Morí atragantándome con unos tacos al pastor mientras leía una novela de reencarnación.
Renací como la villana.
Y ahora… voy a conquistar a mi prometido, a mi papucho villano.
—ACTUALIZACIÓN DIARIA—
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CAPÍTULO 1
Mi nombre es Sofía Tacotes.
Acabo de salir de mi agotador trabajo como cajera en Chetamal, esa tienda donde siempre hay fila… y donde paso más de ocho horas de pie.
A pesar del cansancio, decidí ir por unos tacos al pastor.
Porque primero el diente… y después la almohada.
Llegué al puesto, me senté en una mesa y saqué mi celular.
Sí, el mismo culpable de mis desvelos…
y de mi obsesión con cierto villano enmascarado.
El mesero se acercó.
—Diez tacos al pastor, doble tortilla… con todo. Y una coquita de tres litros —pedí sin pensarlo.
El mesero alzó las cejas al escuchar mi pedido, pero decidió no decir nada.
En su mente, una sola cosa cruzó:
¡Madres… qué tragona!
......................
Unos minutos después, me trajeron mi orden.
Mientras comía mis tacos, con harta salsa verde, bien bañados en limón y con su toque de sal, seguí leyendo el último capítulo de esa novela de reencarnación que, aunque no me convencía del todo… no podía dejar.
Trataba sobre una coreana que reencarnaba en una extra en su novela favorita.
Pero en lugar de conformarse con ese papel… decidía quedarse con todo.
Especialmente con el protagonista.
El principe.
Y así, la que antes era la protagonista terminó convirtiéndose en la villana.
La verdad… no me gustaba mucho la trama.
Sentía lástima por la nueva villana.
Pues ella era inocente.
Nunca hizo nada malo…
pero siempre terminaba siendo culpada de todo.
Suspiré con resignación.
Pero lo único que me mantenía leyendo era él.
El villano.
El Duque marginado.
A pesar de usar máscara, la novela lo describían como alguien peligrosamente atractivo… casi irresistible.
Y no voy a mentir…
me atraía de una forma absurda cada vez que aparecía.
Justo estaba leyendo una escena donde mi papucho villano planeaba algo turbio…
Le di un gran bocado a mi taco.
Pero por emocionarme como loquita…
me empecé a atragantar.
Intenté respirar, pero no podía.
Sentí cómo el aire no entraba.
Levanté la mirada.
El mesero corría hacia mí.
Pero mi vista…
empezó a nublarse.
Alcancé a escuchar su voz, preocupada:
—¿Y ahora quién me va a pagar la cuenta?
Desgraciado…
Te preocupas por la cuenta en vez de llamar a una ambulancia…
Intenté decirlo…
pero mi voz no salió.
Y lo último que pensé fue:
Genial… voy a morir por un taco al pastor.
Ojalá fuera como el camion-kun y viajara a un mundo de fantasía…
…aunque fuera como villana.
.
.
.
Abrí lentamente los ojos.
Un hedor nauseabundo me golpeó de inmediato, haciéndome fruncir el ceño.
—¿Qué… es ese olor…? —murmuré, con la voz seca.
Parpadeé varias veces, intentando enfocar.
Lo primero que vi fue una tela roja oscura sobre mí.
Parpadeé otra vez.
No era el techo.
Era un dosel.
Cortinas pesadas caían alrededor de la cama, dándole un aire…
elegante.
sofocante.
Nada que ver con la taquería.
Me incorporé lentamente, sintiendo mi cuerpo extraño… pesado.
La cama bajo mí era enorme, cubierta con telas rojas y negras, suaves al tacto.
Miré a mi alrededor.
Cortinas gruesas, una chimenea crepitando…
Todo iluminado por una luz cálida… pero inquietante.
—Este lugar no es… la taquería…
Mi corazón empezó a latir más rápido.
Bajé la mirada hacia mis manos.
Delgadas.
Pálidas.
Demasiado… elegantes.
—No… no, no, no…
Me levanté de golpe, pero el mareo me hizo tambalear.
Caminé torpemente hasta un espejo cercano.
