Me convertí en el arma que Caeleen Valkrum usaba para darle celos a su amante secreto. Un amor de años. Un hombre casado. El único que realmente importaba. Yo solo era el profesor tranquilo, el refugio, el que no preguntaba. Pero cuando el juego se volvió real, cuando sus besos dejaron de ser una farsa, el amante contraatacó. Y ahora estoy en medio de una guerra que no pedí, con un hombre que me mira como si yo también pudiera ser su hogar. ¿Y si al final el que termina ardiendo soy yo? ¿O quizás, entre las cenizas de los dos, podemos construir algo que ninguno tuvo nunca?
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LAS NUEVAS REGLAS.
El silencio después de la tormenta en el estudio duró dos días. Dos días en los que Azren vivió suspendido en un extraño limbo. No hubo mensajes de Caeleen. No hubo más provocaciones de Darius. Solo el eco de su propia osadía retumbando en sus oídos y el sabor a poder, amargo y nuevo, en sus labios.
Había quedado con León para ese café. Fue al día siguiente de la confrontación, a las 11, en ese local cerca de los juzgados que León había mencionado. Hablaron de todo y de nada. Del trabajo, de la vida, de cómo sobrevivir a tormentas emocionales sin morir en el intento. León estaba más tranquilo de lo que Azren esperaba. Como si haber puesto las cartas sobre la mesa le hubiera quitado un peso de encima, aunque la partida aún no hubiera terminado.
—¿Vas a volver a casa? —preguntó Azren.
—Todavía no lo sé —respondió León, removiendo su café—. Darius me llamó anoche. Lloró. Dijo que lo sentía. Las mismas palabras de siempre.
—¿Y tú?
—Le dije que necesitaba tiempo. Y lo necesito. Pero también sé que, pase lo que pase, no voy a dejar de quererlo. Eso es lo jodido.
Azren asintió. Lo entendía mejor de lo que quería admitir.
Quedaron en verse pronto. Una alianza extraña, improbable, pero real.
...--------♡--------...
La paz se rompió a la tercera noche, no con un mensaje, sino con una presencia física.
Azren estaba leyendo en su sofá cuando oyó el suave golpe en la ventana que daba al pequeño balcón de su apartamento. Al acercarse, distinguió una silueta alta recortada contra la luz de la farola. Caeleen. No llamaba a la puerta. Había subido por la escalera de incendios.
Azren abrió la ventana del balcón, el corazón acelerado. Caeleen entró con la fluidez de un gato, llenando de pronto el espacio modesto con su aura magnética. Olía a aire nocturno y a una tensión contenida. Vestía ropa oscura y sencilla, pero su mera presencia parecía requerir un entorno más grande.
—No has llamado —dijo Caeleen, su voz grave y directa, sin saludo. No era un reproche. Era un hecho.
—Tú tampoco —replicó Azren, cerrando la ventana a su espalda. Se sentía vulnerable en pijama frente a él, pero se negó a mostrar miedo.
—No sabía qué reglas aplicar —admitió Caeleen, con una franqueza que sorprendió. Se paseó por la pequeña sala, sus ojos ámbar escudriñando los libros apilados, las plantas, los restos de té sobre la mesa. Estaba cartografiando el territorio de Azren, el hombre que lo había hecho dudar. —Dijiste que las cambiarías. Así que aquí estoy. Para escucharlas.
Azren se apoyó contra el respaldo del sofá, cruzando los brazos. —La primera regla es que no subas por mi ventana. Llamas a la puerta, como una persona normal.
Un destello de algo parecido al humor cruzó los ojos de Caeleen. —Aceptado. ¿La segunda?
—Dejas de usarme como arma contra Darius —dijo Azren, clavándole la mirada—. No soy una herramienta para darle celos. No soy un peón en tu guerra con él. Si esto va a ser algo entre nosotros, será por lo que es entre nosotros. No por lo que provoca en él.
Caeleen guardó silencio, evaluando. —¿Y qué gano yo con eso? —preguntó, acercándose un paso.
—Mi confianza —contestó Azren—. Mi presencia. Mi tiempo. Todo lo que te he dado hasta ahora, pero sin la sensación de que me estás usando. Eso es lo que ganas.
—¿Y si quiero algo más que eso? —La voz de Caeleen bajó, se volvió más íntima, cargada de un significado que hizo que a Azren se le secara la boca.
Azren contuvo el aliento. —¿Qué quieres?
—No lo sé —admitió Caeleen, cerrando la distancia restante hasta quedar a solo un palmo de él—. Pero quiero averiguarlo. Contigo. No con él de por medio.
Azren podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, ver el tic tac del pulso en su cuello. Este era el Caeleen peligroso, pero genuino. El que no fingía. —¿Y Darius? —logró preguntar.
El nombre actuó como un breve freno. Caeleen apartó la mirada un instante, hacia la ventana por donde había entrado, como si pudiera ver el estudio de Darius en la distancia. —Darius es… una costumbre. Una obsesión —dijo, eligiendo las palabras con una rara lentitud—. Es como una obra de arte que quiero poseer, pero que duele tocarla. Pero tú… —su mirada volvió a Azren, intensa— …tú eres real. Estás aquí. Y no me duele estar contigo.
