Renace en un nuevo mundo con magia y demostrará que ya nadie va a subestimarla..
* Está novela es parte de un mundo mágico *
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Ahijado 1
Tracy no bajó la guardia.
Sabía que aquel primer golpe había sembrado miedo, pero también entendía algo esencial.. el miedo dura poco cuando se mezcla con alcohol, orgullo herido y hombres armados. Necesitaba tiempo. Solo eso. Unos minutos más.
Así que dio un paso al frente.
Los hombres se tensaron de inmediato, creyendo que venía otro ataque. Tracy alzó ambas manos con lentitud deliberada, dejando que su maná fluyera… pero no hacia la tierra esta vez.
La luz respondió.
Primero fue un resplandor pequeño, apenas un punto brillante entre sus palmas. Luego creció. Se expandió. Se volvió intensa, cegadora, hasta transformarse en una inmensa esfera de luz suspendida en el aire frente a ella.
Iluminó todo.
Los rostros de los hombres se volvieron pálidos bajo aquel resplandor antinatural. Algunos retrocedieron, cubriéndose los ojos. Otros levantaron las armas sin saber si debían atacar o huir.
—¡Va a matarnos! —gritó uno.
—¡Es una maga de combate! —vociferó otro, aterrorizado.
Tracy permaneció inmóvil, con el rostro tranquilo, como si sostener aquella cosa gigantesca fuera lo más natural del mundo.
[Tranquilos… Esto es solo luz. Pero ustedes no lo saben.]
La esfera no quemaba.
No vibraba con energía destructiva.
Era puro brillo concentrado.
Pero los hombres no podían saberlo.
El capitán Lloyd dio un paso atrás, tambaleante, alzando el brazo para protegerse.
—¡Baja eso! ¡Baja esa cosa!
—Aún no.. No hasta que se retiren.
El silencio volvió a imponerse, roto solo por respiraciones agitadas y el zumbido casi inexistente de la luz.
Entonces ocurrió.
Desde la distancia, se escuchó el sonido inconfundible de cascos.
Uno.
Luego varios.
Rítmicos. Firmes.
Los hombres se giraron, nerviosos.
Por el camino aparecieron las fuerzas del ducado Evenson, avanzando con disciplina impecable, armaduras oscuras reflejando la luz de la esfera que Tracy sostenía. Al frente, la autoridad era evidente incluso desde lejos.
El miedo terminó de quebrarse.
—Retirada…
Tracy mantuvo la esfera unos segundos más, asegurándose de que nadie hiciera un movimiento estúpido. Luego, con un gesto lento, la dejó disiparse, como si el sol mismo se apagara entre sus dedos.
Los hombres retrocedieron, desordenados, arrastrando al capitán Lloyd, que ya no gritaba, solo balbuceaba insultos sin fuerza.
Cuando el peligro se disipó por completo, Tracy soltó el aire que había estado conteniendo.
Había funcionado.
Había ganado el tiempo necesario.
Y mientras los soldados del ducado tomaban el control de la situación, Tracy miró de reojo hacia el carruaje.
Sabía que dentro, Oliver sostenía a Otis.
Cuando los soldados del ducado comenzaron a avanzar y a perseguir a los hombres que huían en desorden, Tracy no perdió un segundo más.
La tensión aún vibraba en el aire, pero para ella el peligro principal ya no estaba afuera.
Corrió de vuelta al carruaje.
Abrió la puerta de golpe y se encontró con Oliver exactamente como lo había imaginado.. sentado rígido, sosteniendo a Otis de una manera torpe, claramente incómoda… pero efectiva. El bebé estaba despierto, con los ojos abiertos, moviéndose un poco, vivo y atento.
Ese simple hecho alivió algo en el pecho de Tracy.
—Está despierto.. Yo… creo que lo estoy haciendo bien.
—Lo está haciendo de manera aceptable
Oliver hizo ademán de levantarse.
—Tengo que bajar. Esto es por mí, no puedo—
Tracy lo detuvo de inmediato, apoyando una mano firme en su pecho.
—No.. Si los hombres lo ven, esto termina en otra pelea. Y esta vez habrá soldados heridos… y civiles también.
—Pero—
—Oliver.. Ya usé maná. No tanto como para colapsar, pero suficiente. Si usted baja y hay heridos, tendré que sanar soldados en lugar de cuidar a Otis.
