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Latidos Prohibidos

Latidos Prohibidos

Status: Terminada
Genre:CEO / Romance / Enfermizo / Completas
Popularitas:19.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Thanan

Valentina Romero siempre ha vivido con una sonrisa, tratando de ver el lado bueno de la vida a pesar de su corazón frágil. Cada día es una batalla silenciosa entre la fuerza que muestra al mundo y la vulnerabilidad que la acompaña en la soledad de su habitación. Sabe que amar podría significar dolor, que entregar su corazón podría ser un lujo que no puede permitirse.

Hasta que conoce a Dante Moretti , un CEO poderoso, frío y seguro de sí mismo, cuya mirada no la trata con lástima, sino con un interés que la desconcierta y la atrae como nunca antes. Él percibe sus miedos y debilidades, pero no los juzga; él la ve.

Juntos comienzan una relación sin promesas, sin etiquetas, marcada por la pasión contenida, la complicidad y la química que ambos sienten, aunque el tiempo no esté de su lado. Mientras la enfermedad de Valentina avanza silenciosa, los sentimientos crecen y la tensión entre lo que desean y lo que temen alcanzar se hace insoportable.

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Capítulo 22: La Tormenta Compartida

El aroma a café recién hecho y a croissants calientes llenaba el acogedor apartamento de Valentina. La luz de la mañana se filtraba por las ventanas, pintando rayas doradas sobre la mesa del desayuno, donde Dante leía el periódico financiero con una ceja ligeramente arqueada, y Valentina sorbía su té de manzanilla, intentando ignorar el peso de la chaqueta de tweed que aún colgaba de la percha tras la puerta, como un fantasma de la noche anterior.

—Este hombre —murmuró Dante, señalando un artículo con el dedo— debería ser encarcelado solo por su gusto en corbatas. Es un crimen contra la humanidad.

Valentina sonrió, una sonrisa genuina y despreocupada que le llegó a los ojos.

—¿Esa es tu especialidad como CEO? ¿Juzgar las corbatas de la competencia?

—Es una métrica tan válida como cualquier otra —afirmó él, con seriedad—. La incompetencia estética suele correlacionarse con la incompetencia financiera.

La normalidad del momento era tan dulce, tan precariamente perfecta, que Valentina casi podía olvidar la losa invisible que siempre cargaba en el pecho. Casi.

Se levantó para llevar su taza al fregadero. Un movimiento simple, rutinario. Pero su cuerpo, el traidor, tenía otros planes. Un latido violento y desincronizado, un thump sordo y profundo que resonó en todo su ser como un golpe de gong, la hizo tambalearse. La taza de porcelana se le escapó de los dedos, estrellándose contra el suelo en mil pedazos que sonaron como campanas de alarma.

—¿Valentina? —La voz de Dante fue instantánea, alerta.

Ella no pudo responder. El mundo se inclinó bruscamente. La losa en su pecho se convirtió en una presión aplastante, ahogante. El aire le quemaba los pulmones al intentar aspirarlo. Se llevó las manos al pecho, los ojos muy abiertos, buscando desesperadamente algo a lo que aferrarse.

El pánico, ese viejo y familiar enemigo, se apoderó de ella con una furia que no sentía desde la noche que estuvo sola en el suelo. Pero esta vez no estaba sola.

Dante se movió con una velocidad y una calma sobrenaturales. No hubo exclamaciones dramáticas, no hubo preguntas inútiles. En dos pasos estuvo a su lado, sus brazos rodeándola con firmeza antes de que sus piernas cedieran por completo.

—Yo te tengo —murmuró, grave y sereno, justo en su oído—. No te caerás.

La guió con cuidado hacia el suelo, evitando los fragmentos de porcelana, y se arrodilló frente a ella. Sus manos no temblaban. Sus ojos, grises e intensos, escaneaban su rostro, evaluando, calculando.

—¿Dónde está? —preguntó, su voz un comando suave pero inflexible—. La medicación.

