Diodora vive en Hermich, un pueblo pobre y olvidado, donde a veces un pan al día es todo lo que hay para sobrevivir. Entre las artesanías que vende, guarda un secreto que nadie debe conocer; recuerda otra vida, con conocimientos imposibles para este mundo.
Un día, un comerciante le ofrece un saco de fertilizante. Pero lo que Diodora descubre es mucho más que eso; cacao, un tesoro desconocido capaz de cambiar el destino de su familia y abrir un futuro nuevo. Sin embargo, un solo error bastaría para que la acusen de bruja y la condenen al fuego.
Y mientras lucha por mantener su secreto, un hombre misterioso aparece dispuesto a protegerla... Siempre y cuando comparta con él lo que nunca nadie ha probado, el chocolate.
¿Hay un mundo donde no exita el chocolate?
Junto a Diodora, volverá a nacer el postre más aclamado de todos los tiempos.
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Capitulo 3
— Es justo como lo imaginé. El sabor está perfecto —mencionó Diodora, rebosante de felicidad.
— ¿Y ahora qué, hermana? —preguntó Tabatha, expectante.
Diodora respiró hondo, como si necesitara un último empujón de valor, y tomó una decisión que estaba ya decidido desde que iniciaron.
— Es hora de contárselo a nuestros padres. Violeta, nos has salvado. Estamos agradecidas por tu ayuda. Te prometo que compensaré este favor.
La mujer, con su vientre prominente, las miró como si fueran sus propias hijas. No hubo reproche en su voz, solo un consejo sereno.
— Sea lo que sea que estén haciendo, mientras no ponga en peligro sus vidas, será suficiente para mí. Después de todo, pronto seré madre, y si fueran mis hijas, estaría preocupada por esas actitudes tan arriesgadas.
Diodora apretó a Tabatha en un medio abrazo. Su promesa era clara; nada de lo que emprendiera pondría a su familia en riesgo.
« Es chocolate. No creo que le haga daño a nadie… Al menos que alguien sea alérgico. Pero sí, es arriesgado. Y aun así, no tengo más opción si quiero sacar a mi familia de la miseria.»
La cesta cargada de granos tostados pesaba, pero es la carga que representa su futuro. El siguiente paso era molerlos. Y para eso, necesitaba algo que había en casa, el molino de maíz que su madre usaba en temporada de cosecha.
Al entrar en la casa, el sol de la tarde tiñó la entrada de un naranja cálido, acompañándola al entrar. No fue necesario llamar a Agatha; la madre ya estaba esperándolas con el ceño fruncido.
— ¿Dónde han estado? — preguntó con voz firme— Sé que en el mercado no, porque la mercancía sigue aquí.
Diodora respiró profundo.
— Te debo una explicación, pero necesito que la escuches junto con padre. Es algo grande, madre. Muy grande.
Agatha las miró confundida, sin entender nada. Tabatha, fiel a su palabra, no dijo ni una sola palabra. Su rostro era pura lealtad hacia su hermana. Agatha suspiró y decidió esperar a Ferguson. No obstante, Diodora aprovechó la pausa para preguntar con cautela.
— ¿Dónde está el molino de maíz?
— Junto a la chimenea… Pero ¿Para qué lo necesitas? Aún no es temporada.
Tabatha, obediente, se movió despacito hacia la cocina siguiendo las instrucciones que su hermana le había dado en el camino. Agatha, desconfiada, la siguió de cerca, intrigada por aquella actitud extraña.
— Tabatha… — la voz de la madre era llena de dudas.
— Madre, sé que esto es raro, pero confía en nosotras.
Diodora colocó la cesta sobre la piedra de la cocina y retiró la manta. El aroma del cacao tostado llenó el aire, un olor intenso y penetrante, desconocido para Agatha, pero que Diodora reconocía como un tesoro. Limpiaron el molino, prepararon un recipiente y comenzaron el trabajo.
El crujir de los granos al ser triturados se mezclaba con el esfuerzo de los brazos de Diodora. Cada giro desprendía un olor más fuerte, casi embriagador. Agatha, aunque incrédula, no pudo quedarse de brazos cruzados; tomó el molino y comenzó a ayudar, sin saber qué estaba creando, pero consciente de que aquello significaba mucho para su hija.
Cuando todo estuvo molido, Diodora encendió el fuego. En la caldera, vertió la poca leche que quedaba para la cena. Su mirada brillaba con cada movimiento, como si reviviera a su abuela en ese instante.
— Tabatha, la miel. Y trae tres tazas. Padre llegará pronto.
La menor corrió y volvió con lo pedido. Diodora endulzó poco a poco, probando, hasta lograr un equilibrio perfecto. Revolvió con paciencia hasta que la mezcla quedó espesa, cremosa, lista para sorprender el paladar de su familia.
El aroma a chocolate caliente se expandió por toda la cocina, llenando cada rincón de dulzura. Tanto estaban concentradas en el olor que no notaron la presencia de Ferguson, quien las observaba en silencio, confundido y fascinado al mismo tiempo.
— ¿Qué está pasando aquí? — su voz era grave.
Agatha dio un brinco, pero antes de que hablara, Diodora se adelantó y le extendió una taza humeante.
— Es la cena de hoy, padre. El chocolate caliente se disfruta mejor con pan.
Con manos temblorosas, se lo deja a su padre, luego, sacó el pedazo de pan y lo colocó en la mesa junto a las tazas restante. Nadie probó de inmediato. El silencio es eterno. Todos esperaban una señal. Y fue Diodora quien rompió la tensión.
— Buen provecho, familia.
Se sentaron, menos ella, que prefirió observar. Y cuando sus labios tocaron la bebida, el resultado fue el que había soñado; asombro, incredulidad y, finalmente, placer.
