Samantha no encaja en los estándares, y está cansada de que el mundo se lo recuerde a cada paso: en el espejo, en las miradas ajenas, en las palabras que duelen más de lo que muestran. Pero detrás de cada inseguridad hay una fuerza callada. Y cuando el nuevo profesor llega a su vida con una mirada distinta —una que no juzga, que no exige, que desea— todo comienza a cambiar.
Lo que empieza como una atracción silenciosa se convierte en algo que ninguno de los dos esperaba.
¿Podrán mantenerse al margen de lo prohibido? ¿O hay cosas que, aunque quieran ocultarse, terminan por estallar?
Una historia de deseo, ternura y valentía.
Porque a veces el amor no llega cuando te sentís lista… sino cuando por fin dejás de esconderte.
NovelToon tiene autorización de Maia_M para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 21 Especial — Lo que no dijo su silencio (Maratón 4/5)
Gabriel
Sabía que su silencio no era un no. Tampoco un sí. Era una pausa. De esas que están llenas de deseo contenido, miedo y fuego al mismo tiempo. Esa forma de mirarme, de bajar los ojos y después volver a subirlos con una sonrisa mínima, como si todo en ella estuviera a punto de quebrarse. No necesitaba una confirmación. Su cuerpo ya hablaba por ella.
Y hoy, en clase, fue peor.
Porque la vi junto a Clara, riendo como siempre, pero detrás de esa risa había algo más. Había algo en la forma en que pasaba los dedos por su cuello, en cómo se acomodaba el cabello detrás de la oreja, en cómo cruzaba las piernas. No lo hacía por mostrar nada. No buscaba provocarme. Pero yo… no podía dejar de imaginar.
Me acerqué cuando Clara se fue. No quería seguir fingiendo que lo nuestro no estaba ahí, latiendo cada vez más fuerte.
—¿Tienes un minuto? —le pregunté.
Ella asintió sin decir palabra. Caminó a mi lado como si supiera a dónde íbamos. Entramos a uno de los salones vacíos. Cerré la puerta.
Se quedó quieta, de pie frente a mí, con los labios entreabiertos, como si esperara que yo dijera algo primero.
—No quiero que sientas que esto es presión —empecé—. Pero no quiero seguir ignorando lo que siento por ti. Lo que deseo.
—Gabriel…
Su voz fue un suspiro.
Mi nombre en su boca me desarmó.
—Si me dices que no, me detengo ahora —agregué.
—¿Y si no te digo nada? —preguntó ella, y dio un paso hacia mí.
—Entonces te beso.
Y me besó ella primero.
Sus labios tocaron los míos con una mezcla perfecta de timidez y hambre. Me sorprendió su entrega, cómo se aferraba a mi camisa con los dedos mientras su cuerpo se amoldaba al mío. Mis manos encontraron su cintura, la atrajeron más, y nuestros cuerpos se alinearon como si el deseo no necesitara instrucciones. La besé con más profundidad, bajando una mano por su espalda, luego por su muslo, hasta acariciar la curva sobre el pantalón. Ella no se alejó. Al contrario, se pegó más, como si no pudiera tenerme lo suficientemente cerca.
La levanté con cuidado y la senté sobre la mesa. Sus piernas se abrieron ligeramente, mi cuerpo quedó entre ellas, mis manos firmes en su cintura, en sus muslos. El roce era limitado por la ropa, pero no hacía falta más. La besé en el cuello, despacio, dejando el aliento tibio ahí. Ella se arqueó apenas, cerró los ojos, me sostuvo más fuerte. Su cuerpo era todo deseo contenido, a punto de romperse en mis manos.
—No me detengas —susurró.
—No quiero —le dije.
Estaba listo para perder el control.
Y entonces… el celular vibró.
—Lo siento —murmuré.
Ella bajó de la mesa, se acomodó el cabello con las mejillas encendidas. Su respiración seguía agitada. Contesté rápido. Dije lo justo. Corté.
Y cuando volví a mirarla, me quedé inmóvil. El cabello algo revuelto, la boca húmeda, los pantalones ajustados marcando sus curvas aún tensas. Estaba preciosa. Irresistible.
Me acerqué, bajé la voz hasta su oído.
—No sé si voy a dejar de pensar en esto esta noche.
Ella me miró. Silencio.
Entonces añadí, más bajo, solo para ella:
—Desearía verte con una falda corta… sentada sobre este escritorio… con mis manos subiendo por tus muslos. Solo eso.
Ella se estremeció. Bajó la mirada. Las mejillas más rojas aún.
—Gabriel… —susurró.
No necesitaba más.
Ese estremecimiento me lo dijo todo.
Me acerqué una última vez. Le rocé apenas el mentón con los dedos.
—Hasta mañana, Samantha —dije, lento, sosteniendo su nombre entre los labios como un secreto íntimo.
La dejé ir. Esta vez.
Pero sabía que la próxima… no me bastaría con imaginar.