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Objetivo: Inalcanzable

Objetivo: Inalcanzable

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Reencuentro / Completas
Popularitas:5.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para el círculo militar y la alta sociedad, ella es la intocable "princesa de cristal": la menor de cuatro hermanos que visten uniforme de élite, la niña consentida de un temido General de cuatro estrellas y la heredera natural del imperio de moda de su madre. Nadie imagina que, a puertas cerradas, sus hermanos la entrenaron sin piedad para que jamás fuera el eslabón débil de la dinastía.
El verdadero golpe no lo recibió en un campo de tiro, sino en una fiesta de graduación.Tras arreglarse para ser vista como la mujer que es, escucha al mejor amigo de su hermano —el chico del que estuvo enamorada en secreto durante años— burlarse de ella y despreciar sus sentimientos ante su círculo militar solo para inflar su ego y marcar territorio.
Ella se marcha con una sola promesa grabada a fuego: ser la mejor

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Capítulo 22: Fuga en el Pacífico

Villa Las Olas, Pedregal de Cabo San Lucas.

16:30 Horas.

El Pacífico rugía contra los acantilados de granito dorado con una violencia hermosa.

Construida sobre tres niveles escalonados en la roca viva, la villa privada que Vivienne Keller había reservado para su hija era un santuario de mármol blanco travertino, madera de teca y ventanales corredizos que se abrían por completo a una piscina infinita suspendida sobre el vacío. El aire olía a salitre cálido, buganvilias silvestres y a la brisa marina que soplaba a veintiocho grados bajo un cielo azul cobalto.

En las tumbonas dobles de la terraza inferior, el ambiente no se parecía en nada a los búnkeres de Virginia.

—Repíteme despacio lo que estoy viendo —exigió Chloe, bajándose las gafas de sol de pasta blanca sobre el puente de la nariz mientras sostenía una copa de margarita de mango escarchada con tajín—. Porque juro por Dios que si te toco el abdomen, me voy a fracturar dos dedos.

Sienna acababa de salir del vestidor de la suite principal.

Llevaba un bikini triangular de seda mate en tono verde esmeralda —diseño exclusivo de la última colección de su madre— que dejaba al descubierto su figura completamente esculpida por el entrenamiento de choque: hombros definidos, cintura afilada y unas piernas de atleta que se movían con una cadencia elástica. En el hombro izquierdo se adivinaba la pequeña marca pálida de una quemadura por roce de metralla, y sobre la cadera derecha, la piel conservaba una línea blanca y limpia de dos centímetros donde una hoja enemiga había intentado frenar su avance en Bielorrusia.

Se colocó unas gafas de sol oscuras de montura metálica y se recogió el cabello castaño en un moño alto desordenado, dejando que varios mechones ondulados le acariciaran la clavícula:

—Se llama entrenamiento físico de supervivencia, Chloe. En lugar de pilates con música de spa, me hacían correr con mochilas de plomo bajo la lluvia.

—A mí no me engañas con el manual patriótico —intervino Valeria desde la tumbona contigua, con un caftán de lino blanco y su tableta en el regazo—. Hackeaste el sistema central de la agencia para borrar el registro de tus llamadas a Boston durante cuatro meses. Sabemos que estuviste en un complejo clasificado en las montañas. ¿Y ahora vuelves con la espalda de una pantera, reflejos para atrapar una mosca al vuelo y un séquito de guardaespaldas con corbatas del gobierno?

Sienna se dejó caer con gracia sobre una de las colchonetas acolchadas, estirando las piernas hacia el sol del mediodía:

—Mi trabajo es clasificado, Val. Si les cuento los detalles, un equipo de extracción federal tendría que venir a confiscarles los teléfonos y deportarlas a un convento en Alaska.

Chloe soltó una carcajada estridente, reclinándose hacia adelante para clavar sus ojos verdes en Sienna con la insistencia de un fiscal implacable:

—Déjate de secretos de estado. El Departamento de Defensa no nos interesa. Lo que queremos saber es qué pasó en esa escalera de Nueva York.

Sienna estuvo a punto de atragantarse con el primer sorbo de agua de coco.

Mantuvo la compostura por pura memoria militar, pero el leve temblor en la comisura de sus labios no pasó desapercibido para sus dos mejores amigas de la infancia.

—No pasó nada en ninguna escalera —mintió Sienna con una frialdad ensayada.

—¡Mentira! —gritó Valeria, señalándola con una rodaja de lima—. ¡Te pusiste roja! ¡Sienna Keller jamás se ruboriza! Ni siquiera cuando Liam le tiró el pastel de cumpleaños a la piscina cuando teníamos doce años.

—Esa mandíbula de titanio que escuchamos en la videollamada —continuó Chloe, con una sonrisa triunfal de oreja a oreja—. Era Dante Cruz. El mismo Dante que hace un año te rompía los esquemas en el porche de tu casa. El protegido de tu padre. El idiota supremo de la fiesta del hangar.

El tono de Chloe cambió, perdiendo la burla y cargándose de una curiosidad genuina y protectora:

—Te fuiste a ese infierno porque ese imbécil te llamó frágil, Sienna. Lloraste en mi hombro esa noche antes de subirte al taxi. Y ahora... ¿lo tienes persiguiéndote por los pasillos de una base secreta?

Sienna bajó las gafas de sol despacio.

Miró el horizonte infinito del Pacífico, donde las olas rompían con espuma blanca contra las rocas. El recuerdo de Dante en la escalera del ático —la desesperación de sus manos grandes enredadas en su pelo, el sabor a peligro y rendición en su boca, el peso de su cuerpo protegiéndola de la granada en el carguero— regresó con una nitidez tan sofocante que el calor del mediodía pareció multiplicarse.

—Ya no es el mismo idiota del hangar, chicas —confesó Sienna, con una voz suave, despojada por primera vez de la armadura marcial—. Renunció a su brigada de fuerzas especiales. Se metió en un búnker subterráneo lleno de halón solo para que no me quedara atrapada. Y recibió metralla en la espalda para evitar que una granada me tocara.

Chloe y Valeria se quedaron petrificadas, con las copas suspendidas en el aire.

—¿Recibió... una granada por ti? —susurró Valeria, con los ojos abiertos como platos.

—Se puso entre el fuego y yo —asintió Sienna, y una sombra de vulnerabilidad pura iluminó sus ojos castaños—. Y después de eso... me juró que no piensa dejarme sola nunca más.

Chloe se llevó una mano al pecho con un dramatismo teatral:

—Dios mío bendito. Retiro todo lo que dije sobre los militares. Si un hombre de metro noventa se come una granada por mí y luego me mira con esa voz de ultratumba... yo le firmo la hipoteca, le doy las llaves del coche y le entrego el alma entera.

—Nadie le va a entregar el alma a nadie —atajó Sienna, rodando los ojos con una media sonrisa—. Sigo siendo su oficial al mando. Y estas son mis vacaciones. Cero hombres, cero armas y cero...

—Lamento decepcionarla con respecto al primer punto de su agenda, comandante.

La voz profunda, grave y cargada de una resonancia oscura vibró desde lo alto de la escalinata de piedra que conectaba la villa con el camino privado.

Las tres chicas se giraron al unísono.

Chloe dejó escapar un silbido bajo y admirado que resonó en toda la terraza; Valeria soltó un «madre mía» que se perdió en la brisa.

Sienna sintió que el suelo de mármol se desvanecía bajo sus pies.

Dante Cruz estaba de pie en el descanso de la escalera, apoyado contra la barandilla de cristal con una soltura insolente.

No llevaba uniforme de asalto ni el traje rígido de la cena de Georgetown. Vestía una camisa de lino blanco de manga larga con los tres botones superiores desabrochados y las mangas remangadas hasta los codos, dejando a la vista los antebrazos bronceados y las venas marcadas por el esfuerzo. Los pantalones de lino en color arena caían rectos sobre unos mocasines de cuero suave; unas gafas de sol oscuras de aviador ocultaban su mirada, pero la línea implacable de su mandíbula, con la barba de tres días bien perfilada y la cicatriz en el labio inferior, lo hacían parecer una escultura tallada en pecado puro.

Se quitó las gafas de sol despacio.

Sus ojos grises barrieron la terraza ignorando por completo la arquitectura de lujo, la piscina infinita y a las dos amigas boquiabiertas. Se clavaron directamente en Sienna: recorrieron cada milímetro de su piel dorada, el bikini esmeralda, la curva de su cintura y las cicatrices que ambos compartían, con una intensidad tan ardiente, posesiva y descarada que a la chica se le cortó la respiración.

—Te advertí en Washington que no te iba a dejar sola en esta playa —dijo Dante, bajando los escalones con ese paso elástico de depredador que ningún traje civil podía disfrazar.

Llegó al borde de la piscina, deteniéndose a un palmo de la colchoneta de Sienna.

Chloe carraspeó, codeando a Valeria con entusiasmo salvaje:

—Hola, teniente. Soy Chloe, la amiga que hackea servidores para que su comandante no se vuelva loca. Y ella es Valeria. Y nosotras... de repente nos acordamos de que teníamos una reserva para masajes en el spa del nivel superior.

—No tenemos ninguna reser... —empezó Valeria, pero Chloe le propinó un pisotón quirúrgico bajo la mesa.

—¡¡Que sí tenemos reserva, Valeria!! —sentenció la rubia, recogiendo sus cremas y su margarita a la velocidad de la luz—. Teniente Cruz, la casa es suya. Intente que no rompan nada frágil; el depósito de garantía de Vivienne Keller es astronómico.

Las dos amigas huyeron hacia la planta alta entre risas ahogadas, cerrando las cristaleras a su espalda.

El silencio que cayó sobre la terraza solo fue interrumpido por el rumor constante del oleaje contra los riscos.

Dante no apartó la vista de Sienna. Se acuclilló despacio frente a su tumbona, apoyando un codo sobre la rodilla para quedar a la misma altura que ella. El aroma a cedro, salitre y la calidez limpia de su piel invadieron el espacio de la chica con una fuerza arrolladora.

—¿Cabo San Lucas, comandante? —murmuró Dante con una media sonrisa lánguida que le tensó los hoyuelos—. El Director Sterling me dijo que este era el único lugar del hemisferio donde no había riesgo de que intentaras piratear los satélites de la marina durante tus días libres.

Sienna se incorporó sobre los codos, sosteniéndole la mirada con toda la arrogancia defensiva que logró reunir, aunque sentía el pulso martillándole en las sienes:

—Sobornaste a Sterling para que te diera las coordenadas de mi vuelo, ¿verdad?

—No hizo falta sobornarlo —respondió él, estirando la mano libre despacio, con una deliberación tortuosa, hasta posar la punta de sus dedos sobre la piel desnuda del muslo de Sienna, justo sobre la cicatriz clara de la bala—. Tu madre le envió una copia del itinerario a mi taquilla antes de que el jet despegara de Dulles. Me dijo: «Si vas a seguir a mi hija a México, asegúrate de llevar camisas decentes, teniente. Los hombres de mi familia suelen vestirse como reclutas incluso cuando intentan enamorar a una mujer».

Sienna dejó escapar un resoplido incrédulo, aunque el calor de los dedos de Dante sobre su pierna le quemaba la piel de una forma deliciosa:

—Mi madre es una traidora a la seguridad nacional.

—Tu madre es una estratega brillante —corrigió Dante, deslizando sus dedos lentamente hacia arriba, acariciando la línea suave de su cadera con una reverencia que hizo que a Sienna se le erizara la piel—. Y tenía razón. Si te dejaba una semana entera suelta en esta costa con dos margaritas y ese traje de baño... me habría vuelto completamente loco en Virginia.

—¿Te asustaba que encontrara mejor compañía en Cabo? —provocó ella, arqueando una ceja con desafío.

Dante se inclinó hacia adelante. Invadió su espacio hasta que su aliento cálido rozó los labios de la chica; la sombra de su torso ancho cubrió el sol, encerrándola en una penumbra dorada y privada:

—No me asustaba la compañía, Sienna —susurró él, y la verdad en su voz sonó tan honda, tan limpia de orgullo que desarmó cualquier réplica—. Me asustaba perder un solo día sin recordarte que lo que empezó en esa escalera de Nueva York no fue un espejismo de combate.

Dante levantó la otra mano y acarició la mejilla de Sienna, apartándole un mechón castaño con una ternura infinita. Sus ojos grises ardían con una mezcla de fuego y rendición absoluta:

—No hay misiones por delante durante seis días, princesa. No hay códigos de la OTAN. No hay órdenes que obedecer. Solo tú y yo en este acantilado.

Sienna sintió que cada muralla que había levantado durante meses terminaba de disolverse en el aire tibio del Pacífico.

Subió sus brazos despacio y rodeó el cuello de Dante, hundiendo los dedos en su cabello oscuro, sintiendo la tensión pura de sus hombros bajo la camisa de lino. Se inclinó hacia él, rozando sus labios contra los de él con una lentitud que rozaba el tormento:

—En este acantilado sigo teniendo el mando, Cruz —murmuró ella sobre su boca.

Dante curvó los labios en una sonrisa salvaje, atrapó su cintura con ambos brazos y la levantó de la tumbona en un solo movimiento fluido, pegándola por completo contra su pecho mientras sellaba sus labios con un beso hambriento, tibio y devorador que supo a sal, a libertad y a una victoria que ninguna guerra podría arrebatarles jamás.

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