En el poderoso reino de Valdoria, la belleza es poder… y el amor, una condena.
Lady Anya Naville, segunda hija de un influyente archiduque, ha sido admirada toda su vida como el diamante del reino. Prometida desde la infancia al príncipe heredero, Maxime Iker Lindberg, Anya creció creyendo que su destino era convertirse en reina… y esposa del único hombre que había amado.
Pero todo se derrumba cuando una noble extranjera cautiva el corazón del príncipe.
Consumida por los celos y la humillación, Anya comete un acto imperdonable usando la magia prohibida que corre por su sangre. Su crimen la convierte en la villana del reino y la lleva a enfrentar la ejecución pública.
Sin aliados. Sin amor. Sin esperanza.
Hasta que, en su última hora de vida, lanza un hechizo imposible.
Anya despierta años en el pasado, atrapada nuevamente en su cuerpo de cinco años, pero conservando todos los recuerdos de su trágico futuro.
Esta vez no cometerá los mismos errores.
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Capítulo 4 | Una invitación imposible de rechazar
El jardín interior del palacio estaba lleno de luz aquella mañana. El sol se filtraba entre las ramas de los árboles altos que rodeaban la fuente de mármol, dejando manchas doradas sobre el suelo de piedra. El aire olía a rosas recién abiertas y a la humedad del agua que caía constantemente desde la escultura central de la fuente. El sonido era suave, rítmico, casi hipnótico.
Yo permanecía frente a la fuente, con las manos unidas delante de mi vestido, intentando ignorar la presencia del niño que estaba frente a mí.
Maxime.
Me miraba con una mezcla de curiosidad y desconcierto, como si tratara de entender por qué algo se sentía diferente entre nosotros.
En mi vida anterior, yo habría corrido hacia él en cuanto lo viera. Habría hablado sin parar, tratando de llamar su atención. Habría buscado cualquier excusa para permanecer a su lado.
Ahora solo quería irme.
—¿Estás segura de que no te pasa algo? —preguntó de repente.
Su voz era suave, infantil todavía, pero había una preocupación sincera en ella.
El sonido del agua de la fuente parecía más fuerte mientras pensaba en cómo responder.
—No me ocurre nada, alteza.
Mis palabras salieron tranquilas, perfectamente educadas.
Maxime frunció el ceño ligeramente.
—Otra vez eso —lo dijo con una pequeña risa, como si aquello fuera extraño—. Siempre me llamas Maxime. Hazlo ahora.
Lo observé en silencio.
Sus ojos grises reflejaban la luz del sol, y por un instante un recuerdo viejo y doloroso se abrió paso dentro de mi pecho. Durante años había amado esos ojos. Había buscado su aprobación, su atención, su cariño.
Ahora solo me recordaban algo más.
La sala del juicio. La voz firme con la que rompió nuestro compromiso. La manera en que no dijo nada cuando me condenaron.
Aparté la mirada antes de que esos pensamientos se volvieran demasiado pesados.
—Estamos en el palacio real —respondí con calma—. Es apropiado dirigirme a usted de esa forma.
Él pareció quedarse sin palabras por un momento.
Antes de que pudiera decir algo más, el sonido de pasos suaves sobre la grava del jardín llamó nuestra atención.
Ambos giramos la cabeza.
Una mujer caminaba hacia nosotros acompañada por dos damas y varios guardias. Su vestido largo rozaba el suelo con un sonido suave, como un susurro de tela fina. El aroma de su perfume llegó antes que ella, delicado y floral.
La reina, Elise Lindberg.
Maxime se enderezó inmediatamente.
—Madre.
Incliné la cabeza con respeto.
—Majestad, buenos días.
La reina se detuvo frente a nosotros. Su mirada se posó primero en su hijo y luego en mí. Sus ojos eran amables, observadores.
—Anya Naville —dijo con una sonrisa suave—. Hace tiempo que no vienes al palacio.
Sentí el peso de su atención, pero mantuve la compostura.
—Mis disculpas, majestad —respondí tranquila —. He estado ocupada.
Ella observó mi postura durante un instante, como si analizara cada pequeño gesto.
Luego su sonrisa se amplió ligeramente.
—Justo íbamos a desayunar. ¿Te gustaría acompañarnos?
Maldije en mi interior. Rechazar una invitación de la reina no era una opción.
—Sería un honor, majestad —la reina asintió satisfecha.
—Excelente.
Maxime parecía encantado con la idea.
—Ven, Anya —dijo inmediatamente—. El pan del palacio es el mejor.
Caminamos hacia el interior del palacio. Los pasillos estaban llenos de luz y ecos suaves de conversaciones lejanas. El aroma del pan recién horneado comenzó a hacerse más fuerte a medida que nos acercábamos al comedor.
Cuando las grandes puertas se abrieron, el calor de la cocina y el olor a mantequilla, miel y frutas frescas llenaron el aire.
El comedor real era amplio, con ventanales altos que dejaban entrar la luz de la mañana. La mesa estaba cubierta con un mantel blanco impecable y vajilla de plata que brillaba suavemente.
