Me contrato para traducir el corazón de su amante.
Terminé enamorándome de él.
Azren solo quería ayudar a Caeleen Valkrum —dios del baloncesto, multimillonario, el hombre más guapo que había visto nunca— a entender al hombre que le rompió el alma.
Pero cada palabra que analizaba, cada secreto que descifraba sobre Darius, lo acercaba más al abismo de caer por Caeleen.
Cuando sus familias pactan su matrimonio, Azren acepta convertirse en el esposo legal del hombre que ama en secreto. Una alianza sellada con papeles, con anillos, con un "sí, quiero" que Caeleen pronunció mirando a otro.
Porque prefiere quemarse en su tormenta a no tener nada de él.
Aunque sabe que, cuando el fuego se apague...
Caeleen seguirá amando a otro.
Y él habrá perdido todo.
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LAS NUEVAS REGLAS.
El silencio después de la tormenta en el estudio duró dos días. Dos días en los que Azren vivió suspendido en un extraño limbo. No hubo mensajes de Caeleen. No hubo más provocaciones de Darius. Solo el eco de su propia osadía retumbando en sus oídos y el sabor a poder, amargo y nuevo, en sus labios.
La paz se rompió a la tercera noche, no con un mensaje, sino con una presencia física.
Azren estaba leyendo en su sofá cuando oyó el suave golpe en la ventana que daba al pequeño balcón de su apartamento. Al acercarse, distinguió una silueta alta recortada contra la luz de la farola. Caeleen. No llamaba a la puerta. Había subido por la escalera de incendios.
Azren abrió la ventana del balcón, el corazón acelerado. Caeleen entró con la fluidez de un gato, llenando de pronto el espacio modesto con su aura magnética. Olía a aire nocturno y a una tensión contenida. Vestía ropa oscura y sencilla, pero su mera presencia parecía requerir un entorno más grande.
—No has llamado —dijo Caeleen, su voz grave y directa, sin saludo. No era un reproche. Era un hecho.
—Tú tampoco —replicó Azren, cerrando la ventana a su espalda. Se sentía vulnerable en pijama frente a él, pero se negó a mostrar miedo.
—No sabía qué reglas aplicar —admitió Caeleen, con una franqueza que sorprendió. Se paseó por la pequeña sala, sus ojos ámbar escudriñando los libros apilados, las plantas, los restos de té sobre la mesa. Estaba cartografiando el territorio de Azren, el hombre que lo había hecho dudar. —Dijiste que las cambiarías. Así que aquí estoy. Para escucharlas.
Azren se apoyó contra el respaldo del sofá, cruzando los brazos. —La primera regla es que no subas por mi ventana. Llamas a la puerta, como una persona normal.
Un destello de algo parecido al humor cruzó los ojos de Caeleen. —Aceptado. ¿La segunda?
—Dejas de usarme como arma contra Darius —dijo Azren, clavándole la mirada—. Si esto va a ser una farsa, será una farsa limpia. Para nuestras familias, para el público. Pero entre nosotros, y entre tú y él, no me usas para manipularlo.
Caeleen guardó silencio, evaluando. —¿Y qué gano yo con esa farsa "limpia"? —preguntó, acercándose un paso.
—La aprobación de tus padres sin el desgaste de tener que estar pendiente de si me acerco a Darius o no —contestó Azren—. Y mi cooperación. Voluntaria.
—¿Y si quiero algo más que tu cooperación voluntaria en una farsa? —La voz de Caeleen bajó, se volvió más íntima, cargada de un significado que hizo que a Azren se le secara la boca. —Después de ese beso… no en el museo. El de ayer. En mi estudio. Ese no era para Darius.
Azren contuvo el aliento. Había tocado una verdad que ni siquiera él mismo había explorado. —¿Qué era entonces?
—Un desafío —dijo Caeleen, cerrando la distancia restante hasta quedar a solo un palmo de él—. Un reclamo. Y funcionó. No he podido dejar de pensar en él.
Azren podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, ver el tic tac del pulso en su cuello. Este era el Caeleen peligroso, pero genuino. El que no fingía. —¿Y Darius? —logró preguntar.
El nombre actuó como un breve freno. Caeleen apartó la mirada un instante, hacia la ventana por donde había entrado, como si pudiera ver el estudio de Darius en la distancia. —Darius es… una costumbre. Una obsesión —dijo, eligiendo las palabras con una rara lentitud—. Es como una obra de arte que quiero poseer, pero que duele tocarla. Pero tú… —su mirada volvió a Azren, intensa— …tú eres un incendio que comenzaste tú mismo. Y no me duele tocarte. Me desafía.
Fue la declaración más honesta, y quizás la más cruel, que Azren había oído de él. No era un "te amo". Era un "me intrigas, me desafías, y en este momento, me importas más que mi dolorosa obsesión". Para un hombre como Caeleen, era casi una declaración de amor.
