Morí… y ahora soy la esposa omega del villano.
Según la historia, debía morir.
Según yo, voy a conquistarlo primero.
El problema…
Es que el villano empezó a obsesionarse conmigo antes de lo previsto.
Y ahora no sé quién está reescribiendo a quién.
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Capítulo 22: El Amor También Es Política
El problema de decir “te amo” no es la intensidad.
Es lo que cambia después.
A la mañana siguiente, desperté antes que Cassian.
La luz del amanecer entraba por las cortinas, suave, dorada.
Lo observé en silencio.
Sin la rigidez del uniforme.
Sin la mirada estratégica.
Solo él.
Más relajado de lo que jamás lo había visto.
Y fue ahí cuando entendí algo peligroso:
Lo hacía vulnerable.
No débil.
Vulnerable.
Mi esposo, el duque más calculador del imperio, había dicho “te amo” sin medir consecuencias.
Eso no era pequeño.
Eso era histórico.
Me moví apenas y sus ojos se abrieron de inmediato.
Instinto.
Siempre alerta.
Pero cuando me vio, su expresión cambió.
Se suavizó.
—¿Por qué me miras así? —murmuró.
—Estoy evaluando si soñé.
—No soñaste.
—¿Seguro?
Se incorporó lentamente, su mano encontrando mi cintura casi por reflejo.
—No me retracto en la mañana.
Sonreí.
—Bien. Porque yo tampoco.
Silencio breve.
—Te amo —repetí, solo para ver su reacción.
No vaciló.
—Lo sé.
—Eso no es lo que se responde.
Una pequeña curva apareció en sus labios.
—Yo también te amo.
Mi corazón hizo algo incómodamente feliz dentro de mi pecho.
—Mucho mejor.
Pero el momento no duró.
Un golpe seco en la puerta.
Tres toques formales.
Oficiales.
Cassian no soltó mi cintura.
—Adelante.
Uno de los asistentes entró, rígido.
—Mi señor. El consejo solicita su presencia inmediata.
Silencio.
Demasiado inmediato.
Demasiado temprano.
Cassian no cambió expresión.
—¿Motivo?
El asistente vaciló apenas.
—Han surgido… inquietudes sobre la estabilidad del liderazgo.
Ah.
Perfecto.
Ni veinticuatro horas.
Me levanté lentamente de la cama.
—Eso fue rápido.
El asistente evitó mirarme directamente.
Interesante.
Cuando la puerta se cerró, Cassian se quedó en silencio un segundo.
—Van a intentar presionar —dije con calma.
—Sí.
—No reacciones con ira.
—No lo haré.
—Aunque insinúen que soy debilidad.
Su mirada se volvió firme.
—No lo permitiré.
Me acerqué.
—No necesitas destruirlos.
—No.
—Solo necesitas mantenerte firme.
Sus dedos subieron hasta mi mejilla.
—No voy a dejar que te conviertan en argumento político.
—Ya lo hicieron.
Silencio.
—Entonces no les des espectáculo.
Eso lo hizo exhalar apenas.
Siempre calculaba.
Pero ahora había algo más detrás.
Determinación emocional.
—Quédate aquí —dijo.
—No.
Sus ojos descendieron a los míos.
—Elian.
—No voy a esconderme.
Silencio.
Largo.
Pesado.
—Si vas conmigo, van a medir cada gesto.
—Que lo hagan.
—Van a buscar grietas.
—No las encontrarán.
Un segundo.
Dos.
Y entonces asintió.
—Entonces ven.
El salón del consejo estaba más lleno de lo habitual.
Eso nunca era buena señal.
Varias miradas se alzaron cuando entramos.
Juntos.
No separados.
No distantes.
Juntos.
Sentí el cambio inmediato en la atmósfera.
No hostil.
Expectante.
Uno de los consejeros mayores habló primero.
—Duque D’Avermont, se han presentado preocupaciones sobre la concentración de poder y… decisiones influenciadas emocionalmente.
Ah.
Directo.
Cassian no se movió.
