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Te Amaré, Hasta Que El Divorcio Nos Separe

Te Amaré, Hasta Que El Divorcio Nos Separe

Status: En proceso
Genre:CEO / Matrimonio arreglado / Amante arrepentido
Popularitas:694
Nilai: 5
nombre de autor: YESRABI

Cinco años de matrimonio empañados por la distancia y un embarazo fallido llevan a Victor y Victoria al inevitable divorcio. El acuerdo es pacífico y la separación, inminente. Cada uno toma su propio camino; sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que el frío y reservado Victor Song descubra que desatarse del pasado es imposible cuando la mujer que dejó ir sigue siendo la única que desea.

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Cambios De Último Minuto

Desperté de la siesta con mi cabeza pesando más que una roca de veinte toneladas. Mis ojos se abrieron bajo un cuidado minucioso que buscaba prevenir el impacto directo de la luz artificial, pero lo único que me encontré fue la oscuridad más absoluta que jamás haya visto. Mi instinto inicial fue buscar a Victoria, mas al tratar de llamarla, logré percibir los murmullos distorsionados de afuera, un ruido breve y desesperante como el de la estática de un lugar abandonado con la energía encendida. Todos mis músculos yacían adormilados, todavía un poco rígidos por los restos del sedante en mis venas. Mi garganta se sentía reseca y las costillas palpitaban dentro de mi cuerpo, casi sugiriendo que había sido golpeado nuevamente por el mero recuerdo del choque.

Afortunadamente, no tuve que esperar demasiado para que la puerta se abriera y que la luz del pasillo interviniera. Victoria, junto al médico, se colocaron justo a los pies de la cama, como analizando mi despertar.

—¿Cómo te sientes? —indagó Victoria.

—Mareado —alcancé a decir, con la voz evidenciando la resequedad de mi garganta.

No hubo necesidad de pedirlo. Victoria se acercó a la mesita y rellenó el vaso de agua para ayudarme a beberlo. La frescura del hielo me calmó al instante, pero no pude evitar sentir el escalofrío pellizcándome la columna cuando me acarició la espalda bajo un intento de apoyo físico. Nuestros ojos se encontraron en un mínimo segundo y luego la evité, concentrándome en la mirada analítica del médico.

—Los resultados de los exámenes son motivadores —comenzó—. Necesitamos que mantenga el descanso absoluto y la mejora de su dieta para que no tenga que depender del medicamento.

—Ya abandoné mis obligaciones una semana continua, no puedo postergar más —mencioné con la claridad pastosa que me permitió mi propia garganta.

—Tus deberes ahora están en manos de Leo y Yuri —intervino Victoria, dejando de lado el vaso—. Iremos a casa y tú te mantendrás quieto hasta que puedas ver una mínima luz sin arrugar el ceño.

La voz de Victoria fue demandante. Los recuerdos de la juventud se asomaron de manera discreta, como un bichito escandaloso que no quería dejarme tranquilo. En nuestros cinco años de matrimonio, ella se había dedicado a ser una esposa tranquila y paciente; sin embargo, ahora volvía a sus raíces rebeldes, aquellos que su familia siempre reprochó, pero que para mí significaron una de sus mayores virtudes.

—El reposo absoluto le permitirá recuperarse con más rapidez, señor Song. Nuestro objetivo primordial es que pueda retomar sus actividades correctamente.

—¿Y ahora qué sigue?

—Arreglé el papeleo del hospital para darte de alta —explicó Victoria—. Te ayudaré a vestirte y te llevaré a casa.

—Estaré visitándolo cada quinto día para revisar su evolución.

Asentí a sus palabras sin necesidad de agregar más. Victoria y el doctor intercambiaron un gesto y posterior a ello, el sujeto por fin salió del cuarto.

El silencio de pronto volvió. Victoria encendió la luz en su mínima capacidad, dejando ver la pequeña maleta sobre la silla al costado. Ella misma abrió la bolsa y sacó una por una, cada prenda; una sudadera negra, unos pantalones de chándal y unos tenis de suela cómoda. A primera vista, era perfectamente la vestimenta de un ídolo queriendo ocultar su identidad. Y a pesar de que agradecía su preocupación, no pude evitar sentir que me moría con solo pensar en que ella me pusiera los pantalones.

—Yo puedo hacerlo.

—Ni siquiera puedes mantenerme la mirada —suspiró—. Escucha… No quiero que hagamos esto más difícil.

Su voz fue más tranquila. El brillo de sus ojos se volvió ligero, y de alguna manera, dejé de verla como un enemigo final. Me tragué el orgullo con una bocanada de aire y asentí contra toda ilusión, permitiendo que una chispa de paz se entrometiera entre los dos.