Y entonces…
lo vi.
Una mujer pálida, blanca como la nieve.
Cabello ondulado, color rosa pastel.
Ojos verdes.
Sumamente hermosa.
Ese rostro… no era el mío.
Mis ojos se abrieron de par en par.
—…No puede ser.
Acerqué mi rostro al espejo, observándome con incredulidad… para después chiflarme a mí misma.
—¿Y está preciosa? ¿De dónde salió?
Solté una pequeña risa, como si así pudiera evitar pensar con claridad.
Pero mi mano tembló al tocar mi mejilla… y eso me devolvió a la realidad.
—Esto no es normal… esto no es normal…
Retrocedí un paso, con el corazón latiendo con fuerza.
—No me digas que…
Tragué saliva.
—Concha su madre… entonces… sí me morí por atragantarme con un taco…
…y terminé justamente en esta novela.
Una sonrisa se dibujó lentamente en mi rostro.
¡SÍ! ¡SÍ, SÍ, SÍ, SÍ, DIOS!
¡POR FIN, POR FIN, POR FIN ESCUCHASTE MIS SÚPLICAS!
VILLANO… MI VIEJO PAPUCHO…
YO, SOFÍA TACOTES…
¡VOY A ENAMORARTE!
¡A DESGARRARTE CON MI ENCANTO!
Y...
¡A CONQUISTARTE HASTA QUE NO TE QUEDEN DUDAS!
¡Prepárate… porque esta villana reencarnada no se anda con juegos!
Moví mis manos dramáticamente… como una mosca.
Mi pensamiento sobre el villano desapareció de golpe cuando el hedor nauseabundo se volvió…
insoportable.
Me olí inconscientemente la axila… y reaccioné con un asco tan intenso que casi vomito.
Entonces lo entendí:
El hedor nauseabundo…
¡era YO!
—Tan bonita… y tan puercota —me dije, entre incredulidad y asco—.
¿Acaso no se baña esta mujer?
El olor era insoportable.
Abrí las puertas de mi habitación, con la esperanza de encontrar a alguna sirvienta cerca.
Salí y volteé a la derecha…
el pasillo estaba vacío.
Volteé a la izquierda y
¡sas!
Me llevé el susto más grande de mi vida.
Una sirvienta estaba allí, quieta, observándome en completo silencio.
Cabello castaño, ojos color miel, piel medio blanca con pecas… y esa mirada seria que me hizo querer retroceder varios metros.
Casi dejo escapar una grosería.
—¡La put*! —dije por dentro, tragándome el grito—.
Pero lo que salió por mi boca fue:
—Ahh… me asustaste, casi me da un infarto —llevándome la mano al corazón, que latía como un tambor desbocado—.
En voz baja, para calmarme, agregué:
—Necesito un bolillo pal susto…
La sirvienta habló entonces, con esa calma que daba miedo:
—Mi señorita, ¿por qué se ha levantado?
Intenté tranquilizarme un poco y dije:
—Quiero bañarme.
Pero antes de poder decir algo más, una avalancha de recuerdos me golpeó.
Eran los recuerdos de la anterior dueña de este cuerpo.
Y entonces lo supe, con claridad absoluta:
esa sirvienta… no era cualquier sirvienta.
Era mi doncella personal y fiel.
Lisa Cilantro.
—¿Bañarse? —respondió, confundida, Lisa Cilantro.
—Sí… quiero darme un baño. Bañarse… eso que haces cuando te lavas el cuerpo con agua —aclaré, arqueando una ceja, porque parecía que necesitaba explicarlo.
Lisa, mi doncella, cayó de rodillas de repente, asustada y sollozando.
—¡Mi señorita! —gritó entre lágrimas—. ¿Por qué quiere bañarse?
¡Bañarse le provocará una enfermedad!
Eh… ¿qué?
Me quedé totalmente confundida.
En la novela había un montón de escenas donde la protagonista se bañaba sin problemas, y que Lisa me dijera eso me dejaba más perdida que un taco sin salsa.
y el general está lindo y la busca hayyyy 😭