Erena tenía las manos demasiado ocupadas como para aceptar algo más, así que se había resignado a cuidar de lo que tenía y ser tan feliz como pudiera con ello; entonces reapareció él, ofreciéndose a ayudarle a cargar lo que llevaba consigo y debía ser responsabilidad de ambos, dándole una nueva oportunidad para hacer mucho más, dándole una SEGUNDA OPORTUNIDAD.
NovelToon tiene autorización de MaryEre para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 21
Recordaba haber alegado hasta el cansancio con ese hombre que la había invitado a vivir con él, incluso recordaba que sus argumentos habían sido mucho mejores que los de él, entonces, ¿por qué razón estaban sus hijos corriendo a sus habitaciones en esa casa que ella no conocía?
—La casa...
—La compré —informó Alonso, que no había necesitado que la mujer terminara su frase para saber lo que iba a preguntar—. Me hubiera gustado pedirte opinión, pero para eso debía esperarte no sé cuánto tiempo y a mí me comen las ansias. Mi madre me ayudó a escogerla, también se hizo cargo de la decoración de casi todo junto a Ángela.
Erena miró a todas partes, descubriendo que algunas cosas las había elegido ella, sin saber, pues para ella habían sido tan solo opiniones a las preguntas de Macaria y Ángela.
» Las habitaciones de los niños están decoradas por ellos —informó el hombre, que se mostraba feliz de que sus hijos ya disfrutaran de algo que esperaba la madre de ellos disfrutara pronto también.
Alonso miró a la mujer que, empuñando con fuerza el mango de su maleta, no se movía de donde parecían estar clavados sus pies al suelo.
» No pongas esa cara —pidió Alonso, andando hasta Erena y tomando su mano libre con delicadeza, provocando que la chica le mirara a él—. Parece que estás por entrar a una prisión, y te juro que es lo menos que quiero que sientas. Ere, esta es nuestra casa, un lugar para compartir la felicidad y para apoyarnos mutuamente. Por favor piénsalo así.
Erena sonrió incómoda. Seguía nada contenta con la idea, pero algo muy dentro de ella seguía asegurando que había hecho lo mejor que podía haber hecho, así que se sentía un poco satisfecha consigo misma.
» Además —habló el hombre, jalando a la chica con una mano hacia su habitación—, tienes un montón de cosas por hacer, por ejemplo, hay que poner a la venta tu casa.
—¿Por qué querría poner a la venta mi casa? —preguntó Erena sorprendida, casi molesta.
—Porque así no tendrás lugar a donde escapar —señaló Alonso, sonriente—. Yo ya vendí mi departamento y le firmé a mi mamá una carta compromiso de que no va a recibirme a vivir de vuelta en ese lugar jamás, mucho menos si es porque discutí contigo.
—No voy a vender mi casa —advirtió la castaña sin sonreír, el chistecito de Alonso no le había causado ninguna gracia.
—Bien —concedió Alonso—, por ahora, pero seguiré insistiendo. Ahora entremos para que conozcas nuestro nidito de amor.
—¿Compartiremos habitación? —cuestionó la madre de dos, deseando que ese fuera otros de los chistes malos de ese hombre.
—Por supuesto —respondió Alonso con una sonrisa de oreja a oreja, pues él estaba demasiado feliz de haber ganado su batalla con ella, esa que planeaba fuera la primera de no tantas antes de terminar en una victoria.
—¿Estás loco? —cuestionó la joven—. ¿Por qué vamos a compartirla?
—Porque de esa manera podré revisar si duermes bien o no, además de que podré detenerte de hacer tareas y quehaceres en las noches —explicó el cuestionado.
La respuesta de Alonso terminó con él abrazado a ella, que le veía en serio contrariada mientras despegaba, tanto como los brazos del hombre que la aprisionaban permitían, su cuerpo del de él.
—¿Cómo sabes que hago tareas y quehaceres en la noche? —preguntó la joven, deseando con todas sus fuerzas que no era porque la vigilaba por la ventana de su casa todas las noches.
—Bonita, tienes dos pares de ojos que no te quitan la vista de encima y que me cuentan todo lo que haces —explicó Alonso—. Puede que no lo creas, pero sé más de ti de lo que debería saber.
Erena no supo qué debería responder ante tal declaración, pero decidió que no era momento de enfocarse en ello. Su prioridad era, sin duda alguna, conseguir una habitación diferente a la de él en ese lugar.
—Alonso —habló la joven, un poco nerviosa por lo que diría. Y es que deseaba ser en extremo cuidadosa con sus palabras para no decir algo que hiriera a ese hombre que no hacía otra cosa que intentar hacerla feliz, según él—, yo... no quiero dormir contigo.
—¿Por qué? —cuestionó Alonso, en ese tono juguetón que Erena odiaba en serio—. No ronco... tan fuerte.
Erena le miró con fastidio, dejando incluso caer su cabeza un poco hacia un lado, denotando su cansancio.
—Creo que sería raro —dijo ella—. Te lo dije ya, no quiero tener una relación justo en este momento. No tengo tiempo para ello, así que...
—Lo sé —aseguró Alonso, interrumpiéndola—. Pero es para que te vayas acostumbrando y, así, cuando ya quieras ser mi esposa, no necesites prepararte mentalmente para ello. Además, déjame decirte que, como no quiero aceptar un no como respuesta, no hay otra habitación disponible para ti.