Fue la declaración más honesta, y quizás la más compleja, que Azren había oído de él. No era un "te amo". Era un "te elijo para intentar algo diferente". Para un hombre como Caeleen, era casi una declaración de guerra contra su propia naturaleza.
—¿Y qué pasa con él? —preguntó Azren.
—No lo sé —respondió Caeleen—. Pero esta noche no quiero pensar en él. Esta noche quiero estar aquí. Contigo.
Azren lo miró. Vio la batalla en sus ojos, la lucha entre la obsesión de siempre y la atracción nueva. Vio también el cansancio, las ganas de algo diferente.
Y entonces, sin pensarlo, cerró la distancia y lo besó.
No fue un beso de desafío. No fue un beso para provocar a nadie. Fue un beso de exploración, de pregunta, de "a ver qué pasa si intentamos esto".
Caeleen respondió de inmediato. Sus brazos rodearon a Azren, atrayéndolo contra su cuerpo. El beso se profundizó, se volvió más intenso, más necesitado. Cuando se separaron, jadeaban.
—Eso no fue por Darius —dijo Azren, sin apartarse.
—No —confirmó Caeleen, con voz ronca—. No lo fue.
Apoyó su frente contra la de Azren. Un gesto íntimo, casi tierno.
—Tus reglas —murmuró—. Las acepto. Por ahora.
Fue entonces cuando el teléfono de Caeleen, que llevaba en el bolsillo, vibró con una insistencia especial. Un tono de llamada, no un mensaje. Caeleen hizo un gesto de fastidio, intentando ignorarlo, pero la vibración continuó, urgente.
Con un gruñido, se apartó de Azren y sacó el teléfono. Al ver la pantalla, su expresión cambió por completo. Todo el deseo, la intensidad, la nueva conexión, se apagaron en una fracción de segundo, reemplazados por una atención absoluta, antigua e inmediata. Sus ojos ámbar se ensancharon levemente.
—Darius —dijo, y fue la única explicación necesaria.
Contestó. No dijo "hola". Solo escuchó. Azren, desde donde estaba, pudo ver cómo la línea de su mandíbula se tensaba, cómo sus dedos se apretaban alrededor del teléfono. No podía oír lo que Darius decía al otro lado, pero el lenguaje corporal de Caeleen era un libro abierto: alarma, urgencia, necesidad.
—¿Dónde? —preguntó Caeleen, su voz grave y llena de una autoridad protectora que Azren nunca había escuchado dirigida a él. Escuchó la respuesta. —No te muevas. Ya voy.
Colgó. Su mirada, al posarse de nuevo en Azren, ya no era la del hombre que acababa de explorar un nuevo territorio. Era la mirada del centinela, del hombre poseído por una misión más antigua y profunda. Había un conflicto en sus ojos, sí, pero la decisión ya estaba tomada.
—Tengo que irme —dijo, su voz ahora distante, el sonido de alguien que ya está mentalmente a kilómetros de distancia.
—¿Qué pasó? —preguntó Azren, aunque ya sabía la respuesta.
—Él… —Caeleen hizo una pausa, buscando palabras que no traicionaran demasiado, pero su rostro lo delataba todo—. Está mal. Necesita que vaya. Tengo que ir.
Azren sintió el golpe en el pecho. No hizo falta decir más. "Está mal" significaba una cosa en el vocabulario de Caeleen cuando se trataba de Darius. Significaba que lo necesitaba. Significaba que, una vez más, todo lo demás dejaba de importar.
—Claro —dijo Azren, su voz fría y plana. Se apartó, abriendo espacio entre ellos—. Ve.
Caeleen lo miró, y por un segundo, pareció querer decir algo, explicar, tal vez incluso disculparse. Pero la urgencia de la llamada era más fuerte. Asintió, una vez, un gesto seco.
—Hablamos mañana —dijo, y fue una promesa vacía, el tipo de frase que se dice al cerrar una puerta.
Y se fue, saliendo por la ventana del balcón con la misma facilidad con la que había entrado, desapareciendo en la noche para correr hacia el lado de Darius.
Azren se quedó solo en el centro de su sala, el calor del beso de Caeleen aún en sus labios, pero el resto de su cuerpo empezaba a entumecerse con un frío familiar. Darius no había necesitado enviar un mensaje de advertencia. Había lanzado un anzuelo perfecto, y Caeleen, como un Pez viejo y predecible, había picado al instante.
Las nuevas reglas, el desafío, la conexión genuina… todo se había desvanecido en menos de un minuto, ante la primera llamada de la obsesión de siempre. Azren miró la ventana vacía. Había creído, por un momento, que podía cambiar el juego.
Pero algunas partidas están decididas desde hace mucho tiempo. Y él, una vez más, acababa de ser dejado de lado cuando la verdadera prioridad de Caeleen había llamado a la puerta.