Eso lo detuvo.
—No podría atenderlo.. Y usted sabe que aún no está fuera de peligro.
Oliver apretó los labios. Sus brazos se cerraron un poco más alrededor de su hijo, como si recién entonces entendiera el peso real de lo que sostenía.
—Contrólese.. Su hijo lo necesita aquí. Vivo. Calmado.
Hubo un largo segundo de silencio.
Finalmente, Oliver asintió.
—De acuerdo… Me quedaré.
Tracy soltó el aire con cuidado y cerró la puerta del carruaje. Dio la orden a los cochero y el vehículo volvió a ponerse en marcha, esta vez escoltado por varios guardias del ducado, sus armaduras brillando bajo la luz del atardecer.
Dentro, el carruaje avanzaba con un ritmo más seguro.
Otis seguía despierto. Oliver le hablaba en voz baja, torpe, inseguro… pero presente.
Tracy se sentó frente a ellos, apoyando la espalda por primera vez desde hacía horas.
El peligro inmediato había pasado.
Y mientras el carruaje se alejaba del lugar del conflicto, custodiado y firme, Tracy supo que había tomado la decisión correcta.
Una vez más.
Cuando el carruaje cruzó finalmente las rejas del ducado Evenson, Tracy sintió cómo la tensión que había sostenido durante todo el trayecto comenzaba a aflojarse, apenas lo suficiente como para permitirle respirar con algo más de calma.
Lo primero que notó fue a la duquesa.
Lady Cora los esperaba en el patio, erguida, impecable, con el rostro sereno como si nada fuera de lo común. No había rastro de alarma, ni de prisa, ni de ese nerviosismo que Tracy había aprendido a reconocer en quienes sabían que algo grave había ocurrido.
Eso solo podía significar una cosa.
El duque no le había dicho nada.
Tracy bajó del carruaje con cuidado, asegurándose de que Oliver descendiera con Otis sin sobresaltos. La duquesa se acercó de inmediato al bebé, lo observó con atención experta y, al ver que respiraba con regularidad, asintió satisfecha.
—Está bien.. Se nota que está más fuerte.
Tracy devolvió el gesto con una leve inclinación de cabeza. No dijo nada. Si el duque había decidido callar, ella no sería quien rompiera ese silencio.
Durante el resto de la tarde, la mansión se llenó de música suave, risas contenidas y pasos elegantes. El cumpleaños de Jane transcurrió como había sido planeado.. una celebración sencilla, cálida, casi íntima. Jane reía, gateaba entre las faldas de las damas y buscaba constantemente la mirada de su padre, como si supiera que aquel día le pertenecía.
Otis permaneció poco tiempo en la fiesta, envuelto en mantas, siempre bajo la atenta mirada de Tracy. Aun así, su sola presencia fue suficiente para arrancar sonrisas y comentarios esperanzados.
Fue más tarde, cuando el bullicio disminuyó y la música se volvió un murmullo lejano, que Tracy lo vio.
El duque se inclinó hacia su esposa y comenzó a hablarle en voz baja.
Tracy no escuchó las palabras exactas, pero sí vio el cambio inmediato en el rostro de la duquesa. La serenidad se quebró primero en sus ojos, luego en la tensión de su mandíbula. Cora llevó una mano al pecho, no por debilidad, sino por contención, y miró instintivamente hacia donde estaba Otis.
Preocupación.
Una preocupación profunda, intensa… y peligrosa.
—¿Quiénes fueron? —preguntó la duquesa, con voz baja pero firme.
El duque respondió algo más, y entonces ocurrió lo que más sorprendió a Tracy.
Lady Cora enderezó la espalda.
La inquietud desapareció, reemplazada por una determinación fría, precisa, casi afilada.
—Esto no puede quedar así.. Nadie pone en peligro a mi ahijado y se va como si nada.
El duque no discutió. Solo asintió.
—Encargate de ellos.. De todos los que estuvieron involucrados.
Tracy sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No había ira descontrolada en esas palabras. No había gritos ni amenazas vacías. Había algo peor.. la certeza absoluta de que aquello se cumpliría.
Mientras observaba a la duquesa dar una última mirada al lugar donde descansaba Otis, Tracy comprendió algo con una claridad inquietante.
Nunca, bajo ninguna circunstancia, le gustaría tener a Lady Cora Evenson como enemiga.