—La tercera regla —susurró Azren, sin apartarse— es que si esto se vuelve real, aunque sea un poco, será solo entre nosotros. No un triángulo. No un juego para hacerlo reaccionar. Nosotros. O nada.
Caeleen lo miró, y en sus ojos ámbar libró una batalla interna. Azren podía verla: la vieja lealtad a la obsesión contra la atracción nueva y voraz por el desafío. Durante un momento eterno, no supo cuál ganaría.
Entonces, Caeleen bajó la cabeza y capturó sus labios.
Este beso no tenía nada que ver con los anteriores. No fue una herramienta, ni un acto de guerra. Fue exploración. Lento, profundo, insistente. Una mano de Caeleen se hundió en su cabello, la otra se cerró en su cadera, atrayéndolo contra un cuerpo duro y deseoso. Azren se dejó llevar, respondiendo con una urgencia que había reprimido durante meses, saboreando el sabor a café y a noche en la boca de Caeleen, sintiendo cómo el mundo se reducía a este hombre guapo, intimidante y, por fin, presente.
Cuando se separaron, ambos jadeaban. Caeleen apoyó su frente contra la de Azren, un gesto de intimidad que era más revelador que cualquier palabra.
—Tus reglas —murmuró contra sus labios—. Por ahora.
Fue entonces cuando el teléfono de Caeleen, que llevaba en el bolsillo, vibró con una insistencia especial. Un tono de llamada, no un mensaje. Caeleen hizo un gesto de fastidio, intentando ignorarlo, pero la vibración continuó, urgente.
Con un gruñido, se apartó de Azren y sacó el teléfono. Al ver la pantalla, su expresión cambió por completo. Todo el deseo, la intensidad, la nueva conexión, se apagaron en una fracción de segundo, reemplazados por una atención absoluta, antigua e inmediata. Sus ojos ámbar se ensancharon levemente.
—Darius —dijo, y fue la única explicación necesaria.
Contestó. No dijo "hola". Solo escuchó. Azren, desde donde estaba, pudo ver cómo la línea de su mandíbula se tensaba, cómo sus dedos se apretaban alrededor del teléfono. No podía oír lo que Darius decía al otro lado, pero el lenguaje corporal de Caeleen era un libro abierto: alarma, urgencia, necesidad.
—¿Dónde? —preguntó Caeleen, su voz grave y llena de una autoridad protectora que Azren nunca había escuchado dirigida a él. Escuchó la respuesta. —No te muevas. Ya voy.
Colgó. Su mirada, al posarse de nuevo en Azren, ya no era la del hombre que acababa de explorar un nuevo territorio. Era la mirada del centinela, del hombre poseído por una misión más antigua y profunda. Había un conflicto en sus ojos, sí, pero la decisión ya estaba tomada.
—Tengo que irme —dijo, su voz ahora distante, el sonido de alguien que ya está mentalmente a kilómetros de distancia.
—¿Qué pasó? —preguntó Azren, aunque ya sabía la respuesta.
—Él… —Caeleen hizo una pausa, buscando palabras que no traicionaran demasiado, pero su rostro lo delataba todo—. Tuvo una recaída. No está bien. Está solo. Tengo que ir.
Una recaída. ¿Emocional? ¿Física? No importaba. La palabra era el gancho perfecto, la llamada de auxilio a la que Caeleen, después de años de obsesión, era incapaz de resistirse. Darius lo sabía. Y lo había usado.
—Claro —dijo Azren, su voz fría y plana. Se apartó, abriendo espacio entre ellos—. Ve. Tu montaña te llama.
Caeleen lo miró, y por un segundo, pareció querer decir algo, explicar, tal vez incluso disculparse. Pero la urgencia de la llamada era más fuerte. Asintió, una vez, un gesto seco.
—Hablamos mañana —dijo, y fue una promesa vacía, el tipo de frase que se dice al cerrar una puerta.
Y se fue, saliendo por la ventana del balcón con la misma facilidad con la que había entrado, desapareciendo en la noche para correr hacia el lado de Darius.
Azren se quedó solo en el centro de su sala, el calor del beso de Caeleen aún en sus labios, pero el resto de su cuerpo empezaba a entumecerse con un frío familiar. Darius no había necesitado enviar un mensaje de advertencia. Había lanzado un anzuelo perfecto, y Caeleen, como un pez viejo y predecible, había picado al instante.
Las nuevas reglas, el desafío, la conexión genuina… todo se había desvanecido en menos de un minuto, ante la primera llamada de la obsesión de siempre. Azren miró la ventana vacía. Había creído, por un momento, que podía cambiar el juego.
Pero algunas partidas están decididas desde hace mucho tiempo. Y él, una vez más, acababa de ser dejado de lado cuando la verdadera prioridad de Caeleen había llamado a la puerta.