Tomé asiento cuando la reina lo indicó.
Las sirvientas comenzaron a servir el desayuno. El sonido de los platos y cubiertos era suave y ordenado, casi musical.
—Su majestad, el rey, no podrá acompañarnos hoy, señorita Anya —habló suavemente la reina—. Está con mucho trabajo.
—Está bien, majestad —respondí desde mi lugar—. No hay problema.
Comí despacio, con movimientos tranquilos. En mi vida anterior había pasado incontables horas en ese mismo comedor, aprendiendo cada detalle de la etiqueta real.
Incluso si ahora tenía el cuerpo de una niña, ese conocimiento seguía conmigo.
La reina observó mi comportamiento durante toda la comida.
Cuando terminamos, dejó la taza de té sobre el platillo con un leve tintineo.
—Tus modales son impecables, Anya.
Levanté la mirada.
—Gracias, majestad.
Ella parecía genuinamente impresionada.
—Es raro ver tanta elegancia en alguien tan pequeña.
Maxime me miró como si recién notara ese detalle. Yo simplemente mantuve la espalda recta. La reina sonrió nuevamente.
—Maxime.
—¿Sí, madre?
—Acompaña a Anya a dar un paseo por el jardín antes de que se marche —añadió mientras se levantaba de su asiento y nosotros copiamos su acción —. Ha sido un gran placer tenerte con nosotros Anya, espero verte más seguido.
—El placer es mío, majestad.
Maxime asintió enseguida.
—Claro —respondió en dirección a su madre.
Mi intención de irme inmediatamente desapareció en ese instante.
Volvimos al jardín en un silencio incómodo. Maxime parecía tener ganas de decirme algo, más no lo hacía. Yo por mi parte, no me apetecía romper el silencio.
El aire exterior era fresco y olía a hierba húmeda. Los pájaros cantaban entre las ramas altas de los árboles y el viento movía suavemente los rosales.
Maxime caminaba a mi lado con energía tranquila.
—Hace tiempo que no venías —comentó—. Pensé que estabas enferma o algo así.
—No estaba enferma.
—Entonces deberías venir más seguido, Anya —pronunció mirándome.
No respondí.
Seguimos caminando por el sendero de piedra que atravesaba el jardín.
De repente, una voz interrumpió el silencio.
—¿Maxime?
Un niño apareció corriendo por el camino lateral.
Cabello negro, expresión confiada.
Ian Baskerville, esos ojos eran inconfundibles.
Cuando nos vio, redujo el paso, sus ojos se posaron en mí con curiosidad.
—Oh —pronunció, una sonrisa apareció en su rostro—. La pequeña sombra del príncipe.
Maxime lo miró confundido.
—¿De qué hablas?
Ian cruzó los brazos, todavía sonriendo.
—Siempre lo sigue a todas partes.
Esperaba una reacción, pero yo no tenía intención de darle lo que quería.
—Si eso es lo que cree, lord Baskerville.
Mi voz fue tranquila. Ian parpadeó, claramente no esperaba esa respuesta.
Durante un segundo me observó con más atención, luego se encogió de hombros.
—Qué aburrido.
Maxime parecía aún más confundido que antes, yo simplemente incliné ligeramente la cabeza.
—Si me disculpan, debo regresar a casa.
Maxime abrió la boca para decir algo, pero ya había comenzado a caminar.
Poco después, el carruaje de mi familia se alejaba del palacio.
El camino estaba cubierto de grava y el sonido de las ruedas era constante, casi relajante. El aire que entraba por la ventana era fresco y llevaba consigo el aroma de los campos cercanos.
Apoyé la cabeza contra el respaldo del asiento.
Los recuerdos del día pasaban lentamente por mi mente.
Maxime.
Ian.
El palacio.
Todo seguía el mismo camino que en mi vida anterior. Y eso era peligroso, muy peligroso.
Cuando finalmente llegamos a la mansión Naville, subí directamente a mi habitación. El silencio del lugar era reconfortante.
Cerré la puerta detrás de mí, el cuarto olía a lavanda, como siempre. Caminé hasta la ventana y miré hacia el jardín.
Tenía que cambiar las cosas, no podía permitir que la historia se repitiera. Tomé una decisión en ese mismo momento.
No volvería al palacio.
Si podía evitarlo, jamás volvería a encontrarme con ellos.
Ni con Maxime.
Ni con Ian.
Ni con Alexei.
También empezaré a entrenar mi magia a partir de ahora. Mucho antes de lo que había hecho en mi vida anterior.
Si quería sobrevivir, debía ser más fuerte.
...****************...
Mientras tanto, muy lejos de la mansión Naville, en uno de los balcones más altos del palacio real, una figura permanecía de pie entre las sombras.
Había observado todo.
El desayuno.
El paseo.
La conversación en el jardín.
Sus ojos siguieron el camino por donde el carruaje de Anya había desaparecido entre los árboles.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Interesante…
Su voz fue apenas un susurro perdido en el viento.
Y nadie lo escuchó.
La que la llama es ella del futuro o quien puede ser!?