—Sea claro.
—Se teme que la reciente cercanía del señor Elian esté afectando su objetividad.
Silencio.
El tipo de silencio que precede a un error.
Yo no hablé.
Esperé.
Cassian tampoco respondió de inmediato.
Miró al consejero con calma quirúrgica.
—¿Está insinuando que no soy capaz de gobernar con criterio?
—Estamos solicitando transparencia.
—Entonces sea transparente.
El consejero tragó saliva.
—Se rumorea que sus decisiones recientes priorizan… intereses personales.
Mi pulso no se alteró.
Cassian tampoco levantó la voz.
—Mis decisiones siempre priorizan la estabilidad del imperio.
—¿Incluso cuando involucran a su esposo?
Silencio absoluto.
Ahí estaba.
El intento.
El punto de presión.
Sentí la mirada de toda la sala.
Esperando reacción.
Esperando ira.
Esperando debilidad.
Cassian habló con una serenidad que cortaba más que un grito.
—Mi esposo no es una interferencia. Es parte de mi vida.
Un murmullo recorrió el salón.
No defensivo.
No impulsivo.
Firme.
—Mi capacidad de gobernar no disminuye por amar.
Eso sí fue directo.
Mi corazón dio un salto.
Uno de los consejeros frunció el ceño.
—El amor puede nublar el juicio.
Cassian sostuvo la mirada.
—La falta de él suele generar tiranos.
Silencio.
Algunos bajaron la vista.
Otros intercambiaron miradas.
No era una explosión.
Era un posicionamiento.
Yo di un paso al frente entonces.
—Si creen que mi presencia debilita al duque, pueden evaluar resultados.
Varias miradas se volvieron hacia mí.
—Las reformas fiscales aprobadas este trimestre estabilizaron tres provincias.
Silencio.
—Las negociaciones con el sur evitaron un conflicto armado.
Más silencio.
—Si eso es debilidad, deberían reconsiderar su definición.
No elevé la voz.
No ataqué.
Solo expuse hechos.
El consejero mayor carraspeó.
—No cuestionamos los resultados.
—Entonces cuestionan la naturaleza del vínculo —respondí con suavidad.
El aire se volvió denso.
Cassian no me interrumpió.
No me detuvo.
Me sostuvo.
No físicamente.
Pero con presencia.
Uno de los miembros más jóvenes habló entonces.
—La preocupación radica en precedentes.
Cassian inclinó apenas la cabeza.
—El precedente será este: el duque gobierna con criterio. Y ama sin pedir permiso.
Silencio.
Eso no estaba en el guion político.
Y por eso funcionó.
La reunión terminó sin resolución formal.
Pero algo había cambiado.
No era escándalo.
Era advertencia.
Cuando salimos del salón, el pasillo estaba vacío.
Cassian caminó en silencio unos segundos.
Luego se detuvo.
—No debiste intervenir.
—¿Por qué?
—Te expones.
—Ya lo estoy.
Se giró hacia mí.
—No quiero que cargues con mi posición.
—No lo hago por tu posición.
Silencio.
—Lo hago porque te amo.
Esa frase, dicha en un corredor frío y político, tuvo más peso que en la habitación la noche anterior.
Su expresión cambió.
Más suave.
Más peligrosa.
—No uses esa frase tan casualmente.
—No es casual.
Se acercó un poco.
—No me des razones para arriesgarlo todo.
Sonreí apenas.
—No necesitas razones. Ya me elegiste.
Silencio.
Sus dedos rozaron mi muñeca.
Breve.
Pero firme.
—Te amo —dijo otra vez, más bajo.
No como confesión.
Como recordatorio.
Mi corazón se expandió con algo que ya no era solo pasión.
Era orgullo.
Era alianza.
Era pertenencia elegida frente al mundo.
—Yo también te amo —respondí con calma.
Y mientras el consejo intentaba medirnos…
Entendí algo con absoluta claridad:
El amor no nos debilitaba.
Nos hacía imposibles de dividir.
Y eso…
Eso sí era poder. 🔥