— Hermana… ¡Tenías razón! Esto es exquisito. — exclamó Tabatha con entusiasmo.
— ¿Cómo hiciste esto? —preguntó Agatha, maravillada, sin poder creerlo.
Diodora sonrió con humildad.
— Familia, este será nuestro nuevo negocio. Lo que tienen en sus manos se llama chocolate. Los granos de cacao pueden transformarse en muchas cosas. Solo necesito que me ayuden.
Ferguson, callado hasta el momento, se levantó. Su sombra cubrió a Diodora, pero en lugar de regaño, le ofreció un reconocimiento inesperado.
— Sabía que algo raro tramaban. No quise entrometerme para ver hasta dónde llegarían. Y hoy veo que superaron mis expectativas. Pedirnos ayuda… Haremos mucho más que eso. Confía en nosotros. Lo que nos has dado hoy conmueve el corazón.
Sus palabras tocaron a Diodora como una luz. Era la confirmación de que no estaba sola. Ferguson le puso la mano en el hombro y habló con firmeza.
— Hija, desde hoy te delego el liderazgo de la familia en este asunto.
— ¿Eh? Pero, padre…
— Tú sabes qué hacer con esto. Guíanos.
El corazón de Diodora latía con fuerza. El plan comienza con su segunda fase; hacer que la gente con dinero probara el chocolate. Si los rumores se extendían, pronto vendrían más clientes, incluso de la Capital. Pero el problema era evidente, la financiación. Tenían granos, pero la miel y la leche eran insuficientes.
Entonces, Tabatha corrió a su cuarto y volvió con su tesoro más preciado, un peluche de oveja, blanco y relleno, llamado Chauder.
— Tómalo, hermana. Véndelo, es valioso.
Si, es muy valioso, pero para Tabatha, quien tuvo ese peluche desde que tiene memoria. Diodora se quedó muda unos instante, porque reconoce ese objeto de valor sentimental.
— Es tuyo, Tabatha… yo no podría… Ah, está bien.
No quería romperle la ilusión a su hermana. Aunque en el fondo sabía que jamás lo vendería.
Agatha también fue y regresó con algo en la mano; un anillo antiguo, la joya familiar heredada de primogénita en primogénita. Plata pura. Una joya muy cara si lo logra vender a buen precio.
— Este anillo siempre ha pasado de madre a hija. Ahora es tuyo, Diodora. Úsalo para este nuevo camino. No podía dártelo si no te has casado, pero creo que romperé la tradición por tí.
Las lágrimas amenazaban con brotar, pero ella se las contuvo.
— Lo usaré para bendecir a esta familia.— prometió.
Ferguson fue el último en aportar.
— El granjero me debe un favor enorme del último trabajo que le hice en su granja. Mañana mismo escogeré la mejor vaca de su rebaño. Tendremos leche fresca.
— Padre… Es un sacrificio muy grande.
— No, hija. Es una inversión en ti. Pediste nuestra ayuda ¿No?. Ahora, acepta lo que venga. Porque será una bendición.
_______ Al día siguiente.
Cuando el sol apenas había cruzado el mediodía, Diodora y Tabatha caminaron rumbo al mercado. Esta vez no llevaban artesanías, sino un barril con leche, acompañadas de Ferguson, quién cargaba con esfuerzo el barril, mientras que las hermanas transportaban un pesado caldero ennegrecido por el uso, donde hervirían la mezcla espesa y aromática del chocolate. El clima estaba de su lado; un día lluvioso, fresco, perfecto para una bebida caliente.
Montaron un pequeño puesto improvisado, hicieron la fogata para colocar el caldero. El resto, es la misma repetición que hizo Diodora en la noche para el chocolate. Al principio, nadie se acercaba. Los pocos clientes miraban con indiferencia, sin entender qué vendían. Fue Tabatha quien rompió la monotonía.
— Dame un poco, hermana. Sé cómo hacer que se acerquen.
Diodora le sirvió una taza y sonrió.
— Te adoro, hermanita. Aunque al inicio dijiste que solo serías mi ayudante. Que no me pediría más.
— Jamás dije eso. Debes estar confundida.— ríe, intentando callar el tema.
Con su taza humeante, Tabatha caminó entre los puestos del mercado, dejando que el aroma embriagara el aire. Se acercó a comerciantes, clientes, se pusieron modo curiosos. El olor dulce y amargo, cálido y nuevo, despertó sus sentidos.
En menos de veinte minutos, la estrategia dio frutos. Una pequeña multitud se formó frente al puesto de Diodora, atraída por aquella bebida misteriosa. Los primeros en probar quedaron maravillados.
— ¡Cariño! ¡¿Que te pasa?!— exclamó una mujer, asustada, al ver a su marido arrodillado en el suelo. Mirando el cielo.
— Es que esto... Esto es delicioso... Mi cuerpo entero se calienta. Incluso lo siento en los huesos, en mi corazón.— había probado una taza del chocolate. Su mujer sintió curiosidad también, no sin antes contarle a la vecina de este nuevo acontecimientos.
Y pronto, el rumor empezó a correr de boca en boca. En el mercado de Hermich hay una bebida caliente que parece un regalo de los dioses.
El chocolate había nacido oficialmente en aquel pueblo olvidado.
Cuando la gente se amontonaba frente del caldero, el vapor dulce del chocolate envolvía el aire como un hechizo. Tabatha recibía el dinero entusiasmada. Creía que le faltaría manos para tomar tantas monedas. Todos querían probar, hasta que una voz rompió la armonía.
— ¡Eso no es comida, es brujería! —gritó un hombre con el rostro duro y el dedo señalando a Diodora.