Keily siempre pensó que su vida sería tranquila: libros, estudios y pasar desapercibida. Lo último que esperaba era verse comprometida con Gastón Moretti, el capitán del equipo de básquetbol de la universidad… y también el chico que más la había molestado en el pasado.
Entre compromisos familiares, apariencias que mantener y la presión de una relación inesperada, ambos descubrirán que este acuerdo no será tan sencillo como parecía.
¿Podrán sobrevivir a la farsa sin que el corazón se les escape de las manos?
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Capítulo 21: Demasiado rápido
Keily
Después del beso nos quedamos acostados sobre la cama, en silencio. La luz tenue de la lámpara iluminaba apenas el cuarto, y todo parecía suspendido en un instante extraño, como si el mundo allá afuera no existiera. Sentía el peso del brazo de Gastón rodeando mi cintura y la calidez de su respiración rozando mi cuello.
Nunca pensé que algo así pudiera pasar entre nosotros. No después de tantos años de burlas, de palabras hirientes, de sentirme invisible para él. Y, sin embargo, ahí estaba: conmigo, cerca, mirándome como si yo fuera algo valioso.
Lo más raro era que, en vez de sentir incomodidad o miedo de su cercanía, me sentía segura. Como si por primera vez alguien me envolviera en una burbuja donde no podía alcanzarme el ruido del mundo.
Pero esa seguridad también traía consigo un miedo nuevo.
Miedo a confiar.
Miedo a que todo esto no fuera real.
Miedo a abrir mi corazón y que un día, sin previo aviso, él volviera a ser el Gastón que me hacía sentir tan pequeña en la universidad.
Me mordí el labio, tratando de poner en orden mis pensamientos. Sabía que había cambiado desde que vivíamos juntos. Lo veía en su manera de cuidarme, en cómo se esforzaba por no hacerme sentir sola, en cómo se enfrentaba a cualquiera que intentara humillarme. No era el mismo de antes… y aún así, las cicatrices de todo lo que pasé me hacían dudar.
Me giré un poco para observarlo. Estaba casi dormido, con los ojos entrecerrados y el gesto relajado, como si el peso de la noche se hubiera desvanecido en cuanto me tuvo cerca. No pude evitar sonreír suavemente. Una parte de mí, contra todo pronóstico, empezaba a sentir ternura por él.
Me asustaba lo rápido que mi corazón estaba cediendo.
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El sonido del timbre retumbó en el departamento, haciéndome sobresaltar.
Gastón frunció el ceño, levantándose con desgano.
—¿Quién será a esta hora? —murmuró, frotándose los ojos.
Yo me senté despacio en la cama, aún con la mente nublada por el torbellino de emociones. Escuché el eco de sus pasos en el pasillo hasta la puerta, y de pronto, la voz grave que conocía demasiado bien me atravesó como un rayo.
—Buenas noches, Gastón. ¿Está Keily?
Mi corazón se detuvo por un segundo. Esa voz.
Me levanté y caminé hasta la entrada, y cuando me asomé, allí estaba: mi papá, con el ceño fruncido y un tono demasiado serio.
—Papá… ¿qué haces aquí? —pregunté, intentando mantener la calma.
Me miró directamente, sin rodeos.
—Tenemos que hablar.
Gastón retrocedió un paso, dándome espacio, aunque yo sentía la tensión en su postura.
—Los periodistas no dejan de acosarme con preguntas —continuó mi padre, con ese tono firme que siempre usaba cuando ya tenía tomada una decisión—. Todos quieren saber cuándo será la boda. Y creo que es momento de que acuerden una fecha.
Sus palabras cayeron como un balde de agua fría.
Una boda. ¿Ya?
Parpadeé varias veces, intentando procesar lo que acababa de decir. Mi mente viajó al beso de hacía apenas unos minutos. A lo que había sentido, a esa mezcla de calma y miedo que me estaba atravesando. Apenas estábamos aprendiendo a hablarnos sin discutir, apenas me estaba permitiendo confiar en él. Ni siquiera habíamos definido qué éramos, y ya querían que pusiéramos fecha a un matrimonio.
Era absurdo. Era asfixiante.
Miré de reojo a Gastón. Tenía la mandíbula tensa, como si estuviera conteniendo una respuesta demasiado dura. Sus ojos se posaron en mí un segundo, y sentí que estábamos compartiendo el mismo pensamiento: todo esto estaba yendo demasiado rápido.
Tragué saliva.
—Papá… —comencé, pero mi voz tembló—. Apenas… apenas estamos empezando a conocernos de verdad.
Mi padre me miró con severidad, como si no entendiera.
—Ya no hay tiempo, Keily. La prensa no va a esperar. Necesitamos demostrar que este compromiso es real.
Sus palabras me golpearon en lo más profundo. ¿Real? ¿Cómo se supone que pudiera ser real si yo misma aún dudaba de mis sentimientos?
Apreté las manos contra los costados, sintiendo la respiración agitada. La cabeza me daba vueltas. Pensaba en el beso, en la manera en la que me había hecho sentir protegida, en el calor que aún llevaba en la piel… y en lo injusto que resultaba que, en lugar de poder disfrutar ese instante, ya nos estuvieran empujando hacia un altar que todavía no tenía sentido para mí.
¿Cómo se supone que ponga fecha a algo que todavía no entiendo?
Y por primera vez en mucho tiempo, me asustó no solo lo que sentía por Gastón… sino también lo rápido que el mundo quería que lo confirmara.