—Entonces dormiré con los niños —declaró Erena, ahora sí muy molesta.
Y es que el hecho de que ese hombre hiciera todo a su manera, sin considerar sus opiniones o necesidades, era algo que le molestaba demasiado a esa mujer.
Alonso suspiró, y, justo como la joven lo hubiera hecho segundos atrás, también dejó caer su cabeza con cansancio, solo que él lo hizo hacia atrás.
—¿Por qué siempre peleas conmigo por todo? —preguntó el hombre, sentándose en la orilla de una cama que estaba casi cien por ciento seguro que no compartiría con ella.
—Porque nunca escuchas mis opiniones —aseguró ella—. Alonso, no puedo no pelear contigo cuando todo lo que haces es lo que no quiero que hagas y, lejos de considerarme, intentas obligarme a seguirte el paso en todas tus locuras.
—¿Crees que es una locura querer hacer una vida contigo? —preguntó el hombre y la mujer que amaba asintió sin ápice de broma en expresión.
—Creo que es una locura querer obligar a una mujer, que no está lista para hacer una vida con nadie, a hacer una vida contigo —dijo ella.
—¿Así es como me ves? —preguntó Alonso— ¿Cómo un maldito idiota que te obliga a hacer lo que no quieres hacer?
—Lo hago —informó Erena—. Estás tan obsesionado por alcanzar tus caprichos que te vale gorro la opinión de los demás. Pero nadie en el mundo estaría dispuesto a hacer todo lo que ordenas solo porque tú lo quieres. Mi vida no es tuya, no puedes decidir por ella.
—¡No es por capricho, es por amor! —aseguró Alonso, enfatizando la última palabra—. Y, si lo odias tanto, ¿por qué rayos aceptaste vivir conmigo, entonces?
—Por idiota, Alonso —respondió la joven, volviendo a sentir que las ganas de llorar volvían a ella—. Porque creí que me ayudarías a salir de un camino en el que me encuentro perdida y agotada, pero lo único que sigues haciendo es presionarme y esperar a que me rinda a tus pies. Ni siquiera tengo tiempo de ver a mis hijos en todo el día y tú quieres que haga una vida en matrimonio contigo como si fuera nada. ¿Qué es lo que quieres en realidad de mí, Alonso?
—Pensaba que quería ayudarte —dijo el hombre, algo descolocado al ver el llanto de una mujer que, tal como ella lo mencionaba, se veía perdida y desesperada—, pero ahora parece que quería engañarte para traerte aquí y comerte.
Erena negó con la cabeza, el sarcasmo en la respuesta el joven la hería demasiado. Sí, entendía que él se había sentido ofendido con lo que ella había dicho, pero ella no era la mala de ese cuento, y él no quería darse cuenta de ello.
—Ojalá fueras menos inmaduro —dijo la joven, sin poder dejar de llorar—... ojalá pudieras entender que me estoy ahogando con todo lo que cargo para que dejaras de poner tus deseos egoístas sobre de mí, porque más peso no me hará flotar.
Erena tomó su maleta y caminó fuera de la habitación lentamente, pues sentía que si se movía demasiado se haría pedacitos, y no tenía tiempo para sentarse a recoger cada parte de sí misma y pegarse un poco.
—Perdón —dijo Alonso, alcanzándola antes de que saliera del lugar y tomándola por una mano—. Estaba emocionado porque dijiste que sí, pensé que estabas abriéndote al fin a mí, y luego me rechazaste de nuevo, como siempre, así que, de alguna manera, sentí que jugabas conmigo y me molesté. Lamento haber actuado así, pero, en mi defensa, tengo que decir que no sé actuar de otra manera.
—Lo sé —aseguró la joven—, y, lamentablemente, yo no tengo la paciencia de aguantarlo. Lo lamento, pero, a diferencia de ti, que tienes la vida resuelta y puedes pensar en cualquier cosa, tengo dos hijos, dos empleos, una escuela y un hogar que atender... No tengo energías, tiempo ni ganas de hacer nada más.
—Eso lo sé yo —aseguró el hombre—, por eso te traje aquí, Para que atendamos juntos dos hijos y un hogar, y así te sientas menos presionada con tus dos empleos y la universidad. Quiero ayudarte, no que me cuides, así que, por favor, ignora todo lo que te molesta de mí, solo ve mi lado bueno, que es el que te quiero ofrecer.
Erena le miró agotada, pues, debido a la mudanza, ella tenía demasiadas horas, que desearía haber estado descansando o haciendo una de sus tantas tareas, empacando y moviéndose. Estaba en serio agotada, y aún le restaba desempacar, pero ese hombre no cooperaba con ella.
—Yo creo..., creo que esto no va a funcionar —declaró Erena, haciendo pucheros que no podía contener—..., eres demasiado para mí, y, como te dije, yo ya cargo con muchísimas cosas.
Alonso miró al cielo, más herido por la apariencia de la chica que por el nuevo rechazo.
—Intentémoslo —pidió el joven y, cuando abrazó a la mujer de su vida, que continuó llorando por quizá todo lo que pasaba en su vida, sintió por primera vez una profunda necesidad de conocerla, de entenderla y de remediar las necesidades de esa mujer.