, el tiempo se comportaba de una manera distinta. Para Isaí, al despertar en la mañana cada hora dentro del consultorio no se medía en minutos, sino en el peso creciente de su vientre y en el agotamiento que empezaba a doblarle la voluntad.

Ese día, el cansancio del embarazo la golpeó con una fuerza inusual. No era solo el mareo; era una pesadez en las extremidades, una fatiga que le hacía sentir que sus huesos estaban hechos de plomo. Se sentó tras su escritorio de madera, rodeada de frascos de vidrio que tintineaban suavemente con el paso de los camiones militares afuera. Se llevó las manos a la cara, tratando de invocar la imagen de Antonio para no rendirse ante el sueño.

El sol de San José se filtraba por las rendijas de la persiana del consultorio como cuchillas de luz dorada. Para Isaí, cada rayo de sol era una carga. Sentada tras su escritorio, sentía que el mundo pesaba el doble.

El agotamiento del embarazo, sumado a la dieta de apariencias que mantenía con el Capitán Néstor, la estaba consumiendo. Se llevó una mano a la sien, cerrando los ojos mientras un mareo familiar la obligaba a sostenerse de la madera vieja. Ya no era solo el cansancio; era una fatiga profunda, una que nacía en los huesos y se instalaba en su vientre, recordándole que el tiempo de jugar a la doctora invulnerable se estaba terminando.

—Solo un poco más... —susurró para sí misma, sintiendo una punzada de náuseas que logró aplacar con un sorbo de agua tibia—. Antonio, apresúrate.

La paz se rompió con el sonido de botas pesadas en el porche. No era el paso pausado del capitán Néstor, sino el trote urgente de un ordenanza. Minutos después, el Capitán entró al consultorio sin llamar, con un sobre oficial en la mano y una expresión que oscilaba entre el triunfo y la posesividad.

—Doctora, traiga una copa, o mejor, traiga sus maletas —dijo Néstor, dejando el sobre sobre el escritorio con un golpe seco—. El correo del pueblo acaba de llegar a la comandancia. Como jefe de plaza, soy el primero en recibir las notificaciones, y esta... esta es la mejor noticia que he recibido en meses.

Isaí tomó el papel con dedos trémulos. Sus ojos recorrieron las líneas mecanografiadas con una mezcla de horror y vértigo.

"RESOLUCIÓN DE RELEVO Y VACACIONES POR SERVICIO DISTINGUIDO".

El documento era gélido y definitivo. El Ministerio de Salud, bajo la recomendación directa de la comandancia militar por su "labor de supervivencia en zona de hostilidad", le otorgaba a el relevo inmediato. Tras meses de servicio alejada de la civilización, se le concedían vacaciones obligatorias de tres meses antes de su reasignación a un hospital de la capital. Según el escalafón, Isaí ocupaba el primer puesto (1ro décimo) en prioridad de traslado por su desempeño excepcional.

—Tiene cuarenta y ocho horas, Isaí —sentenció Néstor, inclinándose sobre el escritorio hasta que su rostro quedó a centímetros del de ella—. El convoy de suministros sale el jueves al alba. He dispuesto que viaje en mi vehículo personal. Usted ha cumplido su cuota de sangre con este pueblo. Ahora, es tiempo de que regrese al mundo real... a mi mundo.

Isaí sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Lo que para cualquier otro profesional sería un premio, para ella era una sentencia de muerte. Si la sacaban de San José en dos días, Antonio nunca la encontraría. El hilo que los unía se cortaría para siempre bajo el asfalto de la ciudad.

Mientras tanto, a kilómetros de allí, en un claro oculto por helechos gigantes, Antonio y luis trazaban rutas en el fango. Antonio estaba obsesionado con la seguridad de Isaí; su felicidad era el único norte que le quedaba en una brújula rota por la guerra.

—Necesitamos una distracción masiva, Luis. No podemos entrar por la fuerza sin que el pueblo pague el precio —decía Antonio, señalando el polvorín del ejército en el mapa—. Si golpeamos ahí, Néstor tendrá que mover a todos sus hombres.

Luis, fumando su eterno tabaco, asintió con gravedad.

—El problema es el tiempo, muchacho. Tenemos que asegurar que ella esté lista. Un embarazo no es una herida de bala; no puedes simplemente cargarla al hombro y correr por la selva. Ella se agota, necesita descanso.

—Ella es fuerte, Luis. Ha sobrevivido sola en este infierno —replicó Antonio, aunque por dentro la duda le roía las entrañas—. Pero tienes razón. No puedo permitir que sufra. Su felicidad es lo más valioso que tengo. Si ella no sale de San José con una sonrisa de libertad, entonces todo lo que he hecho, incluso matar a Eliécer, no habrá servido de nada.

Durante el día Néstor mandó todas las atenciones posibles a isaí, fijando casi un compromiso de encuentro. Entre lluvia tenue

Esa noche llegó, el aire en San José y estaba cargado de una electricidad estática. Antonio entró por la ventana trasera del consultorio, encontrando a una Isaí que parecía un espectro. Estaba sentada en el suelo, rodeada de cajas vacías, con la carta de relevo en la mano.

—Antonio... —su voz fue un hilo roto—. Néstor tiene el camión listo. Me sacan del pueblo en menos de dos días. Dicen que son "vacaciones" por mi servicio, pero es una jaula, Antonio. Me llevan a la capital, bajo su vigilancia.

Mientras entrego ha Antonio un sobre que leyó de inmediato,sintió una furia fría recorriéndole la columna. El 1ro décimo de prioridad era el clavo final en su ataúd de esperanzas. Miró a Luis, que había entrado tras él.

—El plan del polvorín se adelanta para mañana a medianoche —sentenció Antonio, su voz sonando como el clic de un fusil—. No hay margen de error. Mañana, cuando el primer estallido ilumine la plaza, entraré por ti. No empaques ropa, no empaques medicinas. Solo prepárate para salir de este pueblo.

—No sé si mis piernas aguanten, Antonio —confesó Isaí, tocándose el vientre—. Me siento tan cansada... este embarazo se está llevando todas mis fuerzas.

Antonio se arrodilló frente a ella, tomando sus manos entre las suyas. El contraste entre la bata blanca impecable y sus dedos manchados de pólvora y tierra era el resumen de sus vidas.

—Yo seré tus piernas, Isaí. Yo seré tu aire. Mañana por la noche, este pueblo dejará de ser tu prisión. Néstor puede tener el papel del Ministerio, pero yo tengo la promesa que te hice.

Luis, desde la sombra, vigilaba la calle con una expresión de amargura. Sabía que la felicidad de Isaí estaba a punto de costar mucha sangre, pero también sabía que Antonio no se detendría ante nada. El cambio en los planes había convertido una huida estratégica en una carrera suicida contra el reloj.

1
Elizabeth Medina
que fuerte decisión de Antonio pero tiene que proteger a la doctora
Elizabeth Medina
bueno veremos que pasa con esta doctora y ese desconocido
Jakelyn Arevalo
Los invito a ver parte de mi historia, en 25 capítulos que continuará 😘😘😘
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