Felicity siempre ha vivido para servir a su familia.. Pero, ahora cuando se siente madura y en paz, tiene la posibilidad de volver a empezar..
* Esta novela es parte de un universo mágico *
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Señorita Florence
Cuando Florence cumplió quince años, la mansión Dagger volvió a llenarse de luz.
Ya no era la niña frágil que aprendía a leer apoyando la cabeza en el hombro de su hermana, ni la pequeña enferma a la que Felicity había sostenido durante noches interminables. Ahora caminaba por los salones con paso seguro, el porte elegante y natural de una joven noble que había crecido rodeada de cuidado y dedicación.
Florence era hermosa de una manera serena. Su cabello castaño claro, casi dorado, caía ordenado sobre sus hombros.. sus ojos verdes, atentos e inteligentes, reflejaban una mezcla de dulzura y determinación. Sabía comportarse en sociedad, hablaba con respeto y gracia, y entendía las responsabilidades que acompañaban su apellido.
El barón Dagger la miraba con un orgullo silencioso, menos temeroso ahora. Aunque no siempre encontraba las palabras, su presencia junto a ella era más frecuente. Le pedía opinión sobre asuntos simples, la invitaba a sentarse en el despacho, y en ocasiones incluso sonreía abiertamente al verla reír.
La casa entera lo notaba.
Pero quien más profundamente sentía ese orgullo era Felicity.
Observaba a Florence desde la distancia, durante las lecciones, en los paseos por el jardín, en las conversaciones con visitas importantes, y no podía evitar emocionarse. Cada gesto refinado, cada palabra bien pensada, cada sonrisa segura, eran prueba de que todos aquellos años de esfuerzo, de sacrificios silenciosos y de noches sin descanso habían valido la pena.
Felicity nunca reclamó mérito alguno. Nunca lo hizo.
Sin embargo, cuando Florence se acercaba a ella, le tomaba la mano y le decía con naturalidad..
—Todo lo que soy es gracias a ti, Feli.
Felicity sonreía, con una ternura profunda, y respondía como siempre..
—No, pequeña. Todo lo que eres… ya estaba en ti.
Aun así, en su interior, sentía una felicidad plena. No la felicidad ruidosa de los grandes logros, sino esa más íntima y duradera.. la de ver florecer a alguien a quien amaste con todo tu ser.
Florence Dagger era el orgullo de la casa.
Aunque Felicity solo tenía treinta y cinco años, en lo más hondo de su corazón sentía que su vida ya había cumplido su propósito.
No era una sensación amarga ni triste. No había resentimiento en ella. Era, más bien, una calma profunda, una aceptación serena que había crecido con los años, casi sin que se diera cuenta. Como si, en algún punto del camino, hubiera comprendido que no todas las vidas estaban destinadas a grandes celebraciones o a promesas románticas, y que eso no las hacía menos valiosas.
No recordaba con claridad cuándo dejó de asistir a eventos sociales. Tal vez fue después de que su pierna comenzó a dolerle con más frecuencia. Tal vez fue cuando dejó de sentirse parte de conversaciones que giraban siempre en torno a matrimonios, hijos y futuros que no incluían el suyo. O quizá simplemente ocurrió de forma natural, como tantas otras cosas en su vida.. sin escándalo, sin reproches, sin despedidas formales.
Las personas de su edad ya estaban casadas. Tenían hogares propios, nombres distintos, nuevas prioridades. Felicity las veía de lejos, con afecto sincero, pero sin envidia. No sentía que le hubieran arrebatado algo. Solo sentía que su camino había sido otro.
Y se conformaba con él.
Vivía en la mansión Dagger como siempre lo había hecho.. con discreción, con constancia, con una bondad que no buscaba reconocimiento. Se levantaba temprano, organizaba la casa, revisaba cuentas, escuchaba a los criados, resolvía problemas pequeños antes de que se volvieran grandes. Estaba ahí cuando alguien la necesitaba. Siempre.
Ayudaba a su padre sin reproches. Acompañaba a Florence en su crecimiento como joven dama. Era paciente, amable, tranquila. Su presencia no hacía ruido, pero sostenía el equilibrio de todo lo que la rodeaba.
A veces, en las tardes silenciosas, se sentaba cerca de una ventana o en el jardín, observando cómo la luz cambiaba de color sobre los muros antiguos. En esos momentos, no pensaba en lo que no había vivido. Pensaba en lo que sí había hecho.. cuidar, proteger, amar sin condiciones.
Y eso le bastaba.
No se sentía incompleta. No se sentía vacía. Sentía que había dado lo mejor de sí, que había sido útil, que había sido buena.
Felicity Dagger no había vivido para sí misma, pero tampoco se sentía perdida.
Había elegido la paz.
Y en esa paz, humilde y silenciosa, descansaba su corazón.
Meses después, durante un paseo por el pueblo cercano a la mansión Dagger, Florence caminaba de la mano de Felicity entre las calles adoquinadas, saludando con timidez a los comerciantes y observando con curiosidad las tiendas. La niña.. ahora joven, elegante, con dieciseis años recién cumplidos.. tenía la mirada alerta, como siempre, absorbiendo cada detalle con interés y un toque de gracia natural.
Fue entonces cuando la vio. Un joven que cruzaba la plaza con paso firme, serio, casi solemne. Su porte era militar, recto y elegante, con la presencia imponente de alguien que conocía el mundo más allá de los muros de la mansión. Florence se quedó quieta, absorta, observándolo con fascinación. Era el duque Jason Evenson, conocido en la región por su reputación de disciplina y discreción.
Felicity notó la forma en que la niña lo miraba, y una sonrisa se dibujó en su rostro. Había algo encantador en la manera en que Florence, tan distinta físicamente de Fantine, compartía esa misma curiosidad y emoción cuando aparecían jóvenes nobles ante sus ojos. Era inevitable, pensó Felicity, que aunque sus hermanas tuvieran personalidades y apariencias distintas, cuando se trataba de hombres y corazones, se parecían mucho más de lo que ellas mismas creían.
—Feli… —susurró Florence, con los ojos brillando, señalando discretamente al joven duque—. ¿Quién es él?
Felicity contuvo una risa suave, entre dulzura y nostalgia. Recordó las historias de Fantine, su entusiasmo cuando conoció a Miles Scriew, y cómo había sido testigo de esos primeros destellos de emoción que acompañan a un corazón joven y curioso.
—Es el duque Jason Evenson —respondió con calma—. Es muy respetado y serio, pero… parece que ha llamado tu atención.
Florence sonrió tímidamente y bajó la vista, mientras Felicity la observaba con orgullo. No importaba que fueran diferentes.. la emoción de descubrir a alguien que despierta interés y curiosidad era igual para todas las jóvenes Dagger. Esa chispa, pensó Felicity, era tan dulce como inevitable, y la vida, con su constancia silenciosa, seguía ofreciendo momentos de alegría incluso en la rutina de la mansión.
Felicity apretó suavemente la mano de su hermana, disfrutando de ese instante de inocente fascinación, y continuaron su paseo por el pueblo, entre risas suaves y miradas curiosas, mientras el duque Jason Evenson permanecía en la memoria de Florence, como un primer destello de un interés que aún no sabía hacia dónde la llevaría.
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