PRIMER LIBRO DE LA SAGA.
Luciana reencarna en el cuerpo de Abigail una emperatriz odiada por su esposo y maltratada por sus concubinas.
Orden de la saga
Libro número 1:
No seré la patética villana.
Libro número 2:
La Emperatriz y sus Concubinos.
Libró número 3:
La madre de los villanos.
( Para leer este libro y entender todos los personajes, hay que leer estos dos anteriores y Reencarne en la emperatriz divorciada.
Reencarne en el personaje secundario.)
Libro número 4:
Mis hijos son los villanos.
Libro número 5:
Érase una vez.
Libro número 6:
La villana contraataca.
Libró número 7:
De villana a semi diosa.
Libro extra:
Más allá del tiempo.
Libro extra 2:
La reina del Inframundo.
NovelToon tiene autorización de abbylu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 22
En el harén, Stefan les contaba a los concubinos lo sucedido con el emperador y les advertía que debían tener cuidado, ya que probablemente tomaría represalias.
—Habla por ti. No fue a nosotros a quienes atrapó con su mujer en brazos —espetó Bruno, algo molesto.
—¿Y tú crees que eso hará alguna diferencia?
—En eso tiene razón —intervino Mateo—. El emperador nos ve a todos como enemigos.
—Yo pienso que estuviste lento —opinó Calixto—. Le tendrías que haber cortado la mano.
—Ganas no me faltaron, pero Abigaíl me lo impidió.
—¿Creen que aún sienta algo por él?
—No lo creo —dijo Diego, con tono medido—. Por lo poco que la conozco, pienso que tiene planes más grandes para ese hombre.
La conversación fue interrumpida por los guardias de la emperatriz.
—Disculpen, caballeros —dijo uno de ellos, con voz firme—. Soy el capitán del primer escuadrón de la emperatriz. Solo queríamos informarles que un grupo de cien hombres estará custodiando las afueras del harén. Esto es por su seguridad. Si ven algún movimiento sospechoso, avisen de inmediato.
—Muchas gracias. Puede retirarse —respondió Damon.
—Esto es serio —dijo Bruno, más pensativo.
—Ya envié una carta a mi gente. Si me llega a pasar algo, tienen órdenes de acabar con el emperador —sentenció Stefan.
—Tendremos que apurar nuestros planes —agregó Gustavo.
Continuaron hablando hasta que cayó la noche. Ese día, la emperatriz les informó que solo cenaría con ellos, ya que tenía trabajo pendiente.
---
En su oficina, Abigaíl trabajaba con determinación. Estaba decidida a convertirse en la mejor candidata a emperatriz. No permitiría que el emperador siguiera al mando.
Por otro lado, las concubinas del emperador vivían con temor ante sus visitas inesperadas. Su carácter se había tornado agresivo. Algunas debían ocultar con maquillaje las marcas que él les dejaba. Últimamente, pasaba las noches con varias de ellas; se había vuelto insaciable, y a todas las llamaba por el mismo nombre: Abigaíl.
En ese momento, una de las concubinas era ayudada a vestirse por un sirviente, llorando silenciosamente.
—Deja de llorar. Odio los lloriqueos.
—Majestad... me ha lastimado...
—Llamaré a un médico —dijo con frialdad, y se marchó.
Volvió a su oficina para terminar algunos asuntos pendientes. Al llegar, su consejero lo esperaba.
—Majestad, tiene que atender varios asuntos importantes. No puede seguir descuidando su labor.
—¡Suficiente! Sé muy bien cuáles son mis deberes. No necesito que me lo estén recordando.
—Lo siento, Majestad. Solo cumplía con mi trabajo...
—Pues no es necesario. Ahora, déjenme solo.
Los consejeros salieron, dejándolo a solas.
—¿Abigaíl, qué me estás haciendo...? —murmuró, hundido en sus pensamientos.
---
Los días pasaban y los concubinos pusieron en marcha los planes de Abigaíl. Se ganaron el favor de la corte al proponer proyectos que transformaban el imperio: caminos, puentes, centros médicos... todo tipo de iniciativas que beneficiaban al pueblo. El turismo creció y con ello, las inversiones de los nobles. Poco a poco, comenzaron a ver a la emperatriz con otros ojos.
Mientras tanto, Steven delegaba todo su trabajo en ella. Se le veía borracho por los pasillos, descuidado, y cada vez más temido por sus concubinas. Aquellos nobles que antes lo apoyaban empezaban a dudar de su capacidad como gobernante.
Una mañana, llegó una carta del Imperio de Malevo: el príncipe heredero estaría de paso y solicitaba hospitalidad. Steven decidió informar personalmente a Abigaíl. Era la primera vez que se veían a solas desde su último enfrentamiento.
Al llegar a su oficina, vio salir a dos concubinos. Ellos se inclinaron y siguieron su camino. Sin prestarles mayor atención, tocó la puerta y entró tras escuchar el permiso.
Abigaíl alzó la vista, lo miró con sorpresa y despachó a su acompañante.
—Bueno, eso sería todo. Puede retirarse.
—Claro, Majestad —respondió Milton, inclinándose ante ambos antes de salir.
—¿A qué debo su visita, Majestad?
—Vengo a pedirte una disculpa.
—¿Cómo...? —Abigaíl lo miró con cautela, señalando la silla frente a ella.
Steven se sentó, algo nervioso.
—Sé que no me he comportado bien contigo. Quiero remediarlo. Este tiempo separados me hizo darme cuenta de muchas cosas...
—Alto. ¿Qué tramas?
—¿Perdón?
—Vienes aquí con cara de niño regañado a pedirme perdón... algo tramas.
—Sé que mi actitud es rara, pero estoy arrepentido. No dejo de pensarte, Abigaíl. Solo sueño contigo. Cariño, dame una segunda oportunidad. Juro que...
—No jures en vano, Majestad. Yo no soy una niña a la que se le pinta un paisaje colorido para que se crea el cuento. ¿De verdad crees que, con estas palabras, voy a caer otra vez?
—¿Qué tengo que hacer para que me creas? No logro concentrarme en nada. Me siento perdido. Te necesito.
Rodeó el escritorio, se arrodilló frente a ella y tomó su rostro entre sus manos.
—Perdón por ser un idiota —susurró antes de besarla.
Ella respondió al beso, dejándose llevar. Parecía sincero... pero eso no cambiaba nada. Aun así, pensó que no pasaba nada por probar un poco de "la mercancía". Se separó, recuperando la compostura.
—Basta. Esto no cambia nada.
—Lo sé. Pero te necesito... a ti, a mi esposa.
Abigaíl era débil ante las súplicas sexuales. El cronograma que había hecho con sus concubinos se desmoronó hacía tiempo: ninguno respetaba hora ni día. Bastaba con que le rogaran un poco, y ella accedía. La carne era débil... y ella, la más débil.
—Aquí no...
—Vamos a mi alcoba.
—Creo que es una mala idea.
—Después te arrepientes si quieres. Pero ahora... te necesito.
Ella se mordió el labio.
—Al diablo... pero que quede claro: es solo sexo.
—Lo que digas, nena.
La levantó del asiento, la atrajo hacia sí y volvió a besarla. Luego, sin soltarla, dijo:
—Vamos.
La tomó de la mano y la arrastró fuera de la oficina antes de que pudiera arrepentirse.
no es mucho pero ya voy a dejar está pp me voy mejor a la naranja
espero verte x hay bendiciones