Ella, jadeando, incapaz de articular palabra, señaló con un dedo trémulo hacia el dormitorio. Él asintió.

—Respira conmigo, Val. Inspira… —inhaló profundamente— …espira. —Exhaló lentamente.

Ella intentó seguir su ritmo, aferrándose a su voz como a un salvavidas. Él se levantó y regresó en segundos con el pastillero de emergencia. Abrió el compartimento con un chasquido seco y preciso, sacó la pastilla blanca.

—Abre —ordenó, y cuando ella obedeció con los labios temblorosos, le colocó la pastilla bajo la lengua con una delicadeza que contrastaba brutalmente con la urgencia del momento—. Aguanta. Ya pasa.

Se arrodilló de nuevo frente a ella, tomando sus manos heladas entre las suyas, frotándoselas con suavidad para generar calor. No apartaba la mirada de ella. No la inundó con preguntas ansiosas. No mostró pánico. Simplemente… estuvo allí. Presente. Anclado. Su respiración, lenta y deliberada, se convirtió en un metrónomo contra el caos desbocado de los latidos de su corazón.

—Me… asusto —logró jadear Valentina, las lágrimas de miedo y frustración rodando por sus mejillas.

—Lo sé —dijo él, sin dejar de frotarle las manos—. Pero no estás sola. Yo estoy aquí. Y no me voy a ir.

Las palabras, simples y directas, calaron más hondo que cualquier promesa grandilocuente. Él no dijo «no morirás». No dijo «todo estará bien». Dijo «no estás sola». Y era la única verdad que importaba en ese infierno.

Minutos interminables pasaron. La medicación comenzó a hacer efecto. El martilleo frenético en su pecho se calmó hasta convertirse en un aleteo irregular, pero menos aterrador. La presión se alivió lo suficiente para permitirle aspirar una bocanada de aire profunda y temblorosa. El mareo retrocedió, dejando a su paso un agotamiento tan profundo que sintió que se derretía contra el suelo.

Dante lo notó al instante. El lenguaje de su cuerpo era un libro abierto para él. Con movimientos suaves y eficientes, la levantó en brazos como si no pesara nada. Ella no protestó. Se abandonó a su fuerza, enterrando el rostro en el hueco de su cuello, respirando su olor a café y seguridad.

La llevó al sofá y la acomodó entre los cojines, arropándola con una manta que estaba sobre el respaldo.

—Quiet —ordenó, con una suavidad que desarmaba—. Descansa.

Ella cerró los ojos, sintiendo cómo los temblores remitían poco a poco, reemplazados por un peso denso y pesado en cada miembro. Oyó el sonido de una escoba barriendo los restos de la taza, el correr del agua llenando un vaso. Luego, su presencia de nuevo a su lado en el sofá. No se sentó lejos. Se sentó cerca, lo suficiente para que su muslo rozara el suyo a través de la manta, una línea de calor tranquilizadora.

—¿Mejor? —preguntó, su voz un susurro.

Ella asintió, sin abrir los ojos.

—Sí. Gracias.

—No me des las gracias —repuso él—. Solo… descansa.

Permanecieron en silencio durante lo que pareció una eternidad. Valentina escuchaba su respiración, el leve crujido del sofá cuando él se movía, el latido de su propio corazón, ahora cansado pero estable. No había necesidad de palabras. El miedo aún estaba allí, el eco del dolor también. Pero por primera vez, no los cargaba sola. Él los estaba sosteniendo con ella.

Finalmente abrió los ojos. Él estaba mirándola, su expresión inescrutable, pero en la profundidad de sus ojos grises había una tempestad de emociones contenidas: preocupación, ferocidad y algo que se parecía mucho al terror.

—Lo siento —susurró ella, sintiendo la necesidad de romper el silencio.

—Por favor, no —su voz fue áspera, casi un gruñido—. Nunca te disculpes por esto. ¿Entendido?

Ella asintió, sorprendida por la intensidad de su reacción.

—Verte así… —hizo una pausa, buscando las palabras, algo que ella sabía que le costaba—. Es lo más… difícil que he hecho nunca. Pero prefiero mil veces estar aquí, contigo en el suelo, que imaginártelo sola y asustada en otro lugar.

Valentina sintió que las lágrimas volvían a sus ojos, pero esta vez no eran de miedo. Eran de un alivio tan profundo que le dolía el pecho. Extendió la mano por debajo de la manta, buscando la suya. Él entrelazó sus dedos con los de ella al instante, su agarre firme y cálido.

—Nunca me habían… cuidado así —confesó, su voz quebrada—. Siempre he estado sola en esto.

Él apretó su mano.

—Pues acostúmbrate —dijo, con una determinación que no admitía réplica—. Porque esto ya no es solo tu batalla. Es nuestra batalla.

Las palabras flotaron en el aire entre ellos, un juramento tácito, una promesa más poderosa que cualquier declaración de amor apasionada. Valentina cerró los ojos de nuevo, pero esta vez no para esconderse del miedo, sino para saborear la calma que venía después de la tormenta. Una calma que, por primera vez, no estaba teñida de soledad, sino de una presencia inquebrantable a su lado.

Y supo, con una certeza que le llenó el alma de una paz nueva y frágil, que por primera vez en su vida no tenía que ser fuerte todo el tiempo. Podía flaquear. Podía caer.

Porque Dante Moretti estaría allí para sostenerla, en silencio, sin juicios, con una fuerza tan quieta y feroz como el acero. Y eso, se dio cuenta, era el regalo más valioso que alguien le había hecho nunca.

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Melisuga
Un hombre sin conflictos externos ni hogar difícil, tan solo su propia personalidad y habilidades enfocadas hacia objetivos específicos.
Melisuga
Es el toque de humanidad que faltaba en su vida.
💖
Melisuga
Dante está desnudando su alma sin dejar nada oculto.
😍😍😍
Melisuga
A mí me resultó muy provocador...
😍😍😍
Melisuga
Sofía es una gran amiga.
💖💖💖
Melisuga
Absurdo, torcido y sacrificado; pero puro y limpio.
🥹💖🥹
Melisuga
¡Qué corazón tan grande tiene Val!
💖💖💖
Melisuga
¡Oh!
Esto sí que no me lo esperé. Me parecían unos padres medio lejanos, pero nada más. Igual, ella debió decirles.
Melisuga
Lo suponía. Sofía no sabía nada de la enfermedad de Valentina.
Izy Maldonado
Ijole que le digo, pues que logro trasmitir lo que pensaba, y me llego, gracias, gracias por compartir tu talento.
Melisuga
💖💖💖
¡Un amor más grande que el amor!
Melisuga
Esa es una gran respuesta. De hecho, la mejor que podría darle en estas, y cualquier otra, circunstancias.
Melisuga
La intensidad de los sentimientos y la relación de Valentina y Dante me desborda.
💖💖💖
Melisuga
Insisto, Dante hace las declaraciones de amor más bizarras y hermosas que he leído en mucho tiempo.
💓💖💓
Melisuga
Imaginar esta escena ha sido emocionante y especial, llena de una ternura y sensualidad de altos quilates.
Melisuga
Imagino lo abrumada que debió sentirse Valentina con tanta información médica a considerar y los riesgos a su vida a corto, mediano y largo plazos; en dependencia de la decisión que tome y conducta que siga.
Melisuga
Dante ha hecho una de las declaraciones de amor más extrañas y hermosas que haya visto o leído.
😍😍😍
Melisuga
¡Qué lindo y dulce sonó es "mi vida"!
😍😍😍
Melisuga
La forma en que Dante quiere y trata a Valentina es maravillosa y sublime. ¡Me ilusiona!
😍😍😍
Melisuga
¿Ves lo que te digo, Valentina? Él sabe distinguir una joya real escondida entre imitaciones, sean de poca o mucha calidad.
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