Me tomó de las manos y me ayudó a enderezar la postura. Solo así fue que me di cuenta de que mi cuerpo no estaba mejor que la cabeza. Un tirón me atravesó por el pecho de manera instantánea, sintiéndose como una apuñalada Solté un aire profundo y Victoria continuó acomodando los pantalones en mis piernas con la sutileza misma que tocaba los objetos de cristal.

—Apóyate de mí —murmuró.

—Victoria…

—Respira hondo a la cuenta de tres —indicó.

El conteo en su voz no sonó como una amenaza, sin embargo, su falta de tacto me recordó la clase de mujer que ella era realmente.

Y, aun así, me enloqueció por completo el tenerla a escasos centímetros de mí.

Tomó la sudadera y la colocó a mi costado. Llevó sus manos alrededor de mi cintura y solo pude atinar a desviar la mirada para ignorar que estaba recargándose en mi pecho con el propósito de desatar los nudos de mi bata. Y mi tonto corazón, contrario a la sabiduría de mi cerebro, comenzó un alboroto intenso que desbordaba una emoción demasiado alegre. Traté de tranquilizarlo con respiraciones más hondas, pero solo logré que más cuchillos ardientes se me incrustaran en el pecho.

—Tu mamá ya se enteró del accidente. Le conté todo y me dijo que mantendría alejado a tu papá de cualquier medio —reveló, quitándome la bata—. Las dos coincidimos en que es mejor idea que termines tu recuperación en casa.

Victoria continuó, incluso si no respondí. Me colocó la sudadera con la misma normalidad cuidadosa, aunque para mí se sintiera como si el planeta se hubiera detenido de un momento a otro. La ola de pensamientos vagaba aquí y allá, tan despreocupados y ruidosos que empezaban a marearme.

—Listo.

Victoria sonrió satisfecha, manteniendo sus manos sobre mi pecho, sin hacer demasiado esfuerzo en ello. Me miró a los ojos y yo solo podía pensar en que me iba a ir al carajo si me preguntaba directamente sobre la razón por la que estaba tan alterado.

—¿Vamos?

Asentí con un nuevo escalofrío atormentando mi paz. Victoria me tomó de la mano y me ayudó a bajar de la cama, señalándome los tenis bajo mis pies. Las limitaciones sobre mi propio cuerpo eran increíbles y parecía que, por cada movimiento, un nuevo tirón me acalambraría hasta el alma.

—Vamos despacio —dijo, tomando todas nuestras pertenencias—. Iremos por el elevador de urgencias.

Como un complot previamente organizado a mis espaldas; en ese momento, ingresó una enfermera con una silla de ruedas. Me dedicó una sonrisa y se acercó a nosotros, ayudándome especialmente a sentarme.

Victoria le agradeció y dejó sobre su mano un pequeño gajo de billetes que iluminaron la sonrisa de la chica. Esta agradeció con más ánimo y se despidió de ambos, deseando mi pronta recuperación.

De alguna manera, aquello me desconcertó. Victoria tomó el mando de mi destino y nos llevó al exterior, donde solo algunas luces yacían encendidas. Por las ventanas se podía ver la oscuridad de la noche y la razón de la paz completa en el edificio. Sin alguna parada innecesaria, ambos terminamos encerrados en el cubículo destinado a los pacientes de urgencias. El ruido de la maquinaria me mantuvo con los sentidos despejados, aunque no podía controlar la insistencia del nudo en la boca de mi estómago.

—No vas a matarme, ¿cierto?

El reflejo de Victoria en las puertas se contorsionó.

—¿Qué?

—Todo esto está bien planeado… Solo decía.

Su jadeo burlón me electrificó. Era el ruido que solo le había escuchado ante las ocurrencias de Ben y Chris. Uno tan extraño de encontrar, que mi corazón se alborotó una vez más y tuve que tragarme la punzada para que Victoria no se detuviera a preguntar.

—Querías comenzar de nuevo, pero ahora parece que eres el más ansioso por alejarte de mí.

Mis palabras ya no salieron porque no hubo nada que decir. Ignoré la tensión explotada entre nosotros y me concentré en cada uno de los dolores que me tenían en un estado de rigidez agobiante. Me daba terror respirar y que mi pulmón explotara en algún momento. Los moretones en mis piernas todavía dolían, sin embargo, fue la falta del sedante lo que devolvió los toquecitos en mis sienes.

Desde ahora podía entender que iba a ser un infierno allá afuera, pero la esperanza muy dentro de mí, esperaba que Victoria lo hiciera un poco más digerible.

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