un romance entre un mafioso y un femboy
NovelToon tiene autorización de Kioko kento para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
EL PRECIO DE LA VERDAD
Dante y Adrián siguieron las pistas durante horas, atravesando calles que parecían no llevar a ningún lado, hasta que llegaron a un edificio antiguo que nadie parecía recordar. Subieron escaleras de madera crujiente, abrieron una puerta que apenas se mantenía en sus goznes, y allí lo encontraron: un archivo polvoriento, olvidado en un rincón, como si alguien hubiera esperado que nadie jamás lo hallara.
Encendieron la luz de sus teléfonos y comenzaron a leer. Los documentos estaban ordenados cronológicamente, fechados más de veinte años atrás. Y poco a poco, la verdad comenzó a revelarse, clara y dolorosa, como una herida que por fin se abre.
La familia de Adrián había descubierto la verdad sobre la organización de Marcus. Habían reunido pruebas, documentos, nombres y fechas: información suficiente para derrumbar todo el imperio que Marcus había construido con miedo y sangre. No eran simples espectadores. Habían estado a punto de ser la clave para terminar con todo.
—Entonces… por eso —susurró Adrián, con la voz quebrada—. Por eso siempre sentí que nos observaban. Por eso nos mudamos tantas veces. Por eso mis padres hablaban en voz baja cuando creían que yo no escuchaba. No era imaginación mía. Era real. Todo era real.
Se dejó caer en una silla, mirando los papeles sobre la mesa como si estos pudieran quemarlo.
—¿Mis padres sabían? —preguntó finalmente, levantando la mirada.
Dante asintió suavemente.
—Probablemente sí. Lo arriesgaron todo. Lo hicieron por ti.
—¿Y nunca me dijeron nada? —Adrián apretó los puños con fuerza—. ¿Por qué? ¿Por qué ocultarme quiénes éramos?
—Quizá intentaban protegerte —dijo Dante, acercándose un paso—. Si no lo sabías, no podías delatarlo. Si no lo entendías, estabas a salvo. Querían que tuvieras una vida normal, lejos de todo esto.
Adrián negó con la cabeza, con los ojos brillantes por las lágrimas que no dejaba salir.
—O quizá tenían miedo. Quizá creían que si yo no sabía nada, no tendrían nada que arrebatarme. Pero al final… no importó.
Dante se sentó a su lado, sin tocarlo todavía, dándole su espacio.
—No tienes que resolverlo todo esta noche. No tienes que perdonar ni entender ahora mismo. Solo tienes que respirar.
Adrián guardó silencio unos instantes, mirando la nada a través de la ventana sucia.
—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó sin mirarlo.
—¿Qué?
—Toda mi vida pensé que era una persona normal. Que mi historia era sencilla, que no había secretos detrás de nada. Y ahora… ahora me doy cuenta de que siempre estuve en medio de algo que no comprendía. Que yo también fui parte de este juego desde antes de nacer.
Dante lo miró con una ternura que dolía.
—Lo eres. Una persona normal, quiero decir. Tu pasado no decide quién eres. Lo que importa es lo que eliges ser ahora. Y eso solo depende de ti.
Adrián lo miró entonces, y en sus ojos había gratitud, pero también miedo.
—Gracias —dijo en un susurro.
En ese preciso instante, escucharon un ruido abajo. Pasos. La puerta de entrada abriéndose lentamente.
Dante apagó la linterna de su teléfono de inmediato y tomó a Adrián del brazo, guiándolo hacia las sombras más oscuras de la habitación. Se quedaron inmóviles, conteniendo la respiración. Los pasos subieron las escaleras, lentos y deliberados. Se detuvieron frente a la puerta. Y luego, tras una pausa que pareció eterna, se alejaron de nuevo. La puerta cerró. El silencio regresó.
Esperaron unos minutos más antes de moverse. Cuando finalmente salieron de su escondite, Dante notó algo que no había visto antes: una pequeña carpeta, escondida debajo de los documentos principales.
La abrió con cuidado.
Dentro había una fotografía de Marcus. Más joven, sonriendo como si no tuviera enemigos en el mundo. Y debajo, escrito con una letra que Dante reconoció al instante, había una dirección. Una casa alejada de la ciudad, en las afueras, un lugar que nadie habría buscado jamás.
Dante sintió que el aire cambiaba. Por primera vez en mucho tiempo, no era una sombra. No era una amenaza anónima. Era el final del camino.
—Se acabó —dijo, aunque su voz temblaba levemente.
Adrián lo miró, serio pero firme.
—¿Seguro?
Dante negó con la cabeza, pero esta vez no era por duda. Era por algo más grande.
—No. No sé qué nos espera allí. No sé qué vamos a encontrar. Pero esta vez no voy a huir. No voy a esconderme de lo que soy, ni de lo que siento, ni de lo que viene. Vamos juntos. Y sea lo que sea lo que encontremos, lo enfrentaremos juntos.
Adrián tomó su mano.
—